Capítulo 2 | Coralia
Coralia
—TRES DÍAS OSCUROS PARA entrar en el abismo, o algo así —recitó Marlow, bastante mal, mientras hacía girar la cerveza en el vaso y la miraba fijamente—. Suena a cuenta atrás para el fin del mundo.
Llevábamos tres horas bebiendo y Marlow estaba como una cuba. Se había salido con la suya. Yo estaba un poco achispada, pero prefería beber con calma para mantener la cabeza despejada.
Había aprendido de experiencias pasadas y todo eso.
Nos habíamos trasladado a Jose’s Ranchero, calle abajo de Madame du Mond’s. Era un antro que apestaba a cerveza rancia y a palomitas —que había intentado encontrar en vano varias veces durante las últimas tres horas— y, lo más importante para Marlow, tenía la cerveza barata.
Ni siquiera el día de mi cumpleaños tirábamos la casa por la ventana. Las dos íbamos justas de dinero.
— Seis formas oscuras de llegar al abismo, un día oscuro para quedar mancillado y libre —la corregí antes de dar un sorbo a mi cerveza.
—Bah —resopló—. Lo que tú digas, señorita Memoria Fotográfica. Se estremeció y se terminó la cerveza de un trago—. Estoy haciendo lo imposible por olvidar qué coño acabamos de ver. Ha sido escalofriante con todas las letras.
—Pues dejémoslo estar. Llevamos horas intentando descifrar ese acertijo absurdo. Me duele la cabeza.
Alzó el vaso vacío y me dedicó una sonrisa torcida. —Te duele la cabeza porque no has bebido suficiente. Venga, cumpleañera, que te estoy sacando una vuelta.
Solté una risita y crucé las piernas. Estaba sentada frente a ella en un taburete demasiado alto, ante una mesa demasiado alta, justo en medio del bar. Incluso con mi vestido de La letra escarlata , algún pervertido espabilado podía hacerme una foto por debajo de la falda si me descuidaba.
Cuando llegamos, éramos dos de los únicos cuatro clientes que había. Al ponerse el sol, empezó a entrar más gente. Como estaba sentada de cara a la puerta, pude fijarme bien en todos los que entraban.
—Sí, es que intento no acabar criando malvas —dije—. Se llama beber con moderación.
—Se llama ser una rajada. Al ver que se me borraba la sonrisa, alargó la mano y apoyó la palma sobre mis nudillos, con una mirada tierna—. Perdona, cariño, ha sido una burrada. Lo retiro. Tú bebe a tu ritmo, preciosa, que yo beberé por las dos. ¿Trato hecho?
—Trato hecho.
—Bien. Entonces pagas tú la siguiente ronda. Sonrió de oreja a oreja.
Solté una carcajada. —¡Pero si es mi cumpleaños!
Una pareja que estaba a mi izquierda oyó mi protesta fingida y gritó con voz de borrachos: —¡Eeeh, feliz cumpleaños!
Les sonreí, levanté mi vaso medio lleno — no medio vacío, joder— y dije: —Gracias, chicos.
Un momento después, Marlow parpadeó con expresión vacía, como si se le hubiera olvidado por qué acabábamos de discutir en broma. —¿No quieres hablar del acertijo siniestro porque te recuerda a tu hermana?
Hinché las mejillas y dejé escapar el aire en un largo suspiro. —Más o menos.
—Ella es una... Anormal, ¿no?
Mierda, ya estamos. —Anormal es un término bastante despectivo. A los seres sobrenaturales no les gustaba que los llamaran anormales—. Pero sí. Más o menos.
—Ah. Metedura de pata. Marlow se pasó una mano por el pelo de colores—. ¿Ella podía hacer cosas así?
Sabía que Marlow intentaba sonsacarme. Era inevitable.
Al principio de nuestra amistad, le había contado que Myria, la niña de oro, era un ser sobrenatural.
La culpa era mía por haberme ido de la lengua.
No podía reprocharle su curiosidad; solo que estuviera borracha y metiera las narices donde no la llamaban.
—A ver, nunca vi a Myri hacer nada como eso —hablar como un fan de los Grateful Dead poseído—, pero podía hacer, eh... otras cosas.
—¿Como cuáles?
Ladeé la cabeza. —Preferiría no hablar de ello, Mar. Si no te importa.
Intentó poner buena cara y asintió. —Ah, claro, claro. Sí, no, lo entiendo. Perdona, Cor. Estoy un poco descontrolada.
Le sonreí de verdad. —No pasa nada, cielo.
Se inclinó hacia delante, otra vez en actitud conspiradora. —De todos modos, nunca me contaste qué te trajo a un pueblucho perdido como el Crust. Quiero decir, el nombre lo dice todo. Aquí no tenemos una mierda, tía.
El Crust era como llamábamos a nuestro pequeño pueblo de rentas bajas, a las afueras del City Park de Nueva Orleans.
Técnicamente no era Nueva Orleans, sino la corteza de la tarta.
Como nos gustaba decir a los crustáceos, con bastante poca gracia: «La corteza es la mejor parte».
En este caso, era una trola como una casa.
Me encogí de hombros, disculpando el afán de Marlow por husmear. —El coste de la vida es bajo. No tenía adónde ir. Pensé que aquí quizá me aceptarían o pasaría inadvertida. Un extremo o el otro, vamos.
Una sombra de miedo le cruzó la frente. —¿Intentas esconderte, Cor? ¿Estás en peligro?
Hice un gesto despreocupado con la mano. —No, nada de eso.
Su frente se alisó. —Vale. Menos mal. ¿Tenía que ver con tu hermana?
No me apetecía nada hablar de todas esas mierdas familiares, y menos en un día tan doloroso como mi cumpleaños. Pero el alcohol empezaba a hacer efecto, se me estaba soltando la lengua y supuse que, de todas formas, Marlow no recordaría una mierda de nuestra conversación al día siguiente.
—Myri no tuvo nada que ver... directamente —empecé, apoyando los brazos cruzados en la mesa—.
Sus poderes salieron a la luz cuando cumplió dieciocho años.
Supongo que es la edad normal a la que se manifiestan las habilidades sobrenaturales.
Se marchó a Briarwitch Academy, se graduó y ahora está en otra universidad secreta cursando algún máster de magia o algo así.
Mi madre y mi padrastro estaban encantados.
»Pero mi padrastro era un auténtico hijo de puta. Se le notaba que quería sacar provecho de mi hermana de alguna manera. Es un timador. Consiguió poner a mi madre en mi contra. A lo mejor pensaba que intentaría robarles el protagonismo.
Marlow gruñó como un perro y enseñó los dientes. —Qué cabrón. Si hay algo que odie más que a los hombres maltratadores y de mierda... Bueno, creo que no hay nada que odie más.
Intenté aparentar fortaleza. Me dolía decir lo que venía a continuación y estaba casi segura de que se me notaba.
Hablé deprisa, intentando quitármelo de encima cuanto antes.
—Cuando cumplí dieciocho años, supongo que el gen de la magia se había saltado mi generación.
Yo no tenía nada. Ni pizca. Solo era una humana corriente y bastante tonta.
Mamá se entristeció y me echó la culpa, como si la Anormal fuera yo —perdón, Myri—, y mi padrastro alimentó su rabia.
Antes de que pudiera echarme de casa, me largué, y desde entonces no he parado de dar tumbos.
—¿Y así acabaste aquí?
Moví la cabeza de un lado a otro. —No enseguida. Anduve de un sitio para otro, como te decía. Al final llegué al Crust y empecé a trabajar en Lindon’s. El resto es historia.
Lindon’s era la pequeña tienda de segunda mano donde trabajábamos las dos. Cuando yo no tenía un lugar fijo donde vivir, Marlow, que entonces no era más que una compañera de trabajo, me ofreció quedarme en su casita estrecha y alargada. Siempre le estaría agradecida por ello.
Le dediqué a mi mejor amiga mi mejor sonrisa falsa para indicarle que el tema estaba zanjado.
Marlow no pilló la indirecta. De hecho, no creía que fuera capaz de pillar ninguna. —¿Por qué otros sitios...?
—Mira, cielo —dije, al límite de mi paciencia—. Tenías razón. Para esta conversación hace falta más alcohol. ¿Qué quieres?
Se le iluminó la carita de ángel. —Hostia, ¿invita la cumpleañera? Creía que eso no lo hacías.
—Y yo creía que tenías memoria de pez. Parece que las dos nos hemos llevado una grata sorpresa. Eché a andar, bastante segura de que querría otra Rolling Rock, ya que tenía cinco botellas de esa marca alineadas a su alrededor.
—¡Una Rolling Rock! —gritó, ahuecando las manos alrededor de la boca.
Levanté el pulgar por encima del hombro y llegué a la barra. Estaba abarrotada, así que tuve que abrirme paso entre algunos clientes. El guapo camarero criollo, de pelo trenzado y piel oscura impecable, me dedicó una sonrisa radiante y se acercó.
Di unos golpecitos con el puño en la barra y fruncí los labios, fingiendo que me lo pensaba mucho. —Dos Rolling Rock, por favor. Y un chupito de tequila. Del barato me vale.
—Marchando, cumpleañera —dijo con voz grave. Le miré el culo prieto mientras se alejaba con paso despreocupado. Era una pena que fuera gay, porque me estaba entrando el calentón. El cumpleaños, el alcohol y la frustración se mezclaban en mi interior. Mi radar para detectar gays rara vez fallaba.
Cuando volvió con las bebidas, dejé un billete de veinte sobre la barra, me bebí el tequila de un trago —lo que me valió un silbido del buenorro— y emprendí el camino de vuelta a nuestra mesa.
No había dado ni dos pasos cuando un tío alto, de pelo grasiento y sonrisa de niño rico, se plantó delante de mí. Antes incluso de que abriera la boca, ya estaba pensando en darle un rodillazo en los huevos, pero decidí no dejarme llevar por la agresividad sin oír antes su frase para ligar.
—¿Te dolió? Se apoyó con aire despreocupado en una mesa demasiado alta que, para su estatura, tenía la altura perfecta.
Tenía que haberle dado el rodillazo en los huevos. —Debería darte vergüenza.
Mi respuesta no era ni de lejos lo que esperaba. Se sobresaltó, sorprendido, como si se le hubiera cortocircuitado el cerebro. —¿Eh? ¿Por qué?
—Por intentar soltarle esa frase para ligar a una persona de carne y hueso.
Abrió los ojos de par en par. —Joder, yo...
—Para que conste, tío, no me dolió al caer del cielo porque Dios es producto de la imaginación y las puertas del paraíso también. Si quisiera seguirte el juego, te diría que salí arrastrándome del infierno, me escurrí por el coño marchito de mi madre como un gremlin y luego eché a correr gritando.
Nunca había visto a nadie con los ojos tan saltones. Parecía que iban a saltarle de aquella cara de pijo. —Jesucristo, tía, estás fatal.