La oscuridad de Dominic Capítulo 30
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Capítulo 30

Unos minutos después, incapaz de seguir demorando el momento de hablar con ella a solas, me levanté de la silla y fui al salón.

—Lo has conseguido otra vez. Ya no llora —dije mientras me acercaba.

—Le gusta que le cante. Se lo diré a Katy para que lo haga ella.

Asentí y me quedé mirándola mientras continuaba meciendo al bebé entre sus brazos.

—Te faltó contarme el pequeño detalle de que era la hermana de Katy.

Sabía que acabaría diciéndome algo, aunque no esperaba que aquello fuera precisamente lo primero.

Habría imaginado alguna recriminación por el abrazo que había presenciado o una de sus habituales pullas después de una comida en la que prácticamente la conversación había sido cosa de dos y el resto parecíamos simples espectadores. Sin embargo, una vez más, Taylor consiguió sorprenderme.

—Sí.

Ella se limitó a asentir y siguió caminando despacio con el bebé.

—Ha sido toda una sorpresa. Desde luego, no esperaba que se presentara aquí. No había vuelto a Nueva York desde que se marchó, aunque supongo que la llegada de Philip habrá influido.

Taylor sonrió, pero no fue una de esas sonrisas suyas que tanto me gustaban. Aquella estaba cargada de tristeza.

—¿Qué pasa, Taylor?

—Ha dicho que ha vuelto para quedarse.

—Sí, lo he oído.

Cerró los ojos durante un segundo y negó suavemente con la cabeza antes de volver a mirarme.

—Sigues queriéndola.

Fruncí el ceño al escucharla porque no tenía ni idea de dónde había sacado aquello.

—No sé por qué dices eso. Yo no he dicho tal cosa.

—No hace falta. Lo he visto en tus ojos.

—Imposible, yo no…

—No lo es —me cortó con la misma tristeza que había visto reflejada en su mirada.

—Taylor…

—Eso que sentías por ella sigue dentro de ti.

—No.

—Dominic, he visto cómo la mirabas.

Su insistencia empezó a cabrearme.

—La he mirado, sí. ¿Y qué cojones querías que hiciera? ¿Que fingiera que no existe? ¿Que no le hablara? Formó parte de mi vida durante mucho tiempo y fue alguien muy importante para mí.

—No te estoy pidiendo que finjas nada. Eres libre de mirar, decir o hacer lo que quieras.

—Entonces, ¿a qué viene esto?

—Solo intento entender dónde estoy yo ahora o dónde se supone que tengo que estar.

Sus palabras me pillaron por sorpresa y no supe qué contestar. Ante mi silencio, Taylor volvió a sonreír de aquella manera triste que conseguía encogerme algo por dentro mientras negaba lentamente con la cabeza.

—Pues creo que ya está todo claro.

—No he dicho nada.

—Tu silencio lo ha dicho por ti, Dominic.

Dio unos pasos hacia la puerta y fruncí el ceño.

—¿Dónde vas?

—Voy a devolverle el bebé a Katy y me marcho.

—¿Vas a largarte?

—Sí. No creo que yo pinte nada aquí.

—¿¡Qué?! ¿Por qué coño dices eso?

—Dominic, no quiero discutir.

Mi enfado aumentó todavía más.

—Es que no hay nada que discutir. No sé qué cojones quieres. Yo pensaba que estábamos bien.

—Yo también lo pensaba, pero está claro que su regreso ha cambiado las cosas, ¿no crees?

Abrí la boca y volví a cerrarla porque tenía todas las palabras atascadas en la garganta.

Quería decirle demasiadas cosas, pero estaba enfadado por verla así, por lo que me estaba diciendo y, al mismo tiempo, completamente descolocado por la aparición de Stacey.

Todo aquello consiguió que fuera incapaz de ordenar una sola idea.

Taylor esperó unos segundos y, al comprobar que me limitaba a mirarla sin responder, asintió lentamente.

—Justo lo que pensaba.

Acunó un poco a Philip cuando se removió entre sus brazos.

—Pese a todo, me alegro mucho por ti, Dominic. Cuando amas a alguien, también existe la posibilidad de perdonar y darle una segunda oportunidad si así lo sientes. Así que espero que seas muy feliz. Eres un hombre excepcional y de verdad te lo mereces.

Sus palabras me golpearon con tanta fuerza que, cuando conseguí reaccionar, Taylor ya se había dado la vuelta y se alejaba de mí.

La vi entregarle el bebé a Katy y, por las expresiones de los demás, supe que les había dado alguna excusa para justificar que tenía que marcharse. Cinco minutos después salió por la puerta sin despedirse de mí y yo fui incapaz de hacer nada para detenerla.

Horas más tarde, ya en casa, me quité la toalla que llevaba enroscada en la cintura y me tumbé desnudo sobre la cama, consciente de que probablemente me esperaba una noche larga en la que no iba a pegar ojo.

Todo lo ocurrido aquel día me tenía con el cuerpo tenso y la cabeza funcionando a mil por hora. Estaba agotado, pero no físicamente, sino de una manera mucho peor: mentalmente.

Cerré los ojos y repasé una vez más todo lo que había sucedido desde que Stacey apareció por sorpresa en casa de mi hermano.

Primero estuvo el impacto de volver a verla, aquel primer abrazo y las caras de todos cuando entró en el salón. Ninguno estaba contento con su regreso y no hizo falta que nadie lo dijera en voz alta, porque sus gestos y sus miradas lo habían dejado bastante claro.

Después llegó aquella breve conversación en la que me pidió que le concediera tiempo para hablar, mi decisión de aceptar y el segundo abrazo. Y luego apareció Taylor, con aquella tristeza en los ojos que todavía no había conseguido quitarme de la cabeza.

La comida no había mejorado nada. Tampoco la conversación posterior con ella ni la forma en que, sin que yo entendiera cómo habíamos llegado hasta aquel punto, terminó deseándome lo mejor con Stacey mientras en su rostro se mezclaban la tristeza, la decepción y algo demasiado parecido a la derrota.

Pero lo peor había sido verla marcharse porque, apenas unos minutos después de que cruzara aquella puerta, mi cuerpo, mi cabeza y mi corazón me gritaron con una claridad brutal algo que, en realidad, llevaba demasiado tiempo sabiendo.

Quizá siempre lo había sabido y simplemente me había dado demasiado miedo reconocerlo en voz alta: amaba a Taylor.

Me había enamorado de ella de una forma en la que jamás lo había hecho de Stacey y, aun así, había sido tan idiota que necesité que mi pasado regresara para comprenderlo de verdad.

Peor todavía, mi silencio había conseguido que Taylor creyera justamente lo contrario: que seguía enamorado de mi ex, que deseaba volver atrás y que todo lo que habíamos construido entre nosotros no significaba lo suficiente para mí.

Los demás debieron de darse cuenta de mi estado en cuanto Taylor se marchó.

Nadie dijo nada en aquel momento, pero Joanne aprovechó la primera oportunidad que tuvo, aproximadamente media hora después de que Stacey también se fuera, para arrastrarme hasta la cocina y exigirme que le contara qué había ocurrido.

Decir que me llamó de todo se quedaba bastante corto.

Se enfadó, me dijo que no me merecía a Taylor y quizá tuviera razón, porque la quería, pero estaba claro que no había sabido quererla bien si acababa de permitir que se marchara creyendo algo que no era cierto por culpa de mi estupidez y mi cobardía.

Con el corazón encogido, terminé confesándole no solo a Joanne, sino también a los demás, que fueron sumándose a la conversación, lo que sentía por Taylor y que el miedo a que ella no sintiera lo mismo había sido lo que me llevó a comportarme como un completo gilipollas.

Mi madre negó con la cabeza, Derek se echó a reír mientras me llamaba exactamente eso, gilipollas; Katy resopló mirándome como si fuera un caso perdido y a Joanne poco le faltó para darme un puñetazo.

Todos coincidieron en lo mismo: no entendían cómo podía haber estado tan ciego para no darme cuenta de que Taylor también estaba enamorada de mí y que aquello había sido evidente casi desde el principio, tanto por su parte como por la mía.

Cuando salí de casa de mi hermano, lo hice decidido a recuperarla, siempre que estuviera dispuesta a darme otra oportunidad después de la forma en que había manejado las cosas.

No fui a buscarla aquella misma noche. Preferí darle unas horas para que se calmara y aprovecharlas yo también para ordenar la cabeza antes de hablar con ella sin convertir la conversación en otra discusión. Mi intención era hacerlo al día siguiente en el despacho, siempre y cuando apareciera.

Pero antes tenía pendiente algo que necesitaba resolver: hablar con Stacey y cerrar de una vez por todas aquella parte de mi vida para dejarla exactamente donde correspondía, en el pasado.

Me llamó para quedar a cenar y volvió a sugerir que fuera a casa, algo a lo que me negué de inmediato. Finalmente, acordamos vernos en un restaurante al que solía ir con algunos clientes.

Solté un resoplido y apreté los puños al recordar cómo había transcurrido aquella conversación.

—Dominic, estás guapísimo —dijo Stacey nada más verme aparecer por la puerta del restaurante.

Pero lo peor no fue el cumplido.

Se acercó para saludarme y, en aquella ocasión, intentó besarme suavemente en los labios. Por suerte, ya iba preparado para cualquier cosa y pude apartarme antes de que llegara a hacerlo.

—No vuelvas a hacer eso —dije, enfadado.

—No he hecho nada —contestó fingiendo inocencia.

—Pues sigue así.

Nos acompañaron hasta la mesa y pedimos la cena sin volver a hablar. Esperé unos minutos a que fuera ella quien empezara, pero al ver que no lo hacía, terminé haciéndolo yo.

—Bien, ¿de qué querías hablar?

—De nosotros. Ya te lo he dicho.

—No hay un nosotros, Stacey, y no volverá a haberlo nunca.

—No digas eso. Quiero pedirte perdón. Sé que lo hice fatal y que me equivoqué. Ese hombre me engatusó con buenas palabras y yo me confundí, pero en realidad nunca lo quise. No podía hacerlo porque siempre has sido tú a quien he amado.

Me quedé paralizado y, en cuanto terminó de hablar, una ira brutal me recorrió todo el cuerpo.

—¿En serio?

—¿En serio qué?

—¿En serio vienes ahora con esto?

—Dominic…

—Ni Dominic ni nada. Han pasado dos putos años desde que te largaste, Stacey. Dos años. Y ahora apareces aquí como si nada y me sueltas esto. Es increíble, joder.

—Pero me equivoqué. Podemos arreglarlo, lo sé.

Solté una risa amarga.

—¿Arreglarlo? No hay nada que arreglar. Tú lo jodiste todo —dije mientras la señalaba con el dedo.

—Yo te quiero y sé que tú no me has olvidado. Sé que sigues queriéndome. Sé la vida que has llevado desde que me fui y que no hayas vuelto a estar con nadie me da la razón.

Sonreí de medio lado y ella interpretó el gesto justo al contrario de lo que significaba porque me devolvió la sonrisa y alargó una mano para coger la mía.

Ni siquiera llegó a rozarme porque retiré la mano antes de que pudiera cogerla. Stacey frunció el ceño, aunque me dio exactamente igual.

Sentado frente a ella, escuchando todas aquellas mentiras —porque sí, eran mentiras—, me di cuenta de algo que hasta entonces no había terminado de comprender.

Stacey me había destrozado; durante mucho tiempo la había echado muchísimo de menos y también había seguido queriéndola más de lo que estaba dispuesto a reconocer, pero todo aquello que yo creía no haber superado hacía tiempo que había quedado atrás, porque al mirarla ya no sentía absolutamente nada.

Y no era porque siguiera atrapado en aquella oscuridad ni porque mantuviera el corazón blindado, sino porque amaba a otra mujer.

Mi corazón sí había vuelto a sentir y lo había hecho prácticamente desde el momento en que Taylor entró en mi vida, aunque hubiera tardado demasiado en reconocerlo.

Me quedé observando a Stacey durante unos segundos y algo en su expresión consiguió que una sospecha empezara a tomar forma en mi cabeza.

—¿Qué pasó en realidad? Te ha dado la patada, ¿verdad?

—No sé de qué me hablas —respondió mientras apartaba la mirada.

Solo necesité aquel gesto para obtener mi respuesta.

—¿No? Déjame adivinar. El tío con el que te largaste te ha mandado a la mierda y ahora pretendes volver conmigo para recuperar la vida cómoda que tenías. ¿Me equivoco?

—Dominic… No, eso no…

Ni siquiera consiguió terminar la frase y continuó sin mirarme a la cara, así que no necesité escuchar nada más para entender que había acertado. Solté una carcajada y aquello consiguió que levantara por fin la cabeza.

—No solo me engañaste, sino que te importó una mierda cómo me quedé. Sabías que te quería y aun así te dio igual. Y ahora que te han hecho exactamente lo mismo que tú me hiciste a mí, pretendes volver conmigo. Pues entérate bien: eso no va a pasar nunca.

—Dominic —dijo con tono enfadado al darse cuenta de que no iba a ceder.

No entendía qué demonios esperaba. ¿De verdad pensaba que podía regresar después de dos años, pedirme perdón y conseguir que la recibiera con los brazos abiertos como si nada hubiera ocurrido?

Me levanté de la silla. Ni siquiera había tocado la comida, pero me dio igual. En aquel momento, tanto la cena como Stacey podían irse juntas a la mierda.

—¿Dónde vas?

—A casa.

—Pero no puedes irte. Ni siquiera hemos cenado.

—Si sigo aquí sentado y pruebo un solo bocado, se me va a indigestar escuchándote decir una mentira detrás de otra.

—No son mentiras. De verdad que te quiero —insistió sin mirarme directamente.

—Pero yo a ti no. Dejé de hacerlo hace mucho tiempo.

—Podemos arreglarlo. Iré contigo a casa y en nada volverás a quererme, lo sé.

Solté otra carcajada.

—¿A mi casa? Ni en tus mejores sueños vas a volver a entrar allí. Y tampoco voy a volver a quererte.

—¿Por qué? —preguntó enfadada mientras apretaba los puños.

—Porque mi corazón es de otra mujer.

—¿¡Qué!? Eso no es posible.

—Sí lo es. La amo más que a mi vida y, si después del numerito de hoy todavía quiere seguir conmigo, pienso pasar el resto de la mía a su lado.

—¡Ella nunca te querrá como yo!

—Y gracias a Dios por eso. Ella me quiere como tú nunca lo hiciste. No solo me quiere más, también me quiere mejor, exactamente igual que yo a ella.

Me di la vuelta para marcharme. Stacey me llamó, gritó mi nombre e intentó conseguir una atención que, sinceramente, ya no se merecía, pero no me giré. Salí del restaurante y, al cerrar la puerta tras de mí, sentí que también cerraba definitivamente aquella parte de mi vida.