Capítulo 24
Sentí como si el aire dejara de llegarme a los pulmones y acabaran de asestarme un golpe en pleno pecho. Tardé unos segundos en reaccionar y recuperar la voz.
—¿Qué?
—Mi abuela murió el viernes en la residencia. Sufrió un derrame cerebral. He ido a Boston para enterrarla y despedirme de ella.
Di un paso atrás para mirarla mejor y busqué sus ojos. Cuando los encontré, comprendí de inmediato que me estaba diciendo la verdad. No había rabia, enfado ni reproche hacia mí, solo dolor. El dolor de la pérdida.
Y era tan evidente que me sentí todavía peor por no haber sido capaz de verlo antes. Había estado ahí todo el tiempo, delante de mí, pero mi propio enfado me había impedido reconocerlo. De repente, todas las piezas de lo ocurrido durante el fin de semana encajaron y algo se me removió por dentro.
Taylor suspiró antes de continuar, aunque su voz ya no sonó igual. Estaba más apagada, más quebrada.
—Derek me dejó su coche el viernes por la noche y conduje hasta Boston. El sábado estuve todo el día en el tanatorio, sin salir de allí para nada, y ayer domingo fue el entierro.
Ella siguió hablando mientras yo me limitaba a escucharla, incapaz de pronunciar una sola palabra.
—Cuando terminó el entierro, fui a la residencia a recoger sus cosas y a solucionar todos los papeles que quedaban pendientes.
He salido de Boston de madrugada y, como puedes ver —añadió señalando su ropa—, ni siquiera he pasado por casa para cambiarme.
He venido directamente para intentar llegar aquí lo antes posible.
Bajé la mirada hacia su ropa y entonces me di cuenta de que tenía razón en todo. Llevaba exactamente lo mismo que le había visto puesto en el club de Joanne el viernes por la noche.
Joder, comprobarlo mientras la veía con el pelo recogido sin ningún cuidado y aquel cansancio evidente sobre los hombros hizo que se me revolviera todo por dentro.
Había pensado lo peor de ella, la había juzgado y me había comportado de una manera tremendamente injusta basándome únicamente en mis propias suposiciones.
—Así que, si no te importa, te pediría por favor que hoy dejáramos las discusiones de lado. Llevo dos días sin dormir ni una sola hora, apenas he comido, estoy molida de conducir y hace solo unas horas que me he quedado completamente sola porque he perdido a la única persona que me quedaba.
Aquella última frase me atravesó de lleno. Taylor pensaba que se había quedado sola.
—Dominic.
Parpadeé al escucharla llamarme y asentí para hacerle saber que seguía prestándole atención.
—Ve al despacho, por favor. Ahora voy y repasamos la agenda. Sé que vamos un poco tarde, pero todo saldrá adelante igual que todos los días. Estos minutos no van a retrasar nada.
Agachó la cabeza, volvió a suspirar y alargó la mano para coger la tableta antes de empezar a caminar hacia mi despacho.
—Taylor…
—Déjalo, ¿vale? —me interrumpió mientras negaba con la cabeza—. No quiero seguir con esto, de verdad. No quiero discutir.
Entró en el despacho y yo me quedé unos segundos fuera, intentando asimilar todo lo que acababa de ocurrir. No lo conseguí. Lo único que tuve claro fue que había sido tremendamente injusto y que me había comportado como un auténtico cabrón.
Cuando entré, Taylor ya estaba sentada en la silla frente a mi escritorio. Rodeé la mesa y ocupé mi sitio mientras ella movía los dedos rápidamente por la tableta, seguramente buscando todo aquello que quería explicarme.
Me quedé observándola y entonces vi detalles en los que antes no había reparado.
Tenía los ojos rojos e hinchados, seguramente de haber pasado horas llorando, la piel más apagada de lo habitual y unas ojeras marcadas que nunca le había visto. Parecía tan agotada que no pude evitar preguntarme de dónde sacaba las fuerzas necesarias para seguir en pie.
Fue entonces cuando recordé una frase de mi hermano, esa que en su momento no había entendido o, más bien, no había querido entender.