Capítulo 21 | Coralia
Coralia
CAÍ EN UNA OSCURIDAD absoluta. Sentía el cuerpo ingrávido, pero me envolvía una sensación familiar, como si ya hubiera estado allí.
Lástima que no tuviera ni idea de dónde era allí .
Mis ojos funcionaban. Podía ver. No tenía ningún punto de referencia y aquella negrura absoluta me daba miedo. Me envolvía como una manta, sin ceder un ápice.
Pasaron unos segundos en el vacío. Quise gritar, pero, al abrir la boca, no salió sonido alguno.
Entonces mis pies chocaron contra algo concreto. Sólido.
Solté una bocanada de aire y eché a correr... No, eso no era. No estaba corriendo. Una fuerza invisible tiraba de mí en una dirección.
La oscuridad que me rodeaba dio paso a un tono púrpura intenso y brillante. Aparecieron formas negras contra el «cielo» púrpura, siluetas borrosas a mi alrededor.
Me llegó una voz susurrante, incomprensible y aguda, como la de alguien que hablara por un altavoz de radio amortiguado en el vacío. Las voces iban y venían en mis oídos. Me frustraba no entender qué decían.
Aquella fuerza tiraba de mí hacia ellas.
Entorné los ojos y distinguí dos figuras negras, casi informes, de donde provenían las voces.
Aunque sus rostros eran borrones imposibles de descifrar, abrí los ojos de par en par al reconocer sus complexiones: una pequeña y otra alta.
Por su lenguaje corporal, estaban discutiendo...
O, al menos, la pequeña gritaba y agitaba los brazos sin parar.
¡Charli y Sunny!
Al comprenderlo, se me dispararon los pensamientos y recorrí con la mirada el horizonte púrpura. Las formas negras que había visto al principio eran edificios, árboles y todo cuanto me rodeaba en Shadowblade Academy, cerca del límite del parque.
Parpadeé y miré hacia delante, adonde me arrastraba la sombra... hacia otro agujero negro.
Acababa de caer por un agujero negro. No quería atravesar otro. No tenía ni idea de dónde acabaría.
El mundo se había convertido en una película oscura y translúcida superpuesta a todo lo que yo sabía real: una imagen térmica en la que podía fijarme, solo que en tonos púrpuras y negros en vez de rojos, naranjas y amarillos.
Con el corazón desbocado, intenté calmarme. Traté de hacer lo que me habían enseñado mis profesores: despejar la mente. Era difícil con aquella inquietante fuerza tirando de mí hacia el agujero negro.
Cuando estaba a apenas un par de metros, algo se rompió. La fuerza que me sujetaba aflojó. Aproveché para dar un paso a la izquierda y apartarme de su trayectoria.
El mundo se quebró y me precipité, tropezando, hacia una negrura aún más profunda: otra caída libre por la nada.
Esta vez, cuando grité al vacío, pude oír mi propia voz.
TENÍA TODOS LOS SENTIDOS intactos, pero estaba desconcertada. Parpadeé un par de veces para acostumbrarme a lo que me rodeaba.
Aunque no parecía nada nuevo. Una vez más, me asaltó una sensación de familiaridad.
Estaba sentada en un sofá de terciopelo rojo, con el ceño fruncido.
Mordiéndome el labio, miré alrededor de aquella habitación aún difusa.
La turbia oscuridad empezó a disiparse como la niebla, hasta que quedó claro que me encontraba en un lugar de verdad, no en un limbo indefinido donde no sabía qué era arriba ni qué era abajo.
¿Por qué me produce tanto déjà vu esta habitación?
El papel pintado antiguo, el sofá, el suelo... Lo reconocía todo.
Entonces se abrió la puerta que tenía enfrente y entró un hombre conocido. Alto, atractivo de un modo rudo, con una melena negra y despeinada que le rozaba los hombros.
—¡Tú! —grité mientras me levantaba de un salto del sofá y lo señalaba con el dedo.
Arqueó las cejas, sorprendido. —Vaya, has vuelto. —Se acercó a mí, rascándose la barba oscura que le cubría la barbilla—. Dos veces en... ¿Cuánto tiempo ha pasado? Bueno, da igual. No suelo recibir visitas.
—¿Visitas? ¿Qué demonios es este sitio? —Abrí los brazos—. La última vez que estuve aquí, estaba soñando. Eres un invento —lo acusé—. No eres real.
Acortó la distancia entre nosotros con una larga zancada. —¿Quieres tocarme para comprobar si soy real?
Estás para comerte, pero no me fío precisamente de las apariciones. —No —dije secamente, cruzándome de brazos—. Solo quiero saber qué está pasando.
—Debes de haber Deslizado otra vez. —Su voz era como vino con miel y me hizo sentir una oleada de calor justo bajo la piel.
—¿Deslizado? ¿Con mayúscula?
—Exacto.
Alcé la barbilla, desafiante. —Al menos esta vez sé lo que significa.
—¿Ah, sí? —preguntó, ladeando la cabeza—. ¿Por qué pareces tan confundida, entonces?
Se me borró la expresión desafiante. —¡No estoy confundida! Es solo que... Vale, estoy un poco confundida. ¿Eres malvado?
—Depende de a quién preguntes.
—¿Quién eres?
—Nadie. Solo un alma perdida. ¿Importa?
—¿No tienes nombre?
Se dio unos golpecitos en la barbilla mientras pensaba. —Veamos, puedes llamarme... Moonwalker.
Solté una carcajada breve, con un resoplido. —Eh... Ni hablar.
—¿Por qué no? —La leve mueca de decepción de su rostro esculpido resultaba un tanto entrañable.
—Porque ese título solo le pertenece a un hombre. Y tú no eres él.
—¿A quién le pertenece?
No podía creer que le estuviera siguiendo el juego. —Da igual. Dime que no eres humano sin decirme que no eres humano.
—No entiendo. ¿Qué te hace pensar que no soy humano?
—Que no sabes quién es Michael Jackson, tío. ¿El Rey del Pop? —Me encogí de hombros ante su mirada escrutadora—. No, te llamaré... Vigilasueños.
Ladeó la cabeza, adoptando una expresión casi extraterrestre. —Bueno, no es exactamente lo que ocurre aquí, pero, si a ti te hace ilusión...
Lo interrumpí con un gesto de la mano. —Dime de una vez qué hago aquí.
Cruzó sus musculosos brazos sobre el pecho. —Esperaba que tú me dijeras lo mismo, muchacha. No es habitual ver dos veces a la misma persona en el Reino Espectral.
El corazón me dio un vuelco. —¿El Reino Espectral?
—¿El reino de las almas perdidas? Creía que acabábamos de hablar de eso.
—Por favor, cuéntame más —le supliqué—. ¿Es distinto del lugar donde estaba hace un momento?
—¿Te refieres a tu plano material? Sí. ¿O te refieres al Reino de las Sombras? También.
Gemí y eché la cabeza hacia atrás, frustrada. —Ay, que Dios me ampare y me estrangule.
—Aquí Dios no puede ampararte, muchacha.
Volví la cabeza hacia delante de golpe, sacudida por otro déjà vu.
Eso fue exactamente lo que me dijo la profesora Avery en clase de desplazamiento por las sombras . Me devanaba los sesos intentando recordar qué más me había contado. Ataduras entre mundos... caminos... Madre mía, dijo tantas cosas en tan poco tiempo.
En aquel momento deseé haber sido mejor estudiante. —¿Por qué no puede ampararme Dios, Vigilasueños? —pregunté.
Me señaló con un dedo severo. —¿Crees en Él?
Me mordí el labio y me encogí. —Supongamos que sí.
—Por cierto, habrá que darle una vuelta a ese nombre de «Vigilasueños», señorita. Dios no puede ampararte porque todos estamos atrapados aquí. Lo más probable es que estuvieras viajando entre dos sombras del Reino de las Sombras...
¿Aquel manto púrpura y negro que cubría el mundo?
—...y Deslizaste. Eso te trajo aquí.
Se me cayó el alma a los pies. —¿Eso significa que estoy... atrapada aquí? ¿Como tú? ¿Podré volver alguna vez?
Me dedicó una leve sonrisa. —Solo el tiempo lo dirá.
—¡Joder! ¡No! Tengo que volver. No tenía que pasar así. ¡Por fin estaba empezando a descubrir mis poderes!
Hizo un gesto vago hacia la habitación, que tenía un aspecto bastante corriente y aburrido. —Has estado aquí dos veces, chica. No muchos pueden decir lo mismo. Tengo la impresión de que tu cometido va más allá de todas estas... tonterías.
Dejé de despotricar e intenté descifrar lo que insinuaba. Para ser un espíritu, era bastante amable. O, al menos, alentador. —¿Por qué dices eso, Vigilasueños? —Casi se me escapó una risita cuando vi cómo se le tensaba la mandíbula al oír el mote que le había puesto.
—Porque eres mucho más poderosa que la primera vez que viniste —dijo con sencillez.
Se sentó en el borde del sofá—. Cuando llegaste por primera vez a mi humilde morada, estabas a punto de descubrir tus poderes.
Ahora están floreciendo. A menos que hayas rejuvenecido y hayan pasado años desde tu última visita...
—No. Ha pasado un mes o dos.
Dio unas palmaditas suaves. —Pues ahí lo tienes.
—¿Cómo sabes que mis poderes se han despertado?
—Porque las almas perdidas tenemos poderes propios. —Se pasó una mano por la melena despeinada, con aire un poco avergonzado—. Aunque tener un cuerpo físico no es uno de ellos.
—Entonces, ¿ no puedo tocarte? ¿A qué venía esa mierda tan inquietante de «tócame y lo descubrirás»?
Se rio entre dientes. —Me gusta ver cómo reacciona la gente. Eres divertida, muchacha. Me recuerdas a alguien a quien conocí.
—Fantástico. Si tengo esos «poderes», ¿por qué apenas puedo usarlos? Es como la última patata de un bote de Pringles: por mucho que meta la mano, no consigo alcanzarla.
—Paciencia, muchacha. Ya lo conseguirás.
—¿Cuándo?
—Después de salir de aquí, supongo.
Me dejé caer en el sofá, completamente exasperada. —Pues eso no me ayuda.
—Quizá esto sí —dijo. Se levantó de su extremo del sofá con un gruñido. Vigilasueños se alzó imponente ante mí. Tenía que admitir que ya no me daba miedo. La sorpresa inicial me había puesto en guardia, pero ahora no parecía tan mala persona. Y, desde luego, da gusto mirarlo.
Alcé los ojos hacia su rostro con una mirada suplicante, como la de un cachorro.
Bajó la mano y me tocó el hombro.
Lo sentí: sus dedos ásperos y encallecidos me erizaron la piel de expectación y me pusieron la carne de gallina.
Jadeé y advertí que alzaba una ceja, sorprendido. Su reacción no contribuyó precisamente a tranquilizarme.
Apartó la mano de mi hombro como si hubiera tocado el fuego.
Seguí su mirada hasta mi brazo y vi que se estaba... desvaneciendo. Mi puto brazo, literalmente, perdía consistencia y se volvía transparente, dejando ver el sofá a través de él. Me quedé boquiabierta y el corazón volvió a golpearme las costillas. —¡Hostia puta! ¡¿Qué has hecho?!
—Parece que ya es hora de que te marches.
Gemí mientras otras partes de mi cuerpo se desvanecían. Ya no tenía ninguna de las dos manos. —Ay, Dios, ¿me estoy muriendo? —Me quedé mirando los muñones de mis brazos, que también estaban desapareciendo.
Si esto es morir, al menos no duele.
—Perdona, parece que me equivocaba. Yo... no sabía que podía hacer eso. —Soltó una risita nerviosa y me dedicó una sonrisa torcida—. En cierto modo, yo también soy nuevo en todo esto.
Y yo que había pensado que era una especie de aparición antigua y sabia, un oráculo o un vidente capaz de profetizar mi futuro. En realidad, Vigilasueños solo estaba un peldaño por encima de mí en la escala de los que no tenían ni idea.
—¡Maldita sea! —grité justo cuando la desaparición alcanzó mi torso y mi cuello.
—¡Hasta la próxima, desconocida!
—¿A-adónde iré? —pregunté frenética. Un segundo después, mi boca desapareció.
—Por el primer portal de sombras que te trajo aquí, supongo. Eso espero.
AbrÍ LOS OJOS DE GOLPE, con el miedo recorriéndome el cuerpo. La oscuridad se arremolinaba a mi alrededor y una fina franja de luz la cortaba por encima de mí. Estaba boca abajo, sobre un suelo de madera.
Al gemir y levantar la cabeza, me sentí mareada y aturdida. Me llevé una mano a la sien y me apreté la frente, intentando que el cerebro volviera a su sitio.
Observé cuanto me rodeaba.
Y se me abrió la boca por enésima vez aquella noche.
La luna entraba por una ventana a mi izquierda y formaba aquella turbia lanza de luz sobre mi cabeza. A mi derecha había una cama intacta. Me llegaron olores familiares desde un pasillo que quedaba a mi espalda.
Olores maravillosos, orgásmicos, que no pude evitar aspirar con una ruidosa inhalación.
Beicon chisporroteante y tortitas esponjosas.
El primer portal de sombras... no el portal que Sunny usó conmigo. ¡El primer portal que atravesé, cuando Venn me raptó de aquí!
Había vuelto a casa. A la Crust. A mi habitación.