Capítulo 20
Los minutos fueron pasando y no salí de su interior hasta que ambos recuperamos por completo la respiración y nuestro ritmo cardíaco volvió a la normalidad. Taylor desenroscó las piernas de mi cintura para bajarse y la ayudé a hacerlo, dejando que se deslizara lentamente por mi cuerpo.
—¿Estás bien? —le pregunté al verla tambalearse un poco cuando apoyó los pies en el suelo.
—Perfectamente —contestó, soltando una risita.
Justo en aquel momento bajé la mirada y, al ver mi miembro, me di cuenta de algo que hizo que se me fuera todo el color de la cara. Di un paso atrás y la miré horrorizado.
—Eh… ¿Qué ocurre, Dominic? —me preguntó, preocupada por mi reacción.
—No… No…
Joder, no me salían ni las palabras.
—¿No, qué? Habla, joder, que me estás poniendo nerviosa.
—No hemos usado protección.
Levanté la mirada y clavé los ojos en los suyos, sorprendido de que no pareciera tan preocupada o asustada como yo.
No se me había pasado por la cabeza que alguno de los dos pudiera tener una enfermedad; lo que me aterraba era la posibilidad de un embarazo, y solo pensarlo hizo que se me revolviera el estómago.
Solo una vez en mi vida había querido ser padre o, al menos, había pensado en ello en unas cuantas ocasiones, pero desde que ocurrió lo que ocurrió, la posibilidad de tener hijos en el futuro se había desvanecido como el humo.
Taylor bajó la mirada, exactamente igual que yo unos segundos antes, y enseguida comprendió qué había provocado aquel cambio tan brusco en mi expresión.
—Dominic.
—¿Qué? —pregunté con mucha más brusquedad de la que pretendía.
—Estoy limpia, así que puedes quedarte tranquilo.
—Yo también lo estoy, pero…
Debió de adivinar lo que me estaba pasando por la cabeza, porque sonrió, aunque no con aquella expresión pícara de unos momentos antes, sino de una manera mucho más comprensiva.
—Tomo la píldora desde hace muchos años, así que no hay riesgo, ¿vale?
—¿Sí?
—Sí —confirmó, consiguiendo que soltara de golpe el aire que llevaba conteniendo.
Nos quedamos mirándonos en silencio durante unos segundos, hasta que Taylor volvió a hablar.
—Yo tampoco he pensado en ello, pero, si los dos estamos limpios, no hay problema. Si te quedas más tranquilo, la próxima vez usaremos protección. Será lo primero que tengamos a mano, ¿vale? —añadió mientras se bajaba la falda y caminaba hacia mi escritorio para recoger el resto de su ropa.
Una vez superado el susto inicial, porque había sido un susto enorme, y ya respirando con más tranquilidad, no pude evitar sonreír ante sus palabras.
—¿La próxima vez? Hablas como si supieras que esto va a volver a pasar y yo no he dicho en ningún momento que quiera repetir.
Soltó una carcajada antes de encogerse de hombros, tan segura de sí misma como siempre.
—Los dos sabemos que va a volver a pasar, Dominic, pero, si quieres engañarte pensando que no, tú mismo.
Su descaro me hizo sonreír de nuevo, aunque aquella vez no me molesté en negarlo.
Taylor terminó de colocarse la ropa, se retocó el pelo y recogió del suelo el tanga que le había destrozado.
Lo miró durante unos segundos, puso los ojos en blanco y acabó tirándolo a la papelera que había junto al escritorio.
—Si tienes pensado destrozarme toda la ropa interior, avísame. Lo mismo me sale más rentable venir sin ella.
La simple idea de que Taylor estuviera ahí fuera, sentada a su mesa sin nada debajo de la falda, bastó para que mi miembro reaccionara y volviera a endurecerse.
—Dile que no hay más desahogos, que tenemos mucho trabajo y la diversión tendrá que esperar —comentó, señalando mi polla antes de salir del despacho y cerrar la puerta a su espalda para regresar a su mesa.
Solté una carcajada que resonó por todo el despacho y que incluso a mí me resultó extraña. Hacía muchísimo tiempo, quizá demasiado, que no solo no sonreía como lo había hecho unos momentos antes, sino que tampoco me reía de aquella manera.
Y eso me preocupó bastante, porque Taylor había conseguido en apenas unos minutos que hiciera cosas que me había prometido que jamás volvería a hacer.
Me quedé pensativo mientras terminaba de vestirme y tomé una decisión.
Sí, entre nosotros habría todo el sexo que pudiéramos tener y nos apeteciera, pero emocionalmente jamás permitiría que Taylor cruzara esa barrera.
No podía dejar que nadie volviera a colarse en mi vida de aquella manera y, mucho menos, en mi corazón.
✤ ✤ ✤ ✤
Entré en casa y dejé las llaves con cansancio antes de dirigirme directamente al salón para servirme un vaso de whisky . Sin molestarme siquiera en encender la luz, me senté en el sofá y di un largo trago.
Apoyé la cabeza en el respaldo y cerré los ojos. Era viernes y estaba agotado después de una semana interminable en la que el trabajo se había complicado un poco por un problema en una de las plantas, aunque, por suerte, habíamos conseguido dejarlo todo resuelto aquel mismo día.
Di otro trago y, sin abrir los ojos, me puse a pensar en todo lo que había ocurrido durante los últimos dos meses.
Ya había pasado ese tiempo desde que Taylor entró en mi vida, dos meses que se me habían escapado demasiado rápido y en los que habían sucedido demasiadas cosas.
En la empresa, la situación había cambiado un poco, para mejor; tenía que reconocerlo.
Trabajar con Taylor resultaba fácil, demasiado fácil, y eso había hecho que me acostumbrara a tenerla a mi lado cada día y, por qué no decirlo, a que se hubiera convertido en alguien imprescindible para mí en la oficina.
Sabía perfectamente lo que hacía, eso era innegable.
Se movía entre informes, reuniones, llamadas y visitas como pez en el agua y, en algunos casos, incluso se desenvolvía mejor que yo.
Siempre se anticipaba a mis necesidades, parecía tener una solución para todo y sabía encontrar las palabras adecuadas en el momento oportuno.
Llevaba mi agenda con la precisión de un reloj suizo y había conseguido que no hubiera sorpresas ni cambios de última hora que pudieran complicarme el trabajo o la vida. Aunque eso no significaba que nos lleváramos bien, tampoco podía decir que nos lleváramos mal.
No había un solo día en el que no discutiéramos.
Taylor tenía opinión y réplica para todo y seguía diciendo las cosas sin cortarse lo más mínimo, sin importarle si podían sentarme mal o no.
Ella me contradecía, yo lo hacía todavía más; ella opinaba una cosa y yo la contraria, y cuando me replicaba, intentaba convencerla, aunque la mayoría de las veces no conseguía absolutamente nada.
Las pullas seguían volando entre nosotros en ambas direcciones.
Unas veces ganaba ella, otras yo y, en algunas ocasiones, simplemente lo dejábamos en empate o cortábamos la discusión de la manera que mejor se nos daba: desahogando el enfado o la frustración que sentíamos mientras nos proporcionábamos placer el uno al otro.
Sí, durante aquellos dos meses habíamos seguido acostándonos, tal y como ella misma había dicho que ocurriría.
Ninguno de los dos había conseguido resistirse.
Unas veces era yo quien la buscaba, otras era Taylor la que venía a por mí y, en ocasiones, simplemente sucedía cuando menos nos lo esperábamos.
Nos habíamos acostado tantas veces que ya había perdido la cuenta, muchas más de las que ninguno de los dos habría imaginado aquel día en el que acordamos cómo sería nuestro primer encuentro.
Lo que pensé que ocurriría de manera esporádica y únicamente en el despacho había terminado convirtiéndose en algo muy diferente.
Había días en los que nos acostábamos en mi coche a la vuelta de alguna reunión o acabábamos en un hotel si teníamos alguno cerca después de una comida o una cena de trabajo.
Un mes después de nuestra primera vez, una noche salimos tarde de la oficina y terminé llevándola a su casa.
No hubo ninguna invitación por su parte para que subiera ni tampoco una pregunta por la mía.
Simplemente nos miramos, asentimos y bajamos del coche.
Diez minutos después estábamos en la cama del apartamento al que se había mudado para vivir sola.
Y no fue la única vez. Volví a su casa en varias ocasiones y ella también vino a la mía, convirtiendo en papel mojado otra de aquellas promesas que me había hecho: ninguna mujer volvería a entrar en mi ático.
Sin embargo, había una que todavía seguía intacta y que no tenía ninguna intención de romper: en ninguno de nuestros encuentros, ni en su casa, ni en la mía, ni en ninguno de los hoteles en los que habíamos estado, habíamos dormido juntos.
Si estábamos en un hotel, cuando terminábamos, nos duchábamos y nos marchábamos, fuera la hora que fuera.
Si el encuentro tenía lugar en su casa, Taylor se quedaba tumbada en la cama mientras yo me vestía sin decir una sola palabra y apenas cruzábamos un «hasta mañana» antes de que saliera de allí como alma que lleva el diablo.
Y si terminábamos en mi casa porque nos pillaba más cerca, en cuanto acabábamos, y sin necesidad de que le dijera nada, ella llamaba a un taxi, se vestía y se marchaba en silencio.
Ni siquiera tuve que explicarle la primera vez que ocurrió que dormir juntos no era una posibilidad que contemplara para nosotros.
Fue en su apartamento. Al salir de la ducha, Taylor se tumbó desnuda en la cama, mientras que yo me quedé de pie a su lado, mirando alternativamente hacia ella y hacia mi ropa.
Debió de notar la incomodidad que sentía o quizá pensó que no me atrevía a decirle que quería largarme, porque me lo puso muy fácil.
Se dio la vuelta, se tapó con la sábana y me pidió que apagara la luz al salir.
Y así, sin más, con aquellas simples palabras, me dio la salida que necesitaba. Desde entonces, marcharme y apagar la luz o dejar que ella pidiera un taxi y se fuera mientras yo me quedaba dándome una ducha más larga de lo normal se había convertido en algo habitual.
Y estaba bien, o al menos eso era lo que había creído hasta la noche anterior.
Como tantas otras veces, habíamos estado en su casa.
Nada más entrar tuvimos una primera ronda en el pasillo, contra la pared, y después cenamos unos sándwiches que improvisamos con lo poco que Taylor tenía en la nevera.
Cuando terminamos de comer, nos fuimos a su cama, donde tuvimos una segunda ronda, y acabamos con una tercera contra los azulejos de la ducha.
Al salir del baño, ella hizo exactamente lo mismo de siempre: se metió en la cama, se tapó con la sábana, se giró hacia el lado contrario al que yo me encontraba y me pidió que no me olvidara de apagar la luz al salir.
Todo había sido igual que las veces anteriores hasta aquel preciso instante, porque, al verla tumbada en la cama, dudé muchísimo. Sentí una necesidad enorme de acostarme a su lado, de abrazarla y quedarme dormido con ella entre mis brazos.
No quería marcharme ni vestirme, tampoco apagar aquella luz antes de salir. Quería apagarla para después hacer algo que llevaba años sin hacer: compartir con una mujer aquel momento tan íntimo de dormir juntos.
Sin embargo, al darme cuenta de lo que me estaban pidiendo, no solo mi cuerpo, sino también mi mente, me asusté, porque fue justo entonces cuando comprendí la verdad.
Taylor me estaba haciendo perder el control. Había conseguido que hiciera cosas, sin obligarme, por supuesto, que me había prometido que nunca volvería a hacer.
Durante dos años había utilizado el sexo para desahogarme, intentar olvidar, no pensar y divertirme, siempre bajo las normas que me había impuesto mucho tiempo atrás.
Tenía que ser únicamente sexo, sin sentimientos, sin implicación, sin preguntas por ninguna de las dos partes y, por supuesto, sin complicaciones.
Pero con Taylor aquellas normas parecían haber dejado de funcionar o quizá nunca lo habían hecho y yo no había sabido verlo. Lo cierto era que todo aquel muro que tanto me había costado construir se estaba yendo a la mierda.
No tenía ni idea de cuándo había empezado a esperar sus mensajes o sus llamadas para decirme que fuera a verla o pedirme que viniera ella.
Tampoco sabía en qué momento había comenzado a buscarla constantemente con la mirada cuando estábamos rodeados de gente o a sonreír sin poder evitarlo con solo pensar en ella.
Aquello no podía seguir así, me dije antes de llevarme el vaso a los labios y beberme de un solo trago todo el whisky que me quedaba.
Me puse a pensar en cómo podía detenerlo, en qué podía hacer para sacarla de mi sistema, porque Taylor se me estaba metiendo dentro poco a poco y eso era algo que no podía permitir bajo ningún concepto.
Cerré los ojos con fuerza y negué con la cabeza cuando una posible solución apareció en mi mente.
Otra mujer.
Eso era lo que necesitaba para apartar a Taylor de mis pensamientos. Tenía que acostarme con otra para convencerme a mí mismo de que no la necesitaba, de que me daba igual y de que lo nuestro no era más que sexo sin ninguna otra implicación.
Y sabía perfectamente dónde encontrar a una mujer que me ayudara a olvidarla o, al menos, a intentarlo.