Capítulo 2 | Coralia #2
—Y no me hagas hablar de Jesús, colega.
Se alejó negando con la cabeza. Una inmensa satisfacción me invadió. Hostia puta, me ha quedado bordado. Estaba en el punto perfecto de borrachera, y el tío parecía habérselo ganado. Por mucho calentón que tuviera, yo tenía mis exigencias.
Cuando volví a la mesa, Marlow estaba hablando con otro tío. Él me daba la espalda.
Claro, basta con separarnos dos minutos para que las hienas nos rodeen como si fuéramos carroña.
—¡Cor! —exclamó Marlow con una sonrisa por encima del hombro del tío—. Te acuerdas de Brad, el del trabajo, ¿verdad?
¿Cómo iba a olvidarme de Brad, el de Lindon’s? Trabajaba con aquel capullo engreído ocho horas al día, tres días por semana. Desde que empezamos a coincidir en los turnos, había intentado ligar conmigo por lo menos seis veces.
No estaba mal del todo y me dedicó una amplia sonrisa al darse la vuelta. Luego me recorrió el cuerpo con la mirada y tuve que contener un escalofrío.
En mi defensa diré que no era el mejor momento para pillarme. No había cambiado mucho en los veinte segundos transcurridos desde que había rechazado al señor de la frase para ligar más cutre del mundo. Seguía pensando en mi mierda de infancia familiar.
Respiré hondo e intenté calmarme. Ojalá Bruce Kittenson estuviera allí para ayudarme. Brad no tiene la culpa de que estés hecha una borde de cuidado, Coralia. Recuérdalo. ¡Normal que lleves siglos sin echar un polvo! Brad no tiene la...
—Hola, cumpleañera —dijo con un guiño—. Estás realmente estupenda. Volvió a recorrerme el cuerpo de arriba abajo con la mirada.
¿Por qué tienen que existir los hombres?
Iba vestida, literalmente, como la madre Teresa.
Me había arreglado para una consulta con una vidente, no para celebrar mi vigésimo primer cumpleaños por todo lo alto.
¿Qué coño tenía de «realmente estupenda»?
Brad, además, hablaba con un acento vaquero impostado y arrastrando las palabras que me daba ganas de arañar una pizarra.
No dije nada de eso. En su lugar, opté por: —Gracias, Brad. ¿Qué tal estás?
Marlow asomó la cabeza por un lado de él, tan indiscreta y chismosa como siempre. —Brad quería preguntarte una cosa, Cor. Arqueó las cejas con picardía.
Brad apretó los dientes. —Bueno, no hay momento como el presente, ¿verdad, guapita? Quiero invitarte a cenar...
Levanté la mano para cortarlo. —Mira, Brad.
Voy a intentar decirlo con delicadeza. Volví a respirar hondo, tratando de mantener la calma.
Entonces oí cómo se me agotaba la paciencia—.
Preferiría arrastrar las tetas sobre cristales rotos, reptar boca abajo por la lava y hacer twerking en la punta de una lanza antes que salir contigo.
No sé cuántas veces más puedo decirte «no, gracias» sin que pilles la indirecta.
Marlow aplaudió con discreción, como en un torneo de golf, con la boca formando una pequeña O. —¡Es un triatlón, Brad! ¡Para sádicos!
Brad parpadeó. Le sostuve la mirada hasta que apartó los ojos.
—Espero que esto no enrarezca el ambiente en el trabajo —dije, sin mucha convicción.
—Yo, eh, voy a por una cerveza —respondió antes de alejarse como un animal herido.
—¿Me he pasado un poco? —le pregunté a Marlow cuando se hubo ido.
Soltó una risita. —Se le pasará. Desde que empecé a trabajar en Lindon’s, ha intentado invitarme a salir por lo menos ocho veces. ¿Está mal que lo que acabas de decir me haya dejado completamente horrorizada y me haya puesto un poco? En serio, ¿de dónde ha salido eso?
—Tendrías que haber visto lo que le he dicho al tío de la barra —murmuré.
—No pareces de muy buen humor, Cor.
—No, me lo estoy pasando bien. Esta es mi manera de pasármelo bien. Mi voz sonaba apagada.
—Tu sarcasmo tiene tanto peso como los cubatas que sirve Jose, cariño. Y con eso quiero decir que voy ciega. Marlow brindó conmigo alzando su nueva Rolling Rock.
Choqué mi botella con la suya. —No, en serio, bromas aparte. Gracias, Mar. Hacía siglos que no salía a relacionarme con nadie. Gracias por sacarme de mi cueva de autocompasión por un día.
—Eh, ¿espantar a todos los hombres del pueblo con comparaciones aterradoras cuenta de verdad como relacionarse?
Me encogí de hombros. —Para mí, sí.
—Vale, Miércoles Addams.
Eché la cabeza hacia atrás y me reí, atrayendo unas cuantas miradas. Al volver a ser consciente de dónde estaba, recorrí el local con la vista. —Joder, esto se está llenando. Supongo que todo el mundo sabe que es mi cumpleaños.
Marlow resopló y me dio un golpecito con el hombro. —Al menos te están prestando mucha atención en tu gran día, ¿no? Sabía que te tenía cerca por algún motivo.
Ladeé la cabeza y arqueé una ceja al estilo de The Rock.
—A lo mejor debería quedarme más a tu lado, a ver si pillo cacho... por proximidad. Asintió para sí, pensativa—. Un polvo por asociación.
Volví a reírme, esta vez más fuerte, entre resoplidos, hasta que me saltaron las lágrimas.
Cuando me calmé, me dedicó una sonrisa diabólica. —¿Nos vamos? No me ofenderé. Yo ya llevo una buena cogorza.
Me terminé la cerveza de un trago y chasqueé los labios. Ya no estaba bebiendo con tanta moderación. —Sí, por favor. Como no nos vayamos, creo que vas a conseguir que me mee encima de tanto reír.