Capítulo 27
Veinte minutos después entrábamos a paso ligero por la puerta del hospital. Taylor fue quien preguntó en el mostrador de la entrada dónde estaba Katy y, apenas cinco minutos más tarde, llegamos hasta la sala de espera que nos habían indicado.
Allí estaba Derek, más nervioso de lo que lo había visto en toda mi vida, caminando de un lado a otro y pasándose una mano por el pelo sin parar.
—¿Derek? ¿Qué ocurre? —pregunté en cuanto lo vi en aquel estado.
—Algo no va bien, Dominic.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Taylor, cuya sonrisa había desaparecido por completo al verlo así.
—No lo sé. Todo parecía ir bien, pero de repente algo ha cambiado. Me han hecho salir y me han dicho que se la llevaban al quirófano. He oído algo de una cesárea de urgencia.
La desesperación en su voz era evidente y su rostro descompuesto dejaba bastante claro que no solo estaba preocupado, sino completamente aterrado ante la posibilidad de que pudiera ocurrirles algo a alguno de los dos.
—Ven —dijo Taylor mientras tiraba suavemente de su brazo—. Vamos a sentarnos. Ya verás como todo va a salir bien, están en buenas manos.
—No puedo perderla, Taylor. No puedo perderlos. Son mi vida entera —respondió desesperado, pasándose las manos por la cara mientras contenía las lágrimas.
—No vas a perderlos. Todo va a ir bien. Simplemente, tu hijo es un White y ha decidido empezar a dar guerra desde el minuto uno. Si no fuera así, entonces sí que tendríamos motivos para preocuparnos.
La broma consiguió que mi hermano se relajara un poco. No demasiado, pero lo suficiente para hacerle caso y sentarse en una de las sillas. Taylor ocupó el asiento de su lado y yo me senté junto a ella.
Fui incapaz de decir nada.
Taylor, que parecía conocerme cada vez mejor, debió de comprender perfectamente en qué estado me encontraba e hizo justo lo que necesitaba sin que yo tuviera que pedírselo.
Se quedó en silencio, alargó la mano hasta buscar la mía y entrelazó sus dedos con los míos antes de apretarlos suavemente, transmitiéndome sin palabras que estaba allí.
Los minutos fueron pasando sin que supiera decir cuántos, aunque se hicieron lentos y pesados. Los tres permanecimos sentados, cada uno perdido en sus propios pensamientos, hasta que la puerta de la sala de espera se abrió y apareció una enfermera.
Nos levantamos prácticamente al mismo tiempo.
Ella sonrió y los tres, como si estuviéramos perfectamente sincronizados, soltamos de golpe el aire que ni siquiera sabíamos que estábamos conteniendo.
—Señor White.
—¿Sí? —preguntó Derek con ansiedad.
—Ya puede pasar a ver a su hijo.
—¿Están bien?
—Están perfectamente. Ha sido un pequeño susto que, por suerte, no ha tenido mayores consecuencias. Hemos llegado a tiempo y los dos están muy bien. Su mujer está cansada, como es lógico, y su hijo deseando conocerlo.
Derek cerró los ojos durante un instante y, cuando volvió a abrirlos, soltó una risa nerviosa.
—Gracias.
—Acompáñeme.
Asintió, aunque antes de seguirla se giró hacia nosotros.
—¿No venís?
—No. Este momento es para vosotros —respondió Taylor—. Dentro de un rato entraremos.
Asentí, completamente de acuerdo con ella, y los dos, todavía cogidos de la mano, vimos cómo Derek se alejaba con prisas por el pasillo detrás de la enfermera.
Media hora después entramos en la habitación con cautela y en silencio.
Katy estaba tumbada en la cama y, aunque en su rostro se notaba el cansancio, quedaba completamente eclipsado por la enorme sonrisa con la que miraba el pequeño bulto que sostenía entre los brazos con todo el amor del mundo.
—Enhorabuena, mamá —dijo Taylor mientras se acercaba para besarla en la mejilla.
Katy giró un poco al bebé para que pudiera verlo y, en cuanto Taylor lo hizo, tuvo que contener la risa.
—¿Qué pasa? —preguntó Katy, frunciendo ligeramente el ceño.
—Es increíble. Lo has llevado nueve meses dentro y no tiene ni un solo rasgo tuyo. Es un calco exacto de Derek.
—Lo sé, es frustrante —contestó Katy con un pequeño gimoteo que consiguió hacernos reír a todos.
—Eh, yo no tengo la culpa de ser tan guapo —intervino Derek, hinchando el pecho como un pavo.
Su comentario provocó que volviéramos a reírnos y que su mujer pusiera los ojos en blanco.
—¿Quieres cogerlo? —preguntó Katy.
—Sí, por favor.
Le pasó el bebé a Taylor, que lo sostuvo con una naturalidad que me sorprendió, aunque todavía me sorprendió más la imagen que apareció de repente en mi cabeza y la extraña sensación que me recorrió todo el cuerpo al verla.
En aquella imagen, Taylor sostenía a un bebé unos años después y yo estaba a su lado, mirándola de la misma manera en que Derek había contemplado minutos antes a Katy y a Philip.
Sacudí ligeramente la cabeza para apartarla, sin saber de dónde había salido ni por qué había aparecido precisamente en aquel momento.
Aunque lo más desconcertante no fue verla, sino darme cuenta de que no me asustaba.
Lo que de verdad me asustó fue descubrir que una parte de mí deseaba que algún día aquella imagen pudiera hacerse realidad.
—Dominic.
—¿Qué?
—Toma, cógelo —dijo Taylor mientras se acercaba.
La miré con tal expresión de horror que soltó una risita.
—No, no, no. Ni hablar.
—¿No? ¿Por qué?
—No quiero hacerle daño. No sé cómo hacerlo.
—No vas a hacerle daño. Es tu sobrino, Dominic, y quiere conocerte.
—Ya me ve perfectamente desde tus brazos.
—Hermano, el bebé no muerde.
—Ya lo sé, idiota.
—¿Entonces cuál es el problema?
Me quedé mirando al niño, que parecía de lo más tranquilo entre los brazos de Taylor. Era tan pequeño y frágil que no tenía ni idea de cómo se suponía que debía manejar algo así.
—Me da miedo que se me caiga —terminé confesando.
—No se te va a caer. Abre los brazos —ordenó Taylor con ese tono autoritario que conocía demasiado bien.
Ni siquiera me dio tiempo a replicar. Cuando quise darme cuenta, tenía a mi sobrino entre los brazos, pegado contra mi pecho.
—No llora. Eso significa que acepta tus camisas negras.
—Muy graciosa.
—Te queda muy bien. Vas a ser un tío estupendo —susurró mientras me acariciaba el brazo.
—Haré lo que pueda.
—Y lo harás muy bien.
—Taylor…
—¿Dime?
Quise decirle muchas cosas. Quise pronunciar en aquel momento esas dos palabras que llevaba días sintiendo atascadas en la garganta y que todavía no me atrevía a decir en voz alta.
Pero una vez más me acojoné y fui incapaz de expresar nada de lo que realmente quería.
—Gracias por estar —dije para salir del paso, aunque también era cierto que se lo agradecía de verdad.
Taylor sonrió, me guiñó un ojo y volvió a centrar toda su atención en el bebé.
Habían pasado cuatro días desde que el pequeño Philip llegó a la vida de mi hermano y de Katy y, de alguna manera, también a la de todos nosotros, para recordarnos que, aunque la vida a veces te golpea con una dureza brutal, también es capaz de regalarte cosas maravillosas.
El día anterior habían dado el alta a Katy y al bebé, y ella y mi hermano nos habían pedido que fuéramos a su casa a comer para hacer la presentación oficial del niño a toda la familia a la vez.
Todos habíamos ido pasando por el hospital, pero lo habíamos hecho por turnos para no molestar demasiado.
Salí de la ducha con una toalla enroscada a la cintura y regresé al dormitorio, donde Taylor estaba frente al espejo terminando de abrocharse la blusa. Había estado conmigo bajo el agua, pero, como casi siempre, había salido antes mientras yo me quedaba unos minutos más.
Me acerqué por detrás, la rodeé con los brazos y le di un beso en el cuello que consiguió hacerla reír.
—Estás preciosa —susurré mientras la rodeaba por la cintura.
Y realmente lo estaba. Iba vestida de manera informal, aunque aquello daba exactamente igual, porque a Taylor todo le sentaba bien y, con ropa o sin ella, me parecía preciosa.
—Dominic, vamos a llegar tarde —contestó mientras intentaba escapar de mis brazos sin conseguirlo porque no se lo permití.
—Yo nunca llego tarde. Llego exactamente cuando tengo que llegar.
Soltó otra risa y me miró a través del espejo mientras negaba con la cabeza.
—Nos están esperando.
—Lo sé, pero Philip no va a salir corriendo.
Su carcajada llenó la habitación en la que habíamos pasado la noche después de salir a cenar. Como venía ocurriendo desde hacía días, me había quedado a dormir con ella.
Aquello se había convertido en una rutina, una muy buena, hasta el punto de que, sin necesidad de hablarlo ni decidirlo expresamente, yo ya había dejado varias prendas en su armario y Taylor había hecho lo mismo en el mío para tener ropa disponible cuando amaneciéramos en casa del otro.
—Estaría bueno que saliera corriendo. Solo tiene unos días.
—Lo mismo quiere ir a ver el árbol que le ha regalado su tío.
—Claro, para tumbarse debajo a leer un libro.
Me encogí de hombros.
—O para echarse una siesta. Dicen que los bebés duermen mucho.
—Estás loco.
—Por ti. Tú sí que me vuelves loco —respondí mientras la giraba rápidamente para tenerla de frente y buscar sus labios.
Durante la siguiente media hora apenas hubo palabras entre nosotros. Solo besos, caricias, jadeos y toda aquella intensidad que siempre aparecía cuando dejábamos de intentar contenernos.
Al final llegamos apenas diez minutos tarde a casa de mi hermano, aunque aquel retraso había merecido muchísimo la pena.
Derek fue quien nos abrió la puerta y, con aquella sonrisa de oreja a oreja que no se le borraba desde que había nacido Philip, nos hizo pasar directamente al salón, donde ya estaban todos.
Katy estaba sentada en uno de los sofás con Philip en brazos. En el de enfrente estaban mi madre, que miraba a su nieto con auténtica adoración, y Joanne, que nunca faltaba a ninguna reunión familiar porque desde hacía años todos la considerábamos una más de la familia.
Taylor y yo nos acercamos a saludarlas con un abrazo y un beso y, después, hicimos lo mismo con Katy antes de empezar a hablar sobre cómo estaban llevando los primeros días en casa con el bebé.