La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 10 | Coralia
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Capítulo 10 | Coralia

Coralia

ME DESPERTÉ SObrESALTADA al notar un peso en el costado y miré de inmediato por encima del hombro.

No había ninguna presencia malévola detrás de mí, esperando para tomarme como rehén o violarme con sombras. Solo Bruce Kittenson, encaramado a mi hombro como un centinela, de cara a la puerta. Me pregunté si habría pasado así toda la noche.

Deshice la postura fetal con un gemido. Bruce saltó de encima de mí y se acomodó sobre mi vientre.

Lo abracé. —Buen chico, Bruce. Sabes muy bien cómo proteger a una dama, ¿eh?

Me sorprende que no estés ligando con todas las gatitas en diez millas a la redonda.

Le besé la coronilla peluda y ronroneó mientras se restregaba contra mi barbilla.

—No te preocupes, no dejaré que esa zorra se te acerque.

Al pensarlo, me quedé petrificada. Me incorporé y me arrimé poco a poco a la pared que había junto a mi catre, mientras examinaba la habitación.

Ni rastro de Genevieve , pensé con un suspiro de alivio. Gracias a Dios. Moví los hombros para intentar aliviar el dolor.

Me pregunté dónde estaría. ¿Se habrá quedado con Sunny? Pues buen viaje a las dos. Antes de que pudiera seguir dándole vueltas a los suplicios de la noche anterior, oí un alboroto que llegaba de fuera por la única ventana de la habitación.

Me levanté y me asomé. Hacía una mañana preciosa en...

dondequiera que estuviéramos. El día era fresco y soleado, con el cielo despejado.

Desde mi mirador del tercer piso veía a los estudiantes pasear tranquilamente por el campus: salían de la residencia de chicas y de la de chicos, situada enfrente.

La mañana me ofrecía una perspectiva nueva de Shadowblade Academy.

Habían desaparecido el silencio inquietante y la luz turbia de las farolas de la noche anterior.

El campus ya no parecía el escenario de una película de terror gótico, sino una universidad corriente a la que acudían jóvenes adultos para ampliar sus horizontes.

El parque central por el que había pasado la noche anterior era una pradera verde preciosa, con sauces, bancos y estanques.

Los estudiantes caminaban en grupos, charlando.

La mayoría llevaba mochila. Los sinuosos senderos de piedra que atravesaban el centro del campus estaban llenos de gente que parecía feliz.

Nada de los punks mugrientos ni los emos lánguidos que me había imaginado.

—Bueno, supongo que tiene sentido —le dije a Bruce—. Es el primer día de clase y todo el... Me interrumpí de golpe y abrí mucho los ojos. Bruce también abrió los suyos al ver mi cambio de expresión.

—¡Mierda! ¡Es el primer día de clase!

Pasé como una exhalación junto a Bruce y me puse a rebuscar en la bolsa de cosas que habían dejado a los pies de mi cama, lanzando prendas a diestro y siniestro como una loca. —¡¿Por qué me has dejado dormir tanto, Brucey?!

Cuando por fin encontré el uniforme, ni siquiera me paré a mirarlo de tanta prisa como tenía. ¡Ahora mismo me vale cualquier cosa!

Salí disparada de la habitación y encontré las duchas comunes al fondo del pasillo.

Después de lavarme a toda prisa, me envolví en una toalla, volví a mi cuarto a paso pesado y me puse la ropa que me había proporcionado la Academia.

Conseguí arreglarme en quince minutos justos —nunca he sido de las que se entretienen— y, una vez vestida con el uniforme de la Academia, me eché un vistazo.

Por suerte, habían acertado con mi talla. Más o menos. No era precisamente la más delgada del bosque, pero lo compensaba con un tronco que muchas mujeres envidiaban y unas curvas que atraían a hombres como Brad y el Señor del Peor Piropo de la Historia igual que la hierba gatera a Brucey.

En resumidas cuentas, estaba maldita con un culo enorme y un busto generoso.

Digo maldita porque nunca había buscado la atención que solían atraer esos atributos.

Mis encantos también eran la razón por la que Bruce Kittenson me trataba como si fuera un cojín: siempre se acurrucaba contra mis partes blanditas.

El uniforme de la Academia acentuaba esos rasgos.

La falda de cuadros negros y rojos me llegaba hasta las rodillas, se ensanchaba alrededor del trasero y dejaba al descubierto los dos tercios inferiores de mis piernas pálidas.

La parte de arriba, ceñida al cuerpo, dejaba muy poco a la imaginación al ajustarse a mis pechos.

Justo sobre el izquierdo lucía un emblema de la Academia un poco estirado: una máscara blanca de mimo con una daga negra clavada en uno de los ojos.

Qué siniestro.

Di una vuelta sobre mí misma para examinar mi perfil en el espejo de cuerpo entero que había en el lado de Genevieve. Chasqueé la lengua y murmuré: —Joder, Bruce, casi se me sale el culo entero de esta dichosa falda. Estos chicos van a tener espectáculo.

No podía hacer gran cosa al respecto. —Al menos los cuadros de la falda van a juego con mi pelo.

Me pasé una mano por el cabello, surcado de mechones carmesí, y lo ahuequé un poco sobre los hombros.

Siempre me habían gustado los colores oscuros, así que el efecto general no me desagradaba demasiado.

Extendí los brazos y me volví hacia Bruce. —¿Qué tal estoy, colega?

Ronroneó.

Sonreí. —Gracias. Yo también lo creo.

Dicho eso, me giré hacia la puerta y salí.

Cuando iba por la mitad del umbral, oí un último maullido y se me cayó el alma a los pies. Me volví y vi que Bruce había correteado hasta mis pies. Me miraba con aquellos brillantes ojos amarillos llenos de pena. Era adorable y daba lástima a la vez.

—Ay, mierda. Tienes razón. Después de lo que intentó hacer Genevieve anoche, no puedo dejarte aquí solo. Venga, pequeñajo, vente conmigo. Pero sin hacer ruido, ¿vale?

No sabía qué normas tenía el campus sobre los gatos. Me figuré que estaba a punto de averiguarlo. No podría perdonarme que Genevieve regresara a la habitación antes que yo y le hiciera alguna barbaridad a mi viejecito peludo.

De momento, donde vaya yo, irá Bruce. Y punto.

Recorrimos a toda prisa el pasillo y bajamos las escaleras hasta la planta baja.

Cuando llegué abajo, resoplaba como un fuelle.

A lo mejor no sería mala idea hacer un poco de ejercicio para que me quepa mejor el culo en esta falda , pensé mientras me abalanzaba hacia la puerta principal del vestíbulo vacío.

La puerta se abrió antes de que llegara y traté de frenar en seco...

Demasiado tarde. El impulso me llevó directa contra la persona que acababa de entrar: una chica menuda de pelo naranja intenso.

Me la llevé por delante. Al chocar, soltó un gritito y cayó al suelo, y la pila de libros que llevaba en brazos salió volando. Yo, en cambio, solté un gruñido de cavernícola analfabeta y me mantuve en pie.

Me llevé las manos a la cabeza. —¡Ay, mierda, lo siento muchísimo!

Se puso a cuatro patas para recoger sus libros mientras murmuraba: —No pasa nada, no pa...

La ayudé a recogerlos y se levantó sobre unas piernas delgadas y temblorosas. Me miraba con asombro, parpadeando con sus enormes ojos azules. Tenía las mejillas salpicadas de pecas y la naricilla respingona más mona que había visto jamás. No aparentaba más de dieciséis años.

—Eh... ¿estás bien? —Me pasé una mano por el pelo, avergonzada, después de entregarle los libros.

Volvió a parpadear. Me observaba con tanta atención y tanto asombro que casi me hizo sonrojar.

Entonces sacudió la cabeza y dijo en voz bajita: —Ah, sí, estoy bien.

—Se sacudió la ropa—. Es que soy una flojucha.

Supongo que me he quedado pasmada porque nunca habría esperado que alguien de esta escuela, ya sabes, me ayudara.

Le dediqué una sonrisa tímida. —Madre mía, ya te digo. Sé cómo te sientes.

Al ver mi sonrisa, se le iluminó la cara y las pecas se le extendieron de un lado a otro. De algún modo, aquello la hacía parecer aún más joven. —¡Soy Charli!

Mientras trataba de mantener apretados contra el pecho sus ochenta y siete libros de texto, me tendió una manita.

—Coralia —dije, estrechándosela—. Encantada de conocerte, Charli.

—Uy, me encanta ese nombre.

—Y a mí el tuyo —respondí. Seguía sacudiéndome la mano con entusiasmo, así que bajé la mirada para darle una pista.

—Ay, perdona —chilló, y soltó una risita al soltarme la mano—.

A veces no sé cuándo pa-pa-pa... —Dejó la frase en el aire y tartamudeó de forma exagerada.

Entonces se le pusieron unos ojos enormes, de personaje de anime, y abrió la boca en una O en la que habría cabido un burrito entero—.

¡Madre! ¡Mía! ¡¿Eso es un gatito?! ¡¿Es tu gatito? !

Chilló como una hiena, dejó caer todos los libros por segunda vez y se abalanzó hacia mí con los brazos abiertos.

Intenté apartarme, pero era rápida como un zorro. Esquivó el choque conmigo en el último segundo y se arrodilló. Bajé la vista y la encontré haciéndole carantoñas a Bruce, que se había encogido contra mi pierna y parecía horrorizado.

Solté una carcajada y vi cómo Bruce forcejeaba mientras la chica levantaba a mi viejo gato cascarrabias y lo abrazaba, sin dejar de lanzar grititos.

—Tú misma, no te cortes. A Brucey le vendrá bien relacionarse con gente simpática después de lo que le ha tocado ver.

—¡¿A que eres el más bonito del mundo?! —exclamó, poniéndose de pie y dando vueltas con él bien sujeto entre los brazos—. ¡Te quiero, te quiero, te quiero!

No podía dejar de reírme al ver la cara de espanto de Bruce. No tenía ni idea de cómo reaccionar, pero sabía reconocer a una persona amistosa. Genevieve le erizaba el pelo; Charli le inspiraba desconcierto y una aceptación a regañadientes.

Maulló y ella chilló todavía más fuerte, hasta que la persona encargada de la recepción del vestíbulo se volvió hacia nosotras con el ceño fruncido.

—Perdón, perdón —dijo Charli, y dejó a Bruce en el suelo—. ¿Has dicho que se llama Bruce?

—Bruce Kittenson. Le puse el nombre por Bruce Dickenson, el cantante de Iron Maiden.