Capítulo 19 | Coralia
Coralia
AL DÍA SIGUIENTE, ESTABA demasiado emocionada para quedarme quieta. ¡Podía hacer magia! Aunque mis habilidades fueran una birria comparadas con las de todos los que me rodeaban, yo ya había estado a punto de tirar la toalla. Me conformaba con lo que hubiera.
Me habría pasado el día entero con Charli practicando el tejido de hechizos.
Pero ella tenía su propia vida y sus cosas que estudiar, así que fui a la biblioteca de la Academia, en el aburrido barrio de los edificios blancos, cogí unos viejos tomos sobre los fundamentos de la hechicería e investigué por mi cuenta.
Me enfrascé tanto en el estudio que perdí por completo la noción del tiempo. El día dio paso a la noche. Los estudiantes entraban y salían en tropel. Yo, en cambio, seguía allí. Un sábado por la noche.
Mientras copiaba pasajes en un cuaderno, anoté señas con las manos, gestos, encantamientos: todo lo que encontraba y que pudiera ayudarme a mejorar.
Me obsesioné. Y yo que creía que, después de encontrar a mi hermana, podría volver a mi aburrida vida de siempre.
Que no tenía poder alguno y que todo esto no era más que una gran farsa.
Con todo lo que acababa de aprender, no sabía muy bien qué iba a hacer. Lo que de verdad quería era encontrar la manera de aplicar a la manipulación de sombras toda la información que había aprendido sobre el tejido de hechizos. Tenía mucho terreno que recuperar.
Por supuesto, tras aquella primera chispa de fuego delante de Charli, había probado enseguida con la manipulación de sombras. Por desgracia, obtuve el mismo resultado de siempre, pero esta vez no dejé que me desanimara demasiado.
Necesitaba algo que activara mis habilidades con las sombras, si es que de verdad las tenía, porque los exámenes parciales estaban a la vuelta de la esquina. Si las cosas no cambiaban pronto, estaba jodida. Me echarían de la Academia antes siquiera de que pudiera descubrir de qué era capaz.
Un gruñido sordo llegó a mis oídos y me hizo enderezarme.
Llevaba horas encogida como un duende, enfrascada en los libros y tomando apuntes.
Parpadeé para humedecerme los ojos resecos, recorrí con la mirada la silenciosa biblioteca y vi que estaba casi vacía.
Alguien rebuscaba entre los libros a mi espalda, pero no tenía fuerzas para volverme a ver quién era.
El gruñido volvió a sonar y fruncí el ceño. Me llevé una mano a la barriga. El ruido sale de... mí. Joder, ¿cuándo fue la última vez que comí? Llevaba horas funcionando sin combustible.
—No aprenderás gran cosa si acabas en la enfermería por desnutrición —gorjeó una voz detrás de mí.
Venn Gable rodeó mi silla y se acercó a mí. Se sentó en el borde de mi mesa con una sonrisa burlona en aquella cara tan bonita.
Lo fulminé con la mirada. —¿De dónde coño has salido? ¿Me has estado siguiendo?
Levantó una mano. —Tranquila, torbellino. El hambre te pone de mala leche.
—No has respondido a mi pregunta.
—Tu compañera de habitación me ha dicho dónde estabas.
—Así que sí me has estado siguiendo. —Fruncí aún más el ceño.
Alzó el libro que llevaba en la mano. En la cubierta se leía Compuestos alquímicos III. —Has faltado a nuestra sesión de repaso.
Se me borró el gesto de enfado y en su lugar apareció la vergüenza.
—Mierda. —Desvié la mirada y me rasqué el cuello.
—Eh... Supongo que se me ha ido el santo al cielo.
¿Era esta noche? —Tras recibir un leve asentimiento, resoplé.
—¿A quién se le ocurrió la brillante idea de quedar para repasar los sábados por la noche ?
—A ti.
Se me cayó aún más el alma a los pies y me ardieron las mejillas. —¿E-en serio? No me acuerdo.
El pesado manual cayó sobre la mesa a mi lado con un golpe sordo. Venn se cruzó de brazos. —¿Esa es tu defensa, Cor? Llevamos tres semanas haciéndolo.
Estaba intentando recular, pero no tenía escapatoria. Odiaba que me pillaran. La verdad era que me sabía mal haber faltado a mi cita con Venn, sobre todo porque era uno de los pocos Fantasmas a los que soportaba.
—¿Lo dejamos para otro día? —pregunté, avergonzada.
Chasqueó la lengua y negó con la cabeza. —Ni hablar. Recuerda que el examen parcial no consiste solo en manipulación de sombras. Tienes que demostrar aptitudes en todas las asignaturas.
—¡Pero Venn, no lo entiendes! —exclamé, ganándome un «¡Chist!» tajante de la bibliotecaria desde el otro lado de la sala. Me incliné hacia él y repetí en un susurro: —Venn, no lo entiendes. Acabo de descubrir que puedo hacer magia. Sé tejer hechizos. Tengo que...
—Mira, ya sé que la Alquimia no es tan espectacular ni tan sexy como las demás cosas que se hacen aquí, pero sigue siendo imprescindible para convertirse en shadowblade.
Oírlo decir «sexy» me dejó sin palabras. Me descubrí mirándole los labios carnosos, fijándome en cómo se movían al hablar. Era un hombre precioso, y aquel ligero tono lavanda de su piel resultaba único y cautivador.
Salí de mi ensimismamiento cuando se dio cuenta de que lo observaba con tanto interés. Seguro que parecía una pervertida. Me descubrí apretando los muslos debajo de la mesa, alarmada por aquella excitación repentina. Mierda, tengo que salir de aquí.
—Vale —solté de golpe—. ¿Cuándo quieres que lo hagamos?
—No hay mejor momento que ahora —dijo, dedicándome otra sonrisa encantadora. Cogió el pesado manual y lo agitó delante de mi cara. —Vamos, primero cenaremos.
UNA HORA DESPUÉS, YA HABÍAMOS cenado y yo empezaba a ver las cosas con claridad otra vez. Ya no estaba tan irritable ni tan aturdida, y hasta tenía ganas de trabajar con Venn.
Ya habíamos repasado juntos unas cuantas veces, pero hasta entonces las sesiones habían sido bastante inocentes.
No había pasado nada digno de mención entre nosotros, aparte de que yo lo miraba de vez en cuando como un lobo hambriento.
Quería hundir las manos en su pelo plateado y, en ocasiones, tampoco me habría importado comprobar si el vello de más abajo era del mismo color.
Desde el comedor, Venn me acompañó hasta el Centro de Entrenamiento Gable. Al llegar a la cúpula, arqueó las cejas varias veces. —¿Te apetece que entremos por las malas?
—Eh... ¿Cómo?
Unos segundos después, abrió la puerta principal, que estaba cerrada con llave. El corazón empezó a latirme con fuerza ante la idea de que estuviéramos haciendo algo indebido, hasta que lo vi intentar guardarse una llave en el bolsillo sin que me diera cuenta.
Lo miré sin inmutarme. —Si tienes llave, no es precisamente entrar por las malas, Venn.
Sonrió y entró. Cuando encendió las luces, me sorprendió lo inmenso que era en realidad aquel lugar. Por supuesto, había estado muchas veces en el dojo, pero vacío parecía un estadio de fútbol cubierto.
—Así que tu familia construyó esto, ¿eh? —pregunté mientras lo seguía hasta una mesita al otro lado de la sala. Junto a ella había una pizarra blanca con varios nombres garabateados con rotulador borrable.
—Eso dicen —respondió Venn con aire enigmático. Metió la mano en una mochila apoyada contra la pizarra y empezó a sacar tubos de ensayo vacíos, vasos de precipitados y líquidos.
Arqueé las cejas. ¿Tenía una mochila escondida aquí? O sea, que pensaba traerme. ¿Está intentando impresionarme o algo? ¿Y cómo demonios ha conseguido sacar todo eso de la clase de Alquimia? Supuse que entrar en el dojo no había sido su primera incursión de la noche.
Aunque intenté que no se me notara, la verdad era que estaba consiguiendo impresionarme. Quería preguntarle por qué había esperado hasta entonces para traerme, pero algo que había dicho me llamó la atención. —¿«Eso dicen», Venn? Quiero decir... ¿tu familia lo construyó o no?
Me dedicó una sonrisa torcida sin dejar de colocar los tubos sobre la mesa. —Mi familia hace donaciones importantes a la Academia, Cor. Yo no tengo nada que ver.
Me crucé de brazos. —Entonces, ¿la Academia hace negocios con los feéricos Unseelie?
Enarcó una ceja y la irritación le ensombreció las delicadas facciones. —¿Qué se supone que significa eso?
Dejé caer los brazos, intentando recular una vez más. —Oh, nada. Perdona, no quería que sonara así. —Me maldije por haber parecido tan estirada. —Es que pensaba que los feéricos Unseelie eran...
—¿Malvados? ¿Odiados por todo el mundo?
Tragué saliva y asentí apenas, avergonzada.
Para mi sorpresa, no se enfadó. Al cabo de un instante, dejó de fruncir el ceño y esbozó otra de sus sonrisas habituales.
—Entonces supongo que debería alegrarme de que Alaric Cane y la Academia fueran capaces de dejar a un lado los prejuicios, ¿no?
—Hizo un gesto con la mano, como si no tuviera importancia.
—Además, no es que mi apellido en el frontón me dé ningún privilegio.
Abrí los brazos de par en par. —A ver, estamos aquí , en plena noche y sin nadie más alrededor, ¿no? Eso parece un privilegio bastante, eh... notable.
—No tengo esa llave por ser un Gable, cariño. La tengo porque pertenezco al Guante de Hudson. —Me guiñó un ojo y me hizo arder por dentro.
Aparté la mirada y me encogí. Apenas oí nada de lo que dijo después de llamarme «cariño». La vergüenza debió de reflejárseme en la cara, o quizá él se dio cuenta demasiado tarde de lo que había dicho, porque, cuando volví a mirarlo, su piel violeta pálido se había oscurecido.
—Perdona —dijo, aclarándose la garganta. Volvió la atención a la mesa y examinó los frascos y los líquidos como si fueran lo más fascinante del mundo. —¿Empezamos?
Me acerqué para hacerle sitio junto a la mesa. Tuve que mover un poco la pizarra, levantándola torpemente con ambas manos. A mi espalda, su voz se fue apagando: —Bueno, ¿por dónde íbamos...?