La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 23 | Venn
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Capítulo 23 | Venn

Venn

SE ME REVOLVIÓ EL ESTÓMAGO después de dejar a Coralia en la residencia de mujeres para que se reuniera con su mejor amiga y con su gato. No fue hasta que me alejé bajo el frío de la noche cuando me di cuenta de que estaba perdiendo la cabeza.

Cómo me había palpitado el corazón cuando me rodeó con los brazos. Cómo se me había disparado el pulso al verme mirado por aquellos ojos enormes y vulnerables, llenos de dolor. Todo apuntaba a una sola cosa: me estaba enamorando de Coralia Hargrave. Hasta las trancas.

Y, sin embargo, aquellas sensaciones me hacían sentir un traidor, porque ella no sabía que mi afecto por ella había nacido de una mentira.

Cuando el director Cane detectó la firma de poder de Coralia, encargaron al Guante de Hudson traer a la chica a Shadowblade Academy.

Supuse que se trataba de mantener cerca a los amigos y aún más cerca a los enemigos, y yo la había traído para evitar que cayera en malas manos.

Pero sabía que Alaric Cane tenía segundas intenciones.

Aquel cabrón astuto siempre las tenía. Y ahora temía haber dejado a Coralia precisamente en las malas manos contra las que él me había advertido.

Yo hacía de espía del director, pero ¿durante cuánto tiempo sería solo eso?

La Academia formaba asesinos. Yo era uno de ellos.

Temía lo que Alaric acabaría pidiéndome que hiciera.

No, no me lo pediría: me lo exigiría. Por alguna razón arbitraria, considerarían que ella suponía una amenaza demasiado grande para la Academia y habría que matarla.

¿Qué amenaza representaba Coralia en realidad para la Academia? Apenas sabía tejer hechizos. Manipulaba las sombras tan bien como sabía volar.

La única amenaza que representaba Coralia era para mi corazón. Concretamente, la de robármelo.

Mi instinto me decía que acabaría convertida en otro «encargo» para los Fantasmas. Una cifra más con la que mantener a raya a la población sobrenatural «malvada» y a Shadowblade Academy como la principal fábrica de asesinos de toda la región.

De hecho, el pequeño desaguisado de Sunny, fuera accidental o no, probablemente bastaría para justificar una condena a muerte. Los secretos de la Academia no podían salir a la luz, ¿verdad?

Tradicionalmente, el «trabajo final» del semestre de un Fantasma consistía en aplicar en la práctica, en el mundo real, las habilidades aprendidas a lo largo del año.

En esencia, asesinar a alguien que no le gustaba a la Academia.

Nunca te decían por qué ni qué había hecho el objetivo hasta que era demasiado tarde.

Si eras un estudiante que aspiraba a convertirse en shadowblade, tenías que cumplir la orden o arriesgarte a sufrir una muerte prematura.

Los cadetes de aquí no podían marchitarse como flores.

No podían venirse abajo bajo presión. Todos sabíamos dónde nos metíamos cuando llegamos a Shadowblade Academy, y el «trabajo final» era la hora de demostrar que no hablábamos por hablar.

De asegurarse de que éramos capaces, merecedores y, sobre todo, leales.

Cuando Sunny, Dax, Quentin, Myria y yo cursábamos el año de Fantasma, nos dieron un encargo de ese tipo. Un «ejercicio de equipo», en realidad, para ver cómo nos compenetrábamos. A partir de ahí, nos convertimos en un Guante, con Jace Hudson como Muñeca, líder y responsable.

La misión en la que participamos los cinco no era algo en lo que me gustara recrearme, porque fracasamos estrepitosamente...

, aunque no tanto como para que nos expulsaran.

La convicción no nos había faltado: entramos sabiendo lo que teníamos que hacer.

Pero la información era errónea, la ejecución fue un desastre y el trabajo acabó en fracaso.

Pese a ello, nos consideraron dignos, capaces y leales, y proporcionamos a la Academia mucha información nueva.

Información que, sospechaba, se convertiría en nuevos «encargos» para cadetes deseosos de impresionar.

Y así seguía girando la rueda.

Recé para que Coralia no se hubiera puesto sin querer en el punto de mira y convertido en uno de aquellos «encargos».

Me debatía entre dos lealtades, porque le debía fidelidad al director Cane. Le debía lealtad a la Academia. Él me había aceptado a pesar de mi pasado, convencido de que podía hacer algo de mí.

La Academia se había convertido en el lugar donde expiar mis pecados pasados en la Corte Unseelie.

Y, sin embargo, mientras recorría el frío sendero empedrado que atravesaba el parque en penumbra hacia la residencia de hombres, me pregunté cuánta lealtad les debía de verdad al director Cane, a la Muñeca Hudson y a todos los demás.

Me estaban utilizando. Siempre lo había sabido y, hasta hacía poco, no me había importado. Era una herramienta, como todos los shadowblades, para que la usaran a su antojo. Interpretaba bien el papel de soldadito obediente.

Ahora las cosas habían cambiado. Ya no podía dejar a un lado lo que sentía por Coralia por el bien de la misión que debía cumplir.

Ella se había convertido en la grieta de mi armadura de acero, sellada por un juramento, y amenazaba con derrumbar la identidad que llevaba construyendo desde mi llegada a Shadowblade Academy.

Estaba furioso con Sunny por lo que había hecho. Con su cruel bromita había puesto en peligro la vida de Coralia. Era irónico que me enfadara con él cuando yo llevaba todo ese tiempo espiando para el director.

Y, para colmo, no tenía a nadie a quien acudir.

A nadie a quien pedir consejo. Mi operación era clandestina y, por indicación de Alaric, me la guardaba para mí.

¿Por qué yo? Me lo preguntaba a menudo. ¿Por qué me eligió el director?

¿Porque caigo bien? ¿Porque quiere poner a prueba mi determinación?

¿Porque sabe que una cara bonita y una historia triste me pueden?

Seguía sin saber exactamente qué debía vigilar en Coralia, más allá de estar atento por si resultaba ser... ¿qué?... ¿malvada? ¿Una especie de agente doble?

La idea era absurda. Coralia no era precisamente inocente: tenía una lengua que pinchaba como alambre de espino y podía ser indomable. Pero, aunque no fuera inocente, era pura. Tenía el valor de una leona.

Me sentía afortunado de haberla encontrado en su ciudad natal, vagando por los lugares que solía frecuentar.

Me dolió verla tan destrozada cuando por fin di con ella, porque aquella no era ella.

Probablemente había sopesado sus opciones y decidido que no podía volver a casa sin poner en peligro a sus amigos y a su familia.

Aunque nunca se lo preguntaría, me gustaba pensar que había evitado a sus seres queridos y se había quedado vagando como un fantasma por lugares conocidos.

Conocía demasiado bien esa sensación. Como ella, yo no podía regresar a mi pasado en la Corte Unseelie. La diferencia era que yo no quería , mientras que a ella le había dolido llegar a esa conclusión.

Todos los que estábamos en Shadowblade Academy teníamos nuestras heridas. Nadie se convertía en un maldito asesino por ser feliz. Todos arrastrábamos un pasado oscuro.

Ver a Coralia aquella sofocante noche en la ciudad me había despertado el deseo de ahondar en sus orígenes. Quería saberlo todo sobre ella. Quería ayudarla.

Lo último que quería era matarla , joder, pero sabía que aquella «petición» acabaría llegando.

En aquel momento no sabía qué vencería: el amor o la lealtad.

MIS PIES ME LLEVARON a la residencia de hombres, pero no a mi habitación. Antes de que pudiera darme cuenta de lo que hacía, estaba plantado ante la puerta de Sunny, hirviendo de rabia y apretando los dientes. Encendiéndome cada vez más.

Entré de golpe sin llamar, sin importarme si estaba con Genevieve, haciéndose una paja, estudiando o haciendo cualquier otra cosa. Tenía que responder por lo que había hecho. En aquel momento era la única persona con la que se me ocurría desahogarme.

Sunny se levantó de un salto de la cama, donde estaba sentado. Al ponerse en pie cerró los puños y arqueó las cejas con gesto amenazador, probablemente creyendo que lo atacaban. Al ver que era yo, relajó la postura, aunque me observó con recelo.

—Hermano, tenemos que hablar —solté, con la ansiedad recorriéndome el cuerpo.

—¿Has oído hablar de llamar a la puerta, Venn? ¿Y si estuviera...?

—Me da igual. Esto es importante.

Abrió las aletas de la nariz. Al alto vampiro no le gustaba que lo interrumpieran ni que le hablaran con condescendencia. —¿Qué pasa?

—Te has vuelto cruel, Sunny. —Solté el aire bruscamente—. Utilizas tus poderes para hacer daño.

No dijo nada. Apretó los labios hasta formar una línea fina y se cruzó de brazos a la defensiva.

Hice un gesto impreciso hacia su habitación. —No sé a qué viene tu obsesión con Coralia ni si Genevieve Jade tiene algo que ver, susurrándote cosas al oído. Pero esta crueldad tiene que acabar.

Sunny retrajo el labio superior con un gruñido.

—¿Que yo me he vuelto cruel, Venn? —preguntó con voz siniestra.

Entonces estalló y me señaló con un dedo—.

¡Pues tú te has vuelto blando! Para eso sirven estos poderes, hermano.

¿Crees que nos estamos convirtiendo en shadowblades para ayudar a la gente?

No seas ingenuo. ¡Nos estamos convirtiendo en shadowblades para matar gente!

Oírlo hablar con tanta ferocidad, con tanta agresividad, me hundió el ánimo. Sunny Conway siempre había sido difícil de tratar, pero aquella era una faceta suya que no conocía. La odié. Y eso lo decía un feérico Unseelie, de los seres más difíciles de tratar de cualquier reino, por lo general.

La tensión crepitaba entre nosotros: yo en la puerta, él a pocos pasos, delante de su cama. Era una energía palpable, a punto de estallar.

Parecía al borde de perder el control. Estaba fuera de sí.

Recordando sus anteriores estallidos de ira, aquello me hizo ver las cosas desde otra perspectiva.

Abrí los ojos de par en par. Su obsesión no es Coralia, sino Myria.

Siempre ha sido así. Siempre le ha enfurecido cómo se gestionó su desaparición.