La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 22 | Coralia
48%

Capítulo 22 | Coralia

Coralia

CUANDO SE DISIPÓ EL ATURDIMIENTO de los portales, me invadió la emoción. Me descubrí sonriendo. Me puse en pie, me tambaleé un instante y fijé la vista en el estrecho pasillo. Al fondo, unas sombras se movían por la pared, proyectadas desde la cocina. Sombras con forma humana.

Un millón de pensamientos se agolparon en mi cabeza. Había tantas cosas que quería contarle a Marlow, tantas que necesitaba explicarle. Fui repasándolas mentalmente. Le diría que no había querido marcharme de forma tan brusca y que me habían secuestrado.

No, mejor eso no. No quiero alarmarla. Si me secuestraron aquí, ¿qué le impediría pensar que también pueden llevársela a ella ?

Sabía que verme sería un golpe para ella. Tenía que actuar con cabeza y no revelar demasiado. Seguro que me preguntará si he averiguado algo sobre la desaparición de mi hermana.

Fruncí el ceño al pensarlo. Porque no había averiguado nada. A decir verdad, seguía sin tener ni idea de dónde estaba Myria, igual que al empezar el semestre. Me había dejado arrastrar tanto por la vorágine fantástica de Shadowblade Academy que ni siquiera había encontrado una maldita pista.

Hasta entonces le había fallado a Myria.

Cuando vuelva a Shadowblade, tendré que ponerme las pilas de verdad. Se acabó perder el tiempo, babear por tíos buenos y preocuparme por los malditos exámenes parciales.

Le di vueltas a la idea mientras una férrea determinación se asentaba en mi vientre. Luego se convirtió en ansiedad. ¿«Cuando» vuelva a Shadowblade? Más bien, si vuelvo.

No tenía ni idea de cómo regresar. Seguía sin saber dónde estaba la Academia y, aunque lo supiera, tampoco podría presentarme allí como si nada.

La sorpresa ocupó el lugar de la ansiedad. No me podía creer que pensara en Shadowblade Academy con tanta convicción. Como si no tuviera nada más que hacer salvo volver allí. Hubo un tiempo en que me moría de ganas de regresar a casa, a mi vida normal.

Ahora las cosas habían cambiado. Después de descubrir que podía escupir fuego por la palma de la mano, de investigar más, de conseguir elaborar algunas pociones alquímicas y de acercarme al Guante de Hudson, comprendí que estaba entregada por completo a la Academia. Al menos hasta que encuentre a Myria.

Puse los ojos en blanco y negué con la cabeza. Lo primero es lo primero. Tengo que contarle a Marlow qué ha estado pasando.

Respiré hondo para prepararme y eché a andar por el pasillo, arrastrando los pies sobre la alfombra con el mayor sigilo posible.

Desde la diminuta cocina llegaban voces a través del pasillo. Dos voces: una era sin duda la de Marlow y la otra, de un hombre.

La sonrisa torcida se me borró de la cara.

Reduje el paso, indecisa. El temor me recorrió las venas en oleadas y me mareó.

Me detuve en seco a mitad del pasillo y, de pronto, recordé las palabras que Charli Fairfax me había dicho antes: —Si tu amiga llega a saber de este lugar, podrían implicarla o incluso matarla. Podría correr peligro.

Me escocieron los ojos. Parpadeé para ahuyentar el dolor. Como una cobarde asustada, me pegué a la pared y comprendí una dura verdad: ¿Cómo voy a contarle a Marlow nada de lo que ha pasado sin parecer una loca y sin meterla en todo esto?

Llevaba semanas y semanas desaparecida, sin dar señales de vida. Quería que se lanzara a mis brazos, que nos abrazáramos como hacen las mejores amigas, pero ya no estaba tan segura de que eso fuera a ocurrir.

Al principio, Marlow había querido ayudarme desesperadamente a encontrar a Myria. Estaba harta de la aburrida vida de siempre en el Crust, como ella decía.

¿Podría convencerla de que no la había abandonado a propósito, dejándola allí sola para pagar el alquiler y quizá buscar otra compañera de piso? Quiero decir, ahora mismo hay alguien más en esa cocina. Lo oigo.

¿Me habían sustituido en mi propia casa?

Y la pregunta más apremiante de todas: ¿contarle a Marlow lo de Shadowblade Academy cambiaría algo de lo que había hecho? ¿O solo la pondría en peligro sin necesidad?

Si estuviera en su lugar, pensaría que mis palabras eran una locura de remate.

Vamos, ¿portales de sombras, cambiapieles de zorro, hadas y antiguos poderes mágicos?

Marlow sabía vagamente de la existencia de los «Anormales», pero no conocía la verdadera magnitud del mundo sobrenatural ni hasta qué punto impregnaba el nuestro.

El miedo al rechazo me dejó clavada en el sitio.

El riesgo me hizo comprender que no podía hacerlo.

Por el bien de Marlow, no podía poner su vida en peligro solo porque quisiera que supiera que yo no era una persona de mierda; que había tenido intención de contar con ella, pero los planes habían cambiado.

A fin de cuentas, Shadowblade Academy estaba formando asesinos. Si su norma principal era que nadie ajeno a la Academia podía saber que existía y descubrían que yo se lo había contado a Marlow, no me cabía duda de que enviarían a alguien a matarla.

Alcé la cabeza para mirar el techo desconchado de nuestra pequeña casa, estrecha y alargada. Me había servido de hogar durante mi estancia en el Crust, pero, hasta que no hubiera terminado definitivamente con Shadowblade Academy, no podía permitir que nadie supiera que había vuelto.

Contuve las lágrimas y, pegada a la pared, escuché las voces que llegaban de la cocina.

—¿Desayuno para cenar, cariño? ¿En serio? —dijo la voz masculina entre risas.

Reconocí la voz y fruncí el ceño, incrédula. No me jodas. ¿Brad... el de Lindon’s? ¿El mismo Brad que había intentado pedirle salir a Marlow «por lo menos ocho veces», según ella? ¿Se había estado haciendo la difícil todo ese tiempo?

—Cállate —gruñó Marlow, aunque sin demasiada convicción. Más que nada, sonaba triste y un poco nostálgica—. Era el plato favorito de Coralia.

Me tembló el labio inferior y las lágrimas se me escaparon de los ojos. No podía sorberme la nariz ni hacer el menor ruido por miedo a que me descubrieran, pero tampoco podía contener lo que sentía.

—Ah. —Brad soltó un gruñido. Tras oírse el chirrido de un tenedor contra un plato y un bocado crujiente, preguntó—: ¿Llegaste a averiguar qué le pasó?

—No. Desapareció sin más. Me dejó una notita, pero ni siquiera parecía escrita por ella.

Porque no la escribí yo. La escribió Venn: «Me he ido a vivir la vida a tope», o alguna gilipollez por el estilo.

Brad resopló. —Pues yo, en tu lugar, dejaría de pensar en ella. Te abandonó.

—Cállate, Brad.

Sí, cállate, Brad.

La tensión de Marlow era como una goma estirada a punto de romperse. —Seguro que tenía sus motivos.

¡No quería abandonarte, cariño! ¡Me secuestraron!

Cuando volvieron a la comida y se pusieron a comer en un silencio tenso, retrocedí hacia mi habitación antes de romper a llorar desconsoladamente y arriesgarme a que me descubrieran.

Recorrí el pasillo a hurtadillas, como un ratón por un barco naufragado, sintiéndome fatal por abandonar a Marlow una vez más.

Pensé en dejarle otra carta sobre mi antigua cama, pero lo descarté. Solo conseguiría darle un susto de muerte.

Entorné la puerta de la habitación, fui hasta la ventana y la abrí un poco. Unos segundos después, salí a la húmeda noche de Nueva Orleans.

Cerré la ventana tras de mí y me alejé deprisa de la casa. Solo cuando puse suficiente distancia de por medio y creí que ya no me descubrirían, me derrumbé en plena calle y rompí a sollozar.

UNA HORA DESPUÉS, MÁS O MENOS, ya se me habían secado las lágrimas. Me sentía sin fuerzas y con el corazón vacío. Con los hombros caídos y la cabeza gacha, deambulé sin rumbo por el Crust.

Me di cuenta de que, aunque fuera inconscientemente, me dirigía a Jose’s Ranchero. Seguramente porque necesito ahogar las penas en alcohol.

En Jose’s había celebrado mi vigésimo primer cumpleaños: el detonante de todos los cambios de mi vida. Allí fue donde Sunny había intentado capturarme por primera vez en el callejón, como un acosador enloquecido, pero yo había conseguido quitármelo de encima.

Y ahora me encontraba de nuevo exactamente en el mismo lugar, enviada de vuelta por aquel mismo hombre. Menudo idiota.

¿Y si todo esto no es más que una prueba? La idea me hizo levantar la cabeza. ¿Y si la Academia sabe que estoy aquí y solo quiere ver cómo reacciono después de devolverme de golpe al mundo humano?

Un segundo después, descarté la idea con un resoplido.

No, Sunny Conway no piensa tan a largo plazo. Como siempre, solo intentaba intimidarme, y esta vez la ha cagado.

Pasé por delante del gabinete de videncia de Madame du Mond, que estaba cerrado. Mientras caminaba, traté de recordar la inquietante profecía de aquella mujer. Hacía tiempo que no pensaba en ella.

Solo tardé unos segundos en recordar el presagio:

—Seis formas oscuras de llegar al abismo.

Cinco Nudillos para cerrar el puño.

Cuatro años hasta cortar la Muñeca.

Poderes y desgracias vienen de tres en tres.

Dos almas gemelas no ven el bosque por mirar los árboles.

Un día oscuro para quedar mancillada y libre.

Después de repetírmelo mentalmente varias veces, arqueé las cejas. Aminoré mi triste y pausado caminar al darme cuenta de que ahora algunas partes tenían sentido. Lo que antes me había parecido un revoltijo de disparates encajaba con lo que sabía de Shadowblade Academy.

—Cinco Nudillos para cerrar el puño —dije en voz alta. Hacen falta cinco «Nudillos», es decir, cinco estudiantes, para formar un «Guante» o equipo.

—Seis formas oscuras de llegar al abismo. Debe de referirse a las distintas disciplinas de la magia de sombras —la manipulación de sombras, el desplazamiento por las sombras y otras que aún no conozco— que permiten recurrir al Reino de las Sombras.

—Cuatro años hasta cortar la Muñeca. —Al repetir aquel verso, una oleada de alarma me recorrió el cuerpo.

La «Muñeca» es el profesor que dirige cada Guante.

Como Jace Hudson. Aquellas palabras sonaban ominosas.

¿Significa que le pasará algo malo a Jace dentro de cuatro años? Tenía que preguntárselo o advertirle.

De momento, seguía sin poder descifrar la segunda mitad del presagio. Pero pensar que quizá había desentrañado parte de su significado me provocó una mezcla de entusiasmo e inquietud.

Levanté la vista de la calle y vi que Jose’s Ranchero estaba a solo dos manzanas. Había llegado.

—Coralia.

La voz a mi espalda me detuvo en seco.

Me volví despacio y encontré a Venn Gable a unos veinte pasos, con las manos hundidas en los bolsillos de una chaqueta mullida.

La capucha le ocultaba la piel lila y volvía ilegible su expresión.

Recortado contra la noche de Nueva Orleans, con la luz anaranjada de una farola iluminándolo como a una estatua, ofrecía una imagen de lo más teatral.

Se me aceleró el pulso. —Venn —grazné. La voz me salió ronca y débil, seguramente porque llevaba horas sin hablar y había estado llorando.

Pensé en salir corriendo, solo porque mi instinto de lucha o huida me lo pedía. Me fastidiaba no poder verle bien la cara para saber si estaba decepcionado, enfadado o si ahora me consideraba una amenaza por andar vagando por territorio humano después de haber estado en su preciosa Academia.

Cuando dio un paso hacia mí y mi cuerpo se tensó sin que pudiera evitarlo, se detuvo y alzó las manos. —No he venido a hacerte daño, Coralia.

Solté una risa desdeñosa. —¿Te han enviado a ti porque eres el más simpático y el que tiene más confianza conmigo?

Ladeó la cabeza, sorprendido. —¿Qué? No. He venido por voluntad propia.

—¿Por qué?

Su mirada reflejaba preocupación; no por mí, sino quizá por mi salud mental. —Eh... Para llevarte de vuelta, claro.

—¿Me castigarán si regreso, Venn?

Negó con la cabeza. —No, cielo. Me aseguraré de que no lo hagan. No has hecho nada malo.

Otra vez aquella palabra: «cielo». Se me vinieron abajo las defensas y ni siquiera oí el resto de lo que dijo.

Mi determinación se hizo añicos y, de pronto, me sentí como una niña pequeña y vulnerable.

Las emociones me arrollaron mientras mi fortaleza interior se derrumbaba como un castillo de naipes.

Lo miré con ojos suplicantes y me sorbí la nariz. No me podía creer la emoción que me bullía por dentro al verlo en el Crust. Al mismo hombre que me había sacado de allí a la fuerza.

En tan poco tiempo, Shadowblade Academy y sus extraños habitantes se habían convertido en la gran obsesión de mi vida.

Antes de que mi cabeza pudiera ordenarme que me detuviera, mis pies me llevaron hacia él. Corrí a su encuentro y, al chocar nuestros cuerpos, Venn me envolvió en un fuerte abrazo. Cuando lo rodeé con fuerza por la cintura, soltó un leve jadeo.

—Ay, Venn —susurré, apoyando la mejilla contra su robusto pecho—. Por favor, llévame de vuelta.

—¿De verdad? —preguntó con el cuerpo rígido—. Creía que opondrías más resistencia.

Negué con la cabeza y alcé los ojos hacia los suyos, de un intenso color violeta. —Ya he visto suficiente de este lugar.

—¿De «este lugar»? ¿Te refieres a tu casa?

Otra lágrima me resbaló por la mejilla. La última, me prometí, que derramaría por aquel mundo desastroso y por mi desastroso regreso a él.

—Ese es el problema, Venn. Me temo que ya no tengo un hogar.

Me dedicó una sonrisa dulce y apacible. —Entonces, construye uno con nosotros, Coralia.