La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 9 | Coralia
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Capítulo 9 | Coralia

Coralia

SEGUÍA CAbrEADA mientras cruzaba el campus con Jace Hudson, de rango Muñeca, pero empezaba a calmarme ahora que había dejado atrás mi celda y aquel castillo sombrío de volutas y agujas góticas.

Recorrimos un camino sinuoso, bajo un bosquecillo y junto a un parque.

No paraba de mirar a mi alrededor para empaparme del entorno.

Pese a ser plena noche, el lugar no era ni mucho menos tan oscuro como había imaginado.

Farolas de gas y eléctricas jalonaban el camino y el parque cada diez metros, más o menos.

La luz de la luna bañaba las zonas a las que no llegaba la iluminación artificial.

A lo lejos distinguí edificios anodinos por todas partes, recortados como sombras negras contra el horizonte violeta.

—¿Esperabas encontrarte una ciudad fantasma? —preguntó Jace al notar que no dejaba de mirar de un lado a otro—. La luz crea sombras. Y los alumnos y profesores de aquí pueden manipularlas.

—¿Para entrenar por la noche?

—Sí, y también como medida defensiva. Si nos atacaran, podríamos aprovechar el juego de luces y sombras. Con el tiempo lo entenderás.

Detestaba que me trataran como a una novata a la que había que instruir, pero no discutí con él. A pesar del aire frío y del cielo estrellado y sin nubes, seguía sin poder situar dónde estábamos. El aire era fresco y seco, como si nos encontráramos a bastante altitud, quizá en las montañas.

—¿Dónde está Shadowblade Academy? —pregunté.

—Me temo que no puedo decírtelo.

—¿Ni una pista?

—Está en la zona continental de Estados Unidos. Pero no tienes que preocuparte por los intrusos que entren por accidente. El campus es invisible para los ojos indiscretos de quienes no usan magia.

No pude disimular mi incredulidad. —¿Me estás diciendo que todo esto es un gigantesco truco de magia?

—Para los profanos.

—¿Cómo?

—Magia de ilusión combinada con poderosas protecciones mágicas.

—A ver, he oído que Briarwitch Academy también tiene protecciones mágicas poderosas. Pero la gente puede verla y entrar allí por casualidad.

—Exacto. Shadowblade Academy es una escuela especializada. Si no estudias aquí, se supone que ni siquiera debes saber que existe.

—¿Y cómo saldré cuando me gradúe, o en vacaciones, o lo que sea?

—Igual que entraste.

Tragué saliva. Un portal de sombras. Qué mal rollo.

La conversación nos llevó hasta uno de los edificios anodinos.

Jace se detuvo a la entrada y extendió las manos para que yo frenara.

Cuando me volví hacia él, dijo: —Bien, hasta que te acepten en un Guante después de tu año de Fantasma, tendrás que pasar el tiempo en este centro de cadetes y compartir habitación con otros alumnos.

Suspiré. —Solo he entendido la mitad de lo que has dicho y ya sé que no me gusta. No voy a encajar compartiendo habitación con chavales mágicos.

La barba se le movió al esbozar una sonrisa. —¿Taciturna y quejica? Encajarás de maravilla.

Fruncí el ceño al ver su expresión divertida. —¿Algo más?

Se quedó pensativo un momento mientras se tiraba de la barba. —Vigila tus espaldas, señorita Hargrave. Recuerda lo que te he dicho de los alumnos de aquí.

—Vale.

Me dio una palmadita en el hombro, de esas que quieren decir «bien hecho, chica». —Me alegro de que hayas conseguido escapar esta noche. Habría sido una lástima tener que dejarte en la celda durante la jornada de orientación de mañana. Si no, ¿cómo ibas a hacer amigos?

—Tengo la sensación de que no voy a hacer muchos amigos de todas formas, Muñeca Hudson.

Soltó una risita, me dejó allí sola y se alejó en la oscuridad.

AÚN NO HABÍA DADO NI DOS PASOS dentro de la residencia cuando un maullido seco a mi espalda me llamó la atención.

Me di la vuelta y sonreí al ver a Bruce Kittenson entrar correteando en la cálida estancia justo cuando se cerraba la puerta. —¡Ah, Brucey!

Saltó a mis brazos y lo apreté contra mi pecho. Le restregué la nariz por la frente. —No me he olvidado de ti, chico. Pensé que, después de rescatarme, habrías encontrado una cita guapa por ahí. Buen trabajo, por cierto. Le guiñé un ojo. —No sospecharon nada. ¡Menudo pillo estás hecho!

En el vestíbulo, una chica de aspecto aburrido, con demasiado rímel, calentadores negros en los brazos y el pelo verde, levantó la cabeza y me hizo señas para que me acercara.

Parecía más propia del mostrador de una tienda Hot Topic que de una academia sobrenatural especializada, pero, por alguna razón, allí pegaba. Era justo lo que me esperaba.

La chica me mandó a mi habitación, en la tercera planta de la residencia; ya habían avisado de mi llegada.

Bruce me siguió al acecho mientras subíamos las escaleras.

Fue entonces cuando recordé que no tenía maquillaje, ni ropa, ni comida digna de ese nombre.

Si Venn mentía y no tenían nada preparado para mí, estaba jodidísima.

—Voy a necesitar una asignación mensual o algo así, Brucey.

¿El dinero sirve de algo en una escuela de magia?

Estaba completamente fuera de mi elemento.

Llegué a la habitación que me habían asignado y llamé. La chica de pelo verde de recepción me había dicho que otra alumna vivía allí, así que no quería entrar sin más y parecer una maleducada.

La puerta se entreabrió. Me recibió una chica guapa, de rostro afilado, pintalabios color melocotón y pelo negro azabache hasta los hombros. Su expresión hosca era tan intensa que casi me hizo retroceder. —¿Sí? ¿Qué quieres?

Mi compañera de habitación ya me daba malas vibraciones.

—Eh, sí —dije despacio—. ¿Eres Genevieve Jade? Soy tu nueva compañera de habitación. Supongo. Le dediqué una sonrisita.

Parpadeó. Su ceño se frunció aún más, si es que aquello era posible. Estaba poniendo a prueba los límites de desagrado que podía expresar un rostro humano. ¿Rasgos feéricos, tal vez? A saber.

—No —dijo, sacudiendo la cabeza con firmeza—. Les dije que no me pusieran con nadie.

Ladeé la cabeza, intrigada. —¿Es que... puedes decidir tú esas cosas? Eso es lo que quiero decir.

—Ah, genial. ¿Encima eres una listilla?

—Eh... ¿Una listilla?

—Y sorda.

Le devolví la mirada fulminante. Medía más o menos lo mismo que yo y, cuando abrió más la puerta, vi que era más delgada y esbelta. La camiseta negra apenas le cubría las tetas enormes y dejaba a la vista su vientre plano y tonificado.

—No estoy sorda —dije sin inflexión—. Ni soy una listilla, si es que sabes siquiera lo que significa esa palabra.

Agité las manos en el aire, intentando hacer abracadabra y empezar de cero con aquella mierda.

—Mira, Genevieve, he tenido un día de perros y solo necesito una cama en la que desplomarme.

No busco problemas. Me han asignado esta habitación.

Apoyó el peso en una cadera y posó. —Sí, bueno, aquí no puedes quedarte, novata. Conozco a las de tu calaña. No eres nadie importante. Todos hemos tenido un día duro.

No tenía ni puta idea de qué estaba hablando, pero me faltaban dos segundos para perder los nervios con ella. Cadete mágica o no, podía besarme el culo si creía que esa iba a ser la tónica entre nosotras.

Reconozco a una tía mala en cuanto la veo. ¡Yo soy una tía mala con todos los tíos que se lo merecen! —No intento fastidiarte ni meterme en lo que sea que...

—¿Cómo te llamas? —escupió.

—Coralia Hargrave.

—Ah. La hermana de Myria. ¿Por qué no lo has dicho antes?

Dicho esto, me dedicó una sonrisa dulce, se apartó de la puerta y extendió una mano para invitarme a entrar.

Entré con cautela en la guarida de Genevieve, mirando a todas partes. Mi lado de la habitación estaba vacío, lo cual era estupendo; el suyo estaba decorado con pósteres y otras mierdas que me importaban un pimiento.

Gracias a Dios que podía usar a mi hermana como salvoconducto. Nunca pensé que llegaría este día.

Me dejé caer boca abajo sobre la cama, luego me di la vuelta y me incorporé un poco, con las piernas colgando por el borde. Hay que reconocer que esto es mucho mejor que la celda. —¿Eres amiga de Myri?

—Tu hermana también era una lianta —respondió, pillándome desprevenida.

—¿Perdona? Me incliné hacia delante. Estaba más sorprendida que enfadada, pero la furia no andaba lejos.

Se encogió de hombros con indiferencia. —Seguro que hay una buena razón para que haya desaparecido.

Me levanté de un salto, con todos los músculos en tensión. —¿Qué acabas de decir?

Entornó los ojos, desafiante. —Lo que he dicho, Cornelia, Cordova, o como coño te llames: no eres nadie importante. No tienes nada de especial. Tu hermana tampoco.

Me abalancé sobre ella sin poder contenerme. No sabía qué problema tenía conmigo, pero iba a pagar por toda la frustración que llevaba acumulando desde la mañana, se lo mereciera o no.

Las mujeres deberíamos apoyarnos unas a otras, no hundirnos.

Mi puño salió disparado hacia su barbilla, pero lo esquivó sin esfuerzo, deslizándose hacia atrás como una elegante bailarina. Alzó las manos y algo me golpeó por detrás de las pantorrillas y se enroscó en mis piernas.

Solté una exclamación ahogada. Tenía los pies clavados en el sitio y agitaba los brazos en círculos para no caerme. Al bajar la vista, vi horrorizada una forma negra que reptaba a mi alrededor, surgida de debajo de mi propia cama como un puñetero tentáculo de hentai.

Era una sombra, pero tenía consistencia física y me atacaba siguiendo las órdenes de Genevieve.

Con un movimiento de muñeca, aquella arpía me hizo perder el equilibrio y caer sobre mi cama, humillada e inmovilizada por completo de cintura para abajo.

—¿Lo ves, novata? —gruñó, acercándose con un contoneo hasta plantarse delante de mí—.

Yo sí soy importante. Soy una de las mejores manipuladoras de sombras de nuestra promoción.

¿Y tú qué eres, una puta humana ? Resopló y se echó el pelo negro azabache por encima del hombro.

—Más me valdría acabar contigo ahora mismo.

Aquí no vas a durar nada. ¿O quizá debería llamar a seguridad para que te devuelvan a la celda de iniciación? Sí, creo que eso haré.