La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1) Capítulo 1 | Coralia
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La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1)

La oscuridad llama (Shadowblade Academy 1)

Por KC Kingmaker

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Capítulo 1 | Coralia

Coralia

MI VIGÉSIMO PRIMER CUMPLEAÑOS debía ser «el comienzo del resto de mi vida» y todas esas mierdas felices. Debía marcar el inicio de algo nuevo e ilusionante mientras contemplaba mi brillante futuro.

Entonces, ¿por qué mi futuro me parecía tan sombrío? ¿Por qué me sentía como un fracaso sin aspiraciones?

Cuando nacías en una familia con una hija estrella y esa hija no eras tú, supongo que sentirte insuficiente era lo normal.

Quiero decir que yo quería a mi hermana mayor.

Joder, Myria era la única persona de mi familia con la que aún hablaba.

Por mucho que nos hubieran enfrentado la una a la otra de pequeñas, las dificultades que habíamos pasado nos habían unido más.

Pensé en ella con cariño. Esperaba que me llamara por mi cumpleaños, ya que hacía tiempo que no hablábamos.

Si no llamaba, bueno, no podía reprochárselo: seguramente estaría por ahí haciendo cosas de superheroína.

Baste decir que los celos me llegaban muy hondo.

Y con razón: era innegable que la vida de Myria Hargrave era infinitamente mejor que la mía gracias a su «descubrimiento».

Mientras ella vivía la vida a lo grande, yo era una fracasada, misántropa y sin rumbo.

Supongo que eso pasaba cuando a una hija la ponían en un pedestal y la otra llevaba tres años viviendo como una nómada desterrada.

¿Qué tal eso como comienzo del resto de mi vida?

A pesar de todas mis angustias existenciales, tenía cosas por las que dar gracias. Pensé en ellas al despertarme la mañana de mi vigésimo primer cumpleaños.

Tenía la boca seca y la lengua, áspera como papel de lija, pegada al paladar.

Algo húmedo y rugoso me pringó la mejilla y me sacó del sueño turbio en el que estaba sumida.

Cuando abrí los ojos legañosos, me encontré frente a dos brillantes pupilas amarillas.

Unas almohadillas diminutas me cayeron sobre la nariz y me dieron un manotazo.

Le puse morritos al culpable, fingiendo enfado, y rodeé con los brazos su cuerpecillo peludo. Lo alcé por encima de mi cabeza como a Simba. —¿Qué te he dicho sobre despertarme a bofetadas, Brucey?

El gato blanco no dijo nada. En un mundo lleno de criaturas anormales y bichos raros sobrenaturales, siempre había esperado que Bruce acabara hablándome algún día. Pero qué le vamos a hacer. El muy cabroncete ni siquiera tuvo la decencia de parecer arrepentido después de que lo riñera.

—Menos mal que eres tan mono —le dije—, o tendría que echarte al puchero.

Abrió mucho los ojos amarillos. Aunque no pudiera responderme con palabras, me entendía, y eso siempre había sido un misterio para mí.

Bruce agitó las patitas como un loco. Solté una risita, lo bajé y lo apreté contra mi pecho. —Es broma, abuelete. Jamás lo haría.

La primera cosa por la que daba gracias: Bruce Kittenson.

Cada día más que pasaba con él era un milagro en sí mismo.

Si Bruce tenía algo de sobrenatural, era que llevaba vivo tanto tiempo como yo.

El minino de veintiún años ya existía cuando yo aún estaba en el vientre materno.

Seguía dando guerra y siempre estaba a mi lado.

A ver cómo explicas eso, ciencia.

Una voz estridente llegó a mi habitación desde el pasillo. Venía de la «cocina» —por llamarla de algún modo— de la pequeña casa alargada de dos dormitorios.

—¡Despierta, cumpleañera! Un segundo después, apareció un rostro alegre por la puerta.

Bruce saltó de mi pecho y corrió a esconderse. Si había algo que asustaba a Bruce Kittenson, era la energía caótica y constante de mi compañera de piso.

A mí me revitalizaba, sobre todo en contraste con mi personalidad lúgubre y pesimista.

—¡Desayuno de cumpleaños en la cama! —exclamó ella, luciendo una sonrisa enorme y unos dientes de un blanco cegador.

El pelo rosa y turquesa le revoloteaba sobre los hombros—.

¡Ni trabajo ni preocupaciones! Solo tortitas y beicon.

Juntó las manos ante sí y se inclinó como una feligresa en oración.

—Y esta noche, joven padawan, nos desmadramos.

Antes de que pudiera reaccionar, aquel torbellino invadió mi habitación y me asaltó con una bandeja de delicias esponjosas, crujientes y bañadas en sirope.

La segunda cosa por la que daba gracias: mi mejor amiga, mi única amiga, la inconteniblemente chispeante Marlow Thompson.

No tener que trabajar aquel día también entraba en la lista.

Cuando mordí una tortita tierna y solté un gemido orgásmico, y luego mastiqué el beicon crujiente y ahumado y casi hice sonrojarse a Marlow por el momento tan íntimo que estaba viviendo con mi comida, supe que las tortitas y el beicon también merecían un puesto muy alto.

Le dediqué una sonrisa recatada. —Gracias, Marlow.

Soltó una risita y se dirigió a la puerta.

—Te dejaré disfrutar de tu, esto..., ratito a solas en paz.

Antes de salir, me guiñó un ojo y me hizo enrojecer hasta las mejillas, que solían ser blancas como perlas.

La voz chillona de Marlow resonó pasillo abajo.

—¡Estate lista para ir a ver a Madame du Mond a las tres! ¡Tenemos cita!

—Espera, ¿qué? ¡Creía que podía pasarme el día en la cama!

—¡No puedes vivir en Nueva Orleans y no ir a que una vidente te lea el futuro el día de tu vigésimo primer cumpleaños, Coralia! La voz de Marlow se alejaba, pero, de algún modo, sonaba cada vez más fuerte.

Alcé los brazos. —¡Jamás había oído hablar de esa norma!

—¡Búscala en Google!

Terminamos de gritarnos de una habitación a otra. Negué con la cabeza. Te juro que los vecinos deben de pensar que intentamos matarnos todos los días.

Una bolita blanca y peluda me llamó la atención por el rabillo del ojo: la diminuta cara de Bruce asomaba por debajo de mi cómoda. Maulló, claramente para preguntarme algo.

—No te preocupes, Brucey. Ya se ha ido. Estás a salvo.

Corrió hacia mí como un rayo —todavía se movía con soltura para ser tan viejo— y se acomodó sobre mi busto.

Chasqueé la lengua. —Menudo salido está hecho, señor Kittenson. ¿Se encuentra cómodo?

No dijo nada; en lugar de eso, decidió hacerse un ovillo y echarse una siesta sobre mis tetas. Puse los ojos en blanco y me metí otro trozo de beicon en la boca. Esta vez se me fueron los ojos hacia atrás por puro placer cuando aquel crujido llenó hasta el último rincón de mi oscura alma.

La verdad era que, pese a mi actitud de «pobre de mí» y a lo poco ideal que me parecía mi situación tantas veces, al menos tenía una buena amiga, un gato adorable y un plato lleno de tortitas y beicon. No todo el mundo podía decir lo mismo.

Acaricié suavemente a Bruce y sentí contra mi cuerpo la vibración de su ronroneo soñoliento, que siempre me calmaba. —Supongo que no todo está tan mal, ¿eh, señor Kittenson?

MIRÉ AL OTRO LADO DE LA mesita a Madame du Mond, que tenía los ojos cerrados.

Ante ella había una bola de cristal, una baraja de tarot que aún no me había revelado sus secretos y un incienso cuyo aroma a salvia flotaba a nuestro alrededor, embalsamándonos en humo.

Solo le faltaba ponerse a entonar un «om» para reunir todos los tópicos.

Aunque supongo que el «om» pegaba más con un hippie meditando, mientras que du Mond era una bruja de los pies a la cabeza.

Desvié la mirada hacia Marlow con una expresión escéptica.

—Es una tradición de Crusty, Cor —susurró.

—Silencio, niñas —espetó Madame du Mond sin abrir los ojos—. Debo ahondar mucho para encontrar tu futuro, Coralia Hawthorne...

—Hargrave.

—...y eso requiere concentración.

Suspiré, crucé los brazos bajo el pecho y me recosté en la silla, que crujió.

Cuando Marlow entornó los ojos por el ruido, le hice una mueca de disculpa.

—Así que... —empecé, incapaz de contenerme—, ¿esta adivinación mágica va a salir de la bola de cristal, del incienso o de las cartas del tarot?

Quiero decir, ¿mi futuro aparecerá flotando dentro de la bola, como una niebla que se desliza?

Abrió despacio los ojos legañosos, con un ceño fruncido que se le marcaba profundamente en el rostro arrugado. Tenía unas bolsas bajo los ojos en las que me habrían cabido la cartera y el móvil.

Como no dijo nada, logré murmurar un tímido «Perdón» y desvié la mirada hacia la salvia que ardía. Costaba tomarse todo aquello en serio cuando había visto hacer magia de verdad a mi hermana Myria.

Además, no era una persona crédula, al menos en mi opinión. Si sumabas ambas cosas, tenías a una cínica siempre alerta ante los timadores. Madame du Mond me parecía una candidata estupenda.

—Tus interrupciones y tus niñerías me han perjudicado, pequeña —graznó—. Ahora tendré que empezar de nuevo.

Volvió a cerrar los ojos y yo solté otro suspiro exagerado.

—Sí, Cor, a mí también me han perjudicado —me reprendió Marlow—. Me han dado justo donde más duele: en el bolsillo.

Me pasé una mano por el pelo negro con mechones rojos. Ya habían conseguido que me disculpara una vez. Con eso bastaba y sobraba.

Parpadeé. Por extraño que pareciera, la habitación, ya de por sí poco iluminada, empezó a oscurecerse. Era como si las sombras se hubieran colado por las paredes, el techo y el suelo, y nos cercaran hasta que apenas pude distinguir a Madame du Mond entre las tinieblas.

—Eh..., ¿Marlow?

El penetrante olor a salvia se desvaneció. No olía nada, como si las sombras que avanzaban impidieran que cualquier sensación llegara hasta mí. El corazón empezó a latirme más deprisa y la inquietud echó raíces en mi estómago.

Madame du Mond abrió los ojos de golpe, de par en par, y me sobresaltó. Solo se veía el blanco inmaculado de sus ojos, que atravesaba la oscuridad y convirtió mi inquietud en miedo.

Por instinto, alargué la mano y agarré el brazo de Marlow con un jadeo, mientras me echaba hacia atrás en la silla.

—¿Q-qué coño está pasando, Cor? —preguntó Marlow con voz ronca.

Antes de que pudiera pensar en una respuesta, la vidente abrió la boca. De ella brotó un sonido bajo y gutural, inhumano y áspero, como palabras antiguas pronunciadas en una lengua extranjera.

Le crujió la espalda y se irguió, tiesa como una tabla. Parecía una bruja poseída de película: un demonio a punto de vomitar ranas.

Sus siguientes palabras sí las entendí, aunque seguían sonando ásperas. Sus ojos blancos como el alabastro se clavaron en mí, me taladraron el alma y ella habló como en trance:

— Seis formas oscuras de llegar al abismo.

Cinco nudillos para completar el puño.

Cuatro años para cortar la muñeca.

Poderes y problemas llegan de tres en tres.

Dos almas gemelas no ven el bosque por mirar los árboles.

Un día oscuro para quedar mancillada y libre.

Después de que aquel críptico presagio saliera de sus labios, el cuerpo de Madame du Mond se desplomó hacia delante.

La negrura viscosa que nos rodeaba empezó a disiparse.

Volví a percibir el intenso aroma de la salvia.

Las sombras se dispersaron como si huyeran de la habitación y, con ellas, desapareció el miedo frío que me trepaba por la espalda.

La Madame se incorporó despacio. Hizo una mueca de dolor y nos miró con expresión vacía, como si acabara de salir de un sueño y no tuviera ni idea de dónde estaba, en qué año vivía ni quién era el presidente. —¿Eso... eso responde a tus preguntas, querida niña? —preguntó débilmente.

Marlow y yo cruzamos una mirada de ojos desorbitados, aterradas.

Mi mejor amiga abrió la boca y tartamudeó: —¿Pero qué coño de qué ? ¿Qué ha sido eso, señora? ¿Los doce días de Navidad para góticas neuróticas con tetazas?

La Madame ladeó la cabeza, con el ceño fruncido por la confusión. —¿A qué te refieres, querida? Solo he dicho que esta vivaracha jovencita tendrá problemas de sobra antes de encontrar la paz. Pero la encontrará .

¿La paz? pensé, aún completamente confundida. A la mierda la paz. ¿Y el amor ? ¿Y la comprensión ? ¿Y un futuro en el que no me sienta como una inútil todo el tiempo?

Marlow se levantó de golpe de la silla. Me agarró por debajo del brazo y empezó a negar con la cabeza sin parar. —No. No. Ni hablar. Eso no es lo que ha dicho, Madame. Vámonos, Coralia.

Tragué saliva, asentí y dejé que me sacara a rastras de la tienda de la vidente.

El aire húmedo de Nueva Orleans empezó a empaparme todos los recovecos del cuerpo antes de que hubiera dado tres pasos fuera.

Abrí la boca para quejarme, pero Marlow levantó la mano y cortó el aire con la palma para hacerme callar. —Antes de intentar entender qué coño ha sido eso , propongo que empecemos a beber. Ya mismo. Sin demora.

Aireé las mangas largas, que se me estaban humedeciendo a toda velocidad.

¿A quién se le ocurrió vestirme como a una evangélica recatada en un día de treinta y cinco grados?

Entorné los ojos al mirar a Marlow, que tenía un aire de altiva suficiencia, como si no fuera a quedarse satisfecha el día de mi cumpleaños hasta estar bien borracha.

Me di cuenta de que no podía culpar a Marlow por haberme vestido como a una monja ligerita de cascos. La culpa es tuya, Bruce Kittenson. ¡Me viste y dejaste que saliera así de casa!

Resoplé al mirar mi atuendo de La letra escarlata y decidí dejarlo correr. —Eh, son apenas las cuatro de la tarde, Mar. Si empezamos a beber ahora, no llegaremos a las ocho.

—A la mierda —dijo, indignada, y echó a andar a grandes zancadas por la acera—. En algún sitio serán las cinco, ¿no?

Apresuré el paso para seguirla. —Sí. En Virginia.