Capítulo 16
Una hora y cinco minutos después de haber salido del Mystery, la puerta volvió a abrirse, como había ocurrido cada pocos minutos durante todo aquel tiempo, y por fin Taylor apareció.
Saqué las manos de los bolsillos del pantalón y di un par de pasos hacia el centro de la acera con intención de cruzar la calle, pero vi cómo ella echaba un vistazo a su alrededor y, en cuanto me localizó, se ajustó el abrigo y comenzó a caminar rápidamente hacia mí.
—Bien —dijo incluso antes de llegar a mi lado—. Ya estoy aquí. ¿De qué querías hablar?
Otro punto a su favor, otra característica que podía añadir a la lista de cosas que me gustaban de ella, como secretaria, por supuesto, me dije, intentando convencerme de aquella mentira que no había quien se creyera.
Era directa y no se andaba con rodeos, algo que me agradaba especialmente porque a mí tampoco me habían gustado nunca.
—Hace mucho frío.
—¿Has venido hasta aquí y has esperado una hora para darme el parte meteorológico?
—No, quería decir… —comencé, pero me interrumpió mientras se echaba a reír.
—Sé lo que querías decir, Dominic. Solo estaba bromeando, aunque creo que tú no sabes lo que es eso.
—Sí que sé lo que es hacer bromas —repliqué.
—Pues deberías practicar más. Eso sería en otros tiempos, porque ahora me da la sensación de que no te reirías ni por equivocación.
Tenía razón. En otros tiempos me gustaban las bromas, me reía con ganas y sonreía a diario, pero todo aquello pertenecía al pasado y no tenía ninguna expectativa de que fuera a cambiar. No creía que ni siquiera un milagro pudiera conseguirlo, así que mucho menos iba a hacerlo una broma.
—Como te he dicho, quiero hablar contigo de algo y no creo que este sea el mejor lugar. ¿Podemos ir a otro sitio?
—¿A otro sitio? ¿Adónde?
—A uno donde no nos congelemos. Con eso me conformo.
Dudó unos segundos, pero supuse que la curiosidad por saber qué quería contarle terminó ganando la partida, porque finalmente asintió.
—Vale.
—¿Has venido en coche?
—No tengo coche.
—¿En autobús?
—En metro.
Asentí y le indiqué que me acompañara, porque había dejado el coche aparcado cerca de allí y podríamos decidir adónde ir una vez que estuviéramos dentro.
—Vamos a mi coche. Lo tengo aparcado cerca de aquí y allí decidiremos.
Volvió a asentir y fui el primero en dar un paso hacia la izquierda, haciéndole un gesto con la cabeza para que me siguiera.
—¿Ha sido duro?
Me detuve un instante y la miré sin comprender a qué se refería.
—¿El qué?
—Los ocho minutos que has estado en la cafetería.
—¿Has controlado el tiempo?
Se encogió de hombros mientras intentaba contener la risa.
—Quería tener todos los datos.
—¿Qué datos? ¿Y para qué?
—Si me tocaba llamar a emergencias, quería poder decirles cuántos minutos habías estado allí antes de que te diera una crisis.
Resoplé porque, una vez más, tenía razón. Si hubiera tenido que permanecer mucho tiempo dentro de aquella cafetería, probablemente habría acabado necesitando que me atendieran, porque todo aquel caos habría terminado provocándome una crisis.
—No es precisamente un sitio que yo elegiría ni para tomarme un café.
—Lo sé. Tenías la misma cara que el día de la fiesta.
—¿De cansancio?
—De querer salir corriendo.
—Estuve a punto al menos quince veces. No me fui por respeto y porque era mi familia, no por falta de ganas.
Taylor se echó a reír con ganas mientras negaba con la cabeza y, al escuchar su risa, ocurrió algo que jamás habría imaginado que pudiera volver a sucederme: una sonrisa, aunque pequeña, apareció en mis labios.
—Dios mío… —exclamó, llevándose una mano al pecho.
—¿Qué? —pregunté, confundido por aquel gesto que, sinceramente, me pareció demasiado dramático.
—¿Estás bien?
—Sí, ¿por qué?
—Porque has sonreído y eso no creo que sea muy habitual. No te va a dar esa crisis ahora, ¿verdad?
—No he sonreído.
—Sí, lo has hecho.
—No.
—Vale, será que he tenido una alucinación.
—Será eso.
Volvió a reírse justo cuando llegamos hasta mi coche. En cuanto me acerqué, las puertas se desbloquearon y abrí la mía, aunque no llegué a montarme porque Taylor se había quedado inmóvil, con los brazos cruzados y mirando el vehículo sin ninguna intención de abrir la puerta.
—¿Qué pasa?
—¿Estás seguro de que quieres que me monte en tu coche? Mira que no quiero que tu imagen se vea afectada por mi culpa.
Resoplé, consciente de que me merecía aquel comentario y muchos más o, mejor dicho, que tenía motivos de sobra para decirme cosas bastante peores.
—Sube, por favor. Cuando hablemos, quiero explicarte muchas de las cosas que dije aquel día.
Su expresión divertida desapareció en un segundo y dio paso a otra mucho más seria. No hizo ningún comentario, simplemente asintió, abrió la puerta y se montó sin esperar a que yo lo hiciera primero.
Subí al coche y me acomodé en el asiento mientras Taylor hacía lo mismo. Me incorporé al tráfico y durante los primeros minutos ninguno de los dos dijo nada; yo porque estaba concentrado en salir del embotellamiento en el que nos encontrábamos y ella porque permanecía mirando por la ventanilla.
—¿Dónde vamos? —preguntó de pronto.
—Conozco un sitio tranquilo donde podremos hablar sin que nadie nos moleste.
Se quedó pensativa unos segundos antes de girar la cabeza para mirarme.
—¿El club de Joanne?
Abrí los ojos de golpe, sorprendido por su pregunta.
—¿Lo conoces?
—Sí, he ido un par de veces con tu hermano y Katy.
Fruncí el ceño, porque yo frecuentaba bastante aquel local y no recordaba haberla visto allí.
—Voy a menudo y no te he visto.
—Tú vas allí con un objetivo en mente y no miras más allá de lo que te interesa —contestó, soltando una pequeña risita.
Apreté un poco más el volante, sin saber muy bien por qué, pero su comentario me había molestado.
—¿Un objetivo?
—No creo que haga falta que te lo explique, ¿no? Los dos sabemos de sobra cuál es.
No contesté, aunque mis manos ejercieron todavía más presión sobre el volante mientras Taylor volvía a girar la cabeza para mirar por la ventanilla.
—Yo sí te vi a ti.
La observé de reojo, intentando no perderme ninguno de sus gestos.
—¿Ah, sí?
—Sí. Muy guapa la rubia, por cierto. Tienes buen gusto.
Aquellas palabras hicieron que me removiera incómodo en el asiento. No sabía por qué, pero no me gustaba nada que Taylor supiera a qué iba al club de Joanne, aparte de verla y tomarme una copa.
Ella no era nada mío y, aunque muchas de las personas que frecuentaban aquel establecimiento también conocían mis costumbres, me jodía que Taylor estuviera al tanto. No habría sabido explicar el motivo, pero no quería que conociera aquella parte de mi vida.
—Todo el mundo te conoce en ese club.
—Soy amigo de Joanne, la ayudé a montarlo y muchos de los que van allí lo saben.
—No me refiero a eso.
Giré ligeramente la cabeza para mirarla, intrigado por lo que estaba insinuando.
—¿Entonces a qué?
—Las mujeres hablan, sobre todo en el baño —contestó, encogiéndose de hombros.
—¿Qué dicen?
—No creo que quieras saberlo.
—Sí que quiero saberlo.
Y realmente era así, aunque no porque me importara un carajo lo que las mujeres del club pudieran decir sobre mí, sino porque quería averiguar si Taylor se había creído lo que hubiera escuchado y, sobre todo, qué opinaba al respecto.
—Solo diré que tu fama te precede.
—¿Y qué clase de fama es esa?
Taylor volvió a encogerse de hombros antes de contestarme.
—Supongo que la que tú mismo te has creado con lo que haces. Una que te deja en buen lugar, por si te interesa saberlo. Hablan maravillas de tus habilidades para el desahogo.
Perfecto, simplemente perfecto. Era justo lo que necesitaba, que Taylor supiera qué clase de vida llevaba y pensara que mis días consistían en trabajar como un cabrón y, al terminar, necesitar desahogarme con cualquier mujer noche sí y noche también.
Era cierto que aquello era precisamente lo que hacía, pero que ella lo supiera me molestaba bastante más de lo que estaría dispuesto a reconocer.
Y no porque pretendiera que me viera como un santo, sino porque, por alguna razón, me importaba la opinión que pudiera haberse formado de mí al conocer aquella faceta de mi vida.
—Si estás pensando que voy a juzgarte por algo así, no lo hagas. Cada uno es libre de hacer con su vida lo que le dé la gana. Si tú te sientes bien así, debería darte igual lo que piensen los demás.
—Y me da igual. No soy el único que utiliza el sexo para desahogarse o divertirse.
—Así es, todos lo hemos hecho alguna vez.
Lo dijo de una manera tan sincera que me sorprendió y también me dio que pensar. No pude evitar preguntarme si ella también había utilizado el sexo de aquella forma.
—Sí.
—¿Sí, qué?
—Sí a lo que te estás preguntando.
—No puedes saber lo que me estoy preguntando. De mi boca no ha salido ni una sola palabra.
—No hace falta. Algunas veces eres como un libro abierto.
—¿Ah, sí?
Necesitaba que me aclarara aquello con urgencia, porque, de ser cierto, resultaría algo insólito.
Nunca nadie me había dicho semejante cosa, sino más bien todo lo contrario.
Incluso mi hermano y Joanne, que eran quienes mejor me conocían, siempre aseguraban que resultaba imposible saber qué estaba pensando.
Que Taylor me dijera con tanta naturalidad que podía leerme como un libro abierto era, como poco, preocupante, porque lo último que quería era que pudiera descubrir mis pensamientos o averiguar lo que me pasaba por la cabeza. Aquello sí que supondría un problema.
—Sí, se me da bien leer a la gente, sobre todo a quienes tienen en su mirada cosas que yo misma he sentido alguna vez. No sabría decirte por qué, pero soy capaz de reconocerlas.
Hizo una pausa para girar la cabeza hacia mí antes de continuar.
—Y, como respuesta a tu pregunta, sí, yo también lo he hecho. Sobre todo durante los últimos meses que viví en Boston. Necesitaba desahogarme y el sexo es una manera de hacerlo como cualquier otra.
Joder, me quedé helado. No esperaba que fuera tan sincera ni que reconociera con aquella facilidad que había utilizado el sexo para desahogarse, exactamente igual que hacía yo.
Aquella confesión me llevó a pensar que éramos bastante más parecidos de lo que jamás habría imaginado, aunque también me hizo sospechar que algo malo tenía que haberle sucedido en Boston para llegar a necesitarlo.
—¿Y sigues necesitándolo?
—Desde que me mudé a Nueva York, no tanto, pero no te negaré que lo he hecho alguna vez durante estos meses —respondió, encogiéndose de hombros.
Saber que desde que se había mudado había estado follando con un hombre, o quizá con varios, hizo que volviera a removerme en el asiento, molesto por una información que, en realidad, no tenía por qué importarme.
—¿Qué pasó?
—¿Qué?
—¿Qué te pasó en Boston?
—Demasiadas cosas —contestó con cansancio.
—Cosas que no vas a contarme —afirmé, convencido de que no conseguiría sacarle mucho más.
—No creo que sea necesario que las sepas.
—¿Puedo saber que follas para desahogarte cuando lo necesitas, pero no puedo conocer el motivo por el que lo haces?
—¿Vas a contarme por qué lo haces tú?
—No.
La respuesta me salió sola, sin necesidad de pensármela, porque de aquel tema no hablaba con nadie.
Era algo que todavía seguía latente, que continuaba doliendo y que me pertenecía únicamente a mí, una parte de mi vida que no quería compartir ni con Taylor ni con ninguna otra persona.
Muy poca gente conocía el motivo de mi cambio y lo que había sucedido, y pretendía que siguiera siendo así.
—Lo suponía. Por eso yo tampoco te contaré lo mío.
Apreté los dientes con fuerza, porque realmente estaba muy interesado en descubrir qué le había ocurrido.
Algo me decía que no había sido nada bueno, que había pasado por una experiencia que, al igual que a mí, la había hecho cambiar.
Sin embargo, si el precio de conocer su historia era tener que contarle la mía, prefería quedarme con la duda, porque aquello no iba a suceder ni ese día ni ningún otro.
—Dominic.
—¿Sí?
—Si alguna vez necesitas hablar de ello, dicen que se me da bien escuchar. No nos conocemos de nada, pero también dicen que muchas veces resulta más fácil contarle un problema a un desconocido que a alguien que te conoce bien.
—No voy a hablar de nada de mi vida contigo —respondí con una dureza que no había pretendido transmitir.
—Bien, pero mi oferta sigue en pie y sin límite de tiempo. Lo mismo puedo entenderte mejor de lo que piensas.
—No lo creo —contesté, dando por zanjado el asunto.
Justo en aquel momento detuve el coche frente a la puerta de Jo’s Hush y ambos nos bajamos al mismo tiempo.