La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 16 | Venn
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Capítulo 16 | Venn

Venn

ESTABA SENTADO FRENTE AL DIRECTOR Cane en su sala de reuniones de Fort Nocturnus. Como siempre, reunirme con aquel anciano enjuto me tenía inquieto y nervioso. Aparte de que imponía, me preocupaba decepcionarlo: no porque temiera por mi vida, sino porque sabía de lo que era capaz.

Desde mi llegada a Shadowblade Academy, el director Cane se había convertido para mí en una especie de figura paterna que, sinceramente, yo nunca había pedido.

Era autoritario y exigente, y me vigilaba como un halcón.

Aunque, bien pensado, vigilaba como un halcón a todos en la Academia: era su trabajo.

Aun así, por mis antecedentes, tenía la sensación de que mi caso era un poco especial. Me prestaba más atención que a los demás.

En una escuela llena de asesinos, Alaric tenía que ser el que mandara. Puede que fuera más viejo y estuviera más arrugado que en sus años de gloria, pero seguía teniendo una presencia tan imponente que me helaba la sangre.

Nos miramos durante largo rato. Sus ojos acerados se clavaban en mí como si pudieran verme el alma.

El anciano mago juntó las manos huesudas, formando un tejadillo sobre el escritorio, y su barba blanca rozó la superficie.

Tenía los labios finos apretados, y a mí me entraron unas ganas irresistibles de romper el silencio con palabras. Con cualquier palabra.

Me contuve, porque sabía que formaba parte de la estrategia del director Cane.

Me había enseñado que se podía sacar más de una persona con solo quedarse callado, escuchar y esperar a que abriera la bocaza.

—La gente quiere hablar —me había dicho una vez—.

A ti te basta con escuchar lo que se dice entre los silencios.

El silencio, denso y pesado, se volvió opresivo, inmenso como una espesa capa de niebla a través de la cual no podía ver.

—¿Saben tus compañeros de Guante que has estado hablando conmigo? —preguntó por fin.

—Estaban presentes cuando Muñeca Hudson me dijo por primera vez que quería hablar conmigo. Les mentí sobre el tema de nuestra conversación.

—¿No saben que has estado vigilando a Coralia Hargrave para mí?

—No. ¿Deberían saberlo, señor?

Alaric negó brevemente con la cabeza. —No quiero que esto interfiera en sus estudios.

¿Y qué pasa con mis estudios, viejo? ¡Toda esta farsa me está poniendo de los nervios!

Yo no era el feérico Unseelie que Alaric Cane creía. No era un feérico predispuesto a guardar secretos y participar en actividades turbias. Mi pueblo tenía fama de hacer esas cosas, pero yo había conseguido escapar de esos tópicos.

No había sido fácil.

—Han pasado unos días desde que te di el encargo, Donovenn. ¿Tienes alguna novedad de la que informarme?

Vacilé. —Sinceramente, director, no lo sé, porque no estoy seguro de qué busca.

El director enarcó una ceja blanca.

—¿Se supone que debo buscar algo sospechoso? —pregunté—. ¿Significa esa chica algo para Shadowblade Academy y para usted que los demás desconocemos?

—Esos factores no importan, hijo.

¿Cómo no iban a importar ? —Entonces, no. Me temo que no tengo ninguna novedad que... ¡Ah! —Cambié de rumbo al ocurrírseme algo—. Coralia se ha cambiado de habitación hace poco. Ya no comparte cuarto con Genevieve Jade, sino con Charli Fairfax. Se han hecho amigas enseguida.

—¿Sabes en qué circunstancias se produjo el cambio?

—¿La verdad? Genevieve Jade es una matona con muy mala leche. Coralia tiene suerte de que la compañera de cuarto de Charli buscara precisamente a alguien con ese carácter para darle clases particulares.

El director Cane asintió levemente. —Sí, la señorita Jade siempre ha sido bastante alborotadora. Está empeñada en ser el centro de atención.

—Ya me he dado cuenta.

—Yo no me preocuparía demasiado por ella.

—¿Preocuparme, señor? — ¿Quién ha dicho nada de preocuparse? —¿Debería preocuparme más bien por Coralia?

Me incliné hacia delante en el asiento. Ya no soportaba el golpeteo incesante de mi bota contra el suelo.

—No —dijo Alaric. Hizo un gesto desdeñoso, mirándome incrédulo, como si aquello fuera lo último que debía preocuparme—. Sus poderes han despertado, pero no me han llegado noticias de que haya progresado con sus habilidades. Aprende despacio.

—Solo hace unos días que sabe que es una de los nuestros, señor. —Me resultó extraño salir en defensa de Coralia. Mi boca se había adelantado a mi cabeza. Intentando arreglarlo, añadí—: Creo que es mejor darle tiempo. Acabará encontrando su camino.

—Eso espero. ¿Crees que la señorita Jade y la señorita Hargrave seguirán enfrentándose ahora que ya no comparten habitación?

Me encogí de hombros otra vez. No hacía más que encogerme de hombros. —No lo sé, señor. Es muy posible. Parece que Genevieve les tiene manía a todos los humanos. Se comportaba igual con Myria, la hermana de Coralia...

—Sé quién es Myria Hargrave, Donovenn. —Escupió las palabras con una brusquedad que me sorprendió—. Y, hablando de ella, ¿Coralia ha mencionado alguna vez a su hermana?

—No que yo haya oído.

—Procura estar cerca de ella si lo hace.

—Sí, señor. Insisto, ¿hay algo concreto a lo que deba estar...?

—Tengo curiosidad por saber si se pregunta por qué Myria no está aquí y dónde se encuentra.

—Son hermanas, señor. Estoy seguro de que sí. Muñeca Hudson le ha dicho a Coralia que Myria está en alguna misión. —Fruncí el ceño mientras la frustración hervía en mi interior—. Y supongo que es mentira.

Alaric inclinó la cabeza y la barba le barrió el escritorio. —Me temo que sí, hijo.

—¿No tenemos ni idea de dónde está?

El director dilató las aletas de la nariz antes de responder: —Tengo algunas ideas, pero no voy a especular. Esta información solo la conoces tú, ¿entendido?

Bajé la barbilla. —Sí, señor. —Me hizo sentir especial compartir con el director Cane un secreto que nadie más conocía.

Estaba claro que, por algún motivo, el director sospechaba de Coralia. No podía preguntarle sin rodeos por qué, porque se suponía que yo no era más que un instrumento a su servicio, un cuerpo al que dar órdenes. No me correspondía hacer preguntas, y menos aún si podían enfadarlo.

Todavía tenía con qué presionarme. No era tan necio como para meterme yo solo en una situación que me obligara a enfrentarme a la ira de Alaric Cane.

Eso sería una insensatez. Tenía que complacer al director, y para ello debía ser mejor espía.

Sin embargo, cada vez me resultaba más difícil.

Me había enamorado de la chica y, con ello, había comprometido mi integridad.

Nadie podía enterarse.

Desde que vi a Coralia «pelear» con Genevieve —si es que a aquello se le podía llamar así—, y quizá desde antes, me sentía atraído por ella. De una manera en que Myria nunca me había atraído, ni siquiera cuando era una de mis camaradas más cercanas en el Guante de Hudson.

Había en Coralia algo ligero y despreocupado que me atraía. Una indiferencia hacia lo que los demás pensaran de ella. No se parecía en nada a los académicos estirados ni a los estudiantes engreídos de Shadowblade Academy. Ni siquiera se parecía a su hermana.

Bajo su humor sombrío, su curiosidad explosiva y su estilo oscuro, Coralia tenía una confianza en sí misma, natural y sin esfuerzo, que debía de haber cultivado durante años en el mundo humano.

Tal vez la tragedia la había moldeado, como a tantos de nosotros.

No sabía expresar qué era exactamente lo que tenía; solo sabía que Coralia Hargrave era magnética.

Su belleza pálida y llena de vida tampoco le restaba atractivo.

Pensarlo me irritó. Si quiero ser un buen shadowblade cuando termine en la Academia, tengo que aprender a separar mis sentimientos del trabajo , me dije por milésima vez. No puedo encariñarme con ella.

¡Maldita sea la hora en que me vi metido en esto!

—Esa cara, Donovenn. Tienes algo que quieres contarme.

Alcé la vista del escritorio, abriendo mucho los ojos.

El director Cane lo había dicho como una afirmación, no como una pregunta.

No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba callado.

Mierda. Menudo idiota, quedarte embobado delante del hombre más observador de la Academia.

Solté lo primero que se me ocurrió: algo que me había guardado y que, por suerte, podía usar como as en la manga.

—Me he ofrecido a darle clases particulares de Alquimia a Coralia, director.

Hemos quedado en vernos al menos una vez por semana.

Tras un momento de silencio, asintió. —Ah. Quizá te tomas este encargo más en serio de lo que creía.

Incliné la cabeza. —Por supuesto, señor. Estoy aquí para servirle.

—Pues quiero que me sirvas mejor. —En su voz se mezclaban el enfado y la exasperación—. Queda con ella dos veces por semana. Busca actividades que podáis hacer juntos para acercarte a ella.

—Sí, señor.

Con eso me dio permiso para marcharme.

Seguía sin tener ni idea de qué buscaba Alaric Cane. Solo sabía que, en apenas unos días, mi trabajo se había vuelto más difícil cuanto más conocía a Coralia Hargrave. Y eso que apenas había arañado la superficie.

No quería ni pensar en cómo me sentiría la próxima vez que tuviera que informar al director Cane. Porque sabía qué clase de escuela era aquella y para qué entrenaban a sus estudiantes. No era ningún ingenuo.

No iba a limitarme a espiar eternamente.

Sabía lo que el director Cane acabaría pidiéndome que hiciera... y esa posibilidad me asustaba más que el propio director.

SALÍ DE FORT NOCTURNUS y atravesé el campus a toda prisa. El problema de reunirme a escondidas con el director sin poder contárselo a mis hermanos era que siempre tenía que inventarme alguna excusa tonta para ir a verlo.

Esta vez les había dicho a Dax y a Sunny que iba a intentar ligar con una chica en el comedor. —A ver si te la comes en el comedor —había bromeado Sunny.

Teníamos una reunión del Guante y odiaba llegar tarde, pero no había podido evitarlo. Les diría a los chicos que mi misión de conquista había fracasado y, con suerte, ahí quedaría la cosa.

Crucé la zona verde para atajar, ciñéndome al cuerpo la fina chaqueta. La noche era fría y el aire me abrasaba los pulmones. Aquel frío me recordaba más a la implacable Corte Unseelie que al reino humano.

Al llegar al Centro de Entrenamiento Gable, respiré hondo. Gracias a mi apellido y a que Jace Hudson era nuestra Muñeca, nuestro Guante podía usarlo para reunirse y entrenar fuera de horario, lo que sin duda nos daba ventaja sobre los demás Guantes.

¿Y por qué no? ¿Qué había dicho el director Cane? — Mira por tus propios intereses. —Shadowblade Academy era un lugar despiadado donde no se hacían prisioneros. Mis hermanos y yo aprovecharíamos cualquier ventaja a nuestro alcance.

Dax y Sunny conversaban en el dojo; sus voces resonaban por la sala amplia y diáfana.

Enarqué una ceja al entrar y cerré la puerta con llave a mi espalda. Sunny dibujaba una especie de esquema en una pizarra blanca, gesticulando con energía. Había rodeado con círculos una lista de nombres y marcado las posiciones del campo a las que podrían corresponder.

Dax estaba sentado en la colchoneta azul de entrenamiento, enfrascado en unos papeles que sostenía entre las manos. Su postura delataba su irritación.

—¿Y Benji Gamlet? —preguntó Dax, pasando la mirada de los papeles a la pizarra, junto a la que estaba Sunny.

Sunny soltó un bufido. —¿Gamlet? ¿Te refieres al que tiene puré de patatas por cerebro? —Tachó el nombre de la pizarra con un rotulador rojo.

—Sacó buena nota en Intención Física .

—También le faltan un par de tornillos, Dax.

Solté una risita mientras me acercaba por detrás.

Sunny entornó los ojos al verme. —Ah, vuelve el hijo pródigo. Cuéntanos tu conquista.

Negué con la cabeza y puse mi mejor cara de decepción. —No ha habido conquista.

—¿Tus escarceos no podían esperar a que termináramos la reunión? —preguntó Dax.

Lo miré. —Vi una oportunidad e hice mi jugada.

—Y fallaste, por lo visto —se burló Sunny.

—Sí. —Le dediqué una sonrisa inocente—. Supongo que no todos sabemos coquetear y arrimarnos como el gran Sunder Conway.

Sunny hizo una exagerada reverencia de pega. —Gracias. Es una habilidad que requiere mucho esfuerzo.

—Sí, una habilidad perfeccionada durante décadas —refunfuñó Dax.

—No es culpa mía que haya tenido más tiempo para, como tan elegantemente lo ha expresado Venny, arrimarme —dijo Sunny.

Me metí las manos en los bolsillos. —Vale, vale. ¿En qué andáis metidos? Parece que estáis preparando el Shadowball.

—Estamos desesperados, Donovenn —dijo Dax. Se levantó de la colchoneta para que no me alzara por encima de él.

—Tonterías —repuso Sunny—. Yo no he hecho más que empezar. Podría seguir toda la noche.

—Sí, porque tú estás despierto toda la noche —espetó Dax. Se señaló el pecho con el pulgar—. Este Fantasma no es un vampiro. Yo tengo un horario de sueño normal.

—Ahora ya sabes el secreto de mi encanto —dijo Sunny con un guiño—. Tengo más experiencia nocturna, por decirlo así. No es culpa mía que yo...

—Basta —gruñó Dax, cortando el aire con una mano—. Pasemos al siguiente nombre.

Me pasé una mano por el pelo plateado. —¿Qué estáis intentando hacer exactamente?

—Muñeca Hudson vino a hablar con nosotros —dijo Dax—. La temporada de Shadowball empieza dentro de unas pocas semanas y tendremos que quedarnos fuera si no encontramos a dos Nudillos que cubran las vacantes.

Fruncí el ceño. —Mierda. ¿Dos Nudillos tan buenos como Quentin y Myria?

La sala quedó en silencio. Dax bajó la cabeza, apesadumbrado.

—No —dijo Sunny—. Basta con que jueguen lo bastante bien.

Dax alzó la barbilla. —¿Y Finley Winston?

Sunny soltó una carcajada. —¿Estás de broma? Es la niña de los ojos del Guante de Hawkins. Nunca cambiaría de bando. Frilly la tiene bien agarrada por las partes bajas.

Era una lástima, porque Finley Winston, además de ser una de las estudiantes más elogiadas de Shadowblade Academy, era una jugadora de Shadowball de cuidado.

Dax hizo vibrar los labios como un caballo. —Ojalá Quentin estuviera aquí. Siempre se le daba mejor planear estas mierdas.

Tras otro silencio sombrío, volvieron a la carga con su lista de candidatos. Los dejé discutir un rato más, observándolos sin decir nada. Entretanto, mi cabeza no paraba de darle vueltas a una idea.

Sabía que, en particular, habría uno al que no le gustaría nada lo que se me estaba ocurriendo.

—Escuchad —dije, interrumpiendo uno de los monólogos de Sunny—. Olvidaos de si a uno le faltan un par de tornillos. A nuestro Guante le faltan dos dedos y estamos bastante desesperados.

Los dos se volvieron hacia mí. Dax me miró sin entender; Sunny, con recelo.

—Tenemos que cubrir las vacantes rápido —continué.

Sunny suspiró. —Sí, camarada. Por eso llevamos una puta hora discutiéndolo. ¿Adónde quieres ir a parar?

Las palabras del director Cane resonaron en mi cabeza. —Bueno, necesitamos a alguien moldeable, que encaje en nuestros planes, ¿no?

Los dos asintieron. Sunny parecía todavía más receloso, con una ceja fina muy arqueada sobre la frente tersa. Por algún motivo, el corazón empezó a latirme con más fuerza.

—Voy a proponeros un nombre. —Clavé la mirada en Sunny—. Pero te aviso desde ya: no te va a gustar, solete...