Capítulo 6 | Coralia
Coralia
AL PRINCIPIO INTENTÉ defenderme de los hombres que me echaban las manos encima.
Me sentía muy débil mientras se me pasaba el efecto del veneno.
Resistirme no sirvió de nada. Cuando el tipo al que llamaban Sunny me apretó contra su pecho para sacarme de la cama y yo empecé a agitarme, me llegó un olor a abetos.
Se me hizo un nudo en la garganta al darme cuenta de que era el hombre que había intentado agarrarme por la fuerza detrás de Jose’s Ranchero. Con razón sus amigos se metían con él: había subestimado, y mucho, mis ganas de luchar contra unos secuestradores.
Pero ya no me quedaban fuerzas para luchar. Al final, me bajé de la cama a trompicones y caminé entre Sunny y el otro tipo, Dax, mientras seguíamos a quien parecía ser su jefe fuera de la habitación y por un pasillo.
Miraba a todas partes, intentando hacerme una idea de dónde estaba. Ahora que me había librado de las garras del veneno, recuperé todos los sentidos de golpe y casi me vi desbordada.
¿Dónde demonios estoy? ¿Cómo he llegado aquí? ¿Estoy soñando? ¿Y quiénes son estos tipos increíblemente atractivos pero sádicos que disfrutan secuestrando a una mujer en plena noche para luego discutir sobre su cuerpo inerte como si estuvieran comentando el tiempo durante la comida?
Aquellos tres me hacían sentir confundida y vulnerable.
A Dax no lo conocía de nada y, aun así, quizá me daba más miedo que los otros, con aquel silencio solemne y esa presencia opresiva.
Sus ojos oscuros parecían captarlo todo.
Aquellos pozos negros se clavaban en mí, pendientes de cada movimiento que hacía mientras caminábamos hacia dondequiera que nos llevase el tal Jace.
Por alguna extraña razón, aunque Venn había sido quien me había envenenado y capturado, habría preferido estar con él antes que con aquellos dos siniestros. Al menos parecía bastante simpático, aunque estuviera un poco pirado.
¿Hasta qué punto es retorcido eso? El hombre que me secuestró es con quien preferiría estar. ¿Qué dice eso de estos dos gilipollas?
El corredor por el que caminábamos era elegante y oscuro, con paredes de caoba y apliques de otra época que iluminaban nuestro paso.
A través de las ventanas que dejamos atrás se veía un cielo matinal gris.
Eso me hizo pensar que debíamos de estar a la altura de un tercer piso o por ahí; de lo contrario, habría visto el suelo.
Y, en efecto, los tres me condujeron escaleras abajo, luego por otro pasillo y otra escalera de caracol. Cuando ya estaba completamente perdida, mareada y dolorida, bajamos un tramo más y llegamos a una zona bastante menos acogedora que las anteriores.
En lugar de paredes de caoba y suntuosas cortinas rojas, allí había muros de ladrillos de piedra gris.
El aire frío se colaba por sus grietas. Parecía que nos hubiéramos adentrado en un sótano o una mazmorra.
La aristocracia de otra época que evocaban los pisos superiores había dado paso a un ambiente medieval. Se me erizó la piel.
El miedo de mi expresión se transformó en una rabia resuelta y desafiante.
No sabía dónde estaba ni por qué, y pensaba conseguir respuestas de una maldita vez.
Cómo se atrevían esos cabrones a arrancarme de Marlow y de mi hogar.
Aunque nuestra «casita» en el Crust estuviera hecha polvo y se cayese a pedazos, seguía siendo nuestra.
Por el rabillo del ojo vi que Sunny se había colocado a mi derecha, un poco por detrás de mí.
Me dedicó una sonrisita de suficiencia, sin duda convencido de que se me caía la baba por su cuerpo esculpido y su forma elegante de andar.
En realidad, miraba más allá de él, hacia donde Bruce Kittenson nos seguía, acechando entre las sombras.
Aparté la vista de la irritante sonrisita de Sunny y esbocé una sonrisa traviesa.
Al menos Brucey sigue conmigo. Parece que todos se han olvidado de él.
Buen chico. No es que creyera que Bruce pudiera sacarme de aquel apuro, pero por lo menos tenía allí a un compañero, una cara conocida a la que acudir.
Si aquellos cabrones le hacían algo a mi gato, los mataría a todos mientras dormían.
El interminable paseo por el castillo empezaba a irritarme y estaba a punto de preguntar adónde demonios me llevaban.
Antes de que pudiera hacerlo, llegamos a una pequeña sala situada en mitad del sótano.
Tenía unas cuantas sillas y un sofá, y parecía un salón de descanso.
Me sorprendió encontrar una especie de recibidor en medio de aquel lugar frío y laberíntico.
—¿Por qué me habéis traído aquí abajo? —pregunté con la voz ronca de no haberla usado.
Jace Hudson señaló una de las sillas. —Por favor, señorita Hargrave, siéntese.
Entorné los ojos y miré a los hombres uno por uno. Estaba agotada, así que me senté.
La barba entrecana y el porte de Jace le daban el aspecto de tener al menos el doble de edad que cualquiera de los otros, mientras que Dax y Sunny bien podían tener mi edad. Por eso Jace inspiraba cierta autoridad y respeto —como una figura paterna para ellos— y no parecía tan amenazador.
Todo eso se me pasó por la cabeza antes de que el culo me tocara la silla.
Jace se sentó frente a mí y acaparó toda mi atención. Dax y Sunny permanecieron detrás de mí, uno a cada lado. Parecía un interrogatorio en toda regla.
Jace me dedicó una leve sonrisa bajo la barba.
No cabía duda de que seguía siendo un hombre muy atractivo, de los que envejecen como el buen vino y todo eso.
Apostaría a que algunas mujeres se le habrían echado encima antes que a los otros tipos de mi edad.
Con aquella sonrisa capaz de desarmarme, costaba enfadarse con él.
—Coralia Hargrave, permítame ser el primero en darle la bienvenida a Shadowblade Academy —dijo con voz grave y profunda. Dejó las manos sobre el regazo y me observó, a la espera de una reacción.
—Nunca había oído hablar de este sitio —respondí con sequedad.
—Entonces su hermana ha hecho bien su trabajo.
Sus palabras me dejaron sin aliento. —¿Qué? ¿Myri? ¿Qué tiene ella que ver con esto?
Teniendo en cuenta que yo había empujado a Sunny contra una maldita pared y él se había desvanecido como la niebla; que Venn había atravesado la oscuridad conmigo en brazos y habíamos acabado allí; y que conocía los poderes de mi propia hermana, no me sorprendía demasiado que aquello fuera una escuela para Anormales.
Lo que no esperaba era que Jace Hudson me mencionara a Myria a la cara.
—Nos gusta mantener estas cosas en secreto —dijo Jace sin más—. Solo quiero decir que los alumnos se comprometen a no revelar que estudian en Shadowblade. Es una de las normas.
—Entonces, ¿reconoce que Myria estudia aquí?
Frunció el ceño. —¿No es lo que acabo de decir?
—Bueno, pues ¿no acaba de romper su compromiso de guardar el secreto? ¿No está incumpliendo sus propias normas de conducta o como las llamen?
Jace se removió en la silla, desconcertado por un instante al verse cuestionado. A mi espalda oí a Dax o a Sunny ahogar una risita.
Jace negó con la cabeza. —Bueno, no, no exactamente. Mi caso es distinto.
—¿En qué sentido?
—Porque soy lo que aquí llamamos una Muñeca. Y también soy profesor.
Me encogí de hombros con indiferencia, disfrutando al verlo buscar excusas. —Yo diría que a un profesor se le exige incluso más que a los alumnos.
Suspiró y apretó los labios. —Creo que hemos empezado con mal pie. Se lo pasaré por alto porque todavía no conoce las normas, pero los Fantasmas reciben castigos por este tipo de desobediencia.
—¿Desobediencia? Solo intento aclarar algo que usted mismo ha dicho que es una norma.
—Está llevando la contraria por llevarla.
Aparté la mirada y volví a encogerme de hombros. Tenía razón, pero no iba a reconocerlo. Solo quería hacerme una idea de cómo eran aquellas personas. Por ahora, Jace parecía un hombre honrado, aunque también de los que odian que las cosas no salgan como quieren.
—Por cierto, no soy ningún fantasma —murmuré—. Así que quizá debería dejarme marchar, porque parece que se han equivocado de chica.
—¿Eh?
—Ha dicho que castigan a los fantasmas por desobedecer.
—Ah. Cierto. «Fantasmas» es como llamamos aquí a los cadetes.
—¿Y «Muñecas»?
Jace hizo un gesto vago con la mano. —Aprenderá toda la terminología durante la sesión de bienvenida, señorita Hargrave.
—¿Cadetes? ¿Sesión de bienvenida? Habla como si fuera a estudiar en Shadowblade Academy.
—Bueno... Es que va a hacerlo.
La frustración me hervía por dentro. —¿Y eso quién lo dice? Pues no.
—Está aquí, ¿no?
—¿Y dónde es aquí , exactamente?
—En Shadowblade Academy. —Me sostuvo la mirada con una sonrisa inexpresiva, como si creyera haber ganado.
—¿Y ahora quién está siendo mezquino?
Se le torció el gesto. —¿Cómo dice?
—Da igual. Usted dice que voy a estudiar aquí y yo digo que no. Uno de los dos se equivoca.
—Sí —dijo asintiendo—. Y me temo que es usted.
—Me escaparé a la primera oportunidad. No puede obligarme a estudiar en esta ridícula escuela.
Jace Hudson se levantó de la silla, claramente harto de mis tonterías.
Tragué saliva y me eché hacia atrás en el asiento.
Toda mi chulería se esfumó al verlo alzarse sobre mí.
—Basta, señorita Hargrave. No escapará porque no podemos permitirlo.
Su hermana estudia aquí y usted también lo hará.
Está claro que no lo ha entendido. No es una invitación.
Me quedé boquiabierta. —¿Me obligaría a ir a una escuela privada con gente a la que odio?
—Bueno, la secuestramos para traerla aquí.
Dejó la frase en el aire y yo solté un chasquido de desaprobación.
Jace alzó la palma de una mano, al parecer dispuesto a empezar de nuevo.
—Es un privilegio estudiar en Shadowblade Academy, señorita Hargrave.
—Suspiró y miró por encima de mi cabeza, hacia Dax y Sunny—.
¿Lo veis? Por esto cuesta mantener el secreto.
Los nuevos reclutas nunca han oído hablar de nosotros, así que no saben lo extraordinaria que es esta escuela.