La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 20 | Sunny
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Capítulo 20 | Sunny

Sunny

GENEVIEVE ESTABA DE rodillas entre mis piernas, con las palmas apoyadas en mis muslos y la cabeza moviéndose arriba y abajo sobre mi polla. Hacía unos ruidos obscenos al succionar mientras intentaba metérsela en la garganta hasta donde podía, con arcadas y ahogándose con mi longitud.

Por la forma en que flexionaba los dedos y se aferraba a mi carne, notaba que se esforzaba por darme placer. Pero, si algo sabía de Vivi Jade, era que nunca quería decepcionar a su papi.

Lástima para ella que yo no sintiera lo mismo.

La chica se me pegaba como una lapa siempre que podía.

Se colgaba de mi brazo y me hacía ojitos, pestañas postizas incluidas, como si nuestra relación fuera lo más importante del mundo.

En público parecíamos la pareja perfecta: dos bellezas de libido insaciable que arrasaban cada día en la manipulación de sombras y follaban como conejos cada noche.

A ojos de los demás, estaba claro que nuestros hijos serían dioses.

La realidad tenía más matices. Para empezar, estaba casi seguro de que se follaba a medio centro. No podía demostrar mis sospechas, pero solo porque, sinceramente, nuestra relación me importaba demasiado poco para intentarlo.

Para mí, nuestra «relación» se había basado en una mentira desde el principio. Al igual que Vivi, yo era un cabrón retorcido —quizá por eso parecíamos hechos el uno para el otro— y tenía segundas intenciones.

En concreto, Genevieve siempre había odiado a Myria Hargave.

Myria había sido como una hermana para mí antes de desaparecer.

Había sido la hermana pequeña de todos nosotros en el Guante de Hudson, y esa era en parte la razón por la que me cabreaba tanto que a Dax y a Venn pareciera importarles una mierda lo que le había pasado.

Genevieve, en cambio, era celosa por naturaleza. Seguro que creía que Myria y yo habíamos tenido algo. A mí nunca se me había pasado por la cabeza, porque, en mi opinión, meter el sexo por medio solo servía para joder los lazos de familia. De ahí no podía salir nada bueno.

Ahora que Myria había desaparecido, Vivi me tenía para ella sola...

Abrí las aletas de la nariz cuando una de las manos de Genevieve abandonó mi muslo para acunarme los pesados huevos. Cerró los dedos con delicadeza y apretó lo justo para arrancarme un gruñido.

Tenía que reconocer que, fueran cuales fuesen mis otros motivos, el cuerpo de Vivi me venía bien cuando necesitaba desahogarme, como aquella noche, después de encontrarme a Venn y Coralia en el dojo.

Alzó los párpados y sus ojos oscuros centellearon al mirarme, como si me pidiera que la dominara. Que le demostrara que era mía. Sus labios seguían pegados a mi verga veteada de venas como una ventosa mientras movía la cabeza arriba y abajo.

Por fin se echó hacia atrás y mi polla salió de su boca con un chasquido. Jadeaba, con la lengua fuera. —Tienes una polla enorme, papi.

—Ya me lo has dicho —murmuré.

No respondió y volvió a la tarea: separó sus labios carnosos para meterse la punta de mi polla en la cálida boca.

No podía evitar sentirme indiferente, aunque una de las chicas más guapas de la Academia me estuviera haciendo una mamada entusiasta. Si, por casualidad, no se follaba a medio centro, sabía que la mayoría de aquellos tíos matarían por estar en mi lugar.

Yo estaba demasiado distraído para que me importara.

Como Conway, me habían criado para no preocuparme por los sentimientos ajenos.

Las personas eran un medio para conseguir un fin.

En concreto, alimento. La riqueza y el poder siempre habían ocupado puestos altos en nuestra escala de valores, pero estaban por detrás de la supervivencia.

La riqueza y el poder permitían vivir rodeado de lujos y comodidades. Mi familia había vivido como si el mundo entero estuviera a su disposición. Y, cuando se vivía tantísimo tiempo, era lógico querer despreocuparse de todo.

Pero yo no había nacido Conway. Nadie nacía siéndolo. Nos convertían . Los recuerdos de mi vida anterior se habían desdibujado tras varias décadas como vampiro, pero siempre quedaba un vestigio en algún rincón de mi mente, molestándome sin descanso.

Necesitaba algo más que sexo y sangre para seguir adelante.

Mi pasado era oscuro. No me gustaba hablar ni pensar en él, pero, en pocas palabras, me había prometido no volver a estar nunca en el último peldaño de la cadena alimentaria. Que les dieran a los Conway, a los Jade y a la Academia: tenía que ser fiel a mí mismo por mí.

Llevaba tiempo intentando desprenderme de los rasgos horribles que me habían lastrado durante años. El adoctrinamiento dejaba huella, y era difícil sacudirse tanto odio.

Poco a poco había ido avanzando. Venn y Dax podían dar fe.

Entonces murió Quentin y, poco después, desapareció Myria. La hermandad que habíamos construido se desmoronó a nuestro alrededor. Creía que seguíamos perdidos, intentando llenar el vacío de nuestras almas como buenamente podíamos.

Quizá por eso Venn intenta acercarse tanto a Coralia: porque le recuerda a Myria, pero para bien . A diferencia de mí, a quien Coralia le despierta recuerdos dolorosos, a Venn le produce nostalgia.

Hasta Dax parece querer ayudarla. En las últimas semanas ha salido de su habitual caparazón más de lo que lo había visto salir en mucho tiempo.

Entonces, ¿por qué me irrita tanto Coralia?

¿Y por qué coño no puedo dejar de pensar en ella?

—¡Que los Espíritus me amparen! —exclamó Genevieve, apartándose de mi polla de golpe, con saliva escurriéndole por la barbilla. Mi miembro dolorido se erguía como una columna, latiendo con furia frente a su cara. Ella abrió mucho los ojos—. Se te ha puesto aún más dura, papi.

—¿Te he dicho que podías parar?

La frustración me hervía por dentro. No quería admitirlo, pero sabía en qué había estado pensando cuando se me había endurecido todavía más en su boca.

Y no era en la mamada salivosa que Vivi me estaba haciendo.

Genevieve lamió una gota de líquido preseminal de la punta. Su lengua recorrió despacio la parte inferior de mi verga, saboreándome. Lamió el pliegue entre mis huevos y se metió cada uno en la boca por turnos, aspirando mi olor y dejándose llevar.

Mi larga polla le caía sobre la frente y le revolvía el pelo negro azabache. La miré desde arriba sin poder evitar fruncir el ceño. Lo que hacía me resultaba placentero, sí, pero tenía otros planes.

No podía seguir perdiendo el tiempo con aquella seductora. Necesitaba despejarme. —Basta —dije entre dientes. Le agarré el pelo con el puño y le eché la cabeza hacia atrás. Se separó de mis huevos con un jadeo y una mirada de miedo—. Inclínate sobre la cama.

Asintió con vehemencia. —S-sí, papi, claro.

La solté y Vivi se puso en pie. Fue hacia la cama tambaleándose como una cervatilla recién nacida.

Llevaba una minifalda ceñida a las caderas que le llegaba hasta la mitad de sus muslos curvilíneos y un top negro atado al cuello que dejaba a la vista su vientre plano y sus pechos generosos, que le botaban al andar.

Cuando se inclinó sobre la cama, con las manos apoyadas en las sábanas, sacó el culo hacia mí y me lanzó una mirada tímida por encima del hombro. La curva inferior de sus nalgas exuberantes asomaba por debajo del dobladillo de la falda. —¿Así, papi?

Me acaricié la polla unas cuantas veces para mantenerla dura y me levanté de la silla con un simple gruñido por respuesta.

Sus ojos brillaron al contemplar mi erección reluciente, que se balanceaba de un lado a otro mientras me acercaba a ella, aún húmeda de saliva y líquido preseminal.

Su mirada resplandeciente recorrió mi cuerpo musculoso y una sonrisa burlona le curvó los labios.

La sonrisa desapareció cuando le subí la minifalda bruscamente por encima del culo y se la amontoné en la estrecha cintura. Sus nalgas redondas quedaron al descubierto y se tensaron bajo mi polla.

Le metí la polla entre las nalgas y deslicé mi verga pegajosa sobre la tira del tanga que apenas le cubría el ano.

Vivi gimió y dejó caer la cabeza. Con voz ronca, suplicó: —Por favor, papi, ¡fóllame! Fóllate bien fuerte a tu niña.

Aparté sus bragas y le cubrí con la palma la entrepierna húmeda; noté lo resbaladiza y mojada que estaba por mí. Mis dedos exploraron su coño y ella dejó escapar otro gemido.

—No basta, cariño. Por fa...

Su voz se cortó en un jadeo cuando embestí hacia delante con un chasquido seco de carne contra carne. Mi polla se hundió en ella y penetró con facilidad. Su coño se cerró a mi alrededor mientras me introducía e intentaba llegar hasta el fondo.

Le agarré las nalgas carnosas con ambas manos y moví las caderas adelante y atrás sin darle ocasión de recuperar el aliento.

Le temblaban las piernas mientras yo hacía con ella lo que quería. Apoyó la frente en la cama para estar más cómoda y no tener que sostenerse sobre los brazos temblorosos.

Boca abajo, con el culo alzado para que yo lo devorara. Así era como me gustaba tenerla.

Mis primeras embestidas fueron lentas y fuertes, para asegurarme de que sintiera bien lo que podía ofrecerle. Cuando su coño empezó a aflojarse al acostumbrarse a mi grosor y longitud, aceleré el ritmo y no le di tregua.

Gemía como una perra en celo, con la voz entrecortada por golpes de placer.

A medida que me dejaba llevar, le di un azote.

Ella soltó un chillido. —¡Sí, papi, más! ¡Más fuerte!

Me incliné hacia delante, le agarré el pelo oscuro con el puño y le eché la cabeza hacia atrás. Su voz se quebró en un sonido ahogado. —Cállate, putita.

Los gemidos de Vivi se convirtieron en quejidos; sus ojos oscuros miraban sin ver hacia el techo mientras yo me la follaba con brusquedad y hacía chocar sus nalgas contra mis caderas en cada embestida.

Cerré los ojos hasta encontrar mi ritmo y, cuando los abrí, ya no estaba mirando a Genevieve Jade, mi presa.

El culo era más grande; el cuerpo, más carnoso, con más curvas y más suave. Recorrí con la mirada la piel pálida de su espalda y descubrí que tenía entre los dedos pelo negro con mechones rojos.

Contuve un jadeo.

Mi polla latió con fuerza dentro de ella.