Capítulo 28 | Coralia #3
Los pantalones le cayeron hasta la mitad de los muslos. Su polla brotó erecta, pesada y gruesa, del tono violeta más hermoso que había visto jamás. Aquella polla grande y preciosa me dejó con la boca abierta. La punta oscura, húmeda de excitación, hizo que me relamiera expectante.
—Ya estoy muy mojada —le expliqué—. N-no sé qué me pasa.
Metió la mano entre mis piernas abiertas y me acarició la cálida cara interna de un muslo con la palma.
Cuando sus dedos llegaron a mi entrepierna, se me encogieron los dedos de los pies.
Me palpó por encima de las bragas húmedas, jugando conmigo.
El nudo de mi vientre revoloteó como un millón de mariposas alzando el vuelo.
—Sí —convino—. Sí que lo estás.
Enganchó un dedo en el borde de mis bragas y las apartó. Contempló con deseo mi coño rosado y reluciente en la oscuridad. Vi un brillo en sus ojos.
Se agarró la gruesa polla por la base y avanzó, abriéndose paso entre mis mullidos muslos. —¿Estás...?
—No vuelvas a preguntármelo, Venn —gruñí, y bajé la mano de golpe para agarrarle el glande. Su excitación me pringó la palma y él soltó un gruñido ronco.
El feérico embistió hacia delante, manteniendo mis bragas apartadas, y se introdujo en mí.
Eché la cabeza hacia atrás contra la rama cuando me penetró y su grosor me llenó. Una oleada de sensaciones exquisitas recorrió mi cuerpo como fichas de dominó al caer, desde el centro de mi ser hasta mi rostro encendido.
Gemí y lo agarré de la nuca para apremiarlo a seguir. Con la otra mano busqué su culo firme y lo atraje por completo contra mí.
Venn aprovechó mi humedad para deslizarse dentro y llenarme hasta el fondo. Bastaron unas cuantas embestidas cortas para que llegara al límite; después encontró un ritmo que me levantó las piernas del suelo.
Con las rodillas flexionadas, me aferré a Venn mientras me follaba contra el árbol, al aire libre, en plena naturaleza.
Era humillante y tremendamente excitante hacerlo donde cualquier estudiante que pasara podía sorprendernos.
Me avergonzaba haber tomado la iniciativa.
Pero aquella satisfacción indecente resultaba aún más intensa.
Y las emociones encontradas que se agitaban en mi interior no podían competir con mi deseo desenfrenado. El deseo lo vencía todo.
Sentir cómo su impresionante miembro se hundía en mí acalló mis pensamientos. Pronto dejé de pensar por completo. La necesidad animal de correrme gobernaba cada jadeo, cada gemido y cada movimiento.
Cerré las piernas alrededor de su culo y empujé para ayudarlo a follarme hasta que la luz de la luna desapareció de mi vista.
Un crujido me llamó la atención: la rama sobre la que estaba sentada iba a partirse bajo mi peso y, dioses, qué situación tan vergonzosa sería...
La rama se partió en dos y solté un grito.
Venn me sujetó hábilmente las dos nalgas y me mantuvo en alto, todavía ensartada en él. Solté una risita jadeante e incrédula mientras me levantaba y seguía moviéndose dentro de mí, empujándome la espalda contra el tronco, mucho más sólido.
—Joder, Venn, qué bien lo has hecho —gruñí, aferrándome a él. La explosión estaba a punto de llegar. De un momento a otro estallaría y yo no podría evitarlo. Sentía cómo crecía la presión hacia un clímax apoteósico.
Venn permaneció casi en silencio en la oscuridad; prefirió escuchar mis gemidos suaves a exponernos a que nos descubriera alguien que pasara por allí.
Movió las caderas con fuerza y sentí cómo se hinchaba dentro de mí. Abrí mucho los ojos al notar que su miembro, duro y henchido, me dilataba por dentro y me abultaba el vientre.
Abrí la boca y dejé escapar un grito de placer entrecortado. Puse los ojos en blanco cuando la ola rompió en mi interior y se deshizo en una sucesión de ondas de éxtasis que me recorrieron entera.
Me temblaban las piernas. Si no me hubiera sostenido el culo con las manos, me habría desplomado en el suelo del bosque, convertida en una masa blanda sin huesos.
Se retiró en el último segundo, con el glande de su impresionante miembro ensanchado. Con un solo movimiento de la mano, lanzó un chorro de semen contra el tronco del árbol, justo debajo de mi coño chorreante, entre mis piernas.
Jadeé al verlo correrse, con las venas marcadas en el cuello y los brazos. Su habitual expresión afable se transformó durante una fracción de segundo en algo terrible y aterrador. Una vez expulsó hasta la última gota y quedó satisfecho, su rostro recuperó la normalidad.
Entornó los ojos.
Seguí temblando unos segundos más, todavía bajo los efectos de nuestro fogoso encuentro. Luego me reí y lo abracé. Los dos nos miramos con incredulidad por lo rápido que se había desatado todo.
Después de un último beso, me aparté un poco, dejando nuestros labios separados apenas por un suspiro. —Y ahora —murmuré, soñadora, mirando sus ojos violetas moteados de plata—, ¿qué era lo que querías contarme?
Parpadeó y me examinó la cara, con una expresión imposible de descifrar. El esfuerzo de nuestro apasionado encuentro le había dejado gotas de sudor sobre el labio superior. Tras un momento de silencio, una sonrisa tranquila apareció en su rostro. —No importa, cariño. Ya no me acuerdo.