Capítulo 31
Por primera vez desde que fundé la empresa, aquella mañana entré en ella nervioso, ansioso y sin sentirme completamente seguro de mí mismo.
Tenía un nudo en el estómago como no recordaba haber tenido nunca en mis treinta y ocho años de vida. Y no era porque las cosas fueran mal en el trabajo, porque estuviera a punto de firmar un contrato importante o porque tuviera una de esas reuniones capaces de cambiarlo todo.
No tenía nada que ver con eso, sino con Taylor.
Llevaba perfectamente estudiado y ordenado en la cabeza todo lo que quería decirle. Había pasado la noche entera sin dormir, pensando en cómo explicárselo, cómo pedirle perdón y cómo conseguir que entendiera todo lo que no había sido capaz de decirle el día anterior.
Eso sí lo tenía claro: le rogaría si hacía falta e incluso haría lo que me pidiera si con ello conseguía que me diera otra oportunidad.
Durante todas aquellas horas, la imagen de Taylor con los ojos cargados de tristeza y decepción no había dejado de aparecer en mi cabeza para torturarme.
Aunque, si había algo que me dolía todavía más que recordarla así, eran las últimas palabras que me había dicho antes de marcharse de casa de mi hermano.
«Cuando se ama a alguien, también existe la posibilidad de perdonar y darle una segunda oportunidad si así lo sientes» .
Tenía aquella frase clavada en el alma y no pensaba dudar en recordársela si era necesario para conseguir que, esta vez, fuera ella quien me concediera esa segunda oportunidad.
Desde que me levanté de la cama, donde en realidad apenas había conseguido estar tumbado dando vueltas y pensando, no había dejado de preguntarme cómo podía haber sido tan estúpido, cómo había tardado tanto tiempo en decirle realmente lo que sentía y cómo demonios había podido estar tan ciego para no darme cuenta de lo que tenía delante.
Yo, que siempre había presumido de ser espabilado, de ver más allá que los demás, de saber en todo momento lo que quería y de mantenerme firme en mis decisiones, había sido incapaz de aplicar ninguna de esas cualidades justo cuando más las necesitaba.
Entré en el ascensor y, mientras las puertas se cerraban, una gota de sudor me recorrió la espalda y el corazón empezó a bombearme a toda velocidad.
Parecía un adolescente a punto de ver a la chica que le gustaba.
Y, pensándolo bien, aquello no distaba demasiado de la realidad, porque en unos segundos iba a encontrarme no solo con la mujer que me gustaba, sino con la que amaba más que a nada.
En cuanto salí del ascensor, mis ojos fueron directamente hacia su mesa incluso antes de que mi cerebro tuviera tiempo de darles la orden.
Taylor estaba sentada en su sitio, concentrada en la tableta hasta tal punto que ni siquiera me oyó acercarme.
—Buenos días.
En cuanto escuchó mi voz, noté cómo todo su cuerpo se tensaba.
—Buenos días —respondió con la voz apagada y sin girarse siquiera para mirarme.
Cerré los ojos durante un instante y apreté los puños porque verla así me rompió algo por dentro.
No hubo sonrisa, ni pulla, ni una sola referencia a mi camisa negra. Nada. Solo un saludo cordial que sonó más a obligación que a otra cosa.
—Enseguida voy —dijo señalando mi despacho con un movimiento de cabeza.
Ni siquiera asentí porque de todas formas no me habría visto hacerlo. Me limité a entrar en el despacho y esperar allí, donde tendríamos la privacidad necesaria para mantener la conversación que llevaba toda la noche preparando.
Taylor apareció tres minutos después y se sentó directamente frente a mí.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Ella esperó a que me sentara y yo a que levantara la cabeza y me mirara. Lo primero ocurrió, pero lo segundo no. Taylor mantuvo la vista baja, fija en la tableta que sostenía entre las manos.
—Quería decirte algo —dije rompiendo el silencio.
Respiró hondo y dejó escapar el aire lentamente antes de contestar.
—Yo también.
—Tú primero, por favor.
Asintió.
—He organizado tu agenda para los próximos quince días.
Me incliné ligeramente sobre la mesa y fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Está todo preparado. Reuniones, llamadas, reservas en restaurantes para comidas o cenas… Todo.
La miré sin entender muy bien qué intentaba decirme.
—Taylor.
—Y también quería darte esto.
Sacó un sobre de debajo de la tableta y lo deslizó sobre la mesa hasta dejarlo junto a mi mano.
—¿Qué es esto?
Se encogió de hombros sin responder y consiguió que mis nervios aumentaran todavía más.
Cogí el sobre a toda prisa y lo abrí. Solo necesité leer las dos primeras líneas del folio que había dentro para entender qué era y sentir que el mundo se me venía encima: su dimisión.
—¿Te marchas?
Taylor tragó saliva antes de soltar el aire lentamente.
—No quería hacerlo.
—Entonces, ¿por qué me das esto?
—Porque tengo que hacerlo.
Levantó la mirada por fin y la tristeza que había visto el día anterior seguía allí, aunque había algo más.
Tenía los ojos muy rojos, exactamente igual que el día que regresó de Boston después de perder a su abuela.
No cabía ninguna duda de que había llorado y saber que yo era el responsable de aquellas lágrimas consiguió que me odiara un poco más de lo que ya lo hacía.
—No —dije mientras dejaba caer el papel sobre la mesa.
—Sí.
—¿Por qué?
Cogió aire antes de responder.
—Ya me da igual decirlo en voz alta. Me da igual que lo sepas porque nada de lo que diga va a cambiar las cosas. Pero, si quieres saber el motivo, no tengo ningún problema en decírtelo. Total, probablemente sea el último día que nos veamos.
—Taylor…
—No quiero volver a pasar por lo mismo. No puedo.
—¿De qué hablas?
Sus ojos se llenaron de lágrimas, aunque hizo un esfuerzo enorme por contenerlas antes de continuar.
—No puedo ver todos los días al hombre del que estoy enamorada mirando a otra mujer.
Me quedé completamente paralizado.
—No puedo verlo sonreírle, besarla ni hacer planes con ella. Ya pasé una vez por algo así y no puedo volver a hacerlo. No soy tan fuerte como para soportar otra vez lo mismo.
Una lágrima terminó escapándose y cayó por su mejilla antes de que pudiera impedirlo. Se la limpió con rapidez.
—No puedo hacerlo, Dominic. No contigo. Por eso me voy.
Me levanté del sillón y rodeé la mesa hasta colocarme a su lado.
—¿Me quieres?
—Acabo de decírtelo. Pero supongo que ya da igual, ¿no? Imagino que anoche fuiste a cenar con Stacey y que decirte esto ahora no sirve de nada.
—Sí, fui.
Taylor cerró los ojos y vi claramente el esfuerzo que hizo por contener el dolor que le provocó mi respuesta.
—Entonces, como te dije ayer, espero que todo te vaya bien y que seas muy feliz.
—¿Has terminado?
—Sí. Creo que ya está todo dicho —respondió mientras intentaba levantarse.
No la dejé y apoyé una mano sobre su brazo para impedir que huyera, porque estaba claro que eso era exactamente lo que pretendía hacer.
—Ahora me toca hablar a mí. Todavía no he dicho lo que quería decirte.
Asintió y volvió a bajar la cabeza.
—Sí, fui a cenar con Stacey. Hablamos y allí terminé de entender lo que quería o, quizá, ya lo había entendido mucho antes y simplemente no había sabido verlo.
Hice una pequeña pausa antes de continuar.
—Quiero un futuro con la mujer que amo. Quiero esa vida con la que siempre soñé. Quiero casarme con ella, tener hijos, ser feliz a su lado y conseguir que ella también lo sea conmigo. Quiero todo con ella.
Los siguientes segundos transcurrieron en absoluto silencio y dejé que mis palabras fueran calando antes de volver a hablar.
—¿No dices nada?
—No tengo nada que decir —respondió con la voz rota.
Me agaché a su lado y giré ligeramente la silla para obligarla a quedar frente a mí, aunque ella continuó con la cabeza baja.
—Yo sí. Solo quiero añadir una última cosa.
Taylor levantó ligeramente la cabeza.
—Quiero todo eso que te he dicho, pero es contigo con quien lo quiero.
Alzó el rostro de golpe y clavó sus ojos llorosos en los míos.
—¿Qué has dicho? —preguntó casi en un susurro.
Sonreí mientras le acariciaba la mejilla y limpiaba con el pulgar otra lágrima que acababa de caer.
—Que es contigo con quien quiero hacer todas esas cosas. Es contigo con quien quiero pasar el resto de mi vida y eres tú la mujer a la que amo.
Tuve que detenerme un instante porque la voz me tembló.
—Taylor, si me das una oportunidad, si puedes perdonarme por haber sido tan gilipollas y no habértelo dicho antes, quiero que compartas tu vida conmigo.
Soltó una risa entre lágrimas y, al verla así, noté que mis propios ojos también empezaban a humedecerse.
—Di algo, por favor —le rogué.
Negó con la cabeza mientras seguía sonriendo y llorando al mismo tiempo.
—Eres gilipollas.
Solté una pequeña risa.
—Lo sé.
—Pero uno muy grande.
—También lo sé.
—Y te odio un poco.
—Eso puedo soportarlo si también me quieres.
—Sí que te quiero —respondió mientras me acariciaba la cara.
No necesité escuchar nada más.
Tiré de ella y la estreché entre mis brazos con fuerza, como si todavía temiera que pudiera desaparecer. Taylor escondió el rostro contra mi pecho y yo apoyé la cabeza sobre su pelo después de besarla un par de veces allí.
—¿Eso significa que me perdonas?
—Todavía no lo sé. Eso tendrás que ganártelo.
—Lo haré —aseguré, dejando bastante claro que estaba dispuesto a hacer lo que hiciera falta.
—Más te vale, porque si no vas a pasarlo muy mal. Te tiraré todas esas camisas que adoras y te obligaré a venir al despacho con camisas hawaianas.
Me separé lo suficiente para mirarla con auténtico horror y Taylor se echó a reír.
Aquella sí era la risa que conocía, esa que siempre conseguía desarmarme. Escucharla otra vez hizo que algo dentro de mí se relajara por fin y que sintiera que las cosas empezaban a colocarse donde debían.
Todavía la tenía entre mis brazos cuando me incliné para besarla.
No fue un beso desesperado ni dominado por la pasión, sino lento, profundo y cargado de todo lo que aún nos quedaba por decirnos.
Cuando nos separamos, apoyé la frente contra la suya.
—Te amo, Taylor.
—Yo también te amo, Dominic.
Volví a abrazarla y, mientras la estrechaba contra mí, comprendí muchas cosas que jamás habría imaginado cuando decidí encerrarme en aquella oscuridad en la que había vivido durante los últimos dos años.
Entendí que no necesitaba olvidar el pasado, sino aprender a convivir con él sin permitir que siguiera decidiendo mi futuro. Tampoco necesitaba esconderme ni fingir que no me había dolido, del mismo modo que Taylor tampoco tenía que hacerlo con el suyo.
Solo necesitaba seguir adelante, porque mi felicidad, mi futuro y la vida que quería estaban allí mismo, entre mis brazos. Aquella luz que necesitaba para salir definitivamente de la oscuridad tenía un único nombre: Taylor.