Capítulo 18 | Coralia
Coralia
QUINTA SEMANA. UNA OLEADA de entusiasmo palpable recorría el campus mientras los estudiantes se preparaban para la próxima temporada de Shadowball. Empezaría dentro de unas semanas, antes de los exámenes de mitad de curso.
En el comedor, en clase e incluso mientras paseaba por el campus, oía a mis compañeros discutir los puntos fuertes y débiles de cada Guante, o equipo. Apostaban por los jugadores que, según ellos, destacarían como estrellas, despuntarían aquella temporada o pasarían sin pena ni gloria.
No tenía ni idea de en qué consistía aquel deporte, ni me importaba demasiado.
Menuda sorpresa: nunca había sido deportista ni animadora.
Durante mis años de formación había sido más bien una friki de teatro que llevaba calentadores en los brazos.
De pequeña, prefería ver el último episodio de Naruto antes que el fútbol americano del domingo por la noche.
Mientras crecía la expectación, yo me encerraba en mi habitación para probar suerte con mi magia.
Seguía sin conseguir nada con las artes de las sombras.
Pero, cuando la primavera empezó a dar paso al verano, anunciando la temporada de Shadowball, y el parque del campus se convirtió en un espectáculo de flores silvestres de todos los colores, algo cambió dentro de mí.
Mi primer pequeño triunfo llegó un viernes por la tarde, cuando refrescaba.
Las clases habían terminado y fui al comedor a por una cena caliente que reconfortara mi cuerpo agotado y frustrado.
Fui sola, así que no dejaba de mirar a mi alrededor, alerta por si aparecía alguno de los que me acosaban.
Genevieve, su pandilla de chicas y Sunny no estaban por allí, y eso me quitó tensión de los hombros y me permitió relajarme un poco.
Después de devorar mis espaguetis con albóndigas mágicas, volví a la residencia, donde había quedado para estudiar con Charli.
Que los Espíritus bendigan a esta chica por acceder a quedar conmigo un viernes por la noche .
Podría haber salido con sus amigos mágicos.
A diferencia de mí, Charli hacía amigos enseguida, gracias a su carácter tan alegre y a esa dulzura suya que se contagiaba.
Subí a la tercera planta de la residencia y, cuando estaba a punto de entrar, oí un estrépito dentro.
Di un respingo y se me tensaron los músculos al alargar la mano hacia el pomo. Entonces oí unos maullidos lastimeros y me tranquilicé, sonriendo al reconocer a Bruce Kittenson. El muy pillo está haciendo de las suyas: seguro que anda tirándolo todo de las encimeras.
Abrí la puerta. Me quedé boquiabierta.
A Brucey le había dado un ataque de locura. Saltó de nuestro diminuto sofá, arañando el cuero con las uñas, y salió disparado hacia mi cama. De allí saltó al escritorio que había a los pies, y los papeles salieron volando como si hubiera pasado un huracán.
Pero lo que me dejó boquiabierta fue que algo lo perseguía: un pequeño...
¿zorro de pelaje anaranjado y dorado? Su larga y frondosa cola lo impulsaba mientras intentaba morderle los talones a Bruce y saltaba allá donde iba mi gato.
Bruce maullaba juguetón, pasándoselo en grande, y el zorro soltaba sus propios gañidos y unos ruiditos que parecían risitas.
Lo primero que hice fue mirar las ventanas, por si estaban abiertas y había dejado entrar a algún animalillo del bosque.
Estaban cerradas.
Cerré la puerta a mi espalda y los dos animalillos interrumpieron su alocada persecución. Desde mi escritorio, Bruce volvió la cabeza de golpe hacia mí. Su expresiva cara mezclaba miedo y curiosidad: sabía que lo había pillado con las manos en la masa.
El zorro chocó contra el trasero de Bruce y cayó de lado. Luego agitó sus patas negras y se sentó, tieso como una tabla. Sus grandes ojos me resultaron familiares, y solté una exclamación ahogada cuando se encontraron con los míos.
—¿Se puede saber qué demonios pasa aquí? ¡Brucey, da explicaciones! ¿Quién es tu amigo?
Con un resoplido asustado, el zorro saltó del escritorio y pasó como una exhalación a mi lado hasta el otro extremo de la habitación. Se subió a la cama rosa de Charli y se escondió bajo la manta de lunares.
Fruncí el ceño mientras la criaturita se revolvía bajo la manta, oculta a mis ojos. Entonces empezó a dibujarse un bulto más grande debajo.
Unos segundos después, asomó una cabecita por encima de la manta. Lo primero que vi fue el pelo anaranjado y rizado de Charli; después, su cara roja como un tomate me recibió con una sonrisa tímida. —H-hola, Cor Cor.
Miré a Bruce y luego volví a mirarla a ella, señalándola con un dedo. —Espera un momento. Tú eres...
—Lo siento. Se me había olvidado que hoy habíamos quedado para practicar. Sujetó la manta con sus manitas, manteniéndola levantada hasta la barbilla. —¿Puedes darte la vuelta para que me vista?
Parpadeé y asentí como una boba. Una vez de cara a la puerta, apoyé la frente en ella y oí un revuelo a mis espaldas. —¿Eres un zorro, Charli?
—Una cambiapieles de zorro. Sí.
—Eso es... adorable. ¿Por qué no me lo habías contado?
—Nunca salió el tema, cielo. Vale, ya puedes darte la vuelta.
Cuando me volví, estaba poniéndose una camiseta blanca de tirantes sobre su cuerpo delgaducho. Ya se había puesto unos pantalones de chándal y terminó envolviéndose en un abrigo enorme. Sentada en su cama, se hundió tanto dentro de él que parecía un bulto del que solo sobresalía una cabecita.
Me rasqué la cabeza. —¿Sientes alguna especie de... afinidad por Brucey? Desvié la mirada hacia mi escandaloso gato, que ahora que se había acabado el juego me observaba con fría indiferencia.
—¿Eh? ¿Qué quieres decir? Solo me parece mono.
Aquello podía interpretarse de muchas maneras. Solté lo primero que se me pasó por la cabeza: —No habrás dejado que Bruce... Ya sabes.
Ladeó la cabeza, confundida. Yo ni siquiera era capaz de terminar la frase, porque era demasiado guarra y Charli, demasiado inocente. Por un momento pensé que no iba a pillarlo, pero al final lo entendió. Sus mejillas adquirieron un intenso tono escarlata. —¡Qué! ¡N-no! ¡Qué asco, Cor Cor!
Agité las manos frenéticamente delante de ella. —¡Perdona, perdona! Es que no quiero que nos encontremos con un montón de gatitos correteando por aquí y... Espera, ¿eso siquiera sería posible? Supongo que no, ¿eh? No había forma de detener aquel torrente de palabras.
—¡Para, por favor! Apretó los ojos con fuerza. —Me has contaminado la mente para siempre.
—Sí, suelo causar ese efecto.
—¿Podemos ponernos a estudiar de una vez?
—Sí. Por favor.
Durante la hora siguiente me enseñó encantamientos de Briarwitch Academy: «magia básica», según ella. Pronunciaba palabras extrañas, de una lengua desconocida, en voz baja; hacía los movimientos con las manos, y yo la seguía palabra por palabra y gesto por gesto.
De las yemas de sus dedos brotó un pequeño chorro de agua que mojó la alfombra junto a su cama. —Uy —dijo, y repitió las palabras con una ligera variación. El agua salió de sus dedos y giró formando una doble hélice. Se lanzó hacia el suelo sin desprenderse de su mano. —Estoy un poco desentrenada.
Observé fascinada cómo la punta del chorro rozaba la alfombra y después volvía a su mano.
Charli llevaba casi cinco semanas enseñándome sus poderes mágicos.
Nunca dejaba de asombrarme lo que era capaz de hacer.
Podía crear torbellinos de viento capaces de apagar una vela o cortar hojas; látigos de agua que describían arcos en el aire; barreras de fuego que envolvían su puño en llamas para protegerlo.
Lo llamaba «tejido de hechizos» y me había hablado de las tres escuelas básicas de magia.
—Los Espadashechizo crean magia ofensiva, como bolas de fuego, maremotos y cosas así.
Los Escudoshechizo usan esos mismos elementos para crear magia defensiva, como barreras de fuego y muros de hielo.
El tejido de hechizos es una especie de combinación de las dos.
Las Piedras del Juicio determinan a qué escuela pertenece cada usuario de hechizos en Briarwitch Academy, pero es más una ceremonia que otra cosa: no necesitas que las Piedras elijan por ti.
El poder está dentro de cada ser sobrenatural.
Charli me contó que cada usuario estaba limitado a una sola escuela. —Salvo Dawn Rose, claro. Fue una alumna famosa, descendiente de un antiguo linaje, que pertenecía a las tres escuelas.
Había oído hablar de ella, aunque solo vagamente. —Parece poderosa.
—Poderosísima —coincidió Charli—. También tenía otros poderes. No sé muy bien cómo explicarlos ni qué hacen.
Me entraron ganas de conocer a Dawn Rose. Por lo poderosa que parece, quizá podría enseñarme algo sobre mí misma. —¿Dónde puedo encontrarla? —pregunté—. ¿Sigue en Briarwitch, de profesora o algo así?
—Ah, no. Se supone que tiene una misión mucho más importante. La última vez que supe de ella, viajaba por el mundo intentando librar de su maldición a seres sobrenaturales.
—¿Seres sobrenaturales malditos?
—Los Transformados. Sufren una especie de mal que los deja sin voluntad —explicó Charli.
Su expresión se ensombreció—. Se los puede encontrar vagando por bosques, montañas y cualquier lugar al que no haya llegado la civilización, pero en los últimos años cada vez quedan menos gracias a la señorita Rose. Aunque ella es una sola persona.
—Esos Transformados parecen peligrosos.
—Quieren comerse tu cerebro.
Solté una exclamación ahogada. —¡¿C-cómo?!
Charli soltó una risita. —Es broma, cielo. Pero la risa se le apagó en los labios. —Bueno, creo... No sé muy bien de qué van. ¡En fin! Volvamos a lo nuestro. Este es el encantamiento para...
Dejé de escucharla. Me enseñó otro pequeño truco de magia, pero yo apenas prestaba atención. A aquellas alturas ya me sabía los movimientos y los gestos. Ese no era el problema.
Joder, cuánto podría haber aprendido en Briarwitch Academy, pensé, entristecida.
Había pasado directamente de los estudios básicos a los avanzados, y ahora estaba descubriendo lo difícil que era hacerlo.
Estaba mucho peor preparada que mis compañeros.
No me extraña que aquí no sepa hacer una mierda. ¡No he recibido la formación necesaria!
—Vale, ¿preparada? —preguntó Charli, devolviéndome a la realidad. Estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la cama.
Asentí con seguridad. Por dentro, la desesperanza me atenazaba el estómago y me hundía en la tristeza: sabía cómo iba a acabar aquel pequeño ejercicio. Por mucho que lo intentara, hiciera lo que hiciera, nada cambiaría. Bendito fuera el optimismo de Charli, pero estábamos dando palos de ciego...
—¡Coralia! —chilló.
—¿Eh? Bajé la mirada a la palma de mi mano extendida, con la que había imitado el movimiento de las suyas.
De las yemas de mis dedos saltaban chispas.
Abrí la boca poco a poco, con los ojos cada vez más desorbitados por la incredulidad.
Una pequeña lengua de fuego surgió serpenteando de mi palma y avanzó hacia Charli, formando un cilindro que iba creciendo. Crepitó y siseó, y siguió creciendo hasta que la columna de fuego casi me alcanzó las yemas de los dedos.
—¡D-Dios mío! —balbuceé.
En cuanto me asusté y volví de golpe a la realidad, la llama vaciló y desapareció. Una bocanada de humo se arremolinó en el aire antes de disiparse.
Charli lanzó un gritito emocionado y se abalanzó sobre mí, rodeándome con los brazos en un abrazo que casi me dejó sin aire. —¡Sabes tejer hechizos como yo, Cor Cor! Como la mayoría de los shadowblades, en realidad. ¡Puedes hacerlo, cielo! ¡Eres una auténtica usuaria de magia!
Estaba demasiado atónita para hablar.
Hostia puta. Lo he conseguido.
Pero ¿cómo?