La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 3 | Coralia
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Capítulo 3 | Coralia

Coralia

SALIMOS DEL RANCHERO DE JOSE por la puerta de atrás y recorrimos un pasillo, dispuestas a marcharnos a la irlandesa para no tener que volver a cruzarnos con Brad ni con el señor «¿Te hiciste daño?

». Supuse que les debía una disculpa a los dos, ya que prácticamente había hecho trizas sus egos.

De por sí, era bastante mordaz y torpe en las situaciones sociales —Marlow no se equivocaba al llamarme Miércoles Addams—, pero, si encima añadías alcohol a la mezcla, buena suerte, joder.

Al menos siempre me sentía mal después, así que eso era...

un avance, ¿no? «Progreso, no perfección», como diría mi madre, que iba a todas partes con Alcohólicos Anónimos a cuestas.

Aunque todavía no me había pedido perdón por hacerme la vida imposible cuando era adolescente, así que no sabía cuánto crédito darle a nada de lo que dijera.

Marlow se arrebujó en su chaqueta de cuero y miró a su alrededor, por el callejón al que habíamos salido. La humedad dulzona y pegajosa del aire nocturno ya estaba causando estragos en mi aspecto.

—¿Pedimos un Uber? —preguntó—. Espera, ahora que hablamos de mearse encima, tengo que ir al baño antes de que nos vayamos.

Solté un gruñido. —Vale, pero date prisa. Aquí fuera voy a acabar convertida en un charco de sudor.

—Podrías volver a entrar y esperarme dentro, Cor. Aquí fuera da un miedo que te cagas.

Le hice un gesto para que se fuera y miré hacia ambos extremos del callejón para asegurarme de que no había moros en la costa. —Ya, así es Nueva Orleans. A mí me gustan las cosas que dan miedo. Estaré bien.

Se encogió de hombros y abrió la puerta. —Tú misma, rarita. Vuelvo enseguida.

Marlow desapareció en el bar y me quedé sola, con los ruidos lejanos de los coches de la avenida principal como única compañía. Eso y mis propios pensamientos. Lo cual era una situación peligrosa para mí.

No podía dejar de pensar en el presagio de aquella vidente.

Nunca había vivido nada parecido: ser la destinataria de una predicción pronunciada por una voz inhumana.

Me pregunté si aquel era el numerito habitual de Madame du Mond, pero, por alguna razón, lo dudaba.

Cuando salió del trance, había parecido tan desconcertada como nosotras.

De hecho, en su cabeza había dicho algo completamente distinto de lo que salió por su boca.

Agradecía que Marlow hubiera estado allí para verlo y oírlo. De lo contrario, estaba bastante segura de que me estaría volviendo majara. Todo el mundo pensaría que estaba loca y nadie me creería. Joder, probablemente ni yo misma me habría creído.

«Seis formas oscuras de llegar al abismo» , pensé, estremeciéndome al recordar el presagio.

¿Qué demonios significaba y qué tenía que ver conmigo?

Será mejor que intente desentrañar todo este follón cuando esté sobria.

Ahora no es momento de meterse en rituales ocultistas.

En el fondo, sabía que iba a buscar toda aquella mierda en Google al llegar a casa. Era demasiado intrigante.

—¿Estás segura de que te gustan las cosas que dan miedo? —dijo una voz a mi espalda.

Mi cerebro se quedó en blanco durante una fracción de segundo antes de captar lo cerca que sonaba aquella voz. Era masculina, grave, profunda.

Se me erizó el vello de los brazos cuando me di la vuelta, con un puño apretado contra el pecho.

El hombre que tenía delante era alto y estaba envuelto en sombras. Una farola de gas anticuada, al fondo del callejón, proyectaba un círculo oscuro sobre él y la pared de Jose’s, dejándolo a contraluz de tal forma que no podía verle la cara.

—Joder, tío, no me des esos sustos. Brad, ¿eres tú? —Retrocedí poco a poco hacia la puerta del bar.

El corazón me martilleó en el pecho cuando el hombre dio otro paso hacia mí y se activó mi instinto de lucha o huida.

Se movía con elegancia, no como un borracho, y entonces supe que no era Brad.

Mi compañero de trabajo, por muy despistado que anduviera, no era tan alto y caminaba con un paso más pesado y lento.

—Me temo que no.

La sencilla respuesta del hombre me heló la sangre y me dejó clavada en el sitio.

Sentí que el estómago se me caía a los pies y que mis mejillas, ya de por sí pálidas, perdían todo el color.

—Oye, tío, no te acerques —gimoteé—. Ya he tenido suficientes intentos de ligoteo por parte de Crustáceos mediocres esta noche. Ponte a la cola.

En ese momento supe que la había cagado. Soltar una pulla ingeniosa en un lugar público, como el Ranchero de Jose, estaba bien porque había gente a mi alrededor. Si los presentes no se reían, al menos sabía que nadie intentaría hacerme daño.

Pero aquella lengua mía, afilada y sin remedio, podía meterme en un buen lío cuando no había nadie cerca para echarme una mano. Como ahora.

El miedo me envolvió. Miré por encima del hombro hacia la puerta. Vamos, Marlow. ¿Dónde coño estás?

Cuando volví a girarme, el hombre estaba aún más cerca: a poco más de un metro. Solté un grito ahogado y alcé las manos; la respuesta de «lucha» había ganado a la de «huida».

—¡No te acerques, capullo!

—Tiene que venir conmigo, señorita Hargrave.

—¡Y una mierda!

Alargó las manos hacia mí.

Se las aparté de un manotazo.

Se movió con la rapidez de un zorro, colocándose en un ángulo que me dejó dando manotazos al aire.

Cuando sus manos cayeron sobre mis hombros, grité: —¡Socorro!

Me sujetaba con fuerza, con brusquedad; sus dedos se me clavaban en los hombros a través del vestido.

Lancé una patada para intentar darle en las joyas de la familia.

Él ya se lo esperaba y giró alrededor de mí.

Sabía que, si conseguía ponerse a mi espalda, estaba perdida: una llave al cuello, una doble nelson, una palanca al brazo... Lo que quisiera.

Giré con él, como si estuviéramos haciendo piruetas por el callejón. La adrenalina alimentaba mi indignación y me recorría las venas. Me desconcertaba que aquel capullo tuviera la desfachatez de intentar secuestrarme justo a la salida trasera de Jose’s.

Por el rabillo del ojo vi un destello de dientes blancos y apretados cerca de mi cabeza. Seguía sin distinguirle la cara.

Le agarré los antebrazos e intenté apartarlo. Era demasiado grande y fuerte. —¡Hijo de puta! —grité.

—Esa lengua suya va a meterla en problemas, señorita Hargrave —me susurró al oído, poniéndome los pelos de punta—. ¿Sigue pensando que soy un Crustáceo mediocre?

—¡De lo peor que hay, cabrón!

Pivoté sobre un pie y sentí una fuerza renovada en mi interior: lo que fuera con tal de no darle la espalda. Nos enzarzamos en una extraña danza de forcejeos, cada uno tratando de imponerse al otro.

Sabía que, en cualquier momento, él ganaría.

Ya ni siquiera creía que fuera la adrenalina lo que me impulsaba, sino el puto alcohol. Sentía un calor en la sangre...

¡No, es su aliento en mi nuca!

Me ladeé bruscamente hacia la izquierda y puse el pie detrás de él, con la esperanza de hacerlo tropezar mientras empujaba su cuerpo hacia atrás.

Un torbellino de sensaciones se agitó en mi estómago y una tormenta de arena se extendió por mis extremidades. Nunca había sentido nada igual.

Tropezó con mi pie y trastabilló, pero no cayó.

Eso me dio tiempo suficiente para zafarme de su férreo agarre y plantarme frente a él. —¡He dicho que te largues ! —Mi voz ni siquiera sonaba como la mía. Eché a correr hacia él con todas mis fuerzas y lo empujé en el pecho.

Salió despedido hacia la pared, con las cejas alzadas por la sorpresa, mientras su cuerpo se disponía a chocar contra la mancha de sombra proyectada por la farola...

Y desapareció.

Me abalancé para darle un rodillazo donde más le dolía antes de que pudiera recuperarse, planeando ya mi siguiente movimiento antes de que llegara a la pared.

Mi cerebro no había asimilado que ya no estaba allí. Boquiabierta, no pude frenar el impulso. La rodilla me crujió al estrellarse contra la pared de ladrillo donde él acababa de estar.

Grité de dolor.

Me alejé cojeando de la sombra de la farola y recorrí el callejón con la mirada: a izquierda, a derecha, arriba, abajo.

Mi agresor no aparecía por ninguna parte.

Había desaparecido literalmente en el aire después de que lo empujara.

La adrenalina empezó a abandonarme. El sudor me cubría la piel y se mezclaba con la humedad del aire nocturno. Respiraba con dificultad. Al oír un ruido, volví a girarme de golpe.

La puerta de Jose’s se abrió y enseñé los dientes como un animal mientras levantaba los puños.

Marlow abrió los ojos como platos y alzó las manos. —¡Joder, no dispares!

Dejé caer los puños a los costados. Apoyé la frente contra la pared de ladrillo, todavía cojeando por el golpe en la rodilla. Empezaba a palpitarme y me dolía mucho más.

—Por el amor de Dios, Cor, ¿qué coño ha pasado? ¡Tienes pinta de haber visto un Fantasma o de habértelo tirado!

Abrí la boca y señalé a mi espalda. No me salieron las palabras. La cabeza me daba vueltas. A la duda se sumó la espantosa idea de que mi mejor amiga pensara que estaba loca, y no podía permitirlo.

A lo mejor estoy loca y todo lo que acaba de pasar ha sido un delirio provocado por el alcohol. —P-perdona, Mar. Por un momento pensé que iba a vomitar. Supongo que he bebido demasiado.

Inclinó la cabeza y entornó los ojos, como si me examinara mientras decidía si me creía.

—Me estaban dando arcadas —expliqué, ahondando en la mentira.

Suspiró, se acercó y me puso una mano en el hombro. —Madre mía, tía, ¿qué ha sido de beber con moderación? ¡Es que no aguantas nada! Venga, vamos a llevarte a casa. ¿Podrás subirte a un Uber sin echar la pota y hacernos pagar cuatrocientos dólares por la limpieza?

«HABER VISTO UN FANTASMA».

Ya te digo. Marlow tenía razón. No encontraba ninguna explicación razonable para lo sucedido y puede que ni siquiera fuera lo más extraño que me había pasado en mi vigesimoprimer cumpleaños.

Además, la noche aún no había terminado.

Consulté el móvil cuando nos refugiamos en el Uber. Apenas eran las diez. Durante todo el trayecto a casa, me quedé en el asiento de atrás con los puños apretados, mientras Marlow iba delante, dándole la tabarra al conductor.

No conseguía quitarme de encima la sensación de las manos ásperas de aquel hombre envuelto en sombras.

Ni su olor, que no había percibido hasta después de que desapareciera.

Abetos. Como si acabara de corretear entre los puestos de un mercadillo de árboles de Navidad.

Tenía guasa que el hombre que había intentado estrangularte te recordara al chocolate caliente, los regalos envueltos y los grandes calcetines rojos.

No es que de pequeña viera mucho de todo eso.

Pero ¿dónde demonios hay abetos por aquí cerca?

No conseguía entenderlo y no tardé en desistir. Había sido una noche de locos y supuse que podría pensar con claridad en todo lo ocurrido después de dormir bien. Nada de fiestas durante una temporada.

Nos bajamos del Uber frente a nuestra cabaña en el Crust y fuimos dando tumbos hacia la puerta.

Marlow estaba destrozando una canción de Adele que había sonado en el coche, con la voz aguda y temblorosa, como si hubiera olvidado todas sus preocupaciones en los minutos que habíamos tardado en llegar a casa.

Ojalá tuviera yo ese superpoder.

En cambio, yo tenía un grave problema: le daba demasiadas vueltas a todo y lo analizaba hasta la extenuación. El trance de la vidente, el hombre que había desaparecido en una pared... Eran cosas inexplicables. Cualquiera diría que... sobrenaturales.

Una vez dentro, me dejé caer en el sofá de nuestro diminuto salón. Marlow se refugió en la cocina. Su lugar seguro. Un momento después, oí zumbar la cafetera.

—Joder, Mar, ¿te estás haciendo café a estas horas? No vas a pegar ojo —dije.

Apareció con una taza humeante entre las manos y una expresión de satisfacción digna de un monje budista. —Al contrario, joven padawan. Es mi truco para librarme de la resaca. Verás, para cuando te despiertas a la mañana siguiente ya es demasiado tarde. Tienes que...

Llamaron a la puerta.

La imagen de mi agresor en el callejón me asaltó de golpe y se me tensó el cuerpo entero cuando me incorporé sobresaltada en el sofá.

Marlow se quedó con la boca abierta al verse interrumpida a mitad de frase. —Pero ¿qué coño...?

—Joder, ¿es que este día no ha sido ya bastante largo? —gemí.

Me levanté del sofá con las piernas temblorosas. Me dolía la rodilla una barbaridad y sabía que por la mañana la tendría hinchada. Ningún café iba a curar aquello.

—¿Quién es? —exigí con voz áspera—. ¿Tienes idea de qué hora...?

—Soy yo, Coralia —dijo la voz al otro lado.

Inconfundible. Familiar. Femenina.

Se me heló la sangre, y no era la primera vez aquella noche.

La ira se alzó en mi interior. Me palpitó una vena en la frente y las uñas se me clavaron en las palmas con tanta fuerza que pensé que me harían sangrar.

—Eh, Cor, ¿estás bien? —preguntó Marlow.

Me preparé para lo que viniera y abrí la puerta de par en par.

Delante de mí había una mujer que se parecía un poco a mí, pero era mucho mayor y más desagradable.

Apreté la mandíbula. El poco efecto del alcohol que aún notaba después de mi pelea con el tipo del callejón se esfumó de golpe.

—¿Qué coño quieres? —gruñí—. Hace tres años que no te veo, así que más te vale no haber venido a felicitarme el cumpleaños... Madre.

Le tembló el labio superior. Se le ensombreció un poco el rostro, y ver aquella expresión dolida me produjo una satisfacción retorcida.

—Coralia, también me alegro de verte.

No dije nada; me limité a inclinar la cabeza, esperando que se apartara de mi vista antes de que llegáramos a las manos.

—No has respondido a ninguna de mis llamadas —dijo.

—He cambiado de número. No las he recibido.

—He tenido que buscarte.

—Pobrecita. Tienes cinco segundos para largarte de...

—He recibido noticias de la Academia de Myria, Coralia. Tu hermana ha desaparecido.