Capítulo 28 | Coralia
Coralia
CHARLI QUERÍA PRESTARME uno de sus bonitos vestidos para la fiesta, pero era imposible que me cupiera. Mis tetas habrían hecho saltar, literalmente, los botones de aquella blusa tan mona hecha para gente delgada. Quizá esa era la idea.
Necesitaba ir de compras urgentemente si iba a quedarme en Shadowblade Academy durante una buena temporada y se organizaban actividades extraescolares como fiestas paganas en el bosque.
Hasta entonces me había apañado con los tres o cuatro uniformes que proporcionaba la Academia, ya que nunca salía del maldito sitio.
Eso sí, Charli me dejó usar parte de su maquillaje, y se lo agradecí. Era la primera vez que me arreglaba desde mi vigesimoprimer cumpleaños. ¿Y te acuerdas de cómo acabó aquello? , me pregunté con desánimo.
—¡No pongas esa cara tan triste, Cor Cor! Nos lo vamos a pasar bien. Estás guapísima.
La vi en el espejo, por encima de mi hombro. Su sonrisa contagiosa me hizo sonreír. Antes, su alegría constante seguramente me habría irritado, porque yo era una aguafiestas. En Shadowblade Academy, resultaba refrescante. —Tú también estás guapísima.
Se sonrojó hasta ponerse tan rosa como su ajustado vestido palabra de honor, del color del chicle.
Era llamativo y se ceñía a su esbelta figura, resaltando aquella complexión menuda que tanto le envidiaba.
Llevaba el pelo naranja ahuecado y rizado con maestría; los mechones le caían en desorden sobre los hombros pálidos.
De no ser por aquel vestido rosa hasta las rodillas, habría pensado que era una ninfa del bosque de carne y hueso.
Yo llevaba algo más discreto, ya que no tenía mucho donde elegir.
Conseguí sacarle partido a la falda de cuadros de la Academia combinándola con una blusa de seda que Charli había conseguido de una amiga.
Su tono rojizo, un poco apagado, iba bien con los cuadros rojos y negros de mi falda y con mi pelo, y tenía pequeños detalles plateados que completaban el conjunto.
Charli ya llamaba bastante la atención por las dos.
Cuando terminé de retocarme con un poco de rímel —nada que ver con el delineado alado que salía disparado de los ojos de Charli—, me puso una mano en el hombro. —¿Lista?
—Todo lo lista que voy a estar.
—Pues salgamos y divirtámonos un poco, ¿vale?
CHARLI SACÓ DE GOLPE un pergamino arrugado de su diminuto bolso de mano. Frunció el ceño mientras lo leía.
Me asomé por encima de su hombro para intentar descifrarlo, pero era imposible. Estaba cubierto de lo que parecían jeroglíficos y caracteres antiguos. —Eh..., ¿qué es eso?
—Indicaciones. —Hizo un mohín.
—Desde luego, no se parece a ningún Google Maps que haya visto.
—Indicaciones para los portales —aclaró.
—Ah. —Se me heló la sangre al recordar las otras veces que había entrado en un portal. No eran recuerdos agradables. Salvo cuando conocí a Dreamcatcher, caminar por las sombras siempre había salido mal. Los portales y yo no nos llevábamos bien.
Charli y yo habíamos llegado al extremo oriental del campus, más allá del Centro de Entrenamiento Gable. Pasar junto al dojo me aceleró el pulso y me provocó un cosquilleo en la nuca. El apellido de su familia en la fachada me hizo pensar en Venn. ¿Irá a la fiesta?
Una vez pasado el dojo, nos apostamos junto a un edificio, con pinta sospechosa en nuestros modelitos mientras nos manteníamos fuera del alcance de las farolas.
Según Charli, para salir del campus necesitábamos magia, porque nos rodeaban unos muros altísimos vigilados por guardias. A mí me sonaba a cárcel.
De pronto caí en la cuenta de que aquella «fiesta» en el bosque seguramente no contaba con la autorización de la Academia. —Joder, nos vamos a meter en un buen lío, ¿verdad? No me lo dijiste cuando...
—No, no. Te preocupas demasiado, Cor Cor.
—Y yo que te tenía por una florecilla inocente, Char. Cuando en realidad eres una pequeña delincuente muy retor...
—¡Ah, ya lo tengo! —me interrumpió con un susurro emocionado—. Portal treinta y cuatro este, dos en la arboleda.
—¿Cómo?
—Es el portal que lleva a la fiesta. La sombra que tenemos que atravesar. Estos mapas pueden ser un poco liosos.
—Eh..., ¿podrás llevarnos? Me refiero a caminar por las sombras. No me apetece repetir lo que pasó con Sunny y acabar deslizándome al vacío.
—Sí, para caer en brazos de un guaperas sin muchas luces.
Parpadeé, apenas capaz de contener la risa. —¿Un guaperas sin muchas luces, Charli?
Se le tiñeron las mejillas de rosa. —Perdona.
—¿Seguro que puedes hacerlo? Lo de caminar por las sombras, digo. Parecía que no acababas de dominarlo...
—Aprobé el examen de mitad de semestre, Cor Cor. Puedo hacerlo. —Asintió con decisión; nunca la había visto tan segura de sí misma—. Dame la mano.
Se la di. Al entrar en la sombra más cercana, el mundo quedó envuelto en un velo violeta. Los árboles y los edificios se convirtieron en manchas borrosas. Me invadió una ansiedad conocida.
Charli no era más que una silueta a la que me aferraba con todas mis fuerzas.
El oscuro mundo místico que me rodeaba zumbaba a ambos lados mientras advertía que nos movíamos mucho más rápido de lo que habrían podido llevarnos nuestros pies.
En vez de sentir que me arrastraban lentamente hacia una sombra, como la vez anterior —cuando me había resistido—, Charli nos transportaba a la velocidad del rayo.
No tenía ni idea de cuánto había durado en realidad el trayecto, pero me pareció cuestión de segundos hasta que aparecimos en un bosquecillo de olor a pino y tierra, rodeadas de árboles.
La adrenalina me puso en alerta en cuanto salimos de la sombra de un abedul.
El bosque en el que nos encontrábamos era espeso y bullía de insectos y animales.
Las copas de los árboles ocultaban la luna, aunque algunos rayos de su tenue luz se colaban serpenteando entre las ramas.
—¡Que me follen los espíritus! —murmuré, mirando a todas partes—. ¡Lo has conseguido, Charli!
Ella se limitó a asentir, sin hacer ruido.
Después de haber logrado caminar por las sombras, me extrañó que no estuviera más contenta.
—Por aquí —dijo, soltándome la mano. Echó a trotar entre los árboles, sorteando las ramas para no ensuciar ni rasgar su vestido de volantes—. Este sitio me da escalofríos.
De algún modo parecía saber adónde iba y, para colmo, lo hacía con tacones. Me dejó pasmada. La seguí tan de cerca como pude, temerosa de perderla de vista. Parecía decidida a cumplir una misión.
Unos minutos después aparecieron los primeros indicios de vida.
Pequeñas velas rojas, encerradas en burbujas de cristal colgadas de las ramas, iluminaban nuestro camino.
Parecía una pasarela feérica y mágica, o un ritual a la luz de la luna que nos condujera a una muerte espantosa.
Me recordaba tanto a Peter Pan como a American Horror Story .
Mientras seguíamos las velas, empezaron a llegarnos otros sonidos. El incesante y desconcertante repiqueteo del bosque —unos ruidos que nos hacían sentir constantemente observadas— se apagó y dio paso a risas y conversaciones.
El ambiente de «cabaña siniestra en el bosque» se transformó en otro de «casita encantadora entre los árboles». Para mí eran dos cosas muy distintas. Todo se volvió más luminoso, tanto en el ambiente como de verdad.
Salimos de entre la vegetación a un claro del bosque, y allí fue donde empezó la fiesta de verdad.
OBSERVÉ A UN ESTUDIANTE beber de un barril boca abajo, sin ayuda de nadie. Bueno, seguramente se valía de la magia para mantener las piernas en alto.
Desvié la mirada hacia un grupo que jugaba lanzándose llamaradas de las yemas de los dedos, en una especie de guerra de bengalas. Corrían de un lado a otro como pollos sin cabeza.
Fantasmas y Fantasmas por igual reían, contaban sus historias y cotilleaban.
Por primera vez, parecían capaces de relajarse tras superar el trance de los exámenes de mitad de semestre y dejar atrás la primera mitad del curso.
Reconocí a algunos, como Benji Gamlet, un estudiante muy amable, y Mya Todden, la primera compañera de habitación de Charli, que ahora compartía cuarto con Genevieve y, sospechaba yo, era también su secuaz. Por suerte, aún no había visto a Vivi.
Tampoco había visto a ninguno de los hombres con los que esperaba encontrarme: Venn, Sunny y Dax. Los tres despertaban algo muy hondo en mí que no sabía explicar. Me hacían sentir cosas que nunca me había hecho sentir ningún hombre humano. Y desde luego, nadie de la Corteza.
Bebí un sorbo de cerveza amarga de un vaso rojo, intentando sentirme a gusto. Sin conseguirlo. Estaba sola en el claro. Entre los árboles oía conversaciones apagadas de estudiantes que, o bien eran poco sociables y no querían que los vieran, o bien pretendían ocultar lo que estuvieran haciendo.
Charli se había integrado en un grupo del claro. Verla bailar y reírse con sus compañeros me hizo sonreír. Me recordaba a Marlow, en casa. Estaba en su elemento. Era el alma de la fiesta.
—Hola.
La voz a mi espalda hizo que se me subiera el corazón a la garganta. La reconocí y ya estaba sonriendo antes de darme la vuelta.
Venn Gable estaba elegantísimo con un frac negro que le daba el aire inconfundible del protagonista de una película francesa de cine negro.
La prenda se ajustaba a su cuerpo y tiraba sobre sus bíceps.
La luz moteada de la luna hacía resplandecer su piel de un lavanda pálido y centellear su pelo plateado.
Estaba radiante. Verlo dedicarme aquella sonrisa pícara, como si no tuviera ojos para nadie más y yo fuera la persona a la que había esperado encontrar allí, me hizo sentir importante y especial.
En un lugar donde casi siempre me había sentido todo lo contrario, Venn consiguió disipar aquella soledad con una sola mirada. Se me hizo un nudo en el estómago.
La sonrisa se me borró al recordar lo ocurrido aquella misma tarde: un paseo romántico, nuestras manos entrelazadas y, después, su rechazo.