La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 13 | Coralia
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Capítulo 13 | Coralia

Coralia

ME PUSE A ESTIRAR con Charli. Quería asegurarme de estar bien desentumecida y flexible para no hacerme daño durante el combate de entrenamiento.

A decir verdad, ni siquiera sabía en qué consistía aquello de «combatir».

Sentada en la colchoneta e inclinada hacia delante para tocarme los dedos de los pies, miré por debajo del brazo extendido hacia donde se oían los gruñidos de unos estudiantes.

El forcejeo atrajo la atención de varios Fantasmas, entre ellos Dax y Venn.

Dos chicos luchaban en el suelo, retorciéndose para intentar inmovilizarse el uno al otro. Habían empezado antes que los demás, probablemente porque querían quitarse de encima cuanto antes el periodo de observación.

En otra zona de la colchoneta, dos chicas practicaban unos movimientos que me recordaban vagamente al «¡golpe de judo!» de las películas de Austin Powers .

Enseguida me quedó claro que aquello me venía grande.

No tenía ni la más remota idea de qué practicaba esa gente: artes marciales, lucha libre, peleas callejeras.

Me había metido en alguna que otra pelea, pero mis técnicas consistían básicamente en agitar los brazos y lanzar golpes a ciegas con la esperanza de acertar en la mandíbula de mi adversario.

Nunca había hecho nada parecido a esto. Se notaba que aquella gente estaba entrenada.

Desvié la mirada un poco más y descubrí a Genevieve clavándome los ojos desde el otro lado de la sala. Abrí los míos como platos, aparté la vista y agaché la cabeza, intentando encogerme dentro de mi propia piel.

—No te preocupes, Cor Cor —dijo Charli, sentada frente a mí—. Te pondremos al día. Me dedicó una sonrisa amable.

Supongo que ahora le toca a ella animarme. A todos nos viene bien de vez en cuando. —Gracias, Char.

Nos levantamos, estiramos los brazos e hicimos unos ejercicios con las piernas separadas. Yo, básicamente, intentaba ganar tiempo.

Entonces, una voz a mi espalda me puso los pelos de punta: —¡Charli Fairfax, te desafío a un combate!

Un escalofrío me recorrió la columna. Genevieve Jade había hablado lo bastante alto para que la oyera todo el dojo. Algunos miraron hacia nosotras, aunque la mayoría de los estudiantes mantuvieron las distancias y siguieron a lo suyo. Muy sensatos.

Charli palideció como un auténtico fantasma.

Me volví hacia Genevieve. —¿No has oído al profesor? Se supone que los Fantasmas deben quedarse al margen y observar.

Se cruzó de brazos bajo el pecho y alzó la barbilla. —No estoy hablando contigo, Gordi Tonti. La Flacucha Lista y yo tenemos cuentas pendientes. Será mi aprendiz .

Charli levantó los brazos, frustrada, y se mordió el labio. —¡Genevieve, fue un accidente!

Habíamos atraído aún más miradas. La Zorra Matona Jade había montado la escena a propósito.

El profesor Hudson se acercó a grandes zancadas. Detrás de él, Venn Gable y Dax Kilmeade observaban con interés, pero sin intervenir.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó el profesor barbudo, mirándonos a las tres por turnos.

—Me gustaría poner a prueba personalmente las habilidades de esta Fantasma, profesor —dijo Genevieve, señalando a Charli.

Jace frunció el ceño. —Ese no es el ejercicio.

—Lo sé, señor.

El profesor respiró hondo y se rascó la frente. Ya parecía exasperado.

Seguro que no es la primera vez que tiene un encontronazo con ZMJ.

—¿Por qué? —preguntó sin más.

—¿Quiere saber la verdad?

—No se me ocurre nada que desee saber más.

—Me atacó a propósito en clase de Alquimia.

—¡No fue a propósito! —saltó Charli—. ¡Lo juro!

Jace apretó la mandíbula. —Señorita Jade, ¿cómo la atacó exactamente esta chica, que está al borde de las lágrimas y que, desde lo ocurrido, seguramente le ha expresado su arrepentimiento y pedido perdón numerosas veces?

—Me tiró encima un vaso de precipitados lleno de productos químicos.

Jace enarcó una ceja. Uy, mala señal. —¿Sufrió quemaduras o algún otro daño?

Genevieve resopló. —Es una cuestión de principios, profesor. ¿Y si hubieran sido sustancias mortíferas...?

—Pero no eran sustancias mortíferas —la interrumpió Jace—, porque es el primer día de clase y sé que el profesor Hawkins utiliza soluciones inocuas el primer día.

—¡Es una cuestión de principios, Jace! —chilló Genevieve, cerrando las manos en puños.

El profesor volvió a guardar silencio. Todas las miradas estaban puestas en nuestro altercado. Los estudiantes ni siquiera entrenaban. No me gustó que Genevieve se tomara la confianza de llamar al profesor por su nombre.

—¿Cómo logrará recuperarse su dignidad? —preguntó Hudson con sorna.

—Exactamente.

Estaba claro que a la Zorra Matona Jade se le había escapado el sarcasmo que destilaban sus palabras. Había oído lo que quería oír.

—No obligaré a esta Fantasma a combatir con usted, señorita Jade. El profesor se cruzó de brazos y se volvió hacia Charli, que parecía a punto de salirse de su propia piel para echar a correr. —La decisión es suya... Señorita Fairfax, ¿verdad?

Charli me dirigió una mirada suplicante mientras todos los demás la examinaban. Luego se volvió hacia su agresora. Sus grandes ojos le imploraban que se lo replanteara, pero Genevieve no estaba por la labor.

Comprendía el dilema de Charli: si se echaba atrás, todos pensarían que era una cobarde. Quedaría sometida a su acosadora en aquella dinámica de dominación y sumisión. Nunca dejarían que lo olvidara.

Y, si no se echaba atrás, bueno, quién sabía cómo acabaría.

Antes de poder contenerme siquiera o pensar en las consecuencias, solté un gruñido: —Yo lo haré.

Genevieve y el profesor Hudson se volvieron hacia mí; los cuatro alzaron mucho las cejas, sorprendidos.

Parpadeé al darme cuenta de lo que acababa de decir.

Comprendía que, al librar sus batallas por ella, quizá perjudicara a Charli más de lo que la ayudaba.

Podrían pensar que era una pegajosa incapaz de valerse por sí misma.

Pero estaba claro que tenía miedo, era mi nueva mejor amiga y no pensaba permitir que un anuncio andante de Louis Vuitton la pisoteara.

Además, yo también tenía cuentas que ajustar con la Zorra Matona Jade.

—Fue culpa mía —expliqué—. Mi gato volcó el vaso de precipitados que acabó cayéndole encima a Genevieve.

Jace ladeó la cabeza. —¿Tu gato volcó...? Espera, ¿ qué ? Sacudió la cabeza a la vez que agitaba las manos. —¿Sabes qué? Me da igual. Señorita Jade, ¿un combate con la señorita Hargrave saciará sus ansias de venganza?

La voz de Genevieve sonó como un siseo. —Ah, sí, profesor. Desde luego que sí.

ME CRUJÍ LOS NUDILLOS, intentando parecer una tía dura, aunque por dentro temía por mi vida. Frente a mí, sobre la colchoneta, estaba mi archienemiga recién adquirida, y tenía una pinta de mala hostia que te cagas.

Charli había intentado disuadirme. «No deberías recibir los latigazos por mis faltas», me había dicho, y yo le había respondido que tenía que dejar de leer novelas BDSM ambientadas en la Regencia, porque cuando hablaba así parecía una protagonista del siglo XIX.

Además, no veía otra salida a nuestro aprieto.

No podíamos echarnos atrás. No como equipo. Sencillamente, no iba conmigo, y Genevieve se merecía una buena dosis de karma. Aún no había superado el incidente de los tentáculos de sombra de mi primera noche en la Academia. Me sentía ultrajada y necesitaba vengarme.

Eso sí, aún estaba por ver qué posibilidades tenía de consumar esa venganza.

El profesor Hudson se colocó entre nosotras. —Nada de hechizos ni de sombras. Sin pasarse, ¿de acuerdo?

Las dos gruñimos. Él se apartó.

Me sentía como un samurái que analiza la postura de combate de su adversario. La verdad era que no tenía ni idea de lo que hacía, así que, mientras Genevieve adoptaba una de esas poses de Tigre y dragón , yo me limité a correr hacia ella.

Quería terminar cuanto antes.

Los estudiantes vitorearon mi embestida. Por lo visto, aquella clase de emoción gladiatoria no era habitual. Estaba claro que no íbamos a «contenernos».

Genevieve vio venir mi movimiento a kilómetros y se escabulló.

Tropecé con el puño por delante y el impulso me llevó más allá de donde estaba ella.

¡Joder!

Intenté darme la vuelta antes de acabar de morros en el suelo, pero entonces algo me golpeó en el costado y se me encogieron las tripas. Creí que iba a mearme encima. Solté un chillido cuando Genevieve retiró el puño después de darme en el vientre y, para colmo, me dedicó una sonrisa torcida.

Tambaleándome, me tomé un momento para recuperar el equilibrio. Intenté recurrir a mis reservas de energía para mantenerme en pie. La adrenalina me corría por las venas y mantenía a raya el dolor del golpe en el riñón.

Quería esperar a que Genevieve viniera hacia mí , pero estaba claro que eso no iba a ocurrir. La que estaba nerviosa era yo; ella tenía toda la paciencia de una tortuga venenosa.

Cuando me acerqué —esta vez un poco más despacio—, lanzó un golpe y conseguí esquivarlo echándome hacia atrás. Abrí los ojos como platos al notar que sus nudillos me rozaban la nariz. Se me quedó la boca en forma de «O», sorprendida de haber sido capaz de esquivarla.

El triunfo duró poco. Otro puñetazo me alcanzó el costado. El lado bueno . Mientras caía de rodillas, comprendí que aquel puñetazo tan aparatoso había sido una finta para dejarme a su merced.

Los estudiantes soltaron exclamaciones de sorpresa. De pronto, las piernas me temblaban y apenas me sostenían.

—P-puta zorra —gruñí entre dientes.

Me hizo señas para que me acercara con la palma, como Neo en Matrix . Puse los ojos en blanco y escupí: —Sí, sí, guarra, dame un segundo. Agaché la cabeza para que pareciera que estaba meditando, intentando romperle el ritmo.

Entonces me lancé hacia delante desde mi posición de rodillas, abalanzándome sobre ella como un guepardo. O eso creí yo.

Intenté rodear con los brazos la estrecha cintura de Genevieve para tirarla al suelo, donde esperaba que mi mayor peso me diera ventaja. Aquello también salió mal.

Giró a mi alrededor como una bailarina y yo giré con ella, mareándome mientras intentaba mantenerla delante de mí. Al menos, si la tenía delante, podría ver lo que...

El mundo entero dio una voltereta y me encontré mirando la lona blanca del techo del dojo. —Ay, caray —murmuré.

Todo el aire se me escapó de los pulmones al caer de espaldas con un golpe seco. Algo dentro de mí crujió. No sabía si me había puesto la zancadilla o si, literalmente, me había hecho volar por los aires aprovechando mi impulso, pero sí sabía que dolía que te cagas.

Me quedé sin fuerzas y se me quitaron todas las ganas de pelear. Solo podía dar bocanadas de aire cortas y entrecortadas. Me pareció oír a lo lejos un grito de Charli desde las gradas —mi única seguidora—, mientras los demás estudiantes se reían.

Por si fuera poco, Genevieve me dio una patada cuando ya estaba en el suelo, pero me dolían tanto la espalda y la columna que apenas la noté.

Levantó el pie para rematarme. Veía lucecitas y no habría podido defenderme aunque hubiese querido.

Cerré los ojos, resignada a mi suerte, porque no quería que lo último que viera fuera la suela de su zapatilla.

Y yo, idiota de mí, creía que el profesor intervendría antes de que esta zorra me aplastara la tráquea con el pie. Qué ilusa...

—Ya basta, Vivi. Aquella voz decididamente no era la del profesor Hudson.

Abrí los ojos de golpe y levanté la cabeza.

Venn Gable estaba a unos pasos, separado del resto del público, que acababa de disfrutar viéndome recibir una paliza.

—Esta pelea no va contigo, Venn —gruñó Genevieve, dejando caer el pie a unos centímetros de mi cabeza.

—Ahora sí. Vamos, ya has dejado clara tu postura. Nadie volverá a avergonzarte.

Bueno, tampoco nos precipitemos tanto...

Por fin empezaba a entrarme aire en los pulmones, pero me dolía todo.

Seguía sin tener ni idea de qué me había hecho Genevieve.

Desvié la mirada hacia un lado, donde el profesor Hudson estaba de pie detrás de los estudiantes, con los brazos cruzados mientras nos observaba, sin duda para ver cómo resolvíamos la situación.

Me recordó una de las expresiones que más odiaba de mis tiempos trabajando en tiendas: «Ejercicio para fomentar el espíritu de equipo».

¿Qué cojones, tío? ¡Pon orden en tu clase!

¡Mi intento de venganza se ha acabado! ¡Mi ofensiva ha fracasado!

¡Parezco una lectora de las mismas novelas románticas cutres que Charli, y puede que tenga una conmoción cerebral!

Los bordes de mi campo de visión se oscurecieron. Tenía muchas ganas de ver cómo terminaba mi pequeña pelea con Genevieve, si es que podía llamarse así, pero no estaba segura de tener fuerzas para ello.

—Está bien —dijo Genevieve por fin. Me miró desde arriba. —Te has librado por los pelos, comida para gusanos.

Solté un suspiro de alivio y dolor.

Mientras ella se alejaba, Venn se plantó a mi lado. Me tendió una mano.

Lo primero que vieron mis ojos fue el impresionante bulto entre sus muslos.

Lo tenía justo ahí y no pude evitarlo. Estaba tumbada de espaldas, mirando hacia arriba entre sus piernas, y él me ofrecía una mano para ayudarme.

Pero en aquel momento sentía que lo único que me ayudaría sería verle esa polla colg...

No... Eso no está bien. Joder, Genevieve me ha revuelto el cerebro. No era eso lo que quería pensar. —Polla y huevos —solté, mareada y confusa.

Venn lucía una sonrisita divertida en su rostro lila y seguía con la mano tendida. —¿Cómo dice, señorita Hargrave?

Intenté incorporarme, sin éxito. —N-no creo que pueda andar. Creo que me ha roto la espalda.

—Si te hubiera roto la espalda, no podrías mover el cuello ni las extremidades. Estarías mucho peor y no estarías pidiendo polla y huevos.

—¿P-perdona?

—Nada. ¿Quieres ayuda o no?

—Vale.

Se arrodilló y me alzó en brazos como a una novia, sin más esfuerzo que un leve gruñido.

Apoyé la cabeza contra su pecho firme; sus anchos hombros parecían protegerme y envolverme.

Todos los demás pensamientos y las imágenes de los estudiantes combatiendo se desvanecieron cuando el olor de Venn, a lluvia fresca y a tormentas atronadoras, despertó en mis sentidos una sensación de déjà vu.

Me sonrió. —Esto nos resulta familiar, ¿no?

Enarqué una ceja. —¿Eh?

Ah, claro. La primera vez que nos vimos me cogió en brazos exactamente así... para llevarse mi cuerpo paralizado de mi casa.