Capítulo 5 | Venn
Venn
CRUCÉ EL portal de sombras y me estremecí; por poco se me cae la preciosa mujer que llevaba en brazos.
No habría sido un comienzo muy prometedor para su estancia.
La cabeza me daba vueltas mientras el exceso de energía del viaje buscaba dónde alojarse dentro de mí. Habíamos recorrido un buen trecho.
Cuando conseguí afirmarme sobre las baldosas lisas, solté un gran suspiro de alivio y bajé la mirada hacia la mujer que tenía en brazos.
Su expresión estaba a medio camino entre el rigor mortis y un cabreo monumental.
La tersura de sus pálidas mejillas, intacta pese a lo penoso del viaje, me hizo pensar que era bastante dura de pelar.
Aunque seguía paralizada, claro, así que su cara tampoco podía hacer gran cosa.
Vaya, pero qué guapa eres, pensé mientras me relamía.
Noté un levísimo movimiento en una de sus cejas. Entonces caí en la cuenta de que habíamos salido de la oscuridad y podía verme mirándola como si fuera un plato suculento. Además, ahora que me veía la cara, seguramente estaría alarmada: dudaba que hubiera visto antes a alguien como yo.
—Perdona —dije, apretando los labios—. Te juro que no voy a comerte. Quise añadir «no eres mi tipo», pero me contuve. Todavía no había entre nosotros la confianza necesaria para que pudiera sacar a relucir mi sarcasmo de siempre.
Todavía.
—No dejes que mi preciosa piel ni mis orejas puntiagudas te asusten.
No soy una aberración de la naturaleza; simplemente no soy humano.
Bajé la vista hacia mis antebrazos color lila.
—Si este es tu primer encuentro con cualquier ser sobrenatural, pues...
culpa mía. Probablemente resulte un poco más inquietante que la mayoría. Pero, eh... ¿sorpresa? Existimos.
No sabía qué más decir, así que le sonreí.
Por alguna razón, me ponía nervioso hablar con aquella mujer que, de momento, no podía moverse.
Tenía la impresión de que intentaría partirme la cara en cuanto recuperase el movimiento de las extremidades.
Y yo no quería estar en la habitación cuando eso pasara.
La puerta de mi cuarto se abrió de golpe y me ahorró seguir haciendo el ridículo.
Dax y Sunny entraron en tropel y, de pronto, la pequeña habitación se quedó bastante abarrotada.
Dax cruzó los brazos sobre su pecho delgado y se instaló en un rincón, tan distante como de costumbre.
Cruzó los tobillos e intentó adoptar un aire despreocupado mientras me fulminaba con la mirada.
O quizá aquella fuera su expresión habitual.
Incluso después de llevar un año llamando hermano a Dax Kilmeade, seguía siendo difícil saberlo.
Sunny se puso las manos en las caderas e inclinó la cabeza para mirar a la chica que llevaba en brazos, con los ojos color ámbar prácticamente centelleantes.
Tenía la expresión de quien sabe que le ha llegado un juguete nuevo.
Si iba a probar eso de ser «bueno», tendría que estar atento cuando dejara a Coralia Hargrave y Sunder Conway solos en una habitación.
Dejé a la mujer cautiva con cuidado sobre mi cama y me volví hacia mis compañeros, cruzándome de brazos como Dax. —¿Y bien?
Sunny se echó la larga melena rubia por encima del hombro y me miró expectante, como si no tuviera ni idea de a qué me refería. De alguna manera conseguía parecer arrogante e inocente a la vez, pero a mí no me engañaba. Conocía sus trucos. —¿Y bien qué? —dijo.
—Soltad la pasta, cabrones.
Dax resopló.
Sunny bufó y desvió la mirada hacia el suelo. —Joder.
Me acerqué a Sunny y le clavé un dedo en su ancho pecho. —Sabes cuál era la apuesta, solecito. Pensabas que no sería capaz, así que ahora te toca tragarte tus palabras.
Sunny frunció el ceño, marcando una arruga en su piel pálida y perfectamente tersa.
—Te propongo una cosa —dije mientras daba media vuelta y me alejaba con paso ufano, saboreando mi victoria. Cuando volví a mirarlo, sonreía de oreja a oreja. —No tienes que pagarme si... —Levanté un dedo—. Si te limitas a admitir que yo tenía razón.
Sunny dilató las aletas de la nariz. Por un momento creí que iba a enseñarme los colmillos y que había metido la pata. Hermano o no, no quería enzarzarme con aquel grandullón. No cuando estaba enfadado y resultaba imprevisible.
Metió la mano en el bolsillo de sus pantalones aterciopelados y sacó un fajo de billetes. Me lo tendió de mala gana. —Antes muerto.
Solté una risita y me rasqué la mejilla. —No creo que esa expresión te pegue, hermano.
—Que te den, Venn.
Sonreí y miré más allá de él, hacia Dax, en el rincón. Siempre se mantenía apartado, entre las sombras. Incluso después de todo aquel tiempo, seguía sin saber qué se le pasaba por la cabeza. —¿Y tú qué? —pregunté, tendiéndole la mano abierta.
—Yo no participé en vuestra estúpida apuesta. Lo sabes. Su voz sonó hosca y rasposa. —Y si vuelves a insistir...
Se interrumpió, tensó los músculos y se irguió de golpe, abandonando su postura relajada mientras sus ojos lilas examinaban algo a mi espalda. Un escalofrío me recorrió la columna y me volví, con todos los sentidos en alerta.
Un maullido diminuto rompió la repentina tensión. El gato blanco que se había subido a Coralia antes de que cruzáramos el portal apareció a un lado de la cama. Plantado sobre la mujer, arqueaba el lomo de forma amenazadora. Bueno, habría resultado amenazador si no fuera tan mono.
Me llevé una mano al corazón y me eché a reír. —Que los Espíritus me amparen, Dax. Creía que nos estaban atacando.
Dax gruñó y olfateó el aire sin acercarse al gato. —¿Y no es así?
Me rasqué la cabeza y me pasé una mano por el pelo corto y plateado. —¡Ja! ¿Tanto revuelo por un gatito?
—Vete a la mierda, Venn. Nunca subestimes a un felino.
Me encogí de hombros y señalé al minino. —Este parece inofensivo. Desvié los ojos hacia Dax. —En cambio, el que no quiere pagarme lo que me debe... Ese sí que es sospechoso.
Ver cómo se le contraía la cara de fastidio me produjo una enorme satisfacción. —Esa apuesta era entre Sunder y tú. Muñeca Hudson nos dio la misión y yo me negué a participar. Así que de mí no vas a sacar nada.
—¿Crees que hiciste bien en negarte a participar en una misión obligatoria, Dax? —Sunny intentó recuperar parte de la atención que tanto ansiaba.
—Me da igual. Lo hecho, hecho está. Sabía que vosotros dos os encargaríais.
Di una palmada y le dediqué una mirada soñadora de pega. —Oh, sí que le importamos. ¿Lo ves, Sunny? Sabe que somos unos tipos duros. Con eso me basta.
—Sí —dijo Dax—. Solo tuvisteis que cagarla una vez.
—¡ Yo no la cagué! —repliqué.
Sunny se rascó el cuello, lo más cerca que estaría jamás de mostrarse avergonzado. —Demostró una fuerza... sorprendente.
Eché la cabeza hacia atrás y me reí. Hasta el impasible Dax dejó escapar una risita.
—¡Te empujó dentro de tu propio puto portal, tío!
—Sí, y me las pagará. La mirada de Sunny se ensombreció. Se acabaron las risas en la habitación: cuando a Sunny se le metía en la cabeza vengarse de alguien, las consecuencias solían ser terribles.
Desde luego, no era alguien a quien convenía tocarle las narices. Y tenía el orgullo herido.
—¿No podemos llevársela a Muñeca Hudson y acabar de una vez? —preguntó Dax—. No debería estar aquí escuchándonos discutir. Podría estar tramando algo mientras hablamos.
Sunny preguntó: —¿Jace sabe siquiera que has vuelto?
Asentí. —Estuvo vinculado a mí durante la misión.
Ya le habrá llegado el aviso y debería aparecer en cualquier momento.
Hice un gesto hacia la mujer tendida en la cama sin apartar los ojos de mis hermanos.
—Sé que no quieres reconocerlo, Sunny, pero tienes que admitir que... sí se parece muchísimo a ella.
—¿Y qué? Eso no significa nada. Claro que se parecen, son...
—¡Perdonad!
La voz chillona hizo que todos volviéramos la cabeza hacia la cama. La mujer estaba sentada, con las manos apretadas en sendos puños. La cara se le había desencajado de pura rabia y sus mejillas pálidas ardían de un rojo intenso. Incluso hecha una furia, estaba adorable.
Golpeó la cama con ambos puños, luego cogió a su gato y lo abrazó contra el pecho. —¿Podría decirme alguien qué coño está pasando aquí?!
Retrocedí, sorprendido por su repentino estallido de ira. No esperaba que el veneno dejara de hacer efecto tan pronto. —Eh... mierda.
Hasta mis compañeros se quedaron momentáneamente sin palabras. Nos miramos unos a otros, sin saber qué decir.
En ese momento se abrió la puerta. Jace Hudson entró con paso decidido, el ceño fruncido y la mandíbula crispada bajo su barba entrecana. —¿Pensaba decirme alguien de una puta vez que habíais vuelto, Venn...?
Se interrumpió al posar la mirada en la mujer. A diferencia de nosotros tres, no se quedó esperando a ver qué pasaba. Tomó las riendas, como correspondía a un Muñeca.
Jace adelantó el puño e hizo un gesto a Dax y a Sunny con el meñique y el índice. —Vosotros dos, traed a la chica conmigo. Venn, el director te espera.
Tragué saliva y asentí, echándole un último vistazo a Coralia Hargrave y al aura de furia que la rodeaba.
Por una vez, prefería hablar con el director a quedarme un minuto más en aquella habitación.
EL DIRECTOR CANE ME MIRABA desde el otro lado de su antiguo escritorio de roble, que probablemente no tenía ni la mitad de años que él.
Estaba inquieto; no paraba de mover una rodilla bajo el borde del escritorio, fuera de su vista.
A Alaric Cane le bastaba una mirada de sus ojillos para infundir ese miedo a cualquiera.
Siempre me había preguntado si era consciente de lo tópico que resultaba, con aquella larga barba blanca y esa cara de viejo apergaminado que le daba un aire a Gandalf o a Dumbledore.
Al igual que con aquellos magos de ficción, sabía que no debía subestimar al anciano. Probablemente fuera la persona más peligrosa en mil millas a la redonda, aunque pareciera frágil. Tenía más poder en el meñique que nosotros, unos simples Fantasmas.
Por fin abrió la boca. —Me han dicho que fuiste tú quien la trajo, Donovenn Gable.
Tragué saliva y asentí. —Sí, señor. ¿La traje? ¿La secuestré? ¿Qué más da? Había envenenado a la pobre chica y la había arrancado de su hogar y de todo cuanto conocía. Ahora estaba atrapada allí con nosotros, al menos por el momento. ¿Quién sabe cuánto aguantará?
—Esperaba que la trajerais aquí de una forma más civilizada —dijo el director Cane.
—Eh... disculpe, director. Sunny intentó hacerlo por las buenas...
—¿Sunder Conway?
Asentí. —Exactamente. Sunder lo intentó, pero hubo un contratiempo. Así que recurrimos al plan B.
Una leve sonrisa asomó a los labios ajados del director. —Un buen Guante siempre debe tener un plan B sólido.
Le devolví la sonrisa, aunque la mía era nerviosa y forzada. Nunca podía ser yo mismo delante del director. —Desde luego, señor. ¿Muñeca Hudson dijo que quería verme?
Se recostó en la silla. —En realidad, me alegro de que fueras tú quien la trajera. Te ayudará a establecer una relación con ella.
—Eh... ¿señor? —Ladeé la cabeza—. La envenené mientras dormía y me la llevé de su casa a través de una sombra. No es una forma muy amistosa de presentarse.
Asintió, moviendo la cabeza sobre su cuello delgado. —Sí, bueno, has establecido un vínculo con ella. Un primer contacto.
—Creo que seré la última persona con la que querrá hablar cuando recupere el conocimiento. Alaric no tiene por qué saber que reduje la dosis, que ya está despierta... y furiosa.
—Ya encontrarás la manera. Eres un joven hablador y jovial, Donovenn. Sobre todo teniendo en cuenta de dónde vienes.
Una punzada de ira prendió en mi interior. —Como usted diga, director.
—¿Sabes lo que toca ahora?
Respiré hondo. —Recuérdemelo, por favor, señor.
El director se inclinó hacia delante y su larga barba rozó el escritorio. Supe que habíamos llegado al meollo de la reunión. —Acércate a Coralia Hargrave, Donovenn. Hazte amigo suyo. Enséñale el lugar. Aquí se sentirá perdida.
—Por supuesto, señor. No es que Sunny o Dax vayan a convertirse en sus mejores amigos. Vacilé y aparté la mirada de los ojos acerados del director Cane. Cuando volví a mirarlo, su expresión severa me hizo encogerme. —¿Y cuál es el verdadero objetivo de esta misión, señor?
—Por ahora, limítate a vigilar a la chica, Donovenn.
Supongo que entiendes que no podíamos permitir que alguien con una firma de poder tan potente —y humana , nada menos— fuera por la vida a sus anchas, ignorando sus capacidades.
No podemos arriesgarnos a que las fuerzas oscuras se apoderen de ella y la utilicen.
Me mordí la lengua. Solo espero que nosotros no seamos esas fuerzas oscuras, director. Los Espíritus saben que ya he visto bastantes a lo largo de mi vida.
Alaric Cane me observó un momento más, como si intentara leerme la mente y averiguar hasta qué punto estaba dispuesto a seguir su plan. Dejé la mente en blanco por si acaso podía leerla y advertía mis dudas y mi escepticismo.
Por fin pareció satisfecho: asintió y juntó las manos por las yemas de los dedos.
—Cuando llegue el momento, Donovenn, y sepamos más sobre la señorita Hargrave, necesito tener la certeza de que serás capaz de actuar con rapidez y obedecer órdenes. ¿Podrás hacerlo, muchacho?
Apreté la mandíbula y adopté la expresión más firme que pude. —Puedo hacerlo y lo haré, señor. Haré aquello para lo que me han entrenado.
—Bien.
—No defraudaré a la Academia, director Cane.