Capítulo 17
Caminamos uno al lado del otro en silencio hasta la puerta del club. No fue un silencio incómodo ni impuesto, sino más bien necesario, al menos para mí, porque necesitaba procesar toda la conversación que habíamos mantenido en el coche y que me tenía realmente sorprendido.
No por su contenido, porque tampoco habíamos hablado de nada malo ni de ningún tema prohibido, sino por la facilidad con la que ambos habíamos conversado sobre sexo, un asunto que muchas personas preferían esquivar.
También me sorprendía lo a gusto que me había sentido hablando con ella, ya que, desde que ocurrió lo que ocurrió, exceptuando a Joanne, Derek y Katy, no había vuelto a mantener una conversación de más de tres frases seguidas con nadie que no fuera sobre algún tema laboral.
Con la pregunta de por qué me había sentido así con Taylor dándome vueltas en la cabeza, abrí la puerta del club con mi propia llave y la sujeté para dejarla pasar.
Al ser por la mañana, no había ningún cliente. Solo estarían Joanne y algunos trabajadores preparando el local, como hacían cada día, para que todo estuviera en orden cuando volviera a abrir sus puertas a media tarde.
—Parece diferente sin gente.
—Sí.
Caminamos hasta el centro del local y, justo en aquel momento, apareció Joanne, que venía del pasillo del personal.
—Vaya, qué sorpresa —comentó mientras nos miraba a los dos por turnos.
—Hola, Jo —la saludé, acercándome a ella para darle un beso y un abrazo, como siempre hacía.
Cuando nos separamos, me interrogó con la mirada y yo hice un ligero movimiento con la cabeza para indicarle que más tarde le explicaría el motivo de mi visita a aquellas horas y, encima, acompañado por Taylor. Joanne asintió y se acercó a saludarla.
—Hola, Taylor, me alegro de verte.
—Hola, yo también —contestó mientras se acercaba para darle dos besos.
—¿Y a qué debo el honor de vuestra visita?
—Necesitábamos un lugar tranquilo para hablar —respondí.
—Pues estáis en el sitio perfecto. Ahora mismo estoy yo sola, pero tengo un montón de papeleo pendiente, así que sentíos como en casa, elegid dónde queréis sentaros y tomad lo que os apetezca. Yo estaré en mi despacho por si necesitáis algo.
—Gracias, Jo.
—No os vayáis sin despediros, ¿eh?
—Sabes que no.
—Bien, pues que vaya bien la charla —se despidió antes de girarse para dirigirse a su despacho.
Sin embargo, no había llegado a dar ni cinco pasos cuando se detuvo, volvió la cabeza y miró a Taylor.
—Taylor.
—¿Sí?
—Si Dominic se pone muy borde o dice algo que no debe, avísame y vendré a ponerlo en su sitio —le ofreció en tono de broma.
Taylor soltó una pequeña carcajada antes de contestarle.
—Gracias por el ofrecimiento, pero creo que me basto yo solita para eso.
—Eso me han dicho.
—¿Qué?
—Que tienes carácter y que aquí el señor «estoy enfadado con el mundo» no te intimida como suele hacer con el resto.
—Yo no intimido a nadie ni estoy enfadado con el mundo —protesté.
Las dos alzaron las cejas al mismo tiempo, me miraron y después intercambiaron una mirada antes de echarse a reír.
—Tienes razón, no los intimidas, más bien los acojonas. En los ocho minutos que has estado en el Mystery, he visto a tres personas que te han reconocido tragar saliva y buscar un sitio en la barra lo más alejado posible de ti.
»Y en lo otro también llevas razón: el mundo se te queda corto, sería más acertado decir que estás enfadado con el universo.
La carcajada de Joanne resonó por todo el local al escuchar las palabras de Taylor.
—Dios, me encanta —añadió, señalándome—. Él todavía no lo sabe, pero necesitaba a alguien como tú a su lado. Alguien que no se corte a la hora de decir lo que piensa, que consiga sacarlo de su zona de confort y que quizá lo lleve tan al límite que haga que vuelva el Dominic que fue en otro tiempo.
Miré a Jo con dureza, dejándole claro con los ojos que aquello no iba a suceder, pero ella me sostuvo la mirada con la misma firmeza, transmitiéndome que estaba convencida de que sí ocurriría.
Pues no, no iba a ser así, porque no pensaba permitir que Taylor cruzara aquel límite que había establecido hacía mucho tiempo para impedir que nadie, aparte de quienes ya formaban parte de mi vida, pudiera entrar en ella. Con Taylor únicamente quería mantener una relación laboral y punto.
Joanne se marchó por el pasillo, todavía riéndose, y nos quedamos solos en medio del local.
—¿Quieres tomar algo antes de que nos sentemos?
—No me apetece nada, gracias.
—Bien, pues vamos a sentarnos.
Taylor asintió y caminamos hasta una de las mesas que teníamos más cerca. Como estábamos solos, no importaba que las demás se encontraran a poca distancia, porque podríamos hablar tranquilamente sin tener que preocuparnos de que alguien estuviera pendiente de nuestra conversación.
Me desabroché la americana y me acomodé en uno de los cómodos sofás, mientras Taylor se quitaba el abrigo y lo dejaba a un lado, junto con su bolso, antes de sentarse en el sofá de enfrente. Cruzó las piernas y colocó las manos sobre el regazo.
—Bien, ya estamos aquí. ¿De qué querías hablar?
Carraspeé, me incliné ligeramente hacia delante y apoyé los brazos sobre las rodillas antes de comenzar.
—Lo primero que quería hacer es pedirte algo.
—Si vas a pedirme dinero, siento decirte que no estoy en mi mejor momento —contestó en tono de broma.
—No, no es eso.
—Bien, eso me tranquiliza. Pues tú dirás.
—Quiero pedirte que olvides todo lo que dije en casa de mi hermano. No era mi mejor día y dije cosas que realmente no pensaba y que tampoco debería haber dicho. Fue injusto por mi parte hablar sin saber.
Me sostuvo la mirada durante unos segundos antes de contestar.
—¿Eso es una disculpa? Porque, si lo es, no es necesaria.
—Supongo que sí lo es y sí que es necesaria. Te acusé de juzgarme y después yo hice exactamente lo mismo.
—Yo no te juzgué, solo dije lo evidente y supongo que tú dijiste lo que pensaste por la impresión que te di.
Bajé la mirada un instante porque sus palabras me golpearon.
Tenía razón, había dicho todo aquello por la primera impresión que me llevé de ella, una impresión completamente equivocada, pero aun así lo había hecho.
Además, había querido atacarla por lo incómodo que me hacía sentir todo aquello que despertaba en mi interior.
—Aun así, quiero disculparme y pedirte que hagamos borrón y cuenta nueva.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. Disculpas aceptadas, aunque, como te he dicho, no eran necesarias. Y lo de borrar y empezar de nuevo también me parece bien.
La observé durante unos segundos, un poco confuso, porque no había imaginado que aceptaría mis disculpas así, de buenas a primeras, ni que estaría dispuesta a olvidar lo que había sucedido aquel día.
Pensé que discutiría conmigo, que rebatiría mis palabras o que me echaría en cara algunas de las cosas que había dicho, pero una vez más Taylor volvió a sorprenderme al ponérmelo tan fácil.
Desde luego, nunca había conocido a una mujer que consiguiera desconcertarme tanto como ella.
—Bien, pues si no tienes nada más que decir, es hora de que me vaya. Tengo un largo camino hasta casa —anunció mientras extendía la mano para coger sus cosas.
—Espera.
Soltó el bolso que acababa de coger y volvió la cabeza para mirarme.
—Quiero pedirte algo más —añadí.
—¿Más cosas?
—Solo una.
—Bien, pues tú dirás.
—Quiero que seas mi secretaria.
Taylor se quedó inmóvil durante unos segundos, aunque no tardó en echarse a reír. Y no fue una risa discreta, ni mucho menos, sino una carcajada sonora y chispeante, como si acabara de contarle algo tremendamente gracioso.
—¿No… no estarás hablando en serio? —preguntó sin dejar de reírse.
—Estoy hablando completamente en serio.
—No me lo puedo creer. El gran Dominic White, el hombre oscuro, pidiendo ayuda.
—No estoy pidiendo ayuda, te estoy ofreciendo un trabajo. Uno como el que estabas buscando.
—Necesitas una secretaria desesperadamente, ¿no?
No era el momento de mentir y, de todas formas, tampoco habría servido de nada. Si Taylor había hablado con Derek o Katy, seguramente ya sabía cómo estaban las cosas o incluso podía deducirlo por mi expresión.
—La necesito.
—¿Por qué yo?
—Porque tú querías un trabajo así y yo necesito una secretaria. Además, por lo que me han contado, sabes bastante más de lo que podrían saber otras candidatas, así que creo que ambos podríamos ayudarnos mutuamente.
—¿Eso piensas? ¿Que podría ser un quid pro quo laboral?
—Sí.
Se quedó pensativa durante unos segundos y vi cómo aquella expresión divertida que había mantenido hasta entonces daba paso a otra un poco más seria.
—¿Qué condiciones?
—Mejor horario que en el Mystery.
—Eso suena bien.
—Mejor sueldo, mucho mejor, de hecho.
—Eso suena todavía mejor.
—Allí hay silencio, no caos.
—Tentador.
Tragué saliva porque, desde que nos habíamos sentado y Taylor había cruzado las piernas, provocando que la falda que llevaba se le subiera hasta medio muslo, ella sí que me estaba tentando.
Al menos tres veces se me había pasado por la cabeza cómo sería tenerla arrodillada en una cama mientras le agarraba el pelo y la penetraba desde atrás con fuerza. Sacudí la cabeza para apartar a toda prisa aquellos pensamientos que no debería estar teniendo.
—Solo tendrás que hacer tu trabajo y yo el mío, cada uno en su mesa y a lo suyo.
Soltó una pequeña risa y me miró divertida antes de contestar.
—Dominic, no te engañes. Tú y yo no vamos a entendernos nunca, al menos hablando, porque tú no toleras que te digan las cosas que no quieres oír y yo no soy de callármelas.
—Eso está por ver.
—Vamos a discutir a menudo y lo sabes.
—Me arriesgaré.
Dudó, pude verlo claramente en su expresión mientras se lo pensaba, pero también distinguí el momento exacto en que tomó una decisión.
—Está bien, ¿por qué no?
—¿Aceptas? —pregunté para asegurarme.
—Acepto.
Sentí algo en mi interior, una especie de alivio, aunque también había algo más que preferí ignorar.
—¿Para cuándo sería? ¿Cuándo necesitas que esté allí?
—Con la cantidad de trabajo atrasado que tengo encima de la mesa, ya llegas quince días tarde.
Volvió a echarse a reír y negó con la cabeza.
—Entonces tenemos mucho que hacer.
—Mucho.
—Pues cuanto antes empecemos, mejor.
—¿Podrías empezar mañana?
Mi pregunta pudo sonar un poco desesperada, pero me dio exactamente igual.
—Podría.
—¿Eso significa que sí?
—Eso significa que mañana espero que llegues con ganas, porque tú eres exigente con el trabajo, pero yo también lo soy.
Asentí, satisfecho con su respuesta.
—Perfecto.
Taylor también asintió antes de coger el bolso y el abrigo y ponerse en pie.
—Pues si eso es todo, mañana nos vemos. Voy a coger el autobús, que quiero llegar pronto a casa.
—Te llevo —dije mientras me levantaba.
—No es necesario. Estoy segura de que querrás volver a la oficina.
—Sí que lo es. Yo te he traído hasta aquí y yo te llevo a casa. Después iré a la oficina.
—Está bien —aceptó, seguramente consciente de que aquella batalla la tenía perdida porque yo no pensaba ceder.