La oscuridad de Dominic Capítulo 14
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Capítulo 14

Habían pasado quince días desde la dichosa fiesta que mi hermano y Katy habían celebrado en su casa para anunciar que mi futuro sobrino Philip llegaría pronto a nuestra familia. Las cosas en la empresa seguían igual o, siendo sincero, no exactamente, porque cada día iban a peor.

No porque el negocio marchara mal, ni mucho menos.

Todo lo relacionado con nuestros clientes, las plantas, los nuevos contratos que habíamos conseguido y los antiguos que seguíamos manteniendo funcionaba a la perfección.

Lo que no iba tan bien era mi trabajo o, más bien, la cantidad desorbitada que tenía acumulada.

Seguía sin secretaria y eso significaba que me tocaba ocuparme tanto de mis propias funciones como de todas aquellas que debería estar desempeñando ella.

Había tenido que concertar reuniones, hacer reservas para comidas y cenas en restaurantes, repasar informes y atender llamadas telefónicas que, en otras circunstancias, jamás habría contestado, independientemente de quién estuviera al otro lado de la línea.

Además de otras muchas tareas de las que no tendría por qué ocuparme, había tenido que revisar y filtrar correos electrónicos que nunca deberían haber llegado a mi bandeja de entrada como CEO.

Yo había construido aquella empresa para llevar el control de todo, que era precisamente lo que llevaba haciendo desde el día en que la fundé.

Sabía lo que ocurría en cada planta, conocía a todos y cada uno de nuestros clientes y las condiciones de sus contratos.

También sabía qué decisiones debía tomar en cada momento, tanto ante una nueva situación como cuando surgía algún problema, sin apenas necesidad de pensármelo.

Conocía perfectamente nuestra facturación, cómo se generaban los ingresos y de dónde procedían, pero lo que no sabía era dónde coño tenía que llamar, por ejemplo, para solucionar un problema de mantenimiento cuando la queja de que algo no funcionaba correctamente llegaba directamente a mi correo electrónico.

No podía abarcarlo todo, pero llevaba semanas intentándolo sin éxito. La situación era desesperante, porque el trabajo se acumulaba tanto en mi mesa como en mi ordenador de una manera que nunca había experimentado y lo único que conseguía era que mi frustración aumentara a cada minuto que pasaba.

Durante las dos últimas semanas había trabajado más que nunca y dormido todavía menos de lo habitual, algo que comenzaba a pasarme factura. Estaba agotado, no solo físicamente, sino también mentalmente, así que terminé tirando el bolígrafo que tenía en la mano contra la mesa y me levanté.

Caminé hasta el gran ventanal de mi despacho y me quedé contemplando el exterior.

Nueva York seguía allí, con la gente yendo y viniendo, los coches deteniéndose donde debían y los edificios permaneciendo en el mismo lugar de siempre.

Todo parecía continuar con su rutina habitual y funcionar exactamente como tenía que hacerlo, todo menos yo.

Durante aquellas dos semanas había intentado mantener el mismo ritmo de siempre, pero no estaba consiguiéndolo.

Antes todavía encontraba tiempo para respirar, aunque solo fueran unos minutos, mientras que ahora ni eso parecía posible.

Pasaba más horas que nunca en la empresa, apenas pisaba el ático y, desde el mismo día de la fiesta en casa de mi hermano, había ido al club de Joanne todas las noches sin excepción.

Las tres primeras, Jo no dijo nada, se limitó a mirarme y negar con la cabeza. La cuarta me pidió que parara, la quinta volvió a insistir con los mismos argumentos y, cuando llegó la octava, terminó dándome por imposible.

Todas aquellas noches, sin excepción, me había marchado del club con alguna mujer.

Me daba igual con quién, porque lo único que buscaba era desahogarme, pero ni siquiera eso me estaba funcionando.

Conseguía aliviar la tensión física, sí, pero no la mental, que era lo que realmente necesitaba, y cuanto más intentaba librarme de aquella frustración, peor me sentía.

Por si todo aquello fuera poco, tenía que añadir que, durante esos quince días, la imagen de Taylor no había desaparecido de mi cabeza ni un solo puñetero día.

Aparecía en cualquier momento, tanto de día como de noche, sin pedir permiso, colándose de repente en mis pensamientos como si su única intención fuera torturarme.

Necesitaba dejar de pensar, librarme de aquella frustración constante y conseguir que ese rostro desafiante, enmarcado por su pelo rojizo, dejara de aparecer en mi cabeza.

Sin embargo, ninguna de aquellas tres cosas había sucedido durante los últimos quince días, que se me habían hecho interminables, y eso me tenía completamente agobiado.

También me sentía atormentado, porque sabía que había sido muy injusto con ella.

Durante nuestra primera conversación le había recriminado que me hubiera juzgado y quizá fuera así, pero en el fondo sabía que no lo había hecho.

Simplemente había tenido la valentía, o el descaro, eso todavía estaba por ver, de decir en voz alta lo que todos pensaban de mí y no se atrevían a expresar, al menos delante de mí.

En cambio, yo sí que la había juzgado, y lo había hecho por su aspecto y por aquella primera impresión que me había causado, que había resultado ser completamente equivocada, sin saber absolutamente nada de su vida ni de lo que le había sucedido.

La había cagado, y mucho, y aquello me cabreaba porque nunca había sido así.

Jamás juzgaba a nadie sin conocerlo, pero algo me había ocurrido con Taylor desde el primer instante en que nuestras miradas se cruzaron y había sentido la necesidad de atacarla por el simple hecho de no querer tenerla cerca.

Cuando descubrí que tenía los mismos estudios que yo, unos que no cualquiera conseguía, que había ocupado un puesto como el de mi hermano y que, por lo que me habían contado, debía de ser extraordinariamente buena en su trabajo, me sentí todavía peor.

Taylor solo era una mujer que, por algún motivo que desconocía, porque por mucho que había insistido, ni Derek ni Katy me lo habían contado, había dejado atrás su vida en Boston y se había trasladado a Nueva York en busca de un trabajo muy por debajo de su cualificación, simplemente para poder vivir.

¿Y qué había hecho yo antes de conocer todo aquello? Juzgarla, insultarla y negarle una oportunidad que quizá le habría dado a cualquier otra persona sin hacer demasiadas preguntas. Por eso me sentía como un auténtico cabrón y no me gustaba nada experimentar aquella sensación.

Había sido injusto con ella, la había tratado fatal y era perfectamente consciente de ello. No me gustaba equivocarme y lo había hecho, pero todavía me gustaba menos tener que reconocer mis propios errores.

La puerta del despacho se abrió en aquel momento y me giré, apartando de golpe todos aquellos pensamientos de mi cabeza.

Era Derek, como no podía ser de otra manera, porque, teniendo en cuenta el humor que llevaba durante los últimos días, ninguno de mis empleados se habría atrevido a cruzar aquella puerta a menos que se tratara de un asunto de vida o muerte.

—¿Estás tomándote un descanso?

Resoplé y regresé a mi sillón, donde me dejé caer, completamente agotado.

—Uno muy necesario, te lo aseguro.

—Tienes una cara que da miedo, más de lo habitual, quiero decir.

—No me toques los cojones, Derek. Estoy hasta arriba de trabajo, así que, si has venido a calentarme la cabeza más de lo que ya la tengo, este no es el momento.

—Normal que estés así, la silla de ahí fuera sigue vacía —comentó, refiriéndose a la que debería estar ocupando mi secretaria.

—Ya lo sé.

—¿Todavía no has encontrado ninguna que te cuadre? Porque no vas a poder seguir así mucho más tiempo.

Solté otro resoplido mientras me echaba hacia atrás en el sillón, preguntándome si de verdad había venido a recordarme algo que llevaba dos semanas sufriendo en mis propias carnes.

—He entrevistado a seis en los últimos quince días.

—¿Y?

—Y nada. Ninguna es lo que busco ni lo que necesito.

Derek puso los ojos en blanco y chasqueó la lengua antes de contestarme.

—Te pusimos en bandeja a una que podría hacer ese trabajo a la perfección y con los ojos cerrados, pero tú la rechazaste, así que ahora no te quejes.

Apreté los puños con tanta fuerza que después terminé haciendo lo mismo con los dientes, cabreado de repente por sus palabras. Lo sabía, joder, lo sabía de sobra, pero no hacía ninguna falta que viniera a recordármelo y mucho menos que insistiera en lo mucho que la había cagado.

Mi hermano tenía razón, toda la razón del mundo. Taylor habría sido perfecta para aquel trabajo, pero el miedo, porque sí, reconocía que había sentido miedo por lo que aquella mujer me había hecho experimentar, me había llevado a rechazarla sin detenerme a pensarlo ni un solo minuto.

Giré la cabeza hacia la mesa que seguía vacía al otro lado de la puerta, que podía ver perfectamente porque Derek no se había molestado en cerrarla al entrar.

Mientras la observaba, algo me golpeó por dentro, una necesidad o quizá un impulso que no habría sabido explicar, pero que me hizo tomar una decisión en aquel preciso instante, sin imaginar hasta qué punto acabaría afectando a mi vida y cambiándola por completo.

Me levanté del sillón, cogí la americana que tenía colgada en el respaldo y me la puse rápidamente, mientras mi hermano me observaba con ambas cejas alzadas, sorprendido por mi repentino arranque.

—¿Qué haces? ¿A dónde vas?

—A buscar una secretaria.

—¿Ahora?

Me ajusté los puños de la camisa, cogí el móvil que había dejado encima de la mesa y rodeé el escritorio para dirigirme hacia la salida.

—Ahora. No puedo seguir así.

—¿Dónde vas?

Lo miré y él me sostuvo la mirada, aunque apenas necesitamos unos segundos para entendernos perfectamente.

—Creo que sabes de sobra la respuesta a esa pregunta.

Mi hermano permaneció mirándome durante un par de segundos más y su expresión se endureció antes de volver a hablar.

—Dominic, no le hagas daño.

—¿Qué? —pregunté, frunciendo el ceño.

—Si quieres que sea tu secretaria, perfecto, pero no le hagas daño. No se lo merece, no después de… —Se interrumpió, dejando la frase en el aire para evitar hablar más de la cuenta.

Aparté la mirada y di otro paso hacia la puerta antes de contestarle.

—No voy a hacerle daño. Simplemente necesito una secretaria y ella, por lo que decís, podría desempeñar bien ese trabajo.

Taylor y yo no tenemos por qué mantener ningún tipo de relación más allá de que ella esté en su mesa y yo en la mía.

Tampoco necesitamos ser amigos ni llevarnos bien, solo ser capaces de trabajar juntos.

—Ajá —respondió Derek, cambiando de expresión.

—Nada más —insistí, haciendo especial hincapié en aquellas dos palabras.

Mi hermano se echó a reír, lo que consiguió que volviera a mirarlo con el ceño fruncido.

—¿De qué te ríes?

—De nada, de nada —contestó mientras negaba con la cabeza—. Ve y vuelve pronto, que todo eso —añadió, señalando mi escritorio— no se hace solo.

—Lo haré.

—¿Con una secretaria? Porque no te lo va a poner fácil, lo sabes, ¿no?

—Lo sé.

Por supuesto que lo sabía. Conseguir que simplemente me dirigiera la palabra ya sería todo un triunfo, así que convencerla para que aceptara trabajar conmigo iba a convertirse en una tarea prácticamente imposible.

Sin embargo, yo no había llegado hasta donde estaba por casualidad.

Era cabezota, insistente, tenía determinación, sabía argumentar mis decisiones y nunca, absolutamente nunca, me rendía.

Por eso, aunque tuviera que perder unas cuantas horas intentándolo, al día siguiente Taylor ocuparía aquella mesa que llevaba demasiado tiempo vacía, como que me llamaba Dominic White.

—Suerte —se despidió mi hermano con una sonrisa de medio lado.

Asentí, él me devolvió el gesto y me giré para marcharme.