Capítulo 11 | Coralia #2
—Excelente. Entre otras cosas, como la curación, la recuperación y los ungüentos. Pero ¿ante todo? Veneno. Las shadowblades no se dedican mucho a curar, pero sí bastante a incapacitar y matar. —Hawkins asintió con firmeza—. ¿Cómo te llamas?
—Charli, señora. Eh, Charli Fairfax.
La profesora ladeó ligeramente la cabeza. —Charli Fairfax. Me gusta. Suena a nombre de personaje de un viejo wéstern. —Soltó una risita sin humor—. Charli Fairfax, eres mi nueva alumna favorita. Puedes llamarme Frilly.
Se oyeron algunas exclamaciones ahogadas, seguramente de los empollones pelotas que aspiraban a convertirse en los favoritos de la profesora.
—¡Bien! ¿De verdad? —dijo Charli con su vocecita.
—Sí. —La profesora chasqueó la lengua—. Hasta que otra persona te supere y te arrebate el título. ¿Lo has entendido, Charli Fairfax?
Charli tragó saliva. —Creo que sí, profesora... Eh, Frilly.
Apreté la mandíbula, enfadada por lo que daban a entender las palabras de la profesora Hawkins.
Nos estaba enfrentando desde el primer momento para ver qué éramos capaces de hacer por convertirnos en sus «favoritos».
Tenía que reconocer que era una manera inteligente de motivar a los alumnos. También era despiadada de cojones.
Así van a ser las cosas, ¿eh?
La puerta se abrió. Todas las miradas se desviaron hacia allí.
—Mirad quién se ha dignado a aparecer por fin —dijo la profesora Hawkins—. Mi ayudante, que tiene un don para llegar tarde.
—Fallo mío, profe —respondió la ayudante. Se quedó en la puerta, examinando a los alumnos con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre su generoso pecho.
Sentí que el estómago se me caía hasta el dobladillo de aquella falda ridícula.
La profesora hizo un amplio gesto con el brazo. —Alumnos, dad la bienvenida a vuestra ilustre ayudante: la Fantasma Genevieve Jade.
VERTÍ CON CUIDADO UN LÍQUIDO AZUL en un tubo de ensayo vacío, o tubo de cultivo o de centrífuga, como lo llamaba la profesora Hawkins. Quería que nos pusiéramos al día con la química del instituto y nos estaba recordando lo de los ácidos, los álcalis y todas esas cosas tan divertidas.
Tenía los ojos a unos cinco centímetros de la abertura del tubo y sacaba la punta de la lengua mientras me concentraba en verter el líquido sin derramar una gota.
—¿Intentas quedarte ciega el primer día, Fantasma? —dijo una voz desdeñosa a mi lado—. No es que a mí me importase —añadió en un susurro junto a mi oído.
Miré a Genevieve y entrecerré los ojos mientras me erguía. Me coloqué la pantalla protectora delante de la cara. —Llevo puesta la protección, Genevie...
—Señorita Jade.
Apreté los dientes. —Llevo puesta la protección, señorita Jade. ¿No es suficiente?
—Sigue el protocolo —espetó.
Sin apartar los ojos de ella —no pensaba darle a Genevieve la satisfacción de verme amilanada—, bajé la pantalla protectora de golpe y tendí la mano hacia Charli, que estaba a mi lado. —Pásame la mierda roja, Charli.
—¿Te refieres al manganeso? —preguntó Genevieve con una dulzura empalagosa y repugnante.
—Me refiero a la mierda roja.
Oía a Charli balbucear a mi lado, desconcertada por mi pequeño enfrentamiento con nuestra ilustre ayudante. Los tubos de ensayo repiquetearon en sus manos antes de que me pusiera uno en la palma abierta.
Genevieve resopló y negó con la cabeza antes de alejarse por los pasillos entre las mesas para aterrorizar a otros alumnos. O quizá ese privilegio se lo reserva solo para mí.
Charli se inclinó hacia mí y susurró: —No sé si me gustan estos encontronazos entre vosotras, Cor Cor. Da miedo.
Resoplé y me incliné para echar la mierda roja en la mierda azul. —Es una esnob engreída, Charli. Como todos los matones. No puedes dejar que se te meta en la cabeza. Ahí es donde gente como ella vive .
—Ah.
—Es más culo y tetas que ayudante.
Charli soltó una carcajada y se tapó la boca con la mano cuando Genevieve se volvió para fulminarnos con la mirada. Estaba bastante segura de que no me había oído; de lo contrario, habría montado un buen escándalo. Siguió merodeando entre las mesas.
Pasé al siguiente tubo de ensayo mientras el que acababa de mezclar burbujeaba y hacía sus cosas.
—Eres bastante dura, ¿eh, Cor Cor? —preguntó Charli.
—No, cielo, es que no me gusta aguantar gilipolleces. Ya verás cuando...
—¡Madre. Mía. De mi vida! —La voz de Charli subió una octava, hasta rozar prácticamente el falsete.
Hice una mueca al comprender lo que ocurría. Busqué con la mirada mi mochila, apoyada contra las patas de la mesa. No había nadie asomando por la abertura de arriba.
Mierda.
—¡Mirad qué ha traído la comitiva del minino! —arrulló Charli.
Entonces vi que Bruce Kittenson se había fugado de su cárcel de tela y paseaba por encima de la mesa, pavoneándose entre los tubos de ensayo.
Mierda, mierda. El corazón me dio un vuelco. —¡B-Bruce, qué coño haces! —lo reñí en un susurro furioso. Alargué la mano para cogerlo, pero me esquivó sin esfuerzo y se escabulló por la mesa hasta el lado de Charli.
El chillido de alegría de Charli se convirtió en un grito de horror cuando Bruce chocó con un vaso de precipitados medio lleno y lo dejó tambaleándose al borde de la mesa.
Mi nueva mejor amiga intentó atraparlo, pero, como ya había comprobado cuando me había embestido con los libros por delante en la residencia, era un poco patosa. Al vaso le habría ido mejor si no hubiera intentado salvarlo. Seguramente ni siquiera se habría caído.
Vi pasar ante mis ojos mi desalentador futuro cuando el vaso empezó a caer y Charli prácticamente lo ayudó a precipitarse.
Y, por supuesto, ¿quién tenía que estar pasando justo en aquel momento por el pasillo del lado de Charli?
Charli agarró el vaso a medio camino del suelo, pero el impulso hizo que siguiera moviéndose de lado, y acabó pareciendo que le había arrojado a alguien a la cara lo que quedaba en su copa de vino.
Y ese «alguien» era, en este caso, la espalda de Genevieve Jade.
Charli soltó un breve gemido.
Genevieve se quedó inmóvil y se le tensó todo el cuerpo cuando el líquido —inofensivo, porque aún estábamos en la fase de «estudio»— le salpicó la espalda. Levantó las manos como si un atracador de bancos la estuviera apuntando con una pistola.
Toda actividad en el aula se detuvo.
El corazón se me desbocó y la sangre me rugió en los oídos.
Genevieve se volvió despacio y encontró a Charli aún en la postura de «¡lo nuestro se ha acabado!».
Bruce Kittenson movía la cola con parsimonia, con la misma indiferencia absoluta dibujada en la cara.
—Pero... serás zorra —masculló Genevieve entre dientes, con los ojos convertidos en dos pozos de fuego.
—¡Ay, Dios mío, Genevie-vie, lo siento muchísimo! —exclamó Charli, al borde del llanto.
—Tú no puedes llamarme Vivi, pequeña...
—¡Eh! ¿Qué pasa ahí atrás? —preguntó la profesora Hawkins desde el frente del aula.
Sabía que a Charli, a mí o a las dos nos iba a caer una buena .
—Nada, profesora —respondió Genevieve con aquella voz suya de falsa dulzura—. Solo se ha derramado un poco de líquido.
Fruncí el ceño. ¿Por qué coño no nos ha echado la culpa?
—Vale, pues... —La profesora abrió los ojos como platos y señaló hacia nosotras—. ¿Eso es un puto gato encima de la mesa? Charli, ¿es tuyo ese gato? ¡Se suponía que eras mi favorita!
A Charli le corrían las lágrimas por las mejillas. Miró a un lado y a otro y empezó a balbucear; sin duda, el cerebro se le había cortocircuitado.
—¡No es suyo, profesora! —grité en su defensa—. Es...
—¡Me da igual de quién sea el gato! ¡No se admiten gatos en el laboratorio! ¡Espíritus del cielo!, ¿tengo que poner un puto cartel ? Creía que era evidente que esta zona no es apta para gatos. —Murmuró algo para sí y volvió a lo que estuviera haciendo.
Agarré a Bruce, lo estreché entre mis brazos y le acaricié la cabecita.
Genevieve se acercó a Charli y levantó el índice a unos centímetros de su cara. Bajó la voz para que solo pudiéramos oírla nosotras. —Vas a pagar por esto, pelirroja.
Así que por eso no nos ha echado la culpa . Tiene sus propios métodos retorcidos para castigarnos...