Capítulo 19
El beso no empezó siendo lento, porque algo así habría resultado impensable teniendo en cuenta la rabia y la tensión que ambos llevábamos acumulando desde el día en que nos conocimos.
Aunque ninguno se hubiera atrevido a reconocerlo en voz alta ni a dejarlo entrever, aquello había ido aumentando durante los últimos días, en los que habíamos estado en guerra constante.
Su respuesta no se hizo esperar. En el mismo instante en que mis labios chocaron contra los suyos, Taylor me correspondió con la misma violencia y las mismas ganas con las que yo la había besado, algo que me gustó y me sorprendió a partes iguales.
Aquel beso no se parecía en nada a los que había compartido con otras mujeres en el pasado, porque en él no había control, reglas, distancia ni calma. Todo era pasión y deseo, lenguas que se buscaban, saliva y dientes que chocaban mientras ninguno de los dos parecía dispuesto a ceder.
Taylor me agarró la camisa con fuerza y tiró de mí para acercarme todavía más a ella, hasta que nuestros cuerpos quedaron completamente pegados.
Su pecho se apretó contra el mío y, al notar sus pezones endurecidos a través de la blusa, mi excitación, que ya era considerable, aumentó todavía más.
Quise que supiera lo que me estaba provocando, así que la agarré por las caderas y la atraje hacia mí hasta que pudo notar mi erección contra su abdomen.
Después de unos minutos que me parecieron insuficientes, porque quería más, muchísimo más, nos separamos apenas unos centímetros para recuperar el aliento.
—Esto no es buena idea —murmuró, jadeante, contra mi boca.
—Es la peor —contesté mientras apretaba todavía más mi erección contra ella.
—Entonces deberíamos parar.
—Deberíamos.
Y tenía razón. No era una buena idea; de hecho, posiblemente fuera la peor del mundo.
Si dábamos aquel paso, las cosas podían complicarse mucho, no solo porque ella fuera mi secretaria y yo su jefe, sino porque Taylor acababa de hacerme sentir algo que jamás habría imaginado que pudiera experimentar de nuevo.
Con aquel beso me había hecho sentir que estaba vivo y eso era precisamente lo que me había prometido a mí mismo que no podía volver a pasar. Sin embargo, por mucho que fuera consciente de ello, fui incapaz de separarme de su cuerpo y Taylor tampoco hizo el menor intento de alejarse de mí.
—Crees que deberíamos parar, pero no me sueltas —comentó mientras movía ligeramente las caderas para rozarse contra mí.
—Y tú sigues agarrándome —repliqué, bajando la mirada durante un par de segundos hacia sus manos, que continuaban aferradas a mi camisa.
Dudó un instante y pude ver cómo se tomaba unos segundos para pensar bien lo que iba a decirme.
—¿Desahogo?
—Desahogo —confirmé, completamente de acuerdo.
Porque aquello era lo único que podía existir entre nosotros, lo único que estaba dispuesto a ofrecerle y también lo único que podía permitirme.
—¿Y diversión?
—Y diversión.
—¿Sin dramas?
—Sin dramas.
—¿Sin que afecte al trabajo?
Aquello iba a resultar un poco más complicado, porque tenerla a mi lado tantas horas al día supondría una tentación constante y sabía que iba a querer follarla en cualquier momento. Aun así, la deseaba tanto que fui incapaz de darle una respuesta negativa.
—No afectará al trabajo.
—Sin reproches ni explicaciones.
—Perfecto.
—Aun así, sigue siendo una idea pésima.
—Lo sé.
—¿Y aun así sigues sin soltarme?
—Ni tú a mí.
—Pues tú dirás qué hacemos. Eres el jefe.
—Tú, obedecer, y yo, besarte dentro de dos segundos y después follarte encima de mi mesa.
—Puedes besarme y follarme todo lo que quieras, pero, si esperas que te obedezca, ya puedes emplearte a fondo para conseguirlo, porque te aviso de que va a costarte bastante.
Nos sostuvimos la mirada durante un par de segundos más. Sus ojos estaban llenos de desafío, deseo y algo más que no conseguí identificar, aunque estaba seguro de que ella encontraba algo parecido en los míos.
Era una idea de mierda y seguramente terminaría arrepintiéndome de haber perdido aquel control del que siempre presumía, pero el deseo y las ganas acabaron ganándome la partida.
No dije nada más, simplemente hice lo que más deseaba en aquel momento: volví a agarrarla con fuerza por la nuca y la besé de nuevo.
Aquel segundo beso fue todavía más intenso que el primero y Taylor, ante mi arrebato, retrocedió un par de pasos, arrastrándome con ella hasta que su cuerpo chocó contra el escritorio.
Soltó mi camisa y deslizó las manos hasta mi pantalón para desabrocharme el cinturón con una rapidez y una destreza que me volvieron todavía más loco.
Después abrió el botón, bajó la cremallera y tiró del pantalón lo justo para bajármelo junto con la ropa interior, dejando mi miembro libre contra su cuerpo, reclamando toda su atención.
Taylor no tardó ni un segundo en dársela. Deslizó una mano a lo largo de mi erección un par de veces, consiguiendo que me endureciera todavía más, si es que aquello era posible, y noté cómo sonreía contra mi boca al sentir que me estremecía con sus caricias.
No se conformó con aquello, sino que terminó rodeándome con la mano, sin apretar demasiado, pero con determinación, y empezó a moverla de manera rítmica y constante.
Bajé las manos hasta su falda y se la subí a la cintura, incapaz de resistirme un segundo más.
Estaba tan excitado que necesitaba llegar cuanto antes hasta su sexo y comprobar lo mojada que estaba, así que agarré su tanga y, sin molestarme siquiera en bajárselo o apartarlo, tiré de él con fuerza hasta arrancárselo.
Taylor jadeó contra mi boca ante mi arrebato y aquella vez fui yo quien sonrió.
Deslicé una mano entre sus piernas y comprobé con satisfacción que estaba muy mojada.
Sin detenerme a pensarlo, introduje dos dedos en su interior y comencé a moverlos con fuerza, arrancándole un jadeo todavía más intenso.
No necesité más de dos minutos para conseguir que se corriera, porque no dejé de mover los dedos dentro de ella a buen ritmo mientras, con la otra mano, le acariciaba los pechos por encima de la blusa.
Le agarré la mano que todavía tenía alrededor de mi polla y se la aparté, porque no tenía ninguna intención de correrme de aquella manera. Necesitaba hacerlo dentro de ella.
La sujeté por la cintura y la senté encima del escritorio, momento en el que nuestros labios se separaron para recuperar el aliento. Después la agarré por debajo de las rodillas, la acerqué hasta el borde de la mesa y, sin dejar de mirarla a los ojos, la penetré de una sola estocada.
Me resultó extraño follarla de aquella manera, porque hacía muchísimo tiempo que no miraba de frente a una mujer mientras me acostaba con ella. Tenía mis motivos para evitarlo, pero, al parecer, con Taylor estaba rompiendo todas las normas que me había impuesto.
La había besado, estaba mirándola de frente y sostenía sus ojos con los míos, algo que consiguió que se me retorciera el estómago al recordar que me había prometido a mí mismo no volver a estar así con ninguna mujer.
Sin embargo, por alguna extraña razón que desconocía, mirarla mientras la hacía mía no había sido un simple impulso, sino una necesidad.
Taylor se agarró con ambas manos al borde de la mesa y, sin que tuviera que decirme una sola palabra, supe exactamente lo que necesitaba con solo mirarla a los ojos.
Aquello únicamente podía significar una cosa: teníamos conexión y parecíamos capaces de saber lo que el otro quería o necesitaba sin necesidad de hablar.
Solo me había ocurrido una vez en la vida, con otra mujer, aunque en aquella ocasión necesitamos tiempo para alcanzar ese nivel de entendimiento.
Con Taylor, en cambio, había surgido desde el primer momento; algo que me gustaba y me preocupaba a partes iguales.
Pero aquel no era el momento de pensar en eso ni en ninguna otra cosa, porque ya tendría tiempo de darle vueltas más tarde. Ahora solo quería disfrutar, divertirme, desahogarme y compartir placer con ella.
—Ma… más.
—¿Quieres más?
—Sí… sí.
Aceleré el ritmo y aumenté la fuerza de las embestidas, hasta el punto de que, si Taylor no hubiera estado agarrada al escritorio, habría terminado deslizándose por encima de él.
—Ábrete la blusa. Quiero ver tus pezones y mordértelos.
No perdió el tiempo desabrochándosela, sino que se la quitó de un tirón por encima de la cabeza.
Después llevó una mano hasta la parte delantera del sujetador y, con un movimiento rápido de los dedos, consiguió abrirlo.
Muy práctico que se abrochara por delante, pensé mientras me relamía al descubrir sus pezones oscuros y endurecidos.
Sin dejar de embestirla, bajé la cabeza y me metí uno de ellos en la boca para lamerlo, succionarlo y morderlo, tirando suavemente de él mientras le arrancaba cada vez más jadeos.
Eran deliciosos, como toda ella, que parecía puro fuego y un complemento perfecto para mí. Sus jadeos fueron aumentando y noté que estaba cerca del orgasmo, igual que yo, así que levanté la cabeza para buscar su boca en el mismo instante en que ella se inclinaba hacia mí con idéntica desesperación.
Aceleré todavía más el ritmo, encadenando una estocada tras otra, cada vez más fuertes, profundas y salvajes, hasta que apenas un minuto después Taylor gritó mi nombre contra mi boca mientras se corría y yo gruñí contra la suya al vaciarme en su interior.
Continué moviéndome con unas embestidas más suaves para disfrutar de los últimos instantes de aquel orgasmo, uno de los más intensos que había experimentado en mi vida, mientras Taylor volvía a buscar mis labios para compartir un último beso antes de separarnos.
Por increíble que pareciera, seguía dentro de ella. Acababa de correrme y, sin embargo, conservaba las mismas ganas de volver a hacerlo que había tenido antes de empezar. Mi polla continuaba dura, así que me removí ligeramente y Taylor apartó la boca de la mía para mirarme.
Sonrió de medio lado al darse cuenta de lo que estaba ocurriéndome, pero no se conformó con eso, sino que contrajo las paredes de su vagina para que pudiera notarlo.
—Dios… No hagas eso.
—¿Por qué? —preguntó mientras volvía a hacerlo.
—Porque, si lo haces una vez más, voy a follarte de nuevo contra la pared y te aviso de que estoy tan cachondo que no voy a ser suave.
Volvió a sonreír con aquella expresión pícara que empezaba a conocer demasiado bien y, en lugar de hacerlo una sola vez, decidió desafiarme contrayéndose tres veces seguidas.
—Tú lo has querido. Luego no quiero quejas.
—Si no me follas ya, entonces sí que puede que me queje.
Aquellas palabras consiguieron excitarme todavía más y solté un gruñido antes de agarrarla por el culo y levantarla del escritorio.
Taylor me rodeó instintivamente la cintura con las piernas y se dejó llevar hasta la pared más cercana, contra la que terminé apoyándola sin que nos separáramos en ningún momento.
—Sujétate bien, porque no voy a parar ni un segundo hasta que volvamos a corrernos.
—Eso espero. En la mesa se nos ha dado bastante bien, así que vamos a comprobar si contra la pared se nos da igual de bien —contestó antes de lanzarse de nuevo sobre mi boca.
Si lo que habíamos hecho encima del escritorio había sido intenso, lo que sucedió contra aquella pared fue una auténtica locura. Desde la primera estocada dejé de reprimirme y de contenerme lo más mínimo, follándola con una fuerza quizá excesiva, aunque Taylor no se quejó en ningún momento.
La embestí una y otra vez de manera salvaje hasta que conseguí que ambos volviéramos a corrernos al mismo tiempo. Entonces, el silencio se apoderó del despacho, interrumpido únicamente por nuestras respiraciones agitadas.