La oscuridad de Dominic Capítulo 15
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Capítulo 15

El aire frío me golpeó como si de una bofetada se tratara. El invierno había llegado con fuerza a Nueva York y, al parecer, no pensaba darnos ni un solo día de tregua. Me monté en el coche, arranqué, encendí la calefacción y me incorporé al tráfico en cuanto tuve oportunidad.

A aquellas horas de la mañana era prácticamente imposible llegar a tiempo a cualquier sitio.

Las calles de Nueva York estaban abarrotadas de coches, con los cláxones sonando constantemente y los motoristas jugándose la vida entre los vehículos para conseguir avanzar más que los demás.

Pero lo peor era el tráfico, ese que cada vez que me tocaba enfrentarme a él ponía a prueba mi paciencia.

Giré en la siguiente calle y puse rumbo a Wall Street, una de las zonas más activas de la ciudad a aquellas horas debido a la enorme cantidad de personas que trabajaban en las numerosas empresas que había allí.

Como era de esperar, tardé en llegar a la cafetería bastante más de lo que mis nervios estaban dispuestos a soportar.

Dejé el coche en un aparcamiento cercano y recorrí las dos calles que me separaban del Mystery, esquivando a gente que corría de un lado a otro y a perros que no sabía si eran ellos quienes paseaban a sus dueños o al revés, mientras soportaba el frío helador que hacía.

Me detuve unos segundos frente a la puerta, respiré hondo y me di ánimos a mí mismo, convenciéndome de que todo saldría bien y advirtiéndome, por si acaso, de que no volviera a comportarme como un capullo.

Y, si hacía falta pedirle disculpas a Taylor, aunque me costara bastante y me jodiera tener que hacerlo, estaba dispuesto a dar mi brazo a torcer.

Todo por el bien de la empresa, me repetí, engañándome a mí mismo.

Nada más abrir la puerta, comprendí por qué Taylor podría haber elegido aquel lugar para trabajar. Desde luego, si lo que buscaba era un cambio, difícilmente habría encontrado un ambiente más diferente al que se respiraba en una oficina.

En la mía solía reinar la calma, el silencio y el control, sin apenas margen para la improvisación, salvo en contadas ocasiones en las que surgía algún problema inesperado. Sin embargo, lo que tenía delante de mis ojos no podía ser más distinto.

El local estaba abarrotado, principalmente de hombres trajeados, aunque también había algunas mujeres, las menos, vestidas con traje.

Todos parecían trabajadores de la bolsa, empresarios o empleados de las numerosas oficinas de la zona.

Allí no había ninguna madre que acabara de hacer la compra, ningún adolescente aprovechando un descanso entre clases para almorzar, ni mucho menos niños o personas mayores que hubieran decidido hacer una parada durante su paseo diario.

Todo era ruido. Personas hablando al mismo tiempo por todos los rincones, teléfonos sonando aquí y allá, tazas chocando contra los platillos, cucharillas removiendo el azúcar de los cafés y risas que se mezclaban con conversaciones en las que algunas voces sobresalían por encima de las demás.

Tres camareros se movían entre las mesas como si estuvieran participando en una carrera de obstáculos, recogiendo vasos, tazas y platos al mismo tiempo que tomaban nota de los nuevos pedidos.

De fondo se escuchaba el ruido de las cafeteras funcionando sin descanso y los constantes golpes de los filtros de café contra el recipiente destinado a recoger los posos.

Todo resultaba ruidoso, frustrante y agobiante, hasta el punto de que el ambiente parecía estar tan cargado que incluso respirar se hacía difícil.

Aquello era un auténtico caos, aunque uno controlado y rutinario que, al menos para mí, convertía aquel establecimiento en el último lugar que elegiría para tomar un café con alguien y, mucho menos, para trabajar, como había decidido hacer Taylor.

Estaba dispuesto a permanecer allí el tiempo estrictamente necesario para conseguir lo que había ido a buscar, pero, desde luego, no pensaba volver a pisar una cafetería como aquella por elección propia ni por gusto.

Sin moverme de la entrada, recorrí el local con la mirada y apenas necesité tres segundos para localizar a Taylor, que se encontraba detrás de la barra. Me quedé observándola, sorprendido por lo diferente que parecía respecto a la mujer que había conocido quince días atrás.

Llevaba el pelo recogido en una coleta alta, aunque algunos mechones le caían sueltos a ambos lados del rostro, seguramente porque se habían escapado debido al ritmo frenético al que estaba trabajando y no porque hubiera decidido dejárselos así.

Se movía detrás de la barra como si estuviera en piloto automático, con una precisión, soltura y rapidez que hacían pensar que había nacido allí dentro.

Cogía vasos, tazas y platos con dulces que iba repartiendo de un lado a otro, mientras conversaba con unos clientes, atendía a otros y cobraba a quienes le entregaban el dinero.

Pero lo más sorprendente de todo era que hacía cada una de aquellas cosas con una sonrisa en la cara. No una sonrisa forzada ni de esas que se ponen por obligación, sino una que le nacía de manera completamente natural y que me pareció preciosa, tanto como ella.

Porque sí, había llegado a un punto en el que ya no podía seguir negando lo evidente.

Uno de los motivos por los que me había fijado en Taylor era precisamente porque me parecía una mujer preciosa y, por lo que estaba viendo y lo poco que Derek y Katy me habían contado de ella, empezaba a tener la sensación de que también lo era por dentro.

Y ahí estaba el verdadero problema, precisamente aquello que había provocado que algo en mi interior me advirtiera del peligro que suponía tenerla cerca.

Porque, si realmente era como empezaba a imaginar, corría el riesgo de que, poco a poco y sin darme cuenta, consiguiera derribar piedra a piedra aquel muro que tanto trabajo me había costado levantar alrededor de mi corazón y de mi mente para protegerme de todo y de todos.

Solté un suspiro y me abrí paso entre la gente como buenamente pude hasta llegar a la barra, repitiéndome que Taylor únicamente sería mi secretaria y que, por nada del mundo, podía ni debía convertirse en algo más.

Me apoyé en el único hueco que encontré libre y continué observándola mientras esperaba a que se acercara.

Resultaba hipnótico verla desenvolverse con tanta soltura y seguridad detrás de la barra, tratando a los clientes con amabilidad, pero también con firmeza.

Se mostraba accesible sin dejar de marcar las distancias, evitando así que cualquiera de los hombres que estaban allí pudiera tomarse demasiadas confianzas o decirle algo fuera de lugar.

También me fijé en que muchos de ellos la recorrían con la mirada y sonreían de medio lado, dejando bastante claro que les gustaba lo que veían, algo que me molestó mucho más de lo que habría estado dispuesto a admitir.

Por fin, Taylor se acercó hasta donde me encontraba y, cuando levantó la cabeza y nuestras miradas se cruzaron, vi cómo contenía la respiración durante un instante.

La sorpresa por encontrarme allí se reflejó claramente en sus ojos, aunque apenas le duró tres segundos, porque enseguida soltó el aire y recuperó aquella expresión de indiferencia con la que la había visto atender a otros clientes.

—Buenos días. ¿Qué le pongo?

Me quedé clavado en el sitio al escucharla. Primero, porque me estaba tratando de usted y, segundo, porque lo hacía como si yo fuera uno más de todos aquellos tíos que llenaban la cafetería, algo que, por supuesto, me molestó.

—¿En serio vas a tratarme de usted?

—Estoy trabajando y le doy el mismo trato que al resto de los clientes. Usted y yo no nos conocemos de nada para que tenga que ser diferente.

—¿No nos conocemos?

—No. Que hayamos cruzado un par de frases un día no significa que nos conozcamos.

—No me jodas, Taylor. Creo que cruzamos bastantes más de dos frases y que hablamos mucho más que eso.

—Lo dices como si aquel día nos hubiéramos sentado a una mesa a tomar el té de las cinco y hubiéramos pasado horas conversando.

—No, claro que no fue así, pero tampoco cruzamos únicamente dos frases. Yo recuerdo que fueron unas cuantas más.

—Sí, tienes razón. Por desgracia, así fue.

—¿Por desgracia?

—Sí, porque recuerdo perfectamente que la conversación, o las dos que tuvimos, no fueron precisamente bien. De ahí que sea una desgracia, porque tú perdiste tu tiempo y yo el mío.

—Yo no creo que fuera así.

—Diferencia de opiniones. Todo depende de a quién le preguntes.

—Taylor…

—Mira, Dominic, estoy trabajando y, como puedes comprobar, esto está hasta los topes. No tengo ni ganas ni tiempo para mantener un nuevo asalto contigo, así que dime qué te pongo.

Miré a mi alrededor y comprobé que tenía razón. Varios clientes la esperaban con billetes en la mano para que les cobrara, mientras otros levantaban el brazo para llamar su atención y pedirle la cuenta.

—Un café solo.

—Previsible.

—¿Qué?

—Que ahora mismo te lo pongo.

Se movió por detrás de la barra, recogiendo a su paso los billetes que le ofrecían algunos clientes, mientras tomaba nota mentalmente de los pedidos que otros le iban haciendo. Tres minutos después, regresó y dejó delante de mí una taza de café solo.

—Un café negro y oscuro para el señor cuyo apellido es todo lo contrario a su personalidad.

—¿Qué quieres decir?

—Que de white tienes bien poco, salvo el blanco de los ojos. Eres negro y oscuro, igual que tu ropa y este café. Todo va en consonancia contigo.

Me quedé callado mientras ella sonreía de medio lado y se encogía de hombros, como si acabara de comentar que fuera estaba lloviendo y no de hacer una descripción de lo que había en el interior de mi alma.

—Espero que te guste. Que aproveche.

Se dispuso a darse la vuelta, pero reaccioné con rapidez y conseguí detenerla antes de que se marchara.

—Taylor, espera.

—¿Qué quieres, Dominic? Como ves, estoy a tope —respondió mientras señalaba la barra con la mano.

—Quiero hablar.

—Ya hemos hablado.

—Quiero hablar —repetí, dejando claro que no pensaba dar el asunto por zanjado.

—Estoy trabajando, te lo acabo de decir. ¿En serio crees que tengo tiempo para ponerme a hablar aquí? Apenas puedo respirar entre café y café, así que imagínate mantener una conversación.

En eso tenía toda la razón, porque allí dentro resultaría prácticamente imposible hablar. No solo porque apenas conseguiríamos escucharnos el uno al otro entre tanto ruido, sino porque nos interrumpirían cada dos minutos, si no antes.

—¿A qué hora sales?

Levantó una ceja y me dedicó una mirada interrogante en la que también pude distinguir cierta reticencia.

—¿Y a ti qué más te da?

—Como te he dicho, quiero hablar. Te esperaré.

—¿Me esperarás? —preguntó sorprendida—. ¿Aquí?

—No, si puedo evitarlo, pero esperaré.

—Me queda una hora.

—Bien, esperaré.

Nos sostuvimos la mirada durante unos segundos y volvió a surgir aquella sensación de desafío, de lucha o de algo inexplicable que habíamos experimentado la primera vez que nuestros ojos se cruzaron, el día que nos conocimos.

Taylor fue la primera en romper el contacto visual, aunque no porque quisiera hacerlo, sino porque la llamaron desde el otro extremo de la barra.

Durante los siguientes minutos, mientras me bebía el café, que tenía que reconocer que no estaba nada mal, continué observándola y pude comprobar que ella también me miraba de vez en cuando.

Ni de broma pensaba quedarme una hora entera en medio de aquel caos, así que, cuando terminé el café, dejé el dinero sobre la barra y salí a la calle.

No me importó el frío que hacía, porque prefería soportar aquellas temperaturas antes que permanecer allí dentro, rodeado de tanto ruido. Crucé la acera y me apoyé contra la pared del edificio de enfrente, dispuesto a esperar a que Taylor terminara su turno y saliera de la cafetería.