La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 11 | Coralia
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Capítulo 11 | Coralia

Coralia

ERA MI PRIMER DÍA de clase y estaba más nerviosa que una rubia tonta cruzando una rejilla de alcantarilla con tacones de aguja.

Llevaba los libros, una mochila y, dentro de ella, un felino pequeño y peludo. No me fiaba de Genevieve Jade, así que ni hablar de dejar a Bruce Kittenson solo en nuestra habitación.

Sí, Genevieve también tenía clase, pero a saber cuándo se le ocurriría aparecer por allí con el único propósito de aterrorizar a mi incansable protector. No podía dejar que Brucey se las apañara solo mientras yo estaba en clase.

Por suerte, Genevieve no había dormido en la habitación la noche anterior —seguramente había vuelto a revolcarse con Sunny—, así que pude descansar bien. Por mí, aquellos dos capullos podían hacerse compañía durante todo el semestre: así no tendrían la atención puesta en mí.

Dejé la parte superior de la mochila abierta mientras bajaba por un sinuoso sendero de piedra hacia mi primera clase. Brucey asomaba la cabecita por la abertura e inspeccionaba cuanto nos rodeaba con esa indiferencia absoluta que Dios solo concedió a los gatos.

Mi primera asignatura se llamaba Alquimia.

El nombre lo decía todo. Seguramente veremos química, pociones y matemáticas.

Me apunto. Después, si sobrevivía, tocaba Intención Física, significara eso lo que significase.

Luego, Manipulación de sombras . Desplazamiento por las sombras completaba mi horario .

Estaba deseando llegar a las dos últimas. Quería conocer a fondo lo que suponía convertirse en una shadowblade.

El discurso que el director Cane había pronunciado ante toda la Academia el día anterior me había dejado intranquila.

No conseguía quitármelo de la cabeza. Supuse que aquella charla siniestra había sido deliberada, una forma de separar el grano de la paja.

Pero eso no hacía que sus palabras resultaran menos ominosas.

El sendero de piedra atravesaba un parque frondoso y verde, lleno de sauces y estanques. Unos cuantos alumnos tonteaban en los rincones apartados y románticos; por lo visto, habían decidido que saltarse el primer día de clase para intentar echar un polvo era una idea estupenda.

El parque parecía no acabarse nunca. Cuando por fin salí de entre la vegetación, el sol hizo su primera aparición del día, abriéndose paso entre las nubes. Hacía fresco, y sus rayos aportaron a mis huesos un calor que agradecí mucho.

Consulté el plano que nos había dado la Academia y entré en un claro lleno de los mismos edificios blancos e insulsos que había visto mi primera noche. Cuando creí haber localizado el que buscaba, alcé el plano por encima del hombro y pregunté: —¿Qué opina, señor Kittenson?

Me ronroneó al oído.

Asentí con firmeza. —Exacto. Estoy de acuerdo.

Observé desde lejos cómo los alumnos entraban en los distintos edificios.

Estábamos en el cuadrante sur de la Academia, donde se encontraban las aulas de primero.

Sabía que había llegado al sitio correcto porque los demás alumnos parecían pálidos, cansados y, en general, tan nerviosos como yo al entrar.

Respiré hondo. —Allá vamos, Brucey. Procura no llamar la atención, ¿vale?

—Guardé el plano en un bolsillo lateral de la mochila, me bajé instintivamente hasta las rodillas la falda de cuadros negros y rojos y la alisé para estar presentable.

Luego me aferré a las correas de la mochila como si me fuera la vida en ello.

Entré en el edificio rozándome con un par de alumnos.

Joder, ¿es que aquí nadie sabe lo que es el espacio personal?

pensé, irritada. Las palabras que había pronunciado el director Cane el día anterior volvieron a resonar en mi cabeza: «Empezad vuestros estudios pensando solo en vosotros mismos. Mirad por vuestro propio interés».

Seguí hasta mi aula y me quedé un momento en la puerta, preparándome mentalmente. Charli tenía la misma clase, lo cual me tranquilizaba. Lo que no sabía era si estarían allí matones como Genevieve o Sunny, y eso me hizo vacilar.

Al final, le eché ovarios y entré. No puedo dejar que controlen mi vida ni que me metan miedo. Mi madre no crio a ninguna cobarde. Bueno... En realidad, mi madre apenas me crio, pero se entiende lo que quiero decir.

Una agradable oleada de calor me envolvió mientras recorría el aula con la mirada. Había mesas de trabajo altas y casi ninguna silla. Los alumnos estaban de pie alrededor de las mesas, dos por cada una. Todas las superficies estaban cubiertas de tubos de ensayo e instrumentos de medición.

Ah, sí. Alquimia. Aquello parecía exactamente un laboratorio de química del instituto, y solté un suspiro de alivio. Al menos es algo que ya conozco. Me había preocupado encontrarme con patas de lobo amputadas, cabezas de dragón o alguna otra mierda macabra.

Recorrí el aula con los ojos hasta encontrar a Charli cerca del centro.

Me saludó con entusiasmo, luciendo una sonrisa de oreja a oreja.

Era físicamente imposible no devolvérsela.

La sonrisa se me borró al reparar en que varios alumnos me miraban con dureza, y volví a pensar en el discurso del director Cane.

Espero de verdad que la inocencia y la dulzura de Charli no acaben pasándole factura.

No creo que la palabra «egoísta» figure en su vocabulario.

La verdad era que, por su aspecto y su forma de comportarse, parecía la víctima perfecta para cualquier matón.

Si aquella aula con pinta de instituto se parecía en algo a un instituto de verdad, sabía que probablemente lo pasaría muy mal.

La protegeré lo mejor que pueda, me prometí en ese mismo instante. Luego fui hasta el sitio libre a su lado y me coloqué detrás de un sinfín de tubos y aparatos.

Charli me guiñó un ojo. —Me alegro de que hayas encontrado el aula, Cor Cor. Ya empezaba a preocuparme.

Enarqué una ceja y sonreí, divertida. —¿Cor Cor, eh?

Palideció y abrió mucho los ojos. —Ay, no. ¿No te gusta?

Solté una risita. —No, no, está bien. Es que nunca me habían llamado así. Es mono.

Sus mejillas pecosas se tiñeron de rosa y la expresión aterrada dio paso a otra tímida y feliz.

Sospechaba que no habría sido capaz de ocultar sus emociones ni con una pistola apuntándole a la cabeza.

Mi parte cínica lo identificó enseguida como una debilidad en un lugar como aquel.

Aunque solo conozco a un gilipollas y a una zorra.

Puede que los demás alumnos no sean tan malos.

Las miradas que había recibido hasta entonces no me daban muchas esperanzas.

—¿Por qué tienes esa cara tan triste, Ce Ce? —preguntó Charli, con un deje de pena.

Me di cuenta de que estaba frunciendo el ceño y relajé la expresión. —Ah, no es nada. Mejor quédate con Cor Cor, ¿vale?

Soltó una risita. —Vale, jefa, fallo mío. Pensé que podía probar con otros motes.

Sus expresivos ojos se abrieron como platos al mirar hacia el frente del aula. Seguí su mirada. Una mujer entró por la puerta lateral y avanzó con tal presencia que pareció absorber todo el oxígeno de la sala. El murmullo cesó al instante cuando se situó delante de la clase.

Caminaba con absoluta seguridad, y el largo abrigo negro le rozaba la parte de atrás de las rodillas.

Llevaba el pelo oscuro recogido en una coleta que descansaba sobre un hombro; era altísima y tenía un físico impresionante.

Los tacones repiqueteaban contra el suelo y hacían que sus pantorrillas parecieran esculpidas por artistas de la antigua Grecia.

Ya me había impresionado antes de que abriera la boca. Era atractiva y tal vez rondara los treinta, al menos en años humanos. En un sitio como aquel nunca se podía calcular bien.

Esperaba que la profesora de una asignatura científica fuera una vieja bruja con gafas o un tipo estirado, con jersey de tweed y un peinado para disimular la calva. No esperaba encontrarme con la mismísima Serena Williams.

—Bienvenidos, Fantasmas. Soy Frilly Hawkins. Para vosotros, la profesora Hawkins. Ya os diré si os va lo bastante bien en clase como para empezar a llamarme Frilly. No os hagáis ilusiones.

La profesora, que hablaba a toda velocidad, se colocó detrás de una mesa alta parecida a las nuestras. Me dio la impresión de que no se andaba con tonterías, aunque también tenía un punto mordaz, a juzgar por cómo nos había puesto en nuestro sitio nada más empezar.

—Esto es Alquimia —dijo, y se echó la coleta sobre el otro hombro—. Si no sabéis qué significa esa palabra, os habéis equivocado de clase. Y aunque sí lo sepáis, puede que también os hayáis equivocado.

Nadie dijo nada. Nos limitamos a parpadear.

—Era una broma.

Los alumnos rieron con nerviosismo. Éramos unos treinta, así que aquella sucesión de risas entrecortadas sonó forzada, como si nos estuvieran torturando con los chistes de nuestro tío menos querido durante la cena de Acción de Gracias.

—Hum. Público difícil. —La profesora Hawkins se desplazó hasta un lado de su mesa, donde los vasos de precipitados y los tubos de ensayo estaban perfectamente ordenados—.

En cuanto llegue mi ayudante, podremos empezar.

—Lanzó una mirada fulminante a la puerta, como si su mera existencia la ofendiera—. Llega tarde.

Alzó la vista hacia aquel mar de alumnos rígidos. Si todos habíamos entrado nerviosos, Frilly Hawkins no estaba haciendo absolutamente nada por tranquilizarnos.

—¿Alguien puede decirme por qué la alquimia podría ser importante para una shadowblade? —preguntó.

Nadie respondió; todos miraron al compañero que tenían a derecha o izquierda.

—Basta con levantar la mano. No muerdo.

Charli alzó una mano temblorosa con vacilación y casi se me escapó un grito de sorpresa. Puede que me equivocara: ¡tiene más huevos que yo!

—¿Sí? —dijo la profesora Hawkins. Todas las miradas se volvieron hacia nosotras y noté que me ardían las mejillas, lo que significaba que las de Charli debían de estar al rojo vivo.

—Eh... ¿Veneno? —atinó a decir Charli con un hilillo de voz.