La oscuridad de Dominic Capítulo 29
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Capítulo 29

Después del impacto inicial, el ambiente pareció relajarse, al menos en apariencia.

Todos pensamos que Stacey solo había ido a casa de mi hermano para conocer al bebé y que, una vez lo hiciera y charlara un rato con su hermana, se marcharía.

Nos equivocamos.

Se acomodó en el sofá y, como siempre había sido habitual en ella, no tardó en monopolizar la conversación hasta conseguir que los demás prácticamente nos limitáramos a escucharla.

Nos contó que había regresado a Nueva York tres días antes y que desde entonces había estado ocupadísima buscando un apartamento en el que instalarse, aunque de momento se alojaba en un hotel.

La noticia nos sorprendió a todos porque ninguno esperaba que volviera.

Se había marchado dos años atrás con otro hombre del que se suponía que estaba muy enamorada para empezar una nueva vida y, desde entonces, aparte de Katy, con quien, por lo que sabía, hablaba muy de vez en cuando por teléfono, ninguno habíamos vuelto a tener noticias suyas.

No lo dijo abiertamente, pero por algunos comentarios dejó bastante claro que había regresado sola. Todos dimos por hecho que ya no estaba con el hombre por el que se había marchado y que aquella ruptura sería seguramente el motivo de su vuelta.

—Es tarde y no sé vosotros, pero yo tengo hambre. Esto de ser madre desgasta mucho —dijo Katy mientras se levantaba.

—Estoy de acuerdo. Yo también tengo hambre —añadió Joanne, que con tal de dejar de escuchar a Stacey habría aceptado cualquier excusa.

—Pues vamos a poner la mesa y preparar todo —propuso mi madre poniéndose también en pie.

—Poned un plato más. Yo, por supuesto, me quedo.

Las palabras de Stacey consiguieron que todos reaccionáramos prácticamente al mismo tiempo.

Joanne frunció tanto el ceño que casi se le juntaron las dos cejas. Derek apretó la mandíbula todavía más de lo que ya lo había hecho durante toda la conversación y mi madre negó discretamente con la cabeza.

Katy fue la única que respondió.

—Claro, quédate.

Sonrió al decirlo, aunque se notó perfectamente que lo hacía por compromiso. Al fin y al cabo, Stacey era su hermana y resultaba difícil imaginar que fuera a echarla de allí después de aparecer para conocer a su sobrino.

Y Taylor…

A ella se la veía realmente incómoda con la situación.

La había sorprendido mirando de reojo hacia la puerta de salida al menos tres veces, como si estuviera planteándose si debía marcharse.

Supuse que, si no lo hacía, no era precisamente por falta de ganas, sino porque no quería incomodar todavía más a mi hermano ni a Katy.

Todos empezamos a levantarnos para ir al jardín, donde íbamos a comer, pero justo antes de salir del salón sentí una mano agarrándome del brazo y obligándome a detenerme.

—Dominic, espera.

Bajé la mirada hacia los dedos que rodeaban mi brazo y después la levanté hasta encontrarme con el rostro de Stacey.

—¿Qué quieres?

—Quiero que hablemos.

—Ya hemos estado hablando.

—No. Eso eran cosas sin importancia.

Alcé una ceja, sorprendido. Si hablar de su sobrino, de cómo estaba su hermana y de su regreso a Nueva York eran asuntos sin importancia, no tenía ni idea de qué podía considerar ella realmente importante.

—¿Y qué es lo que sí la tiene?

—Quiero que hablemos de nosotros.

—Entre tú y yo no hay ningún nosotros y tú misma te encargaste de que fuera así.

—Dominic… Hay muchas cosas que no sabes.

—Sé lo que pasó. Sé que te fuiste y sé que me dejaste. Creo que con eso sé más que suficiente.

—De verdad quiero que hablemos. Por favor.

La última frase la dijo con los ojos aguados y aquello dejó de sonar a una petición para convertirse claramente en un ruego.

Verla así consiguió removerme algo por dentro. Que volver a encontrarme con ella después de tanto tiempo me había impactado era evidente y que, pese a todo lo ocurrido, su presencia me provocaba sentimientos encontrados también lo era. Quizá por eso no fui capaz de negarme.

—Está bien, pero no aquí ni ahora. Este no es el momento ni el lugar.

—Estoy de acuerdo —respondió mientras daba un paso más hacia mí.

Por segunda vez desde que había llegado, volvió a hacer algo que no vi venir: me rodeó con los brazos y, en aquella ocasión, se pegó a mi cuerpo incluso más que antes.

Esta vez sí le devolví el abrazo, aunque no habría sabido explicar por qué. Quizá necesitaba comprobar cómo reaccionaban mi cuerpo y mi cabeza al tenerla otra vez tan cerca, quizá fue porque me di cuenta de que no estaba bien o tal vez simplemente me salió hacerlo en aquel momento.

—Dominic, te he echado de menos. No te imaginas cuánto.

No supe qué contestar. Durante mucho tiempo yo también la había echado muchísimo de menos, pero desde que mi vida había empezado a cambiar, Stacey había dejado de ocupar mis pensamientos porque otra mujer se había adueñado de prácticamente todos ellos.

Un carraspeo a nuestra espalda consiguió que nos separáramos y, cuando giré la cabeza, algo se me encogió en el estómago al descubrir que Taylor estaba allí.

Busqué su mirada, intentando averiguar qué podía estar pensando después de encontrarnos de aquella manera. Era cierto que no habíamos hecho nada malo, pero también sabía perfectamente que, si hubiera sido yo quien la hubiera visto abrazada así a su exmarido, no me habría sentado nada bien.

No conseguí saber qué estaba sintiendo porque Taylor mantenía la cabeza alta, pero tenía los ojos clavados en el suelo, como si se negara a mirar directamente lo que tenía delante.

—¿Qué quieres? Estábamos hablando —preguntó Stacey con un tono aparentemente amable que no consiguió esconder lo poco que le había gustado que nos interrumpiera.

La mirada fulminante que le dedicó terminó de confirmarlo y, aunque debería haber dicho algo, cualquier cosa que rebajara la tensión o dejara clara mi postura, me había quedado tan cortado que fui incapaz de abrir la boca.

—Lo siento, no quería molestar. Lanna me ha pedido que viniera a avisaros. La comida ya está en la mesa y todos os están esperando.

—Pues porque esperen cinco minutos más no creo que se vaya a acabar el mundo, ¿no crees?

—No, desde luego que no. Podéis tomaros todo el tiempo que necesitéis —respondió Taylor con esa ironía suya que Stacey ni siquiera pareció detectar.

—Vamos a comer —intervine.

—Pero, Dominic, estábamos hablando —protestó.

—Como te he dicho, este no es el momento.

—Bien. Después, entonces. Podemos ir a cenar donde quieras o ir a casa y hablar allí sin que nadie nos interrumpa.

Mi cuerpo se tensó en cuanto pronunció aquellas palabras. No había dicho «a tu casa», sino «a casa», como si después de dos años todavía pudiera referirse de aquella manera al ático en el que habíamos vivido juntos.

Y no fui el único que se dio cuenta, porque Taylor también lo hizo. No dijo nada; se limitó a negar ligeramente con la cabeza antes de darse la vuelta y regresar al jardín, donde los demás nos esperaban.

La comida fue, con diferencia, una de las más incómodas a las que había asistido en toda mi vida.

Stacey llevó las riendas de la conversación prácticamente desde el principio y nos habló de cosas que había hecho durante aquellos dos años, de lugares que había visitado y de artistas que había conocido mientras trabajaba en la galería, pero no hizo ni una sola referencia al hombre por el que se había marchado.

Los demás interveníamos poco y yo fui quien más obligado se vio a hacerlo, porque para Stacey parecía que no existía nadie más en aquella mesa. Terminaba dirigiéndome casi todos sus comentarios, esperando que respondiera o que le preguntara algo a cambio.

Taylor apenas pronunció palabra. Estaba sentada junto a mi madre porque, por supuesto, Stacey había ocupado el sitio a mi lado después de pedirle, nada más salir al jardín, que se lo cediera.

Se limitó a picotear del plato porque comer, lo que se dice comer, apenas comió, y observaba a unos y a otros mientras su incomodidad parecía aumentar a cada minuto que pasaba.

Después llegaron el café y los dulces que había llevado mi madre y apenas habíamos empezado a tomarlos cuando Philip, pese a haber comido hacía poco más de una hora, comenzó a llorar con ganas.

—Vaya pulmones tiene —bromeó Joanne—. Este os sale cantante de ópera.

—Es agotador —reconoció Derek.

Tanto él como Katy mostraban en la cara las consecuencias de llevar varios días durmiendo bastante menos de lo habitual.

Mi cuñada cogió al bebé en brazos y empezó a acunarlo, pero ni siquiera después de varios intentos consiguió tranquilizarlo. Philip continuó llorando a pleno pulmón.

—Déjamelo, anda. Siéntate y descansa un poco —dijo Taylor.

Katy le dedicó una mirada cargada de agradecimiento antes de pasárselo, y Taylor se levantó con él en brazos para entrar en el salón.