La oscuridad de Dominic Capítulo 18
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Capítulo 18

Salí de la ducha, me enrosqué la toalla a la cintura y, mientras me secaba el resto del cuerpo, pensé en lo que había ocurrido durante los últimos siete días.

Había pasado una semana desde que Taylor empezó a trabajar para mí como secretaria y podía asegurar que había sido de lo más intensa.

Pensé que haría bien su trabajo, pero me había quedado corto, porque su eficacia había superado todas mis expectativas.

Apenas necesitó dos días para ponerse al corriente y, desde entonces, había organizado reuniones, filtrado correos y actualizado mi agenda con una precisión casi militar, consiguiendo que aquella montaña de papeles que llevaba semanas acumulándose sobre mi mesa fuera desapareciendo como por arte de magia.

Dejé la toalla en el cesto de la ropa del baño y fui directamente al vestidor para elegir lo que me pondría aquel día: camisa negra, pantalón y americana.

Sonreí al coger las prendas, porque sabía perfectamente lo que me esperaba en cuanto entrara por la puerta de la oficina.

Taylor me repasaría de arriba abajo, pondría los ojos en blanco y negaría con la cabeza mientras pronunciaba las mismas palabras de cada mañana: «Ya llegó la oscuridad».

Mientras me abotonaba la camisa, seguí repasando mentalmente los últimos días.

Que Taylor fuera eficiente no me había sorprendido demasiado, porque era lo que esperaba de ella, pero sí que desde el primer momento se hubiera puesto manos a la obra sin necesidad de preguntarme cómo quería que hiciera las cosas.

Simplemente las hacía, como si en lugar de llevar allí unas horas o unos pocos días llevara años trabajando conmigo.

Me ajusté los gemelos y después el cinturón mientras sonreía y negaba con la cabeza al recordar algunas de nuestras conversaciones.

El trabajo había avanzado considerablemente, eso estaba claro, pero también pensé en cómo había ido todo lo demás, porque aquella semana había sido cualquier cosa menos tranquila.

En mi despacho no existía el caos que había en el Mystery, pero desde la llegada de Taylor había aparecido uno de una naturaleza muy diferente.

No se parecía en nada a ninguna de las secretarias que había tenido hasta entonces, que no habían sido pocas.

No se callaba, no agachaba la cabeza, no se dejaba intimidar y me desafiaba constantemente, aunque todavía no había conseguido averiguar si lo hacía por deporte, para cabrearme, porque no podía evitarlo o simplemente por diversión.

Tampoco aceptaba mis decisiones sin cuestionarlas.

Si consideraba que me estaba equivocando en algo, me lo decía sin ningún miramiento y, si pensaba que estaba dando prioridad a un asunto que podía esperar, tampoco se molestaba en disimularlo.

Y cuando yo le llevaba la contraria o le respondía con ironía o de mal humor, ella me devolvía el comentario en el mismo tono, cuando no recurría directamente a la burla.

Había discutido más con Taylor durante aquellos siete días que con otras personas en años y, lejos de molestarme, como habría sido lo lógico, aquello me gustaba inexplicablemente más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

Incluso me atrevería a confesar, aunque solo a mí mismo, que me excitaba tenerla delante mirándome de aquella manera tan desafiante.

Cuando entré en la empresa, saludé a la recepcionista con un asentimiento de cabeza, como hacía cada día, y fui directamente a coger el ascensor. Antes de salir en mi planta, respiré hondo y me preparé para la primera batalla de la jornada, esa que sabía que no podría evitar.

Taylor estaba sentada a su mesa, con un vaso de café en una mano y un informe delante en cuyos márgenes iba haciendo anotaciones. Antes de acercarme, la recorrí con la mirada y volví a pensar que la mujer que tenía delante no se parecía en nada a la que había conocido el primer día.

Iba impecablemente vestida con un traje de chaqueta gris, una blusa rosa y unos zapatos negros de tacón con los que no tenía ni idea de cómo conseguía caminar con tanta soltura y naturalidad.

Llevaba el pelo recogido en un moño bajo y estaba espectacular, algo que cualquiera podría apreciar.

Sin embargo, siendo sincero conmigo mismo y contradiciendo lo que había dicho el día que la conocí, para mi gusto estaba todavía más guapa con el pelo suelto y ropa más informal.

—Buenos días, Taylor.

—Buenos días, jefe.

Levantó la mirada del informe y me dedicó el repaso mañanero de todos los días. Apenas dos segundos después, hizo exactamente el gesto que estaba esperando.

—Ya está aquí la oscuridad —murmuró.

—Pues yo veo que hay luz.

—Eso es gracias a mí, porque, si no, este espacio parecería el fondo de una cueva.

Me disponía a contestarle, pero no me dio tiempo porque enseguida cambió de tema y empezó a ponerme al corriente de la jornada.

—La reunión de las diez la he adelantado quince minutos. El encargado de la planta ha tenido un problema con uno de los proveedores, ha quedado con él después y necesita ganar ese tiempo.

Me quedé mirándola mientras levantaba una ceja, incapaz de creer que ya estuviera organizándome el día cuando ni siquiera había entrado en mi despacho.

—Taylor, todavía no me he quitado el abrigo y ya estás contándome todo lo que tenemos pendiente para hoy.

Me miró levantando una ceja y dio otro sorbo a su café antes de responder.

—Eres el jefe, ¿no?

—Eso dicen, aunque últimamente me están surgiendo dudas. Creo que mandas más que yo.

—Si eso fuera así, te aseguro que no seguirías con el abrigo puesto, porque ya te habría dicho que te lo quitaras. Además, yo llevo aquí un buen rato y tengo muchas cosas preparadas que necesitas saber.

Suspiré mientras ella se levantaba con la tableta en la mano, dispuesta a seguir con su repaso de mi agenda sin perder un solo minuto.

—Bien.

—Pasa dentro —indicó, señalando mi despacho.

—¿Me estás dando órdenes?

—No osaría hacer algo así, jefe. Solo intento evitar que pierdas el tiempo.

—Joder, cada día te pareces más a mí. Eres una maniática del trabajo.

—Soy muchas más cosas, pero ni me apetece enumerártelas ni tú tienes tiempo para escucharlas.

Entré en el despacho y ella lo hizo detrás de mí. Dejé el abrigo en el perchero y caminé hacia los ventanales para contemplar el exterior, mientras Taylor se acomodaba en la silla que, unos días atrás, había bautizado como su trono.

—¿Empezamos?

—Pensaba que ya lo habíamos hecho.

—Entonces seguimos —contestó con una expresión burlona que pude distinguir perfectamente en el reflejo del cristal.

—A las diez tienes la reunión en la planta, como ya te he dicho. Es en la de Queens.

—Lo sé.

—A las once y media tenemos que estar de vuelta aquí sin falta, porque tienes una videollamada con el dueño de la empresa de Nueva Jersey. Quiere añadir una cláusula al contrato que tiene en vigor.

—¿Tenemos? ¿Cómo que tenemos?

—Voy a ir contigo a la planta, si no te parece mal, claro. Todavía no he visto ninguna y eso me ayudará a entender ciertas cosas que aún se me escapan.

—Dudo mucho que se te escape nada, pero sí, me parece bien que vengas. Es más, pensaba pedírtelo, aunque veo que te has adelantado.

—Adelantarme a las cosas forma parte de mi trabajo.

—Haces más cosas de las que te corresponden.

—¿Y eso te molesta? Porque, si es así, dilo.

Hizo como que se lo pensaba durante un par de segundos y después me miró con una sonrisa de medio lado, esperando mi respuesta.

—¿Serviría de algo?

—No, no lo creo.

Me giré y caminé hasta colocarme a su lado, apoyándome en el borde de la mesa mientras me cruzaba de brazos.

—Lo suponía. Sigue, por favor.

—A la una tienes una reunión con tu hermano para revisar el balance trimestral. Ahí no me pidas que esté, porque es un coñazo que prefiero ahorrarme.

—En tu antigua empresa serías tú quien los hacía, ¿no? Deberías estar acostumbrada.

—Allí hice muchas cosas que no me gustaban y aguanté otras tantas —murmuró para sí misma.

No le dije nada, porque no era la primera vez que hacía un comentario de aquel tipo y ya había observado que, cuando sucedía, su mirada cambiaba por completo. Podía estar contenta un instante antes y, en cuanto recordaba algo relacionado con su pasado, se ponía de lo más seria.

—¿Algo más?

—Sí.

—Por supuesto, eran pocas cosas —contesté, poniendo los ojos en blanco.

—Quiero que antes de irte a casa pases por la planta de Staten Island.

—¿Quieres?

—Tienes que ir y llevas tres días esquivándolo.

—Taylor —advertí, apretando los dientes.

No quería ir a aquella planta. Su encargado era un pesado que llevaba días mandándome correos por una tontería para la que ya le había dado una solución, sin necesidad de que yo tuviera que desplazarme hasta allí.

Sin embargo, al parecer, conseguir que el jefe se presentara personalmente, accediendo a su petición, debía de parecerle todo un logro.

Tenía cosas muchísimo más importantes que hacer que dedicar mi tiempo a subirle el ego a un gilipollas.

—Dominic, ve, habla con él y déjale claro cómo son las cosas. Así evitarás que siga mareándote y, de paso, que me maree a mí.

—Soy el jefe, no necesito que me digas cómo tengo que hacer las cosas.

—Y yo soy la que lleva tu agenda y la que aguanta a los gilipollas que necesitan un toque de atención, así que ve y haznos un favor a los dos.

Apreté los dientes, sin saber qué me molestaba más: que Taylor me diera órdenes o que aquel gilipollas también estuviera mareándola a ella.

—¿Qué quiere ahora? Porque ya le dije lo que tenía que hacer.

—Lleva tres días mandando correos y llamando para insistir en que vayas a ver el proceso de tratamiento que están siguiendo con el nuevo protocolo.

—¿Y cree que no sé cómo funciona? Yo mismo elaboré ese protocolo.

—A mí no me des explicaciones, dáselas a él, que es quien quiere que estés allí.

—Podría mandar a Derek.

—Podrías, pero no deberías.

—¿Y eso por qué? —pregunté, cruzándome de brazos—. ¿Porque lo digas tú?

Taylor se puso en pie y se colocó justo a mi lado. Alzó la mirada y clavó sus ojos en los míos antes de contestarme.

—Porque tú eres el jefe y quien tiene que ir allí a poner a ese tío en su sitio. Tienes que dejarle claro que todos debemos hacer nuestro trabajo y que no podemos perder el tiempo desplazándonos hasta su planta cada vez que a él se le antoje.

—¿Soy el jefe? Porque creo que hay veces que se te olvida. Mandas más que yo.

—Yo organizo, no mando.

—Pues yo no lo veo así.

—Entonces mira mejor.

—No me desafíes, Taylor.

—No me contradigas cuando sabes perfectamente que tengo razón.

—No la tienes.

—Sí que la tengo —replicó, dando un paso más hacia mí mientras entrecerraba los ojos.

—No —contesté, acortando también la distancia que nos separaba.

Nos quedamos mirándonos en silencio, con Taylor dedicándome aquella expresión desafiante que conseguía ponerme de los nervios en la misma medida en que me ponía cachondo.

No apartó los ojos de los míos, sino que me sostuvo la mirada con una firmeza que parecía decirme: «Esto es lo que hay.

Si quieres aceptarlo, bien, y si no, también».

No sabría explicar qué se me pasó por la cabeza en aquel momento o si simplemente se me nubló el juicio, porque actué por puro impulso.

Di el último paso que me separaba de ella, hasta que nuestros cuerpos quedaron pegados.

Alargué la mano, la agarré con fuerza por la nuca e hice algo que llevaba años sin hacer con ninguna mujer.

La besé.