Capítulo 30 | Venn
Venn
MI MANO SE EXTENDIÓ POR INSTINTO hacia Coralia cuando echó a correr. Desapareció entre los árboles sin volver la vista atrás.
Quería salir tras ella. Quería contarle lo que sentía por todo lo que acabábamos de hacer y todo lo que esperaba hacer con ella en el futuro.
En la última hora, las cosas habían cambiado para siempre. Habíamos hecho el amor de forma repentina, arrebatadora, casi cósmica. Coralia Hargrave no tenía miedo de tomar lo que deseaba, y me había deseado a mí.
Lo cual venía bien, porque el sentimiento había sido mutuo. Joder si había sido mutuo.
Me pregunté qué pensaría de nuestra pequeña escapada al bosque y qué pensaría de mí después de que le hubiera abierto el corazón. ¿Lo habrá disfrutado tanto como yo? Porque estoy dispuesto a declararle mi puto amor eterno a esa mujer y todavía casi no la conozco.
No sabía si había cometido un error garrafal al abrir la bocaza y contarle cómo había sido mi infancia, mi oscuro pasado como asesino involuntario, cómo me había salvado el director Cane y cómo el Guante de Hudson había fracasado antes siquiera de empezar.
Que Coralia hubiera salido corriendo me hizo preguntarme si era tan despreocupada y espontánea como parecía. Si siente el mismo amor que yo, me habría pedido que fuera con ella, ¿no?
¿Y si todo era una farsa?
Abrí mucho los ojos al formarse en mi cabeza pensamientos espantosos: Coralia como espía. Una especie de agente doble. ¿Para quién trabajaría? ¿Por qué se habría metido en el maltrecho Guante de Hudson para encontrar respuestas?
Me apoyé de espaldas en el árbol, crucé los tobillos y me plegué de brazos.
Bajé la barbilla hacia el pecho y me devané los sesos.
Tiene que haber una razón por la que el director Cane me ha pedido que la espíe, ¿no?
Está claro que sabe más que yo sobre Coralia...
pero no lo suficiente. Por eso sé que, tarde o temprano, me ordenará matarla.
La culpa se apoderó de mí y me trepó por la columna como si fuera un ser de carne y hueso. Me estremecí, sintiéndome de pronto como un auténtico pedazo de mierda.
Había intentado decírselo. Había intentado explicarle lo que era en realidad .
Y había fracasado estrepitosamente. Cada vez que había estado a punto de revelarle mi secreto más oscuro —que solo me había acercado a ella para espiarla—, algo se había interpuesto.
Primero, aquel encuentro sudoroso bajo las copas de los árboles.
Después, sus ganas de marcharse y averiguar más cosas sobre Myria.
El cambio irreversible que sentía se había producido en mi interior. Lo que sentía por ella no había disminuido en ningún momento, pero ahora ardía con una intensidad que me asustaba.
De pronto tuve la certeza de que mi misión como espía era una farsa.
Puede que solo me hubiera acercado a ella porque me lo habían ordenado... al principio. Ahora quería estar cerca de ella porque su espíritu me atraía como el de ninguna otra mujer que hubiera conocido.
El suave aroma a vainilla de su piel. El calor de sus manos sobre mi cuerpo, sus piernas enroscadas en mi cintura.
La lealtad feroz que mostraba hacia su hermana y sus amigos.
Su belleza inimaginable, por dentro y por fuera.
Todo aquello me atraía hacia ella, me llamaba como una sirena desde la orilla de una laguna.
Cantando... suplicando... advirtiéndome.
Coralia no puede ser una espía. El puto espía soy yo. La idea me golpeó con una claridad rotunda. Solo está preocupada por su hermana, y no le falta razón al enfadarse conmigo y señalar que nada de esto cuadra.
Hasta entonces había aceptado sin más las desapariciones de Myria y Quentin. Coralia me había hecho ver mi error y lo equivocado de pensar así.
Al fin y al cabo, estábamos en la jodida Academia Shadowblade. Allí hasta las sombras tenían sus propios intereses. Nada era lo que parecía; mucho menos la muerte de Quentin y la desaparición de Myria.
Cuando Coralia dijo que necesitaba hablar con otra persona... con Sunny... los celos y las dudas sobre mí mismo me recorrieron como una onda. No merezco ayudarla, porque ya fallé a Myria cuando más me necesitaba.
Coralia me había hecho ver en qué cobarde de mierda me había convertido: solo me había preocupado por mí mismo y no por mi Guante.
El equipo era mi familia. En una familia había peleas y discusiones, pero al final siempre nos cubríamos las espaldas. ¿Cómo voy a llamarme compañero de Guante si intento olvidarme de Quentin y Myria y dejar las cosas como están, tal como prefieren el Muñeca Hudson y el director Cane?
Quentin y Myria son como mis hermanos, igual que Dax y Sunny.
Llevaba demasiado tiempo yendo sobre seguro, obedeciendo órdenes como un buen chico y haciendo lo que se me pedía. Nunca antes había tenido motivos para salirme del redil: las consecuencias de desobedecer eran demasiado graves.
Pero ahora sí tenía uno.
Y ella acababa de escabullirse para seguir con sus pesquisas, después de regalarme uno de los momentos más memorables de mi vida.
Recordar aquel encuentro que nos había acelerado el corazón, como dos exhibicionistas acalorados a los que les daba igual quién los viera allí al descubierto —dos animales hambrientos, ansiosos, voraces, perdidos en el arrebato del deseo—, me hizo comprender lo que llevaba sospechando desde el principio.
Me separé del árbol de un impulso y apreté los puños a ambos lados del cuerpo, con la pasión y la determinación reavivadas.
¿A quién pretendo engañar? Jamás podría hacerle daño a Coralia.
Tenía que ir a ver al director Cane y decírselo. Hacer que lo entendiera. Tenía que dejarle claro que se había acabado ser su puto recadero. Si eso suponía que me suspendieran, que me expulsaran o algo peor, me daba igual.
No iba a dejar que el miedo siguiera guiándome.
Tenía que ser fiel a mis convicciones, de una vez por todas. Aunque ella me considerase débil y dejara de verme con los mismos ojos, yo amaba a Coralia Hargrave.
Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para demostrárselo.