La oscuridad de Dominic Capítulo 21
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Capítulo 21

Media hora después, con una decisión tomada y sin tener ni idea de las consecuencias que podría acarrear, me monté en el coche, arranqué y puse rumbo al club de Joanne.

Intenté dejar la mente en blanco mientras recorría una calle tras otra, concentrándome únicamente en la carretera y en las luces de Nueva York que iluminaban todo a mi paso.

Aparqué en la misma plaza que utilizaba siempre y, antes de bajar del coche, me quedé unos segundos mirando hacia el local.

Hacía dos meses que no iba al club solo y, sobre todo, que no lo hacía con la intención que me llevaba allí aquella noche.

Durante ese tiempo no había dejado de visitar a Joanne.

Había ido alguna mañana, casi siempre en fin de semana, cuando sabía que no habría nadie, y también varias veces a tomar una copa con mi hermano, Katy y Taylor.

De esas noches había habido unas cuantas, los cuatro sentados alrededor de una mesa o en alguno de los reservados.

Incluso había ido alguna vez únicamente con Taylor.

Para Joanne, Derek y Katy no era ningún secreto que Taylor y yo nos acostábamos juntos.

Yo mismo se lo había contado a los dos primeros y, por extensión, mi cuñada también lo sabía.

Me lo preguntaron en su momento, no por cotillear ni porque quisieran meterse en mi vida, sino porque resultaba bastante evidente lo que ocurría entre nosotros y yo simplemente confirmé algo que, según me dijeron, llevaban días sospechando.

No se habían dado cuenta porque existieran gestos cariñosos entre nosotros, porque aquello no había sucedido nunca.

Y no por falta de ganas por parte de ninguno de los dos, sino porque, desde mi punto de vista, y suponía que Taylor pensaba lo mismo, ese tipo de gestos pertenecían a una pareja y nosotros no lo éramos.

No. No éramos una pareja ni lo seríamos nunca, aunque la realidad era que durante aquellos dos meses habíamos compartido muchas cosas que se parecían demasiado a las de una relación.

Habíamos cenado y comido juntos, visto un par de películas en el salón de mi casa que ambos teníamos ganas de ver, dado algún que otro paseo y, por supuesto, nos habíamos acostado juntos incontables veces.

También habíamos terminado conociéndonos más de lo que ninguno de los dos había previsto. No nos lo contábamos todo, ni mucho menos, pero sí habíamos compartido bastantes cosas de nuestras vidas.

Yo le había hablado de mi padre, de cómo murió, de dónde trabajaba y de que tanto él como su empleo habían sido quienes me inspiraron para crear la empresa.

También de Joanne y de la gran amistad que nos unía desde niños, de mi hermano y Katy, de algunos amigos, de mi época en la universidad y de unas cuantas cosas más sin demasiada importancia.

De lo que no le había hablado era de aquello que ocurrió en mi vida dos años atrás. De eso no le había contado absolutamente nada.

Taylor, por su parte, me había hablado de su infancia y de sus padres, que murieron en un accidente de tráfico cuando ella tenía apenas veinte años y todavía estaba en la universidad. Me contó lo duro que había sido perderlos y lo muchísimo que seguía echándolos de menos.

No tenía hermanos y su único familiar era su abuela, con quien mantenía una relación muy estrecha. La mujer vivía en una residencia de Boston por decisión propia y Taylor la llamaba sin falta al menos tres veces por semana, además de visitarla algunos domingos.

Sin embargo, igual que yo había hecho con mi pasado, ella no me había contado ni una sola palabra de lo que ocurrió antes de abandonar Boston y trasladarse a Nueva York para instalarse en casa de Emma, su amiga de toda la vida, que había terminado viviendo en nuestra ciudad después de que trasladaran aquí a su marido por trabajo.

Los dos teníamos nuestros temas tabú. Ella respetaba que yo no quisiera hablar del mío y yo hacía lo mismo con el suyo, aunque me jodía bastante ser el único que desconocía qué le había ocurrido cuando Derek y Katy sí lo sabían y estaba casi seguro de que Joanne también, porque las dos se llevaban fenomenal.

Aun así, por mucho que me fastidiara quedarme al margen, no podía exigirle algo que yo tampoco estaba dispuesto a dar. Si yo tenía derecho a guardar silencio sobre mi pasado, Taylor también lo tenía sobre el suyo.

Me bajé del coche, caminé hasta la entrada y solté el aire lentamente antes de empujar la puerta. Había entrado allí cientos de veces a lo largo de los años, pero aquella noche todo se sintió distinto y no habría sabido explicar por qué.

Nada más entrar, busqué a Joanne con la mirada y la encontré en el rincón donde solía estar. Tan pendiente como siempre de todo el que entraba y salía del local, ya me había visto y, por la expresión de su cara, estaba claro que mi presencia no le hacía demasiada gracia.

Me acerqué hasta ella.

—¿Qué haces aquí, Dominic?

—Yo también me alegro de verte.

—Pues yo no tanto —respondió mientras me devolvía el abrazo que acababa de darle.

—Solo he venido a tomar una copa y a ver a una amiga.

Jo levantó una ceja y clavó los ojos en los míos.

—¿Me tomas por idiota?

—Claro que no. ¿A qué viene eso?

—Te conozco desde que éramos unos mocosos, Dominic. A mí no puedes engañarme, así que no me vengas diciendo que has venido a tomar una copa y a verme porque los dos sabemos que eso es mentira o, como mínimo, que no es toda la verdad.

No le contesté porque no tenía sentido hacerlo. Joanne tenía razón y los dos lo sabíamos. Me senté en el taburete que había a su lado e hice un gesto al camarero, suficiente para que entendiera qué quería sin necesidad de decir una sola palabra.

—¿Qué te pasa? —me preguntó.

—Nada.

—No me jodas, Dominic. No me digas que no te pasa nada. Joder, que soy yo.

—Que no me pasa nada —repetí.

—Entonces explícame por qué has entrado aquí como si vinieras de caza.

—¿De caza? ¿Ahora soy un cazador? —pregunté en tono de broma.

—Y, si lo haces, serás un gilipollas. Mira, otra cosa más que podemos añadir a tu larga lista de virtudes.

Lo que acababa de decir Joanne era totalmente cierto. Me conocía demasiado bien para que pudiera intentar engañarla o, en aquel caso, fingir delante de ella que todo iba perfectamente.

—Es por Taylor, ¿vale?

—Ya.

—No me digas «ya» como si supieras lo que está pasando.

—Lo digo porque sé perfectamente lo que está pasando.

—No tienes ni idea.

—Creo que quien no la tiene eres tú o, mejor dicho, quien se niega a verla eres tú. Pero adelante, te dejaré que te expliques y que me des ese argumento que necesitas soltar para intentar creértelo tú mismo, no para convencerme a mí.

Di un buen trago a la copa que el camarero acababa de dejar a mi lado antes de continuar.

—Desde que trabajamos juntos…

Me detuve, pensando bien cómo quería explicarlo.

—¿Qué?

—Las cosas han cambiado.

—¿Qué cosas?

—Demasiadas.

Joanne guardó silencio y me indicó con una mano que siguiera.

—Nos acostamos juntos.

—Eso ya lo sé, Dominic.

—Bastante a menudo.

—También lo sé o, mejor dicho, me lo imaginaba.

—Desde que empecé a acostarme con ella no he estado con nadie más.

Joanne frunció el ceño.

—¿Y eso es malo?

—Sí, porque no es normal.

—¿No lo es? —preguntó, frunciendo todavía más el ceño.

—No. Nunca acordamos exclusividad.

Joanne puso los ojos en blanco y soltó un resoplido.

—Eres más idiota de lo que pensaba si todavía no te has dado cuenta de lo que está pasando. Aunque quizá sí te hayas dado cuenta y precisamente por eso estás aquí esta noche.

—No está pasando nada. Simplemente tengo ganas de divertirme con otra mujer.

—Lo que te decía: eres idiota, un necio o te niegas a ti mismo lo que resulta evidente.

—¿Y qué es lo evidente?

—Joder, Dominic, que Taylor no es una más. No es como el resto de las mujeres con las que te vas de aquí.

Y ese era precisamente el problema. No lo era y yo no quería que dejara de serlo. No quería sentir nada, no quería necesitarla ni permitir que aquello fuera más allá de donde había llegado. Necesitaba sacarla de mi cabeza de una vez y protegerme de todo lo que pudiera empezar a hacerme sentir.

—Desde que ella apareció en tu vida has vuelto a sonreír. Desde que llegó, has recuperado un poco al Dominic que todos conocíamos.

Pero yo no quería recuperar a aquel Dominic. Ese era el hombre al que habían destrozado, el que sentía, hacía planes y entregaba el corazón sin reservas, solo para ver cómo todo acababa yéndose al traste y tener que recoger después los pedazos.

No pensaba exponerme otra vez a un dolor así y, para evitarlo, solo tenía una opción: no dejar que nadie volviera a acercarse lo suficiente como para hacerme daño.

—Creo que ella es precisamente lo que necesitabas.

—No.

—Sí, Dominic. Ella te hace bien y lo sabes. Está consiguiendo que vuelvas, que salgas de esa oscuridad en la que tú mismo te encerraste.

—Pero yo no quiero eso, joder —respondí, enfadado.

—¿Por qué?

—Porque no quiero volver a sentir y, si dejo que las cosas vayan a más, me arriesgo precisamente a eso.

—¿Pero no te das cuenta de que ya está pasando?

—No —contesté con rotundidad.

—Claro —replicó con ironía—. Y por eso estás aquí. Has venido porque te has dado cuenta de lo que ocurre y quieres frenarlo. Pues déjame decirte que no va a funcionar. Lo único que vas a conseguir es cagarla.

—No voy a cagarla.

—Sí, vas a hacerlo. Solo espero que, cuando ocurra, no tengas que lamentarlo después.

—No voy a lamentarlo.

—Ni arrepentirte, porque quizá cuando lo hagas ya sea demasiado tarde.

Giré la cabeza y observé a mi alrededor.

Había mucha gente en el local, hombres y también mujeres, que era precisamente lo que había ido a buscar. Sin embargo, algo se me retorció por dentro cuando repasé con la mirada a todas las que tenía cerca y ninguna consiguió llamar mi atención.

Apreté los puños al comprender el motivo. Podía estar rodeado de mujeres, pero solo me interesaba una, y reconocerlo me cabreó mucho más de lo que esperaba.

—No me des lecciones, Joanne. No las necesito.

—No te estoy dando lecciones.

—Pues es lo que parece.

—Pues no lo es. Solo te estoy diciendo la puta verdad, una que conoces perfectamente, pero que te empeñas en no querer ver. Y, como ya te he dicho, ojalá no termines arrepintiéndote cuando tengas los cojones suficientes para reconocerla.

—Joanne —advertí, apretando los dientes.

—No voy a decir nada más, Dominic. Tampoco voy a decirte qué tienes que hacer. Ya eres mayorcito para saber lo que debes o no debes hacer. Solo procura no hacerte daño a ti mismo y, sobre todo, no se lo hagas a ella, porque no se lo merece.

Mientras hablaba, la mirada de Joanne se desplazó hacia una zona del local en la que yo todavía no había reparado.

Seguí el gesto casi por instinto y me quedé inmóvil al descubrir lo que había allí.

En una de las mesas más apartadas estaban sentados mi hermano y Katy. Junto a ellos estaba Taylor, riéndose de esa manera que tanto me gustaba por algo que acababa de decirle mi cuñada.

La sorpresa de encontrarla allí me cayó como un jarro de agua fría.