Capítulo 22
Joanne me tocó el hombro y consiguió sacarme del trance en el que me había quedado al descubrir a Taylor allí. No por verla, sino porque sabía que, tarde o temprano, ella también acabaría reparando en mi presencia.
—Piensa bien las cosas antes de tomar una decisión precipitada, Dominic.
—No tengo nada que pensar. Ya lo tengo decidido.
—Bien —respondió mientras se bajaba del taburete—. Es una pena que sea así, pero supongo que necesitas darte la hostia tú solo para comprender las consecuencias de lo que estás a punto de hacer.
—No va a cambiar nada. Todo seguirá igual y volverá a ponerse en su sitio, como debe ser.
Joanne negó con la cabeza, claramente convencida de que estaba equivocado.
—En ese caso, espero que lo disfrutes. Voy a terminar unas cosas en el despacho. Ya nos veremos por aquí, porque supongo que a partir de hoy volverás a venir a menudo.
Se dio la vuelta y desapareció por el pasillo, dejándome solo con mi copa y unos pensamientos que no conseguía ordenar.
Me quedé unos segundos observando el fondo del vaso antes de darle otro trago, mientras una pregunta, quizá la más importante de todas, aparecía en mi cabeza.
¿Realmente quería volver a lo de antes? ¿De verdad quería recuperar aquella vida en la que casi todas las noches terminaba allí buscando a una mujer diferente?
La respuesta llegó demasiado rápido.
Quizá no fuera lo que realmente quería, pero sí lo que necesitaba.
Necesitaba volver a cerrarme por completo y frenar aquello que estaba empezando a sentir, porque ya no podía seguir engañándome.
No sabía exactamente qué era ni hasta dónde llegaba, pero algo estaba naciendo dentro de mí por Taylor y tenía que detenerlo en ese mismo instante.
Giré la cabeza de nuevo hacia la mesa donde estaba sentada la mujer que había conseguido poner mi vida patas arriba.
En ese momento, mi hermano levantó la vista y me vio. Frunció el ceño durante apenas un segundo, pero lo suficiente para que me diera cuenta, y después me saludó con un movimiento de cabeza que le devolví.
Katy fue la siguiente en reparar en mí. Sonrió ligeramente y también me saludó con un asentimiento.
Taylor, al ver el gesto de mi cuñada, siguió la dirección de su mirada hasta que nuestros ojos se encontraron.
Esperé descubrir sorpresa en los suyos, pero me quedé inmóvil al encontrar algo completamente distinto, algo que me golpeó directamente en el pecho.
No había reproche, enfado ni desprecio. Nada de eso.
Había muchas cosas en su mirada, pero la que más destacaba era la comprensión, como si supiera o incluso hubiera esperado que, tarde o temprano, yo volviera al club de Joanne para hacer precisamente lo que estaba a punto de hacer.
También distinguí otra emoción que intentó esconder, pero que no consiguió ocultarme del todo: un rastro de tristeza. Quizá no tuviera nada que ver conmigo, pero estaba allí.
Taylor forzó una sonrisa. Y sabía perfectamente que era forzada porque, después de aquellos dos meses, conocía de sobra todas las maneras que tenía de sonreír. Después asintió con la cabeza para saludarme, igual que habían hecho Derek y Katy.
Yo fui incapaz de apartar la mirada, pero ella sí lo hizo. Aunque quizá no porque quisiera, sino porque giró la cabeza hacia el lado del sofá donde tenía el bolso y comenzó a buscar algo en su interior.
—Hola.
La voz de una mujer que acababa de colocarse a mi lado consiguió romper el contacto visual.
—Hola —respondí con educación.
—Hacía tiempo que no coincidíamos —comentó con un tono que dejaba bastante claro todo lo que implicaban aquellas palabras.
—Sí.
Era una rubia con la que ya había estado un par de veces en un hotel. Una de las pocas mujeres con las que había repetido porque tenía las cosas claras y sabía exactamente lo que buscaba. Lo mismo que yo.
Era perfecta para lo que había ido a hacer aquella noche.
Empezamos a mantener una conversación banal mientras ambos terminábamos nuestras copas, aunque mi mirada regresó en varias ocasiones hacia la mesa donde estaba Taylor con mi familia. La última vez que lo hice, unos cinco minutos después, algo consiguió que frunciera el ceño.
Taylor se estaba poniendo el abrigo con bastante prisa y Katy hacía exactamente lo mismo. Ambas cogieron sus bolsos mientras Derek, que ya estaba de pie, las esperaba.
Las dos se dirigieron hacia la salida sin despedirse de nadie y, por supuesto, tampoco de mí. Mi hermano las siguió entre las mesas, aunque un hombre al que conocía perfectamente porque había estudiado con él en la universidad lo detuvo antes de llegar a la puerta para decirle algo.
No lo pensé. Me moví por puro impulso.
—Perdona un segundo, ahora vuelvo —le dije a la rubia antes de dejarla junto a la barra y dirigirme hacia mi hermano.
Derek ya había terminado de hablar con su conocido y había avanzado unos pasos hacia la salida, por donde Katy y Taylor ya habían desaparecido, cuando conseguí alcanzarlo.
—Derek.
—¿Qué? —preguntó mientras se giraba al notar mi mano sobre su brazo.
—¿Ya os vais?
—Es evidente que sí, Dominic.
Me fijé en su expresión y enseguida comprendí que algo había cambiado.
No solo estaba diferente respecto a unos minutos antes, cuando me había saludado desde la mesa, sino también respecto a su forma habitual de comportarse conmigo.
No sonreía, estaba demasiado serio y aquello hizo que pensara que quizá hubiera sucedido algo.
—¿Ha pasado algo? ¿Katy está bien? ¿Y el bebé?
—Están perfectamente.
—¿Entonces qué ocurre?
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque las he visto salir con mucha prisa y Taylor iba especialmente seria.
Derek me sostuvo la mirada durante unos segundos antes de negar lentamente con la cabeza.
—Tú has venido aquí a hacer lo que has venido a hacer, ¿no?
No respondí porque no hacía falta.
—Pues entonces sigue a lo tuyo, Dominic. No creo que lo que pase te importe demasiado.
Sus palabras no sonaron exactamente a reproche. Mi hermano nunca solía meterse en las decisiones que tomaba, pero aun así me molestaron porque fue así como las recibí.
—Pues no, sinceramente, ahora mismo me da igual.
Derek había empezado a caminar, pero se detuvo en seco al escucharme y volvió a mirarme.
—¿Estás seguro?
—Sí. Si se ha marchado enfadada porque me ha visto aquí, es problema suyo, no mío. Entre nosotros no hay nada y no tengo que darle explicaciones sobre lo que hago o dejo de hacer.
Derek apretó los dientes con fuerza.
—Te estás equivocando por completo, Dominic.
—No me estoy equivocando. Está bastante claro lo que ha pasado.
—No. No tienes ni idea.
—Sí.
—La estás cagando a lo grande.
Lo miré fijamente y me crucé de brazos, cada vez más cabreado. Parecía haberse puesto de acuerdo con Joanne para repetirme exactamente lo mismo y darme unas lecciones que no quería ni necesitaba escuchar.
—No estoy haciendo nada malo. Las reglas entre nosotros estaban bastante claras desde el principio.
—¿Sí?
—Sí. Solo diversión, nada de reproches ni explicaciones. Nunca hablamos de exclusividad, así que cada uno es libre de hacer lo que quiera.
Derek soltó una risa seca que no tenía absolutamente nada de divertida.
—Entonces, según tú, no debería molestarle verte aquí buscando a otra mujer para follar con ella, ¿no?
—Exactamente.
—Y si fuera al revés, tampoco te molestaría a ti.
Algo me golpeó en el pecho al imaginar a Taylor en la cama con otro hombre, o en cualquier otro sitio, aunque hice todo lo posible por impedir que mi hermano notara cuánto me había afectado aquella imagen.
—Claro que no. Ella puede hacer lo que quiera, igual que yo —mentí.
—Perfecto. Pues ya está todo dicho.
—Sí.
—Aunque te repito que te estás equivocando, y no solo por lo que has venido a hacer aquí esta noche. Pero tú mismo.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, confundido.
—Que quizá te sorprendas cuando empieces a darte cuenta de algunas cosas.
—No voy a sorprenderme de nada.
—Quizá sí cuando comprendas que Taylor no ha sido simplemente una mujer más con la que has pasado el rato para divertirte. De hecho, creo que siempre ha significado bastante más, aunque tú te empeñes en no verlo.
—Eso es mentira.
—Sabes que no.
—Sí, lo es. Ella no es nada para mí. Solo es mi secretaria y una mujer más con la que lo paso bien.
—No sabes de lo que estás hablando, Dominic. Te conozco desde siempre y te estás engañando a ti mismo.
—No.
—¿No? Pues perfecto, tú sigue así. Pero cuando te des cuenta de cómo son realmente las cosas, cuando te des la hostia del siglo y te arrepientas, no digas que no te lo advertí. No digas que no te avisé de que la estabas cagando, y mucho.
Apreté los puños con fuerza, intentando contener el cabreo que cada vez me costaba más disimular.
—Y ahora tú sigue a lo tuyo. Yo me voy porque tenemos prisa.
—¿Por qué tenéis prisa?
—Como me acabas de dejar bastante claro, no creo que te interese ni que te importe.
—Derek —advertí mientras apretaba los puños y los dientes al mismo tiempo.
—Si de verdad hubieras querido saber por qué han salido con tanta prisa y por qué Taylor iba tan seria, habrías ido detrás de ella. No estarías aquí hablando conmigo.
Me quedé callado porque, una vez más, mi hermano tenía razón.
Pero no había salido detrás de Taylor para preguntarle qué ocurría, no porque me diera igual si le pasaba algo, sino porque no quería enfrentarme a sus ojos. Si lo hacía, estaba completamente seguro de que no sería capaz de seguir adelante con los planes que había ido allí dispuesto a cumplir.
—Espero que lo pases bien, Dominic. Nos vemos el lunes.
Mi hermano no esperó a que respondiera o me despidiera. Se giró, recorrió a toda prisa la distancia que lo separaba de la puerta y salió del local, dejándome allí con un lío todavía mayor en la cabeza y varias preguntas para las que no tenía respuesta.
De todas ellas, había una que resonaba con más fuerza que las demás: qué podía haber ocurrido para que se marcharan de aquella manera.
Por mucho que mi hermano me hubiera dicho, estaba convencido de que Taylor se había cabreado al verme allí y comprender, porque resultaba bastante evidente, qué había ido a buscar.
Me pasé una mano por la cara con cansancio y regresé junto a la rubia, que continuaba esperándome en la barra. Cuando llegué a su lado, cogí mi copa y me bebí de un trago todo lo que quedaba.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
—¿Nos vamos? —preguntó mientras me devoraba con la mirada, seguramente imaginando lo bien que lo pasaríamos en cuanto llegáramos al hotel.
La observé detenidamente. Nadie podía negar que era una mujer espectacular: guapa, con un cuerpo de escándalo por el que cualquier hombre perdería la cabeza y con la que sabía perfectamente que podría disfrutar muchísimo en la cama, como ya había ocurrido las dos veces anteriores.
Sin embargo, al mirarla no sentí absolutamente nada. No tenía ganas de hacer nada con ella, tampoco me excitaba imaginar todo lo que podríamos hacer juntos y mucho menos me apetecía compartir un rato en la cama, ni con ella ni, en realidad, con ninguna otra mujer.
La idea que me había llevado hasta allí había perdido todo el sentido. Volví a mirar de reojo hacia la puerta por la que, unos minutos antes, acababa de marcharse la única mujer con la que realmente me apetecía estar y fue entonces cuando comprendí hasta qué punto estaba jodido.
Porque, hiciera lo que hiciera y por mucho que intentara negármelo, Taylor me importaba bastante más de lo que estaba dispuesto a reconocer y muchísimo más de lo que había imaginado que volvería a importarme ninguna mujer.
Dejé el vaso sobre la barra con un golpe seco, saqué un billete de la cartera y lo tiré con rabia junto a la copa. Le dije a la rubia que me marchaba, dejándola completamente a cuadros, y salí del club rumbo a casa, enfadado con Taylor, pero sobre todo conmigo mismo.