La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 28 | Coralia #2
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Capítulo 28 | Coralia #2

Vio mi expresión y alargó la mano para tomarme de la barbilla y levantarme la cara hacia él.

Su contacto me recorrió como un rayo, que luego se convirtió en una calidez extendiéndose por mis extremidades.

—Siento lo de esta tarde —dijo en voz baja.

Parecía más serio de lo habitual—. A veces me pierdo en mis pensamientos.

Tragué saliva y asentí sin apartar la barbilla de su mano. El vértigo que me provocaba su contacto hizo que se me entornaran los ojos. —N-no pasa nada. A todos nos ocurre.

—Sí, es verdad. Pero mis pensamientos son oscuros, Coralia. Son una carga que no quiero compartir con las personas que me importan.

Arqueé una ceja, esperanzada. —¿Quieres decir que... te importo, Venn?

Su sonrisa se acentuó en un lado. —Por supuesto. ¿No es evidente?

Solté una risita de colegiala nerviosa. Deslicé la mano sobre los nudillos con los que me acariciaba la cara. Inspiré su olor a lluvia y espiré despacio. —Nunca se puede estar del todo segura.

—Pues sí, me importas.

Nos miramos a los ojos largo rato. El corazón empezó a latirme deprisa.

Las risas y conversaciones que nos rodeaban se desvanecieron.

Advertí que sus ojos de un púrpura regio tenían motas plateadas.

Eran de los ojos más singulares e intrigantes que había visto jamás.

Aunque Venn también era uno de los hombres más singulares e intrigantes que había conocido.

Era amable cuando otros eran crueles. Me defendía cuando otros me acosaban. Me ayudaba cuando otros me hacían daño.

—Mierda —gemí al darme cuenta de lo que me estaba pasando. La calidez de mi interior se convirtió en un calor abrasador.

Ladeó la cabeza y me miró con una sonrisa divertida. Supuse que mi cara colorada le resultaba fácil de interpretar.

—¿Nos vamos a otro sitio? —pregunté, deshaciéndome de la bebida.

Su sonrisa adquirió un aire perverso. —Pensaba que no me lo ibas a proponer nunca, cariño.

Nos alejamos del claro y nos adentramos en la vegetación más espesa. Me cogió de la mano y me llevó tras él hasta quedar fuera de la vista y del alcance del oído de los demás. Cuando estuvimos lo bastante lejos de la fiesta, se volvió hacia mí.

La falta de luz de las velas y de la luna ensombrecía su rostro. Todo resultaba más emocionante y misterioso. Las ramas sobresalían para pincharnos y mantenernos alerta mientras él me acariciaba la barbilla con la yema del pulgar.

Se acercó hasta quedar a un palmo de mí y su imponente presencia me envolvió. Se me cortó la respiración al alzar la vista hacia su hermoso rostro.

Los labios de Venn rozaron los míos en una danza; su aliento cálido me susurró promesas invisibles sobre la piel.

Percibí en él un tenue sabor fresco a lúpulo cítrico y estaba segura de que él notaba lo mismo en mí.

No era el alcohol lo que me aturdía y mareaba: era el propio Venn, que me excitaba sin siquiera intentarlo.

Todos mis nervios estaban en tensión, a punto de estallar en cualquier instante. Con cualquier roce.

Me rodeó con un brazo y me rozó la curva inferior del pecho, adrede o sin querer. Me puso la mano en la espalda y empezó a masajearme mientras apretaba su pecho contra el mío.

—Venn —susurré. Los pezones se me endurecieron contra sus anchos y fuertes pectorales. Mis brazos cobraron vida propia y mis manos empezaron a recorrerle el cuerpo mientras él palpaba mis curvas—. Has dicho que tienes pensamientos oscuros.

Gruñó y hundió la cara en el hueco de mi cuello. Me lo cubrió de besos que me hicieron apretar los muslos para no perder el control. Eché la cabeza hacia atrás para que pudiera seguir explorando la parte delantera de mi cuello, donde posó los labios sobre mi clavícula.

—Ahora mismo no —dijo con voz tensa.

Asentí. El deseo que sentía había despertado todo lo que llevaba reprimiendo desde mi llegada a Shadowblade Academy. Estaba avivando en mí un fuego que no había sentido en muchísimo tiempo.

Quería mantenerme fiel a mi propósito. Pero también sabía que había un momento para cada cosa, que no pasaba nada por dejarme llevar de vez en cuando. Si no quería acabar agotada y venirme abajo, necesitaba encontrar tiempo para relajarme y disfrutar de los placeres más sencillos de la vida.

Venn era mi billete de entrada a ese mundo de sensaciones.

Se apartó un instante, y sus labios dejaron una marca invisible y abrasadora allí donde habían tocado mi piel. En cuanto se alejó, lo eché de menos. Ansiosa de sentir otra vez sus caricias, le apreté los bíceps con los dedos y fruncí el ceño, frustrada.

—Coralia —dijo. Algo parecido a la culpa le cruzó el rostro—. Tengo que contarte una cosa.

Resoplé por la nariz, me puse de puntillas y le rodeé el cuello con los brazos. —Ahora mismo no —dije, devolviéndole sus propias palabras.

Aplasté los labios contra los suyos para robarle las palabras de la boca. Me tragué su jadeo y deslicé la lengua entre sus labios, tratando de imponerme aunque no tuviera ninguna posibilidad.

Él respondió, y su lengua se batió con destreza contra la mía en un duelo que habría podido prolongar eternamente... si mis demás necesidades no hubieran sido tan acuciantes.

Con una mano me agarré a su costado y con la otra le enredé los dedos en el pelo.

Él hizo lo mismo con el mío y tiró con fuerza, arrancándome un gemido contra su boca.

Me recorrió la espalda con la otra mano hasta llegar a la curva de mi culo.

Me lo apretó por encima de la falda y me hizo perder la cabeza.

Retrocedí hasta chocar contra un árbol con un «uf», sin despegar los labios de los suyos ni un instante.

Seguíamos librando aquella épica batalla por el dominio carnal, y yo estaba perdiendo.

Me daba igual: su rudeza me había puesto tan cachonda que habría dejado que Venn Gable me hiciera cualquier cosa. La mente se me llenó de posibilidades.

Me apoyé en una rama a la altura del culo, lo bastante gruesa y resistente para aguantar mi peso mientras aún tocaba el suelo con los pies.

Venn vio cómo me colocaba y arqueó una ceja. —¿Estás segura?

En respuesta, tiré de su frac y le saqué los faldones delanteros del pantalón. —Sí. —Separé las piernas y las enlacé alrededor de sus pantorrillas para atraerlo hacia mí.

—Qué impaciente —dijo con aquella sonrisa tan típica de Venn, traviesa y llena de segundas intenciones.

—No puedo evitarlo. Te necesito. —El corazón me galopaba contra las costillas, y aún más cuando me apretó un pecho y deslizó la mano por dentro de la blusa.

Jugó con mi pezón endurecido y lo pellizcó con tanta habilidad que el leve dolor se convirtió en puro placer.

Al mismo tiempo me bajó la blusa por el otro hombro, dejándome al descubierto, y se llevó el pecho entero a la boca.

Su lengua acariciaba un pezón mientras sus dedos jugaban con el otro, y yo solo pude apoyar la cabeza en el hueco de su cuello y gemir suavemente.

Mi rodilla encontró su entrepierna y el bulto duro que pugnaba por liberarse.

No podía creer lo rápido que había sucedido todo: de un beso habíamos pasado a un abrazo ardiente en el bosque y, con suerte, a algo más.

Los lejanos sonidos de la fiesta seguían de fondo, pero nosotros teníamos la atención puesta en otra cosa.

Yo no podía quitarle las manos de encima.

Él no podía apartar ni la lengua ni los dedos de mis tetas, y sonreí satisfecha al saber que era el único objeto de su deseo.

—Lo quiero —dije con avidez, apartándole la cabeza de mis pechos—. Dámelo, Venn.

—Sí, señora. —Se relamió. Unos segundos después, el tintineo de la hebilla de su cinturón atrajo mi mirada hacia abajo.