Capítulo 4 | Coralia
Coralia
NO DEJÉ ENTRAR A MI MADRE en casa. No quería que su empalagosa vileza se pegara a los cojines del sofá ni que nos dejara sin aire.
Puede que fuera cruel, pero me daba igual.
Después de cómo me había tratado mientras crecía —como si fuera un estorbo, como si no valiera nada por no ser especial y sobrenatural como Myria, y sin ayudarme con ninguno de los problemas con los que se supone que una madre ayuda a su hija adolescente—, me parecía lo menos que se merecía.
Además, tenía mucho en lo que pensar. No necesitaba que Nora Hargrave se me metiera en la cabeza como una serpiente.
Ojos que no ven, corazón que no siente.
Me detuve un momento a darle vueltas a sus palabras. Sostuve su mirada desafiante sin dejar traslucir nada. —Siento oír eso.
Abrió la boca para decir algo y le cerré la puerta en las narices.
A mi espalda, la voz de Marlow: —Vaya. Qué sangre fría.
Mi madre gritó al otro lado de la puerta: —¡Coralia, no seas cría!
—¡Perdona, pero nadie me enseñó a hacerme mayor! —le grité, con la frente a escasos centímetros de la puerta.
—No he venido desde tan lejos para...
—¿Para que te cierre la puerta en las narices? ¡Pues parece que sí!
—¡Es tu hermana!
No dije nada. Estuve tentada de soltarle «Agu, agu, hija de puta» para restregarle lo de «cría», pero no necesitaba darle más munición.
Tras unos minutos de murmullos, golpes irregulares en la puerta y el sonido de sus pies al moverse, Nora resopló con fuerza, exasperada, y se marchó del porche.
Me daba igual adónde fuera. Me alegraba que se hubiese ido.
Cuando me volví, Marlow ya estaba lista para intervenir, con la boca abierta.
Levanté un dedo para hacerla callar. —Ni una palabra, Mar. No necesito que nadie se meta en mis asuntos familiares.
Se encogió de hombros, como si contenerse fuera lo más fácil del mundo. —Solo iba a decir que tienes un par de ovarios. Si yo intentara hacerle eso a mi madre...
—Sí, bueno, por algo no nos hablamos, ¿vale? No me hace ninguna gracia que se presente aquí sin avisar. Si lo hubiera sabido, me habría mudado.
A Marlow se le demudó el rostro y los ojos se le llenaron de tristeza.
La envolví en un abrazo. —Perdona, no quería decir eso. No te dejaría sola. Y menos a merced de esa arpía.
—Vale, menos mal. —Soltó un largo suspiro junto a mi oído—. ¿Y tu hermana, Cor? ¿Ha desaparecido? Da miedo pensarlo.
Me separé de ella hasta dejarla a la distancia de mis brazos, mordiéndome el labio inferior. —Lo sé. Tengo que pensar bien qué hacer.
—¿Puedo ayudar?
Vi la sincera disposición a ayudar que se le reflejaba en la cara y le dediqué la sonrisa más cálida que pude dadas las circunstancias. Le acaricié el hombro. —Si puedes, te lo diré, cariño. Por supuesto.
Sonrió. —Vale. Bien.
Me dejé caer en el sofá y eché la cabeza hacia atrás para mirar el techo de estuco. Algo en la monotonía de aquel dibujo me ayudaba a rebuscar en mi interior, a intentar recordar todo lo que sabía de la situación actual de Myria.
Me pasé una mano por la frente y me froté las sienes.
—¿Y ahora qué? —preguntó Marlow.
Me encogí de hombros. —Tengo que encontrarla, Marlow. Tengo que salir a buscarla. Es mi hermana.
—Lo sé. Desde luego. Pero ¿sabes dónde está?
Giré la cabeza hacia Mar, que había empezado a pasearse delante del sofá mientras se mordía las uñas. Por lo visto, iba a ayudarme tanto si se lo pedía como si no. Había que quererla por esas ganas suyas.
—Ahí está el problema, mi querido Watson —dije con sequedad—. Solo sé que Myri estudiaba en una especie de escuela de posgrado de magia ultrasecreta. ¡Ni siquiera sé cómo se llama ! Descargué mi frustración de un puñetazo contra el cojín que tenía al lado.
—Tranquila, tranquila —dijo, moviendo las palmas hacia mí para intentar calmarme—. Seguro que podemos averiguarlo. ¿Y si preguntamos a alguien?
—¿En el Crust? ¿Quién coño va a saber aquí algo de universidades sobrenaturales? ¿Brad, el del Lindon’s?
Soltó una risita por la nariz. —Buen argumento. Vale. ¿Y si miramos en las redes sociales?
—¿Y lo anunciamos a los cuatro vientos? No. Tengo la sensación de que mi madre vino a decírmelo en persona por algo.
—Sí, dijo que no había podido localizarte por teléfono —señaló Marlow.
—Ah, sí. —Moví la cabeza de un lado a otro—. Aun así. Ni una palabra hasta que sepa más. Si consiguiera averiguar a qué escuela va, quizá podría infiltrarme o algo...
—Vale, Jane Bond, pero no sé si es buena idea. Por algo nos ocultan esos sitios a los simples mortales.
Gruñí. —¿Qué pasa, crees que me matarían ?
—¿Si descubrieran a una humana en su campus? A ver... Tu hermana ha desaparecido, ¿no?
—Ella no es humana. Quiero decir... no del todo. Creo.
—Exacto. Pues imagínate qué harían si encontraran a tu pálido culo husmeando por allí.
—Bien visto. —Me froté la barbilla—. ¿Crees que la escuela tiene algo que ver con su desaparición?
Marlow se encogió de hombros. —Solo estoy lanzando ideas al aire, tía. A lo mejor se juntó con malas compañías. A lo mejor se ganó enemigos con los que no debía meterse. Por ahora no son más que conjeturas.
—Sí, y tengo la sensación de que cuanto más tiempo pasemos... pase yo especulando sin hacer nada, más peligro correrá.
Se frotó las manos y una expresión traviesa le cruzó la cara. —Cuando encontremos ese sitio, quiero ir contigo, Cor. Puedo ayudar. Dos cabezas piensan mejor que una, ¿no?
Ya estaba negando con la cabeza. —Marlow, no puedo meterte en...
—¡Quiero ayudar, joder! El Crust es un coñazo . Déjame vivir algo emocionante por una vez.
Entorné los ojos. —Estamos hablando de la vida de mi hermana, Mar. Esto no es un juego.
—Al menos no suena como un juego.
Me levanté del sofá, notando cómo crecía mi frustración. —¿Qué coño quieres decir con eso? ¿Crees que Myri fingiría algo así?
Agitó las manos en el aire. —Perdona, no sé lo que digo. Estoy borracha, nada más.
—Creía que el café iba a ayudarte.
Miró hacia una mesita de noche donde había dejado la taza olvidada. —Mierda, se me había olvidado. —Se acercó y dio un sorbo; luego puso una mueca exagerada—. Está frío. Tendré que prepararme otro.
Antes de que pudiera retirarse a la cocina, dije: —Hazlo. Yo voy a dormir un poco.
Se volvió de golpe. —¿Qué? Creía que íbamos a quedarnos despiertas hasta las tantas para llegar al fondo del asunto.
—No sabemos ni cuál es el asunto , Mar. Y no nos engañemos: no somos detectives. Somos dos chicas perdidas que trabajan en una tienda de segunda mano. Esto nos viene grande.
Me asaltó una especie de déjà vu. Dos chicas perdidas...
Ahí se detuvo y perdí el hilo.
Marlow se apoyó en el marco del arco que daba a la cocina. —¿Sabes quién podría saber un poco más sobre todo esto? O ayudarnos a averiguar el nombre de la escuela...
Dejó la frase en el aire y tardé un momento en entender la indirecta. Abrí mucho los ojos. —No, ni hablar. No voy a preguntarle una mierda a mi madre. Además, se ha ido. La has oído resoplar y marcharse.
—Seguro que podríamos encontrarla.
—Buenas noches, Marlow.
Eché a andar por el pasillo. La frustración y la rabia amenazaban con consumirme por dentro. Necesitaba despejarme y volver a intentarlo por la mañana, cuando pudiera pensar con más lógica.
Al llegar a la puerta de mi minúscula habitación, la voz de Marlow me alcanzó desde el otro extremo del pasillo. —¡Buenas noches, cumpleañera!
Sonreí a mi pesar.
Entonces recuperé de golpe el hilo de aquel déjà vu: Dos chicas perdidas... «Dos almas gemelas no ven el bosque por mirar los árboles».
Solté una exclamación ahogada al entrar en mi habitación. Eran palabras de la inquietante profecía de Madame du Mond, o presagio, o lo que coño fuera.
¿Es Marlow mi... alma gemela? ¿Se supone que debe estar a mi lado durante todo esto? ¿Hay algo más importante que se nos está escapando?
Me desvestí, me puse el pijama y me metí en la cama. O lo intenté. Bruce Kittenson se me instaló encima de las tetas hasta que me puse de lado; entonces se acurrucó junto a mí.
Suspiré y le acaricié la espaldita peluda. —No, Brucey, mi única alma gemela eres tú. ¿Qué te parece, bola de pelo?
Bruce no dijo nada. Tenía los ojos cerrados y ya estaba en el país de los sueños gatunos, justo adonde yo quería ir.
Después del día agotador que había tenido, no tardé en llegar.
AbrÍ LOS OJOS DE GOLPE. Tenía la piel cubierta de sudor y recorrí con la mirada el techo de mi habitación.
Intenté incorporarme, pero no pude.
El corazón empezó a latirme de forma irregular. No era que tuviera los brazos y las piernas doloridos: era que no los sentía en absoluto.
Abrí la boca para pedir ayuda a Marlow a gritos, pero los labios no me respondieron.
Joder. ¿Es esto una parálisis del sueño?
Un círculo oscuro apareció sobre mi cara, boca abajo.
Una cara.
Intenté gritar con todas mis fuerzas, pero no pude. Creí que me iba a dar un infarto.
—Ah, mierda —susurró, frustrado, el hombre que me miraba desde arriba—. Se suponía que tenías que estar dormida para esto. Intenta no asustarte, por favor.
Eso solo hizo que me asustara el doble. ¿Quién coño es este? ¡¿Qué cojones hace en mi habitación?! ¿Por qué huele a lluvia y tormenta y por qué coño tienen todos estos hombres un olor tan intenso?
—Estás paralizada, no te estás muriendo. Tranquila. No voy a hacerte daño. No durará mucho.
No me fiaba de él ni un pelo. La oscuridad de la noche me impedía verle la cara, un fenómeno que empezaba a repetirse en mi vida con inquietante frecuencia.
—Pero sí tienes que venir conmigo —dijo—. Ya le he escrito una nota a tu compañera de piso. Pone: «Me he ido a vivir la vida, que son dos días». Espero que cuele. Si tienes suerte, volverás a verla.
¿Si tengo suerte? ¡Marlowww! ¡Socorrooo!
El hombre siguió con su monólogo mientras se rascaba la mejilla. Pude vislumbrar de perfil su rostro afilado, de facciones esculpidas, pero poco más.
—Llevas puesto el pijama. Bueno, no necesitarás ropa adonde vamos...
—Soltó una risita e hizo un gesto con la mano—.
Tranquila, no es porque vayas a estar desnuda en una mazmorra ni nada de eso...
—Dejó la mano suspendida un instante antes de bajarla—.
En realidad, no estoy seguro de que eso sea cierto.
Olvida lo que he dicho. Pero habrá uniformes.
Eso es lo que quería decir. Nada de mazmorras, sí a los uniformes. ¿Bien? Bien.
Esperaba de corazón que aquello fuera un sueño dentro de otro sueño. Pero reconozco mi habitación, las paredes y...
Un suave ronroneo sonó junto a mi oído.
— ¡Bruce Kittenson!
El hombre alargó el brazo por encima de mi cuerpo, agarró aquel destello de pelo blanco por el cogote y lo levantó sobre mí.
¡No toques a mi gato, capullo!
—Por desgracia, este pequeñajo no puede venir. Ya tenemos suficientes...
El cuerpo de Bruce se puso rígido y de sus pequeñas fauces escapó un bufido.
— Ah —dijo mi parlanchín captor y causante de mi parálisis, dando un respingo—.
Así que es de esos . Vale. Supongo que puede venir.
¿Quién soy yo para decir que no a otro minino en el grupo?
—Soltó una risita por su chiste vergonzoso y negó con la cabeza—.
Chist, pequeñajo. No queremos despertar a tu compañera de piso, ¿verdad?
¡Sí queremos! ¡Grita por mí, Brucey! ¡Chilla como una banshee, señor Kittenson!
La cara del hombre volvió a aparecer sobre la mía, a escasos centímetros. Casi podía saborear las frescas gotas de rocío de su aliento. —¿Lista?
¡No!
—Vale, bien.
Dejó a Bruce sobre mi estómago. El gato empezó a pasearse de un lado a otro de mi cuerpo como si fuera mi protector. Luego encontró su nido favorito entre mis pechos y se acurrucó.
¡Traidor! ¡Judas!
El hombre me cogió en brazos como a una novia, como si no pesara nada. Ni siquiera gruñó por el esfuerzo. Se dirigió hacia la única ventana de mi habitación y luego se desvió hacia una pared.
No veía nada salvo un atisbo de luz de luna por encima de su hombro. Entraba sesgada por la ventana y bañaba media habitación de un amarillo tenue.
Antes de que pudiera parpadear —o quizá porque parpadeé—, la luz desapareció y todo quedó a oscuras.
AbrÍ LOS OJOS A UNA oscuridad turbia. Parpadeé varias veces, pero aquella penumbra que lo invadía todo no desapareció. Era como mirar el interior de una nube de humo a través de la cual no alcanzaba a ver con claridad.
Estaba sentada en un sofá rojo y recorrí el lugar con la mirada, incapaz de entender dónde me encontraba.
Una puerta crujió al abrirse a mi derecha y giré la cabeza.
Entró un hombre, y menudo hombre: alto, musculoso, con una melena negra y revuelta que le caía sobre los hombros. ¿Cómo coño conseguía que tuviera aquel aspecto tan suave? ¿Y cómo podía quedarle aquella camiseta de tirantes tan bien sobre los marcados abdominales?
Me dieron ganas de arrancársela.
Volvió los ojos hacia mí y me fijé en su intenso verde esmeralda, que atravesaba las sombras como un láser. También tenía una pequeña cicatriz que le cruzaba la mejilla en diagonal.
Me lanzó una mirada abrasadora, aunque quizá aquella era su expresión habitual, la de estar buenísimo sin proponérselo. Al entrar, dejó a su paso un aroma a colonia intensa y a campos veraniegos, y cuando aquellos olores deliciosos me llegaron a la nariz, me removí en el asiento.
—No deberías estar aquí. Su voz sonó nítida y profunda pese a lo irreal del entorno. Él estaba tan presente , mientras que todo lo demás... no.
—¿Eh? —dije como una boba—. ¿Dónde no debería estar? ¿Dónde estoy?
Dio un paso hacia mí. Por instinto, retrocedí por el sofá hasta que no pude apartarme más. Al menos no huele a árboles de Navidad , pensé.
Se sostuvo la barbilla con una mano y me examinó. Su mirada me hizo sentir terriblemente vulnerable, como si no tuviera derecho a estar allí.
—No, desde luego no deberías estar aquí —repitió, asintiendo—. Pero ¿por qué me resultas familiar?
—Y yo qué sé, tío. Oye, ¿puedes decirme...?
—Es hora de que te vayas —dijo, y alargó la mano.
Intenté gritar, pero no me salió la voz. Las sombras negras me envolvieron y me hicieron perder el equilibrio.