Capítulo 23
El fin de semana pasó lento, demasiado lento.
El viernes por la noche llegué a casa después de marcharme del club de Joanne bastante más confundido y frustrado de lo que había salido dos horas antes.
Intenté descargar toda aquella tensión corriendo, pero no funcionó, y tampoco lo consiguió una ducha interminable que duró tantos minutos que ni siquiera habría sabido decir cuántos, porque seguía sintiendo cada músculo del cuerpo agarrotado.
Aquella noche apenas pegué ojo. Por mi cabeza desfilaron una y otra vez todas las imágenes de lo ocurrido en el club: la conversación con Jo, la mirada cargada de tristeza y comprensión que me dedicó Taylor acompañada de aquella sonrisa forzada, la forma en que se marchó a toda prisa con Katy y el rostro más serio de lo que se lo había visto nunca.
También volví una y otra vez a la conversación posterior con mi hermano, que acabó diciéndome prácticamente lo mismo que Joanne, aunque con otras palabras, y a la frustración con la que había salido del club al descubrir que, pese a haber ido allí con una decisión tomada y una idea muy clara de lo que pretendía hacer, había sido incapaz de llevarla a cabo.
Sin embargo, mi enfado aumentó todavía más el sábado por la mañana.
Siempre iba a la empresa los sábados para preparar alguna cosa de la semana siguiente o rematar asuntos que hubieran quedado pendientes. Desde que Taylor había empezado a trabajar como mi secretaria, y aunque su horario era de lunes a viernes, todos los sábados había aparecido para ayudarme.
Durante dos meses no había fallado ni una sola vez, hasta aquel sábado.
No se presentó y tampoco recibí ningún mensaje ni ninguna llamada suya. Era cierto que no tenía obligación de ir ni de avisarme de que no pensaba hacerlo, pero su ausencia consiguió convencerme de que yo había tenido razón la noche anterior.
Terminé dando por hecho que aquello no era una casualidad. No había ido porque se había marchado enfadada del club al verme allí y comprender cuáles eran mis intenciones, aunque en aquel momento hubiera intentado disimularlo.
Su actitud me parecía una manera bastante evidente de demostrar que estaba molesta y de hacerme pagar lo ocurrido faltando aquel sábado, cuando había ido todos los anteriores. Y si esperaba de mí una reacción diferente al enfado, no iba a conseguir absolutamente nada.
Desde el principio habíamos dejado las cosas muy claras: nada de explicaciones, reproches, preguntas ni exigencias que implicaran tener que rendir cuentas al otro.
Según nuestro acuerdo, los dos éramos libres de hacer lo que nos diera la gana, así que no entendía por qué coño se estaba comportando de aquella manera.
El domingo tampoco mejoró mi humor. Seguí convencido de que Taylor estaba enfadada conmigo y, cuanto más pensaba en ello, más me molestaba que estuviera mezclando lo ocurrido en el club con nuestra relación laboral.
Por eso, el lunes por la mañana salí de casa con el cabreo todavía instalado en el cuerpo.
Giré en la siguiente calle, entré en el aparcamiento de la empresa, apagué el motor y bajé del coche, cerrando la puerta con bastante más fuerza de la necesaria.
Subí en el ascensor y, nada más salir en mi planta, la mirada se me fue directamente hacia la mesa de Taylor.
Fruncí el ceño al comprobar que estaba vacía porque había esperado encontrarla allí.
No tenía obligación de llegar antes que yo, pero desde que había empezado a trabajar conmigo no había habido un solo día en el que apareciera y ella no estuviera ya sentada en su sitio.
Siempre era la primera de los dos en llegar.
Todos y cada uno de aquellos días la había encontrado allí, con un café en la mano, el pelo rojo recogido en aquel moño bajo que siempre llevaba impecable, leyendo algún documento y con una réplica, una pulla o una contradicción preparada en la punta de la lengua para soltármela en cuanto me viera aparecer y quedarse tan ancha.
Aquella mañana, sin embargo, no estaba, y eso consiguió que mi enfado aumentara todavía más.
Perfecto, pensé mientras entraba en mi despacho dando grandes zancadas y apretando los puños.
No se había presentado el sábado y, encima, ahora llegaba tarde. Llevar las cosas hasta aquel extremo me parecía una actitud, como poco, infantil y desproporcionada.
Me quité el abrigo y lo colgué en el perchero mientras murmuraba entre dientes palabras que ni yo mismo entendía por el cabreo que llevaba encima.
Dejé el móvil sobre la mesa con bastante menos cuidado del habitual y decidí bajar a buscar a mi hermano para preguntarle si sabía si mi secretaria tenía intención de presentarse en algún momento o si iba a tener que volver a ocuparme yo de todo.
Salí del despacho y, justo entonces, vi a Taylor aparecer desde el ascensor prácticamente corriendo hacia su mesa.
Fruncí el ceño al verla, porque su aspecto tampoco se parecía en nada al habitual.
Llevaba el pelo recogido en una coleta alta de la que escapaban varios mechones por ambos lados, el abrigo colgado del brazo y el bolso sujeto de cualquier manera con una mano.
Pero lo que más me llamó la atención fue que no llevaba uno de los trajes que solía ponerse para trabajar, sino ropa informal y, además, bastante menos arreglada de lo habitual.
—Buenos días.
—Pues creo que no van a serlo —contesté de bastante malas maneras.
Se detuvo al escucharme y me miró.
—¿Perdona?
—Ya era hora de que llegaras, ¿no?
Respiró un par de veces mientras dejaba el abrigo y el bolso sobre la silla de cualquier manera.
—He venido lo más rápido que he podido.
—Pues no ha sido suficiente. Has llegado tarde de todas formas.
Cerró los ojos durante unos segundos y cogió aire lentamente por la nariz. Cuando volvió a abrirlos y lo soltó con más fuerza de la normal, comprendí que estaba haciendo un gran esfuerzo por contenerse.
—Dominic, hoy no tengo el día para discutir. Si te ha molestado que haya llegado tarde, lo siento, ¿vale? No volverá a pasar. Dame un minuto, cojo la tableta y podemos empezar a repasar la agenda.
Me crucé de brazos y la observé con dureza.
—Hoy llegas tarde y el sábado ni siquiera te dignaste a aparecer por aquí.
En cuanto escuchó mis palabras, vi cómo se le tensaba todo el cuerpo.
—Que yo sepa, mi contrato es de lunes a viernes. No pone en ningún sitio que tenga que venir los sábados.
—Y no lo pone, igual que yo nunca he dicho que tengas que hacerlo.
—Si otros sábados he venido, ha sido porque me ha dado la gana, pero si alguno decido no hacerlo, no creo que tenga que darte explicaciones ni avisarte del motivo.
Di un paso hacia ella, pero Taylor no retrocedió ni un centímetro.
—Te jodió, ¿verdad?
Su expresión se endureció de inmediato y en sus ojos apareció un enfado que unos segundos antes no estaba allí.
—¿Qué se supone que me jodió? —preguntó mientras se cruzaba de brazos.
—Te jodió verme el viernes en el club de Joanne. Por eso no viniste el sábado y por eso hoy has llegado tarde.
Negó lentamente con la cabeza.
—Si pretendes conseguir algo con esto, te aconsejo que lo dejes, porque te estás equivocando.
Vaya, otra más que se unía a Derek y Joanne para decirme exactamente lo mismo, pensé mientras mi enfado aumentaba un poco más.
—La que te estás equivocando eres tú.
—¿Ah, sí? ¿En qué se supone que me estoy equivocando?
—El primer día que follamos acordamos que no habría reproches ni explicaciones, que ninguno de los dos tendría que rendir cuentas al otro por lo que hiciera con su vida y que aquello no afectaría al trabajo.
Hice una pausa esperando una réplica, pero no llegó. Taylor permaneció en silencio, así que continué.
—Por eso no tengo que darte explicaciones ni a ti ni a nadie de por qué fui el viernes al club de Jo ni de para qué.
—A lo que fuiste allí lo teníamos todos bastante claro. Y yo no te he reprochado nada ni te he pedido ninguna explicación por haberlo hecho.
—¿Ah, no? Entonces, ¿qué coño estás haciendo? No necesitas decir nada, porque con tus gestos y tu comportamiento lo estás dejando bastante claro.
—¿De qué hablas?
—De cómo te marchaste a toda prisa del club enfadada, de que no viniste el sábado y de que, para rematarlo, hoy llegas tarde. ¿Qué pretendes conseguir con todo esto? Porque, si esperas algo de mí, ya puedes sentarte a esperar, porque de pie te vas a cansar.
—Dominic, te repito que te estás equivocando —respondió con evidente cansancio.
—¿Ah, sí? Pues explícame por qué cojones has montado este numerito.
Esperé que contestara de inmediato, como hacía siempre que discutíamos, pero aquella vez no ocurrió. Taylor soltó un suspiro y dio un paso atrás hasta apoyarse en el borde de la mesa, con los brazos cruzados.
—El sábado no vine porque no estaba en Nueva York. Estaba en Boston.
—¿En Boston?
—Sí.
—¿Y qué coño se te ha perdido a ti en Boston? ¿Qué pasa, que cuando las cosas no salen como esperas, te largas de una ciudad a otra? ¿O es que te entró tanta rabia que decidiste ir a buscar a alguno de tus antiguos amantes para tirártelo?
Una vez más consiguió sorprenderme con su reacción.
Esperé una pulla, una respuesta mordaz, incluso un grito, pero no hubo nada de eso. Solo suspiró y bajó la mirada.
—Mira, Dominic, no tendría que darte ninguna explicación sobre por qué fui a Boston porque, sinceramente, no creo que te importe lo más mínimo. Sé que te da igual lo que pase en mi vida. Eso es algo que tengo bastante claro desde el primer día.
Escucharla decir aquello no con rabia, sino con resignación, consiguió que algo se removiera dentro de mí.
—Sé que de mí solo te interesan dos cosas: que haga bien mi trabajo y que esté dispuesta a follar cuando a los dos nos apetezca.
Tragué saliva mientras ella cogía aire antes de continuar.
Joder, dolía escucharla decir aquello porque, aunque seguramente fuera lo que yo mismo le había hecho creer con mi comportamiento, no era del todo cierto.
No me interesaba únicamente follarla ni que me ayudara con los informes y llevara mi agenda, pero era imposible que Taylor pensara algo diferente teniendo en cuenta la forma en que yo mismo había establecido nuestra relación.
—Por una vez voy a hacer una excepción y voy a explicarte por qué fui a Boston, si es que quieres saberlo, claro.
No fui capaz de decir nada, así que me limité a asentir mientras Taylor me sostenía la mirada durante unos segundos antes de hablar.
—Mi abuela falleció el viernes.