Capítulo 28
Terminada la conversación sobre cómo había ido la vuelta a casa y lo felices que estaban, el tema cambió de rumbo y pasó a centrarse en la persona más importante de aquel salón.
Fue Taylor quien preguntó:
—¿Y cómo está el pequeño White?
A mi cuñada se la veía más feliz de lo que la había visto nunca, aunque en su rostro también se notaba ese cansancio inevitable de los primeros días después de que un bebé llega al mundo.
—Pues el pequeño White no puede negar que hace honor a su apellido. Creo que nos ha salido guerrero, como su padre y su tío, porque llora bastante más de lo que me esperaba.
—No podíamos esperar otra cosa. Desde pequeños estos dos han sido unos puñeteros —dijo Joanne, consiguiendo que todos nos echáramos a reír.
Como si quisiera darle la razón, Philip empezó a llorar y oímos a Katy y a mi hermano resoplar al mismo tiempo.
Taylor se sentó al lado de mi cuñada y extendió los brazos hacia ella.
—¿Me lo dejas? Intentaré calmarlo para que descanses un poco.
—Todo tuyo. Si lo consigues, te juro que te hago un monumento, porque cuando empieza no hay quien lo pare.
Taylor lo cogió en brazos, pero en lugar de quedarse sentada, se levantó y empezó a caminar despacio por el salón, balanceándolo con suavidad mientras le susurraba una melodía tan bajita que ninguno de nosotros conseguía entender la letra.
Me quedé mirándola como hipnotizado. Era incapaz de apartar los ojos de ella y seguía cada uno de sus movimientos mientras paseaba con el niño entre los brazos.
Joanne, que estaba sentada a mi lado o, mejor dicho, yo al suyo porque había sido allí donde me acomodé al entrar, se inclinó hacia mí para hablar lo bastante bajo como para que solo pudiera oírla yo.
—Te lo dije.
—¿El qué? —pregunté sin apartar la mirada de Taylor.
—Yo tenía razón.
—No sé de qué hablas —respondí haciéndome el tonto, aunque sabía perfectamente a qué se refería.
—Ella te está trayendo de vuelta. Te ha sacado de esa oscuridad en la que estabas metido y te ha devuelto la sonrisa.
—Antes también sonreía.
—Sí, claro. Sería mientras dormías, porque ninguno habíamos visto esa sonrisa que tienes ahora mismo mientras la miras.
—Sonrío porque tiene al niño en brazos —contesté girando por fin la cabeza hacia ella.
—Ya, claro. Lo que tú digas.
—Joanne, no empieces.
Philip había dejado de llorar, aunque Taylor seguía tarareando la misma canción, seguramente para conseguir que terminara de dormirse entre sus brazos.
—No estoy empezando nada. Solo digo la verdad.
—¿Y qué verdad es esa?
—Que ella es tu persona, Dominic. Ella sí —respondió, recalcando bien las dos últimas palabras.
Fui a contestarle, pero el sonido del timbre consiguió que las palabras murieran antes de salir de mi boca.
—¿Quién será? Si estamos todos aquí —preguntó Katy, frunciendo el ceño.
—A lo mejor es algún vecino —respondió mi madre encogiéndose de hombros.
—Voy a ver —añadió mi hermano mientras se levantaba con rapidez, seguramente para evitar que quien estuviera al otro lado volviera a llamar y terminara despertando al bebé, que en ese momento Taylor estaba devolviendo a los brazos de Katy.
Un par de minutos después, Derek regresó al salón, aunque la expresión de su rostro no tenía nada que ver con la que llevaba antes de marcharse.
Estaba serio, mucho más de lo que recordaba haberlo visto nunca, y en su mirada había preocupación, enfado y algo más que no fui capaz de identificar.
Tenía la mandíbula apretada y todo el cuerpo tenso, como si estuviera haciendo un esfuerzo enorme por mantener el control.
Me pregunté qué podía haber provocado semejante cambio y, sobre todo, quién era el responsable, pero la respuesta llegó sola cuando mi hermano se apartó ligeramente hacia un lado y dejó a la vista a la persona que había detrás de él.
En cuanto la vi, sentí que el corazón se me detenía durante un par de segundos y que el aire se quedaba atrapado en mis pulmones.
Nos miró a todos con una sonrisa, aunque sus ojos fueron directamente a buscar los míos y se quedaron enganchados a ellos de la misma manera en que los míos se habían quedado atrapados en los suyos.
Stacey.
No esperaba volver a verla y mucho menos encontrarla allí, precisamente en aquel momento.
Tener de repente delante a la mujer que formaba parte de todo aquello que intentaba dejar atrás consiguió que algo se me encogiera por dentro, sobre todo al pensar en las consecuencias que podía traer su regreso justo cuando empezaba a salir de la oscuridad a la que su abandono me había empujado.
—Hola, Dominic. Cuánto tiempo sin verte —dijo mientras se acercaba a mí.
Me levanté del sofá por pura inercia, arrastrado por un impulso que ni siquiera habría sabido explicar.
Lo siguiente que ocurrió no lo vi venir y, por las expresiones de los demás, ninguno de los que estábamos en aquel salón lo hizo.
Stacey llegó hasta mí y me abrazó con fuerza, pegando su cuerpo al mío y hundiendo el rostro en mi cuello.
El abrazo se alargó mucho más de lo que debería y yo me quedé completamente rígido, incapaz de levantar los brazos para corresponderle, aunque tampoco me aparté.
Permanecí inmóvil hasta que ella decidió separarse por iniciativa propia.
Y todavía no había terminado.
Antes de retroceder del todo, me dio dos besos tan cerca de la comisura de los labios que consiguió incomodarme todavía más. Después me dedicó una sonrisa que me puso nervioso, la misma que me había regalado durante años y cuyo significado, después de tanto tiempo, no fui capaz de interpretar.
Un carraspeo a nuestra espalda consiguió que reaccionáramos. Volví a sentarme en el sofá mientras Stacey se acercaba a mi madre para saludarla con la misma naturalidad con la que lo había hecho en el pasado.
Mi madre fue educada, pero nada más. Le devolvió el saludo sin mostrar alegría ni esbozar siquiera una sonrisa.
Con Joanne la cosa fue todavía más fría. Nunca se habían llevado especialmente bien y, después de todo lo ocurrido, estaba claro que aquello no iba a cambiar, así que se limitaron a intercambiar un asentimiento de cabeza.
Stacey terminó girándose hacia Katy, que la observaba con una mezcla de preocupación y desconcierto, como si estuviera haciéndose exactamente la misma pregunta que todos los demás: qué demonios hacía allí.
—Hermanita, enhorabuena —dijo mientras se inclinaba para darle un beso.
—¿Qué haces aquí, Stacey? No esperaba que vinieras.
Desde que me había sentado de nuevo en el sofá no había dejado de mirar a Taylor, que observaba a unos y a otros sin entender todavía qué estaba ocurriendo ni por qué aquella tensión se había instalado de repente en el salón, pesada y evidente, como si alguien la hubiera arrojado allí para dejarla flotando sobre todos nosotros.
En el instante en que Katy pronunció en voz alta el nombre de su hermana, vi cómo Taylor encajaba todas las piezas y comprendía quién era aquella mujer que acababa de aparecer y me había abrazado como si todavía tuviera algún derecho sobre mí.
Busqué entonces su mirada y no encontré enfado, sino comprensión y algo que se parecía demasiado al dolor. Taylor apartó los ojos enseguida, aunque no antes de dedicarme una sonrisa breve y claramente forzada.
—No podía dejar de venir. Quería conocer a mi sobrino —respondió Stacey.
—Bien —contestó Katy, esforzándose también por sonreír.
Stacey se giró entonces hacia Taylor y sentí que contenía el aliento.
La mujer de mi pasado y la de mi presente se miraban por primera vez.
—¿Y tú quién eres?
—Taylor Palmer —respondió mientras le tendía la mano.
—Stacey Sanders.
—Encantada.
—Lo mismo digo.
—Es una buena amiga —añadió Katy.
Stacey asintió, aunque perdió enseguida el interés en Taylor y volvió a centrarse en su hermana para hacerle las preguntas de rigor sobre el parto y cómo se encontraba.
—¿Qué cojones hace aquí? —me susurró Joanne con un tono visiblemente enfadado.
—¿Y crees que yo lo sé?
—Lo del niño es una excusa.
—¿Qué dices?
—Que está aquí por otra cosa. Me juego el Jo’s Hush y no lo pierdo.
—No lo creo. ¿Qué otro motivo podría tener?
—Dominic, he visto igual que tú cómo te ha mirado y el saludo que te ha dado ha estado completamente fuera de lugar. Así que no me jodas diciendo que no has notado que quiere algo.
—Ella podrá querer lo que le dé la gana. Otra cosa muy distinta es que lo consiga.
—Ya veremos. Solo espero, por tu bien, que no la dejes volver a entrar, porque entonces sí será tu perdición y esta vez perderás algo que te hará lanzarte de cabeza a esa oscuridad de la que tanto te ha costado empezar a salir.