Capítulo 26
Lo primero que hice nada más abrir los ojos aquella mañana fue sonreír. Me salió de forma instintiva, como me ocurría bastante a menudo últimamente y, sobre todo, en momentos como aquel.
Notaba el peso del cuerpo de Taylor sobre el mío y el calor que desprendía, uno que lejos de molestarme me gustaba y al que cada día me acostumbraba más. También sentía su respiración tranquila rozándome el pecho, justo donde tenía apoyada la cabeza.
No me moví porque no quería despertarla. Prefería disfrutar unos minutos más de aquel momento, de tenerla entre mis brazos y sentirla completamente relajada contra mí.
Bajé la mirada para observarla y no pude evitar que la sonrisa se me ampliara.
Era increíble verla dormir. Permanecía quieta, relajada y, sobre todo, en silencio, algo bastante complicado de conseguir tratándose de Taylor.
Cuando estaba despierta era habladora, inquieta y una auténtica guerrera que no dejaba de darme caña, exactamente igual que había hecho desde el primer minuto en que nos conocimos.
Tenía la cabeza apoyada sobre mi pecho, porque así era como le gustaba dormir, pegada a mí, y yo estaba encantado de que fuera de esa manera. Sus brazos me rodeaban el abdomen y aquel pelo rojo que tanto me gustaba se extendía desordenado por parte de mi hombro y de la cama.
Respiré hondo y cerré los ojos durante unos segundos para pensar en cómo habíamos acabado en aquella situación, una que jamás habría imaginado vivir y en la que, desde que había llegado, me sentía demasiado a gusto.
Hacía dos semanas de aquella cena, o cita, como Taylor la había llamado y con lo que yo había terminado estando de acuerdo.
Aquella noche, mientras cenábamos, hablamos o, más bien, acabamos abriéndonos en canal y contándonos el desastre que cada uno arrastraba de su pasado.
Yo le hablé de Stacey y de nuestra historia, de cómo fueron aquellos años que para mí habían resultado perfectos y de la manera en que, de un día para otro, todo se derrumbó a mi alrededor como un castillo de naipes, dejándome con el corazón destrozado y llevándome a tomar la decisión de cerrarme por completo y vivir durante los años siguientes sumido en una oscuridad de la que me había negado a salir y que empezaba a desaparecer desde que Taylor había llegado a mi vida.
Ella, por su parte, me contó su historia con su marido, cómo había sido su vida a su lado y de qué manera terminó todo, obligándola a romper con lo que conocía y haciéndola perder muchas cosas por el camino.
Perdió a Scott, a su mejor amiga, Jenifer, que fue quien se quedó con él, y también su trabajo, hasta que meses después decidió marcharse de Boston y mudarse a Nueva York.
Hablar con ella fue mucho más fácil de lo que había esperado.
No tuve que fingir que estaba bien ni que aquello ya no dolía, y ella tampoco lo hizo conmigo.
Ninguno intentó esconder el dolor ni la decepción que todavía arrastraba por haber vivido una situación en la que la persona a la que queríamos no tuvo ningún reparo en darnos una patada y destrozar todo aquello que habíamos construido juntos.
Sentados en aquella mesa, cogidos de la mano, los dos comprendimos el dolor del otro y nos sentimos entendidos de una manera que quizá nadie más habría conseguido.
Lo que habíamos vivido no era exactamente igual, pero sí tenía suficientes similitudes como para que pudiéramos comprendernos mejor de lo que lo habíamos hecho hasta entonces.
Desde aquella cita, y después de conocer por fin nuestros respectivos pasados, algo entre nosotros empezó a cambiar.
Al salir del restaurante, donde estuvimos hablando hasta que nos dimos cuenta de que el dueño estaba a punto de cerrar, la llevé a casa.
No hizo falta que ninguno de los dos dijera nada. Cuando llegamos a su portal, bastó una mirada para saber que aquella noche todavía no había terminado y que los dos queríamos prolongarla un poco más.
Aunque al final no fue solo un rato.
Tuvimos sexo, por supuesto. Primero en el pasillo, porque fue el primer sitio en el que dejamos de contenernos nada más cruzar la puerta de su casa; después en la cama y, por último, en la ducha.
Taylor salió del baño antes que yo, como tantas otras veces, mientras me quedaba unos minutos más bajo el agua. Cuando llegué al dormitorio, ya estaba metida en la cama, dándome la espalda y tapada con la sábana, exactamente igual que en ocasiones anteriores.
Fue entonces cuando comprendí por fin por qué se giraba cada vez que yo empezaba a vestirme: no quería verme marchar.
Me quedé observándola durante unos segundos y, como siempre, me pidió que apagara la luz al salir. Fui hasta el interruptor y la apagué, sí, pero aquella vez no tenía intención de irme. Volví a la cama, levanté la sábana y me tumbé a su lado por primera vez.
No lo hice por obligación ni porque pensara que era lo que correspondía después de una noche tan intensa. Lo hice porque quería quedarme, porque necesitaba rodearla con mis brazos y dormir con mi cuerpo pegado al suyo.
Cuando Taylor notó que la abrazaba, no dijo una sola palabra; simplemente suspiró y se acurrucó todavía más contra mí.
Aquella fue la primera noche que dormimos juntos, pero no la última. Durante las dos semanas siguientes no volvimos a pasar ni una separados. Unas veces terminábamos en su casa y otras en la mía, pero todas acababan de la misma manera: durmiendo el uno entre los brazos del otro.
También habíamos salido a comer y a cenar, pasado horas hablando y, por supuesto, seguido trabajando juntos.
Las discusiones y las pullas continuaban formando parte de nuestro día a día; ella seguía mandando cuando le daba la gana y yo había descubierto que la mejor manera de callarla cuando se ponía demasiado intensa era besarla, aunque muchas veces aquello terminara haciéndonos perder la cabeza a los dos.
Nunca habíamos hablado de qué éramos ni habíamos sentido la necesidad de ponerle una etiqueta a lo que teníamos.
Tampoco habíamos hecho planes de futuro.
De alguna manera, aquella primera noche en la que decidí quedarme a dormir había marcado entre nosotros un acuerdo silencioso: dejarnos llevar y descubrir hasta dónde nos conducía aquello.
Y, por increíble que me pareciera, funcionaba. Los dos estábamos cómodos con lo que teníamos y todo marchaba demasiado bien como para estropearlo pensando en lo que podría salir mal. Si en algún momento la vida decidía ponernos otra piedra en el camino, ya tendríamos tiempo de enfrentarnos a ella.
Tampoco habíamos hablado de amor ni puesto en palabras lo que sentíamos el uno por el otro.
Si alguna vez llegaba el momento de hacerlo, las palabras aparecerían cuando tuvieran que hacerlo.
Al menos, eso quería creer, porque estaba bastante seguro de que ninguno de los dos se encontraba todavía preparado para reconocer que entre nosotros podía haber algo más y mucho menos para decirlo en voz alta.
Abrí los ojos al notar que Taylor se removía entre mis brazos y bajé la mirada justo cuando intentaba abrir los suyos sin demasiado éxito. Verla así, medio dormida y todavía acurrucada contra mí, hizo que mi sonrisa se ampliara.
Siempre me parecía preciosa, pero en momentos como aquel, cuando no había nada preparado ni calculado y todo resultaba tan cotidiano, me lo parecía todavía más.
—Buenos días —murmuró contra mi pecho con la voz aún adormilada.
—Despertarme así contigo hace que lo sean, desde luego —respondí mientras le acariciaba la espalda.
—No empiece a jugar con fuego, señor White, o puede que termine quemándose antes de tomarse el primer café de la mañana.
—El café está sobrevalorado —contesté mientras deslizaba una mano hasta una de sus nalgas y la apretaba con ganas.
Taylor ronroneó contra mi pecho mientras bajaba su propia mano y rodeaba mi miembro, que ya estaba completamente preparado para una primera ronda mañanera que parecía inevitable.
Empezó a acariciarme con calma mientras se incorporaba ligeramente para buscar mis labios.
—Creo que tienes razón —murmuró contra mi boca antes de morderme el labio.
—¿La señorita Palmer me está dando la razón?
—Sí. Creo que el café puede esperar o, mejor dicho, va a tener que hacerlo.
—Esto sí que merece una buena celebración. Es insólito que me des la razón y, encima, estés de acuerdo conmigo en algo.
Deslicé la otra mano hasta su pecho y pellizqué uno de sus pezones, arrancándole un jadeo que me hizo sonreír.
—No te acostumbres —respondió antes de atrapar mi boca con la suya.
El beso subió enseguida de intensidad mientras nuestras manos recorrían el cuerpo del otro, pero el sonido de mi teléfono consiguió que Taylor se separara de mis labios.
—Dominic, te llaman.
—Ignóralo —murmuré antes de llevarme uno de sus pezones a la boca y succionarlo.
La llamada se cortó, aunque apenas un minuto después el teléfono volvió a sonar.
—Dominic, deberías cogerlo. Han vuelto a llamar.
—No. No puede haber nada en el mundo que me impida hacerte mía ahora mismo, así que todo lo demás tendrá que esperar.
Taylor soltó una risita y apretó mi miembro con un poco más de fuerza, exactamente como sabía que me gustaba.
No había pasado ni un minuto cuando volvió a sonar un teléfono, aunque aquella vez no fue el mío, sino el de Taylor, que estaba sobre la otra mesilla.
Se separó de golpe y consiguió que frunciera el ceño.
—¿Qué haces?
—A mí no me llama nadie a estas horas. Algo pasa —respondió mientras se giraba en la cama para coger el teléfono y contestar.
Se lo llevó a la oreja y la observé mientras escuchaba a la persona que estaba al otro lado de la línea. Le pregunté con la mirada qué ocurría y ella me indicó, de la misma manera, que esperara.
—Sí, está conmigo.
Guardó silencio un par de segundos mientras escuchaba lo que le decían.
—Vale, enseguida vamos para allá.
Colgó y dejó el teléfono de nuevo en la mesilla a toda prisa antes de girarse hacia mí. En su expresión había diversión, alegría y algo más que no conseguí identificar.
—Creo que sí ha aparecido algo capaz de impedir que me hagas tuya, así que este saludo mañanero va a tener que posponerse —dijo mientras nos señalaba a los dos.
—¿Qué? ¿Por qué? —pregunté, completamente confundido.
—Porque tu sobrino ha decidido que este es un buen momento para venir al mundo.
—¿Qué? —repetí, intentando procesar sus palabras.
—Que Philip está a punto de nacer. Era Derek. Él y Katy ya están en el hospital.
—¡Joder! —exclamé mientras me levantaba de un salto de la cama.
Taylor se echó a reír al ver mi reacción, porque la velocidad con la que me puse en pie hizo que estuviera a punto de perder el equilibrio y, si mi pierna no hubiera chocado contra la cama, probablemente habría acabado de cabeza contra el suelo.
Ni siquiera pasamos por la ducha. Nos vestimos a toda prisa y salimos de casa esperando, o más bien rezando, que el tráfico nos diera una tregua y pudiéramos llegar al hospital cuanto antes.