Capítulo 25
Los días fueron pasando y las cosas empezaron a parecerse cada vez más a como habían sido antes de aquel fin de semana en el que Taylor perdió a su abuela y yo, después de llevarme la hostia de realidad que mi hermano ya me había advertido que acabaría recibiendo, me prometí intentar salir de aquella oscuridad en la que llevaba demasiado tiempo metido.
En la oficina también recuperamos el ritmo de siempre.
Taylor había vuelto a sonreír. No lo hacía con tanta frecuencia como antes, pero cada vez que la veía hacerlo, yo también sonreía para mis adentros y respiraba un poco más tranquilo al comprobar que estaba volviendo a ser ella.
También había empezado de nuevo a rebatirme todo aquello con lo que no estaba de acuerdo, a darme órdenes disfrazadas de consejos, a contradecirme simplemente porque sabía que conseguía ponerme de los nervios y a discutir conmigo por las cosas más absurdas.
Las pullas, los piques y esas miradas capaces de decir mucho más que cualquier palabra también habían regresado y, con cada día que pasaba, aparecían con mayor frecuencia.
Ella había vuelto a tratarme como siempre.
Yo, en cambio, caminaba a su alrededor como si avanzara sobre un camino de brasas, con cautela, midiendo cada palabra y pendiente en todo momento de sus reacciones. La miraba cuando creía que no se daba cuenta, la observaba trabajar y pensaba en ella incluso cuando la tenía delante.
Desde aquel fin de semana había empezado a verla de una manera diferente o quizá siempre lo había hecho y había sido demasiado cabezota para reconocérmelo a mí mismo, o demasiado cobarde para aceptar que aquello que resultaba evidente pudiera suceder, precisamente porque no quería que sucediera.
Ahora me sorprendía pensando a cada momento que quería saber más cosas de ella. Cosas importantes, por supuesto, pero también esas pequeñas tonterías que todos tenemos y que, por alguna razón, de repente me parecían fundamentales, como saber si prefería comer el arroz con cuchara o con tenedor.
Todavía no me había atrevido a preguntarle ninguna, aunque en mi cabeza había empezado a formarse una lista considerable de cuestiones que pensaba ir resolviendo poco a poco, porque quería conocerla de verdad.
Lo único que sí había cambiado por completo era que no habíamos vuelto a acostarnos juntos.
No porque yo estuviera enfadado ni porque hubiera dejado de desearla. Nada más lejos de la realidad, porque la deseaba más que nunca. Simplemente, ella no me había buscado y yo tampoco había dado el primer paso.
Supuse que Taylor no lo había hecho porque, después de verme en el club de Joanne, debía de haber interpretado que ya no quería seguir acostándome con ella. Nada más lejos de la realidad, pero como no me había permitido explicarle nada, no tenía forma de saberlo.
Yo, por mi parte, tampoco la había buscado porque quería darle espacio y esperar a que estuviera mejor.
Miré el reloj de mi muñeca y decidí que, por aquel día y por aquella semana, ya habíamos trabajado suficiente. Era viernes y, si todo salía como esperaba, no pensaba volver a pisar la oficina hasta el lunes.
Cerré la tapa del portátil, me levanté, me puse la americana, guardé el móvil y caminé hasta la puerta del despacho.
Cuando salí, tal y como había imaginado porque Taylor no había venido a avisarme de que se marchaba, la encontré sentada a su mesa, tecleando a toda velocidad frente al ordenador.
—Ya es hora de irse.
—¿Lo dices por ti o por mí?
—Por los dos. Esta semana hemos trabajado más de lo que muchos hacen en un mes, así que ya toca descansar.
—Pues si el jefe dice que hay que irse, no seré yo quien le lleve la contraria.
—Sería la primera vez que no lo hicieras.
—Lo sé, pero no te acostumbres.
Negué con la cabeza mientras me echaba a reír.
—Vaya… otra vez.
—¿Qué?
—Nada, nada.
—Taylor…
—Que no es nada, Dominic.
—Algo será.
Cerró la tapa del portátil y se levantó para recoger el abrigo del perchero.
—Solo estaba pensando que últimamente te ríes bastante a menudo.
—¿Hay algún problema con eso?
—Ninguno. Estoy intentando acostumbrarme poco a poco.
Cogió el bolso, se lo colgó al hombro y después agarró el teléfono que había dejado encima de la mesa.
—Ya estoy. Cuando quieras, nos vamos.
—Sí —contesté, aunque no me moví.
Me quedé mirándola en silencio, no porque no supiera qué decir, porque lo tenía perfectamente claro, sino porque, joder, hasta estaba nervioso.
—Dominic.
—Eh… ¿sí?
—¿Qué pasa?
—Nada.
—No me digas que nada. Me estás mirando de una manera un poco rara.
—Lo sé.
—¿Qué clase de respuesta es esa?
Respiré hondo y terminé soltándolo sin darle más vueltas.
—¿Quieres que vayamos a cenar?
Taylor levantó ambas cejas, visiblemente sorprendida.
—¿Perdona?
—Que si quieres cenar conmigo.
Sonrió de medio lado.
—Dominic White…
—¿Qué?
—¿Me estás invitando a cenar?
—Sí —respondí con seguridad.
—En tu casa, supongo.
—No.
—¿No?
—En un restaurante.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Me estás pidiendo una cita?
Me eché a reír de nuevo y ella abrió todavía más los ojos, si es que aquello era posible.
—Sí, supongo que sí. Pero si no quieres, lo entenderé.
—Por supuesto que quiero. Esto es un hecho histórico y no pienso perdérmelo por nada del mundo.
—Bien, pues vámonos —dije mientras le hacía un gesto con la cabeza—. Y Taylor…
—Dime.
—Aparte de cenar, quiero que hablemos.
—¿De qué?
—De muchas cosas, pero, sobre todo, quiero contarte qué pasó. Quiero que sepas por qué había, o quizá todavía hay, tanta oscuridad en mí.
—Dominic, no tienes que hacerlo si no quieres.
—Pero es que sí quiero. Tenías razón, necesito hablar de ello y sé que contigo será fácil.
—Está bien. Entonces yo también te contaré por qué me fui de Boston. Creo que es lo justo.
—Trato hecho —respondí sonriendo mientras le cedía el paso para entrar en el ascensor.
Entramos en el ascensor y, cuando las puertas se cerraron, ninguno de los dos dijo nada durante unos segundos. Carraspeé y Taylor se giró hacia mí, quedando lo bastante cerca como para mirarme directamente a los ojos.
—Te echo de menos —susurré.
No sonrió, tampoco hizo ninguna broma ni me soltó una de sus pullas habituales. Se limitó a sostenerme la mirada con mayor intensidad.
—Yo a ti también —respondió en el mismo tono.
Di un paso para acercarme del todo y Taylor no retrocedió, sino que mantuvo la mirada fija en la mía hasta que los dos nos inclinamos al mismo tiempo y el beso surgió sin necesidad de decidirlo.
No tuvo nada que ver con ninguno de los que nos habíamos dado antes. No hubo prisas, desafío, rabia ni enfado, tampoco esa necesidad constante de demostrar cuál de los dos tenía el control o era capaz de desarmar primero al otro.
Fue un beso lento y tierno, como si después de tantos días necesitáramos comprobar que seguíamos siendo los mismos y, al mismo tiempo, aceptar que todo lo ocurrido nos había cambiado un poco sin romper aquello que nos hacía encajar.
La sujeté con suavidad por la cintura mientras Taylor apoyaba las manos sobre mi pecho y, cuando nos separamos para recuperar el aliento, ninguno de los dos se alejó. Apoyé la frente contra la suya y cerré los ojos durante unos segundos.
—No quiero seguir. No quiero que esto pase aquí y ahora.
Taylor respiró contra mi boca.
—¿Por qué?
—Porque si sigo besándote no voy a ser capaz de controlarme. Tengo demasiadas ganas de ti.
—¿Y qué pasa si no quiero que te controles? —preguntó mientras reducía los pocos centímetros que nos separaban.
Abrí los ojos y respiré hondo.
—Taylor…
—¿Qué?
—No me lo pongas más difícil. No te imaginas el esfuerzo que estoy haciendo para no hacerte mía ahora mismo.
Bajó las manos de mi pecho y retrocedió, aunque no para alejarse de mí, sino para alcanzar el botón de parada del ascensor y pulsarlo, dejándome completamente inmóvil ante su arranque.
—Señor White, creo que ya no tienes escapatoria. Quiero que me hagas tuya aquí y ahora.
Sentí cómo se aceleraba mi respiración y cómo mi cuerpo reaccionaba al instante ante la certeza de lo que estaba a punto de ocurrir en aquel ascensor, así que no dudé ni un segundo.
Alargué la mano, la agarré del brazo y tiré de ella hasta pegarla de nuevo contra mí para besarla, esta vez con toda la pasión que había intentado contener unos segundos antes.
Taylor dejó caer el bolso al suelo y, poco después, su abrigo siguió el mismo camino. Mi americana y mi camisa fueron las siguientes, después las suyas y la blusa, mientras nuestras manos se movían con la misma urgencia con la que nos buscábamos la boca.
Las de Taylor bajaron hasta mi pantalón y lo desabrocharon con prisas, mientras las mías se deslizaron hasta su falda para subírsela a la cintura. En cuanto mi erección quedó libre, empezó a acariciarme con la mano y yo aparté su tanga para comprobar lo mojada que estaba.
Sentirla así despertó en mí una necesidad inmediata de probarla.
Durante todos aquellos días había echado de menos su sabor, ese que para mí era el más delicioso del mundo, así que le aparté la mano, me arrodillé frente a ella y terminé quitándole el tanga para dejarlo sobre el montón de ropa que se había ido formando en el suelo.
Levanté una de sus piernas y la apoyé sobre mi hombro antes de acercarme a ella sin esperar un segundo más. Taylor soltó un jadeo al sentirme y yo continué, recreándome en cada reacción de su cuerpo mientras su respiración se volvía cada vez más irregular.
No tardé en notar que estaba cerca, así que mantuve el ritmo hasta que se estremeció por completo y alcanzó el orgasmo. Solo entonces me incorporé y fui directamente a buscar su boca para besarla.
La agarré por el trasero y la levanté, y Taylor, como si supiera exactamente qué hacer sin que yo tuviera que pedírselo, me rodeó la cintura con las piernas. Entre nosotros nunca habían hecho falta demasiadas palabras y aquella vez tampoco fue diferente.
La acerqué todavía más a mí y entré en ella despacio, disfrutando de aquel reencuentro después de tantos días, mientras los dos jadeábamos al mismo tiempo contra la boca del otro.
Aquel encuentro no se parecía en nada a los anteriores. Siempre habíamos ido demasiado rápido, con fuerza y de una manera casi salvaje, pero esa vez necesitaba hacerlo de otra forma, sentirla sin prisas y disfrutar de cada segundo.
Me moví con calma al principio, entrando y saliendo lentamente mientras ninguno de los dos apartaba la mirada, hasta que nuestras respiraciones comenzaron a acelerarse y supe que ambos necesitábamos más.
Solo entonces aumenté el ritmo y la intensidad, dejándome llevar por todo lo que habíamos contenido durante aquellos días, hasta que terminamos alcanzando juntos el clímax.