La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 9 | Coralia #2
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Capítulo 9 | Coralia #2

Se cernía sobre mí mientras el zarcillo de sombra seguía sujetándome. Me retorcí, intentando liberarme, pero me aferraba las piernas y la cintura como una tenaza y ni siquiera podía sentarme.

Quería enfadarme y soltarle algo hiriente, pero aquella situación no era como la de Jose’s Ranchero, cuando me había ido de la lengua con los chicos. Esto iba en serio. Estaba hablando de matarme , por el amor de Dios. Lo único en lo que podía pensar era en cómo escapar de aquel aprieto.

Genevieve dio otro paso lento hacia mí, con una sonrisa cruel en la cara. Movía las manos en el aire haciendo gestos extraños, como un Power Ranger.

Miré por encima de su hombro y vi que la puerta seguía entreabierta. Abrí la boca para pedir ayuda...

Un destello blanco entró como una exhalación y empujó la puerta. Saltó a una mesita de noche y desde allí se lanzó a la espalda de Genevieve.

—¡Bruce! —grité.

El gato bufó, trepó por su trasero y le lanzó zarpazos al codo con las uñas fuera.

Genevieve empezó a girar sobre sí misma, perdió pie y cayó al suelo. —¡Puto gato! —chilló mientras intentaba quitárselo de encima—. ¡Odio a los gatos! ¡Voy a matarte!

Bruce era demasiado rápido y saltó lejos de ella antes de que pudiera hacerle daño. Esquivó una sombra que se acercaba a sus espaldas desde una lamparita del escritorio de Genevieve y desapareció por una rendija detrás de un cajón.

Solté una risa maliciosa al ver a Genevieve corretear por toda la habitación como una loca, apartando cosas a su paso mientras buscaba a Bruce.

Sin que ella mantuviera la concentración en mí, la sombra que me sujetaba regresó reptando a su lugar habitual en el suelo, proyectada en diagonal desde mi cama.

Me incorporé y me crují el cuello, dispuesta a abalanzarme sobre aquella zorra y hacerle pagar lo que había hecho.

Unos golpes en la puerta entornada me detuvieron. Nos quedamos las dos de pie, erguidas, con los puños en alto, separadas por unos centímetros y enseñando los dientes como Muhammad Ali y Joe Frazier a punto de pelear antes de que sonara la campana.

—¿Dónde está mi...?

Volvimos la cabeza de golpe hacia la puerta, que se abrió.

—...princesa favorita? Ah... ¿En qué clase de guarrada me he metido?

Parpadeé al ver a Sunny Conway en el umbral. Parecía desconcertado, pero seguía estando ridículamente bueno.

—¡Sunny! —chilló Genevieve, con un tono completamente distinto. Bajó los puños y se lanzó a abrazarlo—. Echa a esta zorra de aquí, Sunny. ¡Ha entrado para buscarme las cosquillas!

Me puse en jarras y fulminé a Sunny con la mirada, ignorando a Genevieve. —¿Qué haces aquí? ¿Sabes qué? No quiero saberlo. Estáis hechos el uno para el otro. ¿A ella también la llamas «princesa»?

Sunny ladeó la cabeza, intentando poner cara de no entender nada. —¿Eh? ¿Cómo dices?

—¿De qué está hablando, Sunny? —preguntó Genevieve, separándose de su salvador.

Eché la cabeza hacia atrás y solté una carcajada. —Madre mía. ¿Se lo cuentas tú o se lo cuento yo...?

—Para —me advirtió él.

—...que estuviste llamándome «princesa» toda la noche en la celda de iniciación? Puse un mohín y les dediqué una mirada de falsa compasión. —Oh, ¿la señorita Jade ya no se siente tan especial ahora que sabe que no es tan importante para el temible Sunny?

Genevieve parecía a punto de llorar. Tenía los ojos brillantes y enormes. —Miente. ¿Verdad, Sunny?

—Claro que miente, cariño. La rodeó por la estrecha cintura con un brazo para consolarla.

—Vale —dije con suficiencia. Me recosté en la cama y esperé a que Bruce Kittenson saltara a mi lado para que pudiéramos regodearnos juntos en nuestra victoria.

No es que me gustara hacer llorar a las chicas, pero Genevieve Jade no era una chica: era una zorra, y se lo había buscado.

No iba a dejar que los matones me pasaran por encima en aquel sitio.

La vida me había dado demasiados palos como para permitirme tener el instinto de supervivencia de un ejecutivo de Wall Street.

Sabía cómo actuaban esas arpías y esos cabrones: pinchaban y pinchaban hasta acabar contigo.

Al principio parecía algo inofensivo, pero, a base de insistir, podían hacerte mucho daño.

Conmigo no, joder.

Sunny me fulminó con la mirada, como si un agujero negro hubiera echado raíces en su interior. Daba miedo verlo, y mi satisfacción duró bien poco.

—Bueno, princesa...

—¿A cuál de las dos se lo dices? —pregunté sin poder evitarlo. Señalé con el dedo de mí a Genevieve y otra vez a ella.

A Sunny le bullía la rabia; tenía todo el cuerpo en tensión. Luego le lanzó a Genevieve una mirada significativa. —Supongo que aquí no he visto nada, Vivi. Así que me voy.

Se volvió para marcharse.

Vi surgir un oscuro deseo de venganza en los ojos de Genevieve.

Mierda. Se me heló la sangre.

—¡Espera! No, perdona, perdona, solo estaba bromeando.

Me senté muy erguida. ¡Por esto no conviene ser una capulla!

¡Luego te metes en líos como este! Mis momentos de gloria habían terminado.

No quería quedarme sola a merced de Genevieve.

Idiota, idiota, Cor. Debería haber intentado ganármelos por las buenas.

Sunny miró por encima del hombro. —Ah, ¿ahora quieres que me quede? En la celda de iniciación estabas deseando librarte de mí y no volver a verme jamás.

—Eso era antes. Ahora es ahora.

Se encogió de hombros e hizo ademán de marcharse otra vez.

—Espera, me voy yo. ¿Vale? —supliqué—. Ya buscaré otro sitio donde dormir.

—Déjamela a mí —dijo Genevieve con una alegría siniestra.

Entonces, mientras me levantaba de la cama con las manos juntas en actitud de súplica, ocurrió algo espeluznante.