La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 14 | Dax
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Capítulo 14 | Dax

Dax

CORALIA HARGRAVE ME INTRIGABA, por decirlo suavemente. Mientras Donovenn y Sunder tenían opiniones enfrentadas sobre ella, yo me había mantenido firmemente al margen. Hasta su «combate de entrenamiento» con Genevieve Jade.

Ahora empezaba a inclinarme hacia un lado.

Supuse que las opiniones encontradas de Donovenn y Sunder sobre Coralia tenían sentido, dadas sus personalidades. Aunque estuvieran abriendo una brecha entre los tristes restos de nuestro Guante.

Donovenn era el feérico Unseelie más jovial que había conocido. Venía de un entorno difícil, pero ¿acaso no nos pasaba lo mismo a todos? Era la encarnación de ese dicho según el cual quienes han atravesado las peores circunstancias suelen ser los más compasivos y comprensivos.

Antes de conocerlo, no habría creído que algo así fuera posible entre los taciturnos Unseelie.

Aquel feérico de pelo plateado y piel de tono lila me fascinaba.

Como no se me daba bien conversar, nunca había conseguido sentarme con él y preguntarle qué lo movía, por qué era amable o por qué apreciaba a Coralia Hargrave después de poco más que un vistazo. No sabía nada de ella.

Tal vez tuviera segundas intenciones.

Sunder, en cambio, intimidaba. Provenía de un largo linaje de tiranos despiadados y sin escrúpulos: primero príncipes y reyes, y después, en tiempos modernos, poderosos empresarios y políticos.

Como vampiro, llevaba bastante tiempo por el mundo.

Aún estaba en pañales como chupasangre, y esperaba que se quitara de encima aquella espina que tenía clavada antes de convertirse él mismo en un auténtico tirano.

Su apodo, Sunny, tenía una ironía retorcida, dado su carácter. No aguantaba más de unos minutos a la luz del sol sin sentirse mal, y de radiante no tenía nada.

Y luego estaba yo. Procedía de un clan pobre y poco refinado, originario de las selvas de la Guayana Francesa. Tras sufrir mucha persecución, mis antepasados emigraron, antes de que yo naciera, a los bosques de los montes Apalaches, de clima más templado.

Sabía tan bien como cualquiera lo que era pasar penurias y comprendía los riesgos que hay que correr para sobrevivir y prosperar.

Cuando el director Alaric Cane me invitó personalmente a ingresar en Shadowblade Academy, mi facción se llenó de alegría. Le debía mi futuro a la Academia; por eso siempre había seguido las normas y se me consideraba más formal que a los demás Nudillos del Guante de Hudson.

Cualquier recompensa que obtuviera por mis misiones volvería a mi facción. Llevaba una vida austera y no me importaba.

A pesar de sus diferencias, había llegado a querer a Donovenn y Sunder como a hermanos, aunque no siempre lo demostrara. Formábamos parte de una unidad de élite.

Entonces perdimos a Quentin Argyle y Myria Hargrave, nuestro hermano y nuestra hermana, y nos convertimos, en fin, en un Guante sin mano.

En cascarones vacíos. Seguíamos contando con una Muñeca competente —la persona encargada de guiarnos y asignarnos las misiones— en Jace Hudson, pero todos lo estábamos pasando mal.

Quizá de ahí naciera la animadversión entre Donovenn y Sunder: Donovenn, optimista como era, conservaba un atisbo de esperanza de que Coralia Hargrave pudiera llenar el vacío que había quedado en nuestro interior, puesto que era la hermana de una de nuestras antiguas Nudillos.

Sunder, por su parte, estaba demasiado apegado a Myria para dejarla marchar.

Yo era menos emotivo que cualquiera de ellos. Más reservado y calculador. Por eso se me daba tan bien explorar y rastrear. No compartía la manera de ser aparatosa de Sunder ni la obstinación de Donovenn.

Pero, como mis hermanos, era leal hasta el extremo. Esa lealtad me hizo cambiar de opinión al ver a Coralia Hargrave enfrentarse a Genevieve Jade, una adversaria mucho más fuerte y diestra.

Vi potencial en ella.

Coralia tenía el espíritu combativo de una diosa de la guerra. Su negativa a retroceder o rendirse, incluso ante una derrota evidente, resultaba inspiradora. Quizá de verdad había creído que tenía alguna posibilidad, que ganaría y se convertiría en la heroína del día.

Yo no creía que a Coralia se le hubiera pasado por la cabeza ser una «heroína». Simplemente tenía agallas y no se sometería a ningún tirano salvo por la fuerza.

Eso era lo que me hacía brillar los ojos mientras la veía salir despedida de un lado a otro del tatami como una muñeca de trapo: su lealtad inquebrantable hacia su amiga.

Incluso hacia una amiga a la que acababa de conocer.

La misma lealtad que compartíamos entre nosotros los Nudillos del Guante de Hudson.

Me alivió que Donovenn pusiera fin al combate antes de que tuviera que hacerlo yo. Iba con su carácter, y sospechaba que intervendría.

Observé el enfrentamiento desde las sombras, mi lugar predilecto. Mientras duró, vigilé a la Muñeca Hudson por el rabillo del ojo, preguntándome cuándo lo detendría. Tenía los brazos cruzados como yo y una mirada sombría e indescifrable para casi todos... pero no para mí.

Él veía en Coralia lo mismo que yo. Al menos, eso me gustaba pensar. Quería comprobar cómo reaccionaría su Guante ante la situación.

Donovenn, Sunder y yo éramos los hombres de la Muñeca Hudson. Después de nuestro año de Fantasma juntos en Shadowblade Academy, junto con Quentin y Myria, habíamos formado el Guante de Hudson. Él era nuestro líder.

En mi opinión, la Muñeca Hudson quería ver si aún teníamos la determinación y el temple necesarios para ser un Guante y detener el brote de la tiranía antes de que se convirtiera en un árbol imposible de dominar. En ese sentido, Genevieve era el brote.

Pese al siniestro nombre de Shadowblade Academy, debíamos recordar que a los asesinos que se entrenaban allí se los preparaba para luchar contra la opresión y el terror. No estábamos destinados a ser los opresores, sino quienes se rebelaban contra ellos y los cuestionaban.

Genevieve Jade parecía no haber entendido ese principio, y a veces tampoco Sunder Conway. Pero Donovenn Gable sí, y eso me hacía sentir orgulloso de mi hermano.

Coralia Hargrave no sustituiría a su hermana Myria, que ya de por sí había sido una mujer formidable.

Pero quizá Coralia se convirtiera en algo muy distinto: el hilo que volvería a unir el Guante de Hudson.

DESPUÉS DE QUE DONOVENN SALIERA de las instalaciones de entrenamiento que llevaban el nombre de su familia con Coralia acunada en brazos como un bebé, se reanudaron los combates.

Me quedé mirando un rato para que mis intenciones no resultaran demasiado evidentes, aunque ya había tomado una decisión. A mitad de clase pasé por detrás de todos y cambié unas palabras con la Muñeca Hudson.

Cuando terminamos de hablar, asintió para darme el visto bueno.

Antes de salir del dojo, vi a Charli Fairfax sentada sola en un rincón de la enorme sala.

Se secaba las lágrimas. Me detuve en la puerta, vacilé y luego me acerqué a ella.

Aunque nunca había sido un hombre sentimental, sabía lo mucho que la culpa y los reproches podían atormentar la conciencia de una persona.

Me detuve frente a ella y le tendí la mano. —Cójame de la mano, señorita Fairfax.

Me miró con los ojos muy abiertos; tenía las mejillas pecosas húmedas de lágrimas que empezaban a secarse. En su rostro no había juicio alguno, solo curiosidad. —¿P-perdone, señor?

—No hace falta que me llame «señor», a menos que prefiera que yo la llame «señora» o «dama».

Una leve sonrisa asomó a su rostro. —Bueno, si me lo ofrece... no me importaría.

Le respondí con una sonrisa ladeada. —Muy bien, dama Fairfax. Venga conmigo.

Soltó una risita y ladeó la cabeza, todavía indecisa. Nadie llegaba a ser aprendiz de shadowblade sin llevar cierta dosis de desconfianza en el ADN, así que respeté sus recelos.

Con cautela, me tomó de la mano y se levantó tambaleándose. —¿Quién es usted y adónde me lleva, señor...?

—Me llamo Dax Kilmeade. Voy a llevarla con su amiga.

—¡¿Con Cor Cor?! —preguntó emocionada, mientras la esperanza florecía en su rostro inocente.

—Si no me equivoco al suponer que «Cor Cor» es Coralia Hargrave, entonces sí. —Asentí—. Con Cor Cor.

—¡Vale! ¿Puede hacer eso? ¿Salir en mitad de la clase?

—Tengo permiso del profesor Hudson.

La emoción desapareció de su rostro cuando llegamos a la puerta del dojo. Se detuvo y sacudió la cabeza, con la duda reflejada en las facciones. —Espere, seguramente no quiera verme. Todo esto es culpa mía.

—Creo que hizo lo que hizo por usted, dama Fairfax. No por culpa de usted. Si entiende la diferencia.

—Yo... creo que sí. —Reflexionó sobre mis palabras—. Vale, de acuerdo... ¡Espere! —La emoción volvió de golpe, y frunció las cejas—. ¡Tengo que recoger a Bruce Kittenson!

—¿Bruce... qué? —empecé a preguntar, pero ella ya iba trotando hacia el vestuario femenino.

Me rasqué la cabeza y fruncí el ceño. Cuando Charli regresó un momento después con una mochila que se movía y se abultaba desde dentro, no hice preguntas. No era asunto mío.

—Muy bien —dijo con una amplia sonrisa—. Ahora estoy lista, señor Kilmeade.

—Con Dax basta.

—Vale, señor Dax.

Entorné los ojos y le lancé una mirada severa.

Ella soltó una risita y se sonrojó.

Entonces nos pusimos rumbo a la enfermería.

No podía dejar que Donovenn se llevara él solo la gloria por su caballeroso rescate. Si lo dejaba a su aire demasiado tiempo, se le hincharía tanto la cabeza que no le cabría por la puerta.

Solté una risita para mis adentros. Quizá se parezca más a Sunder de lo que creía.

—AHORA ESTÁ DURMIENDO —me dijo Donovenn cuando entré en la habitación de la enfermería con Charli—. Estará bien. Ha exagerado la gravedad de sus heridas.

Coralia yacía en una camilla con una manta sobre el cuerpo; el pecho se le alzaba serenamente con cada respiración. — Intentaba dormir. Pero con este bochorno y tanto bla, bla, bla, no hay manera —murmuró con mal humor, aún con los ojos cerrados.

Tenía razón: la pequeña habitación se había quedado bastante estrecha con Donovenn, Charli, yo y cualquier criatura aterradora que Charli llevara cautiva en la mochila de Coralia.