Capítulo 25 | Sunny
Sunny
CORALIA VINO A VERME al día siguiente. Y al otro. Y al otro. Durante los cuatro últimos días de mi «penitencia», recorrió con esfuerzo el pasillo lóbrego del sótano de Fort Nocturnus, con la esperanza de encontrar algo de bondad en mí.
Cada vez, la rechacé.
Daba igual lo que le dijera, cuánto la enfadara o la entristeciera: siempre volvía al día siguiente con renovada determinación.
Por lo general, intentaba traerme alguna ofrenda de paz: comida, uno de mis libros de clase, una botella de vino que le había birlado a otro estudiante.
Nada funcionaba. Bueno, acepté el vino para ahogar el aburrimiento una noche.
No sabía cómo decirle a Coralia Hargrave que no la odiaba, por mucho que ella lo creyera. Sí, me sacaba de quicio, pero solo porque me recordaba a su hermana. Además de parecerse físicamente, sus actos empezaban a parecerse también a los de Myria.
La bondad que me mostraba fue la gota que colmó el vaso.
Me costaba mantener mi fachada de indiferencia cada vez que asomaba su bonita cabeza por la esquina del pasillo.
Verla provocaba reacciones en mi cuerpo, aunque ocultaba el entusiasmo tras mi actitud distante.
Empecé a esperar con ganas nuestras pequeñas charlas, aunque solo fuera porque la celda de iniciación era un lugar terriblemente aburrido.
Si era sincero conmigo mismo, sabía que hacía algo más que salvarme del aburrimiento.
Estaba devolviéndome la fe en la humanidad, que creía perdida desde hacía mucho, desde que me convirtieron en un monstruo.
Su empeño inquebrantable en hacerse amiga de quien la había atormentado y atacado me desconcertaba y me fascinaba.
Revelaba una entereza y una fuerza de voluntad que no había advertido en ella.
También ayudaba no tener a Vivi cerca. Agradecía el descanso de aquella petarda mordaz. Me había susurrado veneno al oído sobre Coralia una y otra vez, igual que antes lo había hecho sobre Myria; igual que lo hacía sobre todos los humanos.
Pero ¿era Genevieve quien venía a verme a la cárcel día tras día? ¿Era ella quien intentaba llenarme de esperanza y optimismo? No.
Coralia era la única persona que me visitaba. Hasta mis compañeros de Guante mantenían las distancias. Dax, suponía, seguía fuera, y Venn aún estaba enfadado conmigo.
Tarde o temprano tendría que hacer las paces con Genevieve después de la metedura de pata de la semana anterior.
Me resultaba útil. Había una razón por la que la llamaba continuamente a mi dormitorio, y no era solo porque daba gusto follársela.
Aunque llenarle la boca con mi gruesa polla y ver cómo se le ponían los ojos en blanco mientras se la metía hasta la garganta con saña, consiguiendo por fin que se callara unos benditos minutos, era de lo más satisfactorio.
Pese a todo, no era Vivi a quien imaginaba por las noches durante mi encierro. No sabía explicármelo. Myria no me había atraído, así que ¿por qué me excitaba tanto Coralia?
Tal vez porque son personas distintas, pedazo de idiota.
Estar todo el tiempo dándome caña a mí mismo no ayudaba a mejorar mi humor de perros, pero era lo que había. Myria era amable y siempre estaba ahí para los demás. Coralia es mordaz e ingeniosa. Las dos son hermosas, pero ¿qué clase de persona me ha atraído siempre?
No las buenas. No las inocentes.
Las que plantan cara. Las que luchan y han tenido que luchar; algo con lo que me identifico. Las que vienen a verme a la cárcel aunque yo sea el causante de sus desgracias...
Era mi último día en la celda. Había tenido tiempo de sobra para pensar. Tiempo de sobra para urdir mis siguientes pasos. En cuanto saliera, volvería a atraer a Vivi hacia mí. Rebajaría la tensión entre mis hermanos y yo y les demostraría que había cambiado. Aunque fuera mentira.
Pero ¿es mentira? La primera noche que Coralia vino aquí, la eché a base de comentarios hirientes. Desde entonces, cada noche se ha quedado más tiempo. He hablado más. Hemos conversado.
Lo que me dijo al marcharse aquella primera noche se me ha quedado grabado. Pasé todo el día siguiente dándole vueltas: —No estás aquí por mi culpa, Sunny. Estás aquí por tu propia culpa.
Por supuesto que lo sabía. Si no hubiera querido gastarle una broma cruel, no me habría metido en aquel lío.
La sexta noche de mi encierro me había contado que, gracias a mí, había estado en el Reino Espectral.
Parecía entusiasmada, aunque no quiso explicarme por qué.
Al regresar, le resultaba más fácil manipular las sombras.
Sin embargo, me había irritado que me diera las gracias por ello, por sarcástico que fuera su tono.
No dije nada del odio que supuestamente le tenía. Pero mis defensas se estaban desmoronando. Estaba calando hondo en mí.
Y ahora, mientras miraba entre los barrotes intentando ver más allá de la esquina del pasillo, me frustraba que todavía no hubiera aparecido. Se estaba haciendo tarde. Todas las noches anteriores había llegado antes de mi escasa cena.
Aquella noche ya había cenado.
¿Me abandonará en mi última noche encerrado? ¿Se habrá hartado de mi veneno? Y ¿por qué coño me importa tanto que venga o no?
Como si me hubiera leído el pensamiento, oí el inconfundible sonido de unos zapatos sobre el suelo de piedra, al fondo del pasillo, fuera de mi vista.
La sangre pareció volver a correr por mi corazón frío y muerto. Tuve que contener la alegre expectación que me invadió. Me aparté de un tirón de los barrotes, fui hasta la pared del fondo y me senté para recuperar mi pose despreocupada antes de que apareciera.
No podía dejar que Coralia viera cuánto me afectaba su sola presencia.
Cuando entró tranquilamente en mi campo de visión, solté un suspiro exagerado y puse los ojos en blanco. —¿No tienes ningún sitio mejor donde estar, princesa? Esto empieza a dar pena. Aunque por dentro me moría de ganas de oír lo que tuviera que decir.
Coralia cruzó los brazos bajo su generoso pecho. —Parece que te vendría bien un poco de compañía.
Se me movió una comisura de los labios. —Estar solo no significa que me sienta solo.
Soltó una carcajada. —¿Eso lo dice alguien como tú? ¿Un adicto a ser el centro de atención? Claro que no.
Mi bufido se transformó en una risita. Al oírla, ella desvió la mirada, y alcancé a ver que esbozaba una pequeña sonrisa tímida. Estaba adorable cuando se avergonzaba, quizá porque ocurría tan pocas veces.
Aquel intercambio de pullas se había vuelto habitual desde que empezó a venir. Jugábamos a un juego peligroso, y comenzaba a pensar que ella también se daba cuenta. Cuando se sonrojaba y apartaba la mirada, sus ojos tardaban cada día un poco más en dejar los míos.
Aun así, disfrutaba de nuestros encuentros.
Me gustaban las mujeres con carácter y fuego en las venas.
Por arrogante que sonara, estaba cansado de que la gente me tratara como si fuera un noble o un dios.
Chicas como Vivi, que me llamaban «papi» y besaban el suelo por donde pisaba...
siempre que me las follara bien y no las hiciera enfadar.
Dominar a Genevieve era divertido, pero tenía la sensación de que disfrutaría aún más poniendo a Coralia en su sitio.
Montarme sobre su cuerpo lleno de curvas, sujetarle las manos por encima de la cabeza mientras la devoro y la hago gemir mi nombre...
Aquel pensamiento lascivo me hizo palpitar la polla contra el muslo. Tuve que cambiar de postura para estar cómodo sobre la piedra fría. Por un momento, creí ver que los ojos de Coralia se deslizaban hacia mi entrepierna.
Puede que solo viera lo que quería ver.
Se colocó unos mechones negros y rojos detrás de la oreja y se inclinó hacia los barrotes, entornando los ojos. —¿Qué pasa por esa perversa cabeza tuya durante todo el día, Sunny? Mientras estás aquí dentro.
Arqueé una ceja y ladeé la cabeza contra la pared que tenía detrás. —No querrías saberlo, princesa. Podría dejarte sin palabras. Dejé que las palabras salieran de mi garganta con una voz grave y ronca, solo para ver cómo reaccionaba.
Una nueva oleada de vergüenza le cruzó la cara mientras se fijaba en mis labios. Compuso enseguida el gesto, pero no antes de que yo me hubiera pasado la lengua por ellos.
—Prueba —dijo con voz temblorosa.
Podría haber respondido de muchas maneras.
Lo más fácil habría sido contarle todas las formas en que algún día le devoraría el dulce coño y le lamería el cuerpo pálido y voluptuoso hasta hacerle perder el sentido.
Cómo sorbería la sangre de sus venas flexibles hasta que el hormigueo y el desfallecimiento la arrastraran al orgasmo, dejándola débil y necesitada, antes de volver a llenarla con mi esencia ardiente y blanca.
—¿Sunny?
Las fantasías se desvanecieron y volví la cabeza bruscamente hacia ella. —¿Qué?
—¿Dónde te habías metido?
Fruncí el ceño. —En ninguna parte importante. ¿Qué me habías preguntado?
Se mordió el labio. —Ahora me preocupa la respuesta, después de verte abstraído de esa manera. Te he preguntado...
—Ah, sí —la interrumpí—. En qué pienso durante todo el día. Si quieres la verdad, pienso en tu hermana. No era mentira, exactamente, aunque pensaba en Myria cada vez menos desde que veía a Coralia.
Darme cuenta de ello me desalentó.
A Coralia se le iluminó la cara y se quedó tiesa como una tabla. —¿T-tú...? ¿Myria?
Asentí con desgana.
En sus ojos apareció un brillo de curiosidad y triunfo, como si creyera que por fin había llegado al meollo de su investigación. Que aquellos encuentros nocturnos en mi celda habían servido para algo.
Una sensación de lo más extraña me revolvió por dentro: dolor.