Capítulo 31 | Sunny
Sunny
SENTADO EN EL BORDE de la cama, contemplaba el objeto que tenía sobre el regazo.
Fuera, la Academia estaba prácticamente vacía: la mayoría de los alumnos participaban en los festejos que, por tradición, seguían a los exámenes parciales en el bosque cercano.
Me habían invitado, pero no tenía ganas de fiesta.
Estaba sumido en una crisis existencial, recordando los viejos tiempos con mi Guante, antes de que todo se viniera abajo. Apenas un año atrás, las cosas parecían más sencillas.
Antes de que apareciera Coralia.
Si era sincero conmigo mismo, no podía culpar a la menor de las hermanas Hargrave de que mi equipo se hubiera desmoronado.
Todo había empezado antes, con la muerte de Quentin y la desaparición de Myria.
Coralia no había hecho más que llegar en un momento extraño, y eso me había vuelto suspicaz y agresivo.
Al principio pensé que Coralia venía a sustituirla. Cuando el director Cane nos ordenó sacarla de su vida entre humanos, supuse que pretendía meterla en la nuestra para hacernos olvidar a Myria. Algo que jamás sucedería.
Me cabreaba ver en la nueva hermana Hargrave unos rasgos tan parecidos a los de la otra hermana, a la que tanto apreciaba. Todo aquello hizo que mi intento de capturarla en aquel callejón fuera a medio gas. Prefería que se mantuviera alejada de los míos.
Ahora sabía que me había equivocado. Coralia había venido por voluntad propia. Quería estar aquí, no para sustituir a Myria, sino para buscarla. Hasta el momento, era la única otra persona que conocía que quería obtener respuestas. Que quería saber la verdad.
Y yo la había rechazado. Me había burlado de ella, la había acosado y le había dado la espalda cuando, durante mi encierro en la celda de iniciación, ella solo me había mostrado bondad y comprensión.
Invitarla a unirse al equipo de Shadowball había sido una maniobra barata que, estaba seguro, ella había calado enseguida. Un torpe intento de reconciliación. Y aun así, me había resistido a dejarla entrar.
¿Por qué tengo que estar siempre a la defensiva? ¿Qué me ha hecho ella?
Los Shadowblades debían guardar secretos. Era parte del oficio. Permitir que alguien conociera nuestros secretos más íntimos le daba acceso a nuestra vida. Y, a partir de ahí, se abrían de par en par las puertas a la desesperación, la decepción y, en última instancia, la traición.
Deslicé los dedos por el guante negro que descansaba sobre mi regazo. No se me escapaba la ironía. Era lo último que quedaba de Quentin Argyle, mi compañero de Guante. Myria lo había encontrado cuando volvió al lugar donde había muerto Quen: estaba en el pavimento, allí donde él había caído.
Myria me contó que no había encontrado salpicaduras de sangre. Ni un cuerpo desplomado. Solo aquel guante.
Cuando vino a enseñármelo, dijo que demostraba que Quen seguía vivo.
Yo quería creerla, pero entonces no podía permitirme mostrar lo que sentía de verdad.
Le había dicho que no hablara de esas cosas.
Si los altos cargos de la Academia descubrían que habíamos estado husmeando después de nuestra última misión de Fantasma, nos habrían expulsado a los dos. O quizá nos habrían ejecutado.
Según el informe oficial, Quentin Argyle había muerto a manos de una entidad demoníaca durante aquella misión. Durante el «golpe que salió mal», como lo llamábamos nosotros.
Su muerte dejó un vacío inmenso en los compañeros de Guante que quedábamos. Empezamos a desconfiar unos de otros. Venn y Dax querían saber en qué andábamos metidos Myria y yo. No se lo contábamos porque queríamos mantenerlos «a salvo», pero ellos no lo habrían entendido.
Admiraba el descaro de Venn y Dax.
Visto en retrospectiva, comprendí que las palabras de Myria habían sido una petición de ayuda. No se había limitado a decirme que Quentin seguía vivo: me había advertido de que pensaba hacer algo al respecto y de que podía ayudarla si quería. En cualquier caso, ella ya tenía un plan.
Ojalá hubiera sabido interpretar las señales entonces. Ojalá hubiera hecho lo correcto y la hubiera acompañado.
Pero por aquel entonces era débil. Si hubiera sabido lo que sé ahora —que perder a Quentin también significaría perderla a ella —, me habría unido sin pensarlo dos veces. Habría encabezado la puta búsqueda.
Para Myria, rescatar a Quentin significaba reunir de nuevo al Guante. Así de sencillo. Puede que por el camino incluso hubiéramos descubierto secretos de la Academia o sacado a la luz alguna verdad incómoda.
Esperé sentado en el borde de la cama durante lo que me parecieron horas. Sabía que aquella mujer acabaría apareciendo.
Coralia Hargrave se había entretejido en la trama de nuestro Guante, me gustara o no. Se había hecho un hueco, había seducido a Venn y a Dax y, en cierto modo, incluso a mí.
Cuando ya no me quedaban pensamientos nuevos y solo daba vueltas a lo mismo, cada vez más cabreado al repasar todas las formas en que las cosas se habían torcido, unos golpes en la puerta del dormitorio me arrancaron de mis recuerdos.
Me levanté de un salto, metí el guante de Quentin en el bolsillo del pantalón y fui a grandes zancadas hacia la puerta. Respiré hondo para prepararme y la abrí de par en par. —Hola, Vivi.
El rostro sombrío de Genevieve se iluminó. Una sonrisa altiva le curvó los labios y ladeó la cadera para apoyar una mano en ella. —¿Has cambiado de opinión, Sunny?
—Te invité al equipo de Shadowball, ¿no?
Soltó un bufido. —Solo para aplacar mi enfado. Los dos lo sabemos... papi.
Se me escapó una sonrisa ladeada. Las viejas costumbres nunca mueren. Me aparté de la puerta y le hice un gesto para que pasara. —Entra, por favor. Quiero disculparme por cómo me comporté antes.
—¿Te refieres a comportarte como un gilipollas integral incluso cuando tenías la polla metida hasta la mitad dentro de mí?
Hice una mueca ante aquella grosería. Me había llamado infiel y mentiroso porque creía que me estaba tirando a Coralia. En aquel momento, nada podía estar más lejos de la realidad.
Pero allí estaba yo, disculpándome por no haber hecho más que defender el honor de Coralia.
¿Y por qué no soy capaz de hacerlo cuando la princesa está delante de mí ? ¿Por qué tengo que esperar a que esta fresca suelte una de las suyas para salir en defensa de Coralia?
Genevieve entró y cerró la puerta. Se contoneó hasta la cama, se dejó caer sobre ella y cruzó las piernas. Apoyó los brazos detrás del cuerpo, sacó pecho y me dedicó una sonrisa perversa con los ojos entornados.
Si esperaba que me quedara embobado mirando su generoso escote y que le echara mano a aquel cuerpo delicioso —si creía que así iba a transcurrir la noche—, se iba a llevar una desagradable sorpresa.
Sí, estaba disculpándome con ella. Sí, la había invitado al equipo de Shadowball para aplacar su ira. Pero no lo había hecho porque sí. No lo había hecho para volver a mojar.
—Bueno, ¿qué hay en el menú esta noche, papi? Sus piernas cruzadas se separaron y me mostraron el menú , una pista nada sutil de lo que tenía en mente.
No pude evitar echar una ojeada bajo la oscuridad de su minifalda. Tuve que apretar la mandíbula al advertir que no llevaba nada debajo. La abertura de su sexo desnudo rozaba mis sábanas, expuesta porque la falda se le había subido hasta las caderas.
—Parece que tú ya tienes una idea —dije, alzando una ceja.
Soltó una risita siniestra. —Por supuesto. Siempre sé cómo tratar a mi hombre, sobre todo cuando vuelve a mí arrastrándose.
Di un paso hacia ella. Se recostó con parsimonia y abrió más las piernas, dejando aún más al descubierto. Me estaba invitando a poseerla, y me costó horrores resistirme a mis instintos más bajos.
Podría haberla devorado sobre la cama durante toda la noche. Podría haberla hecho gritar mi nombre y gemir de placer mientras la follaba sin descanso.
Pero Genevieve Jade ya no me provocaba nada. Tenía la vista puesta en otra persona y, por si fuera poco, Vivi había contribuido a convertirme en aquel gilipollas amargado. Era manipuladora y rencorosa.
Había odiado a Coralia desde el primer momento, igual que antes había odiado a Myria. O, mejor dicho, había sentido celos de Myria por todo el tiempo que pasábamos juntos.
Llevaba meses esperando este momento. Había estrechado la relación con aquella zorra mordaz y la había follado de todas las maneras posibles mientras perseguía mis verdaderas intenciones por otro lado.
Irónicamente, aunque Vivi me abría los labios de abajo a menudo, mantenía los de arriba bien cerrados.
Había guardado silencio sobre el asunto, en lugar de comportarse como la reina del cotilleo que yo creía que era.
Iba a obligarla a abrir esos labios, costara lo que costase.
Pero, llegado el momento, vacilé. Recordé de golpe todo el esfuerzo que había invertido —aguantar sus mierdas, pasar tiempo con ella, fingir que era su juguete dispuesto a hacer lo que me pidiera— y se me revolvió el estómago.
Di otro paso y me alcé sobre ella. Me miró con expresión de quien se sabe vencedora.
Seguí avanzando y apreté mi cuerpo contra el suyo hasta obligarla a tumbarse en la cama. Apoyé los brazos a ambos lados de su cara y me quedé suspendido sobre ella, mirándola desde arriba.
Sonrió y se lamió los labios carnosos. Acercó la cara a la mía, dispuesta a besarme con pasión.
Metí una mano en el bolsillo trasero.
Cuando saqué el guante negro y lo sostuve ante su cara, vi que una sombra de duda le cruzaba las delicadas facciones.
—¿Te acuerdas de esto, Vivi?
Frunció el ceño. —¿Eh? ¿Qué es eso?
—No te hagas la tonta, cariño.
Una chispa de reconocimiento furioso sustituyó la mirada vidriosa y cargada de deseo. —¿Qué coño está pasando, Sunny?
Intentó escabullirse de debajo de mi cuerpo.
Le rodeé el cuello con la mano y la obligué a tumbarse de nuevo. Abrió mucho los ojos, presa del pánico.