La oscuridad de Dominic Capítulo 13
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Capítulo 13

Mientras el silencio se prolongaba, me detuve a pensar en la situación. No habíamos estado hablando precisamente en voz baja y no tenía ni idea de cuánto podía haber escuchado Taylor de nuestra conversación, aunque estaba seguro de que, como mínimo, había oído lo último que yo había dicho.

Sin poder resistirme, busqué su mirada porque necesitaba saber qué estaba sintiendo después de escuchar todas aquellas barbaridades que habían salido de mi boca. Sin embargo, si antes me había quedado sin respiración al descubrirla en la puerta, al ver sus ojos me quedé completamente congelado.

No había nada en ellos. Me habría esperado enfado, confusión, dolor o incluso tristeza al escuchar cómo alguien a quien acababa de conocer la había juzgado con tanta dureza y sin ningún motivo, pero su mirada no reflejaba ninguna de aquellas emociones.

Por un momento, tuve la sensación de estar mirándome en un espejo y encontrarme con mis propios ojos, faltos de cualquier sentimiento.

Era como si se hubiera colocado una capa protectora, exactamente igual que hacía yo para impedir que los demás descubrieran cómo me sentía.

Fue ella misma quien rompió el silencio que se había impuesto en la cocina, porque Derek y Katy seguramente no sabían qué decir y yo era incapaz de pronunciar una sola palabra.

—Katy, venía a decirte que me voy. Ya es bastante tarde.

Poco faltó para que se me desencajara la mandíbula. Había pensado que me diría algo, que me atacaría o que, al menos, intentaría defenderse de todas aquellas acusaciones, pero no. Una vez más había conseguido dejarme completamente descolocado.

—¿No quieres quedarte un poco más?

—No, de verdad. La fiesta ha estado genial, pero es tarde y mañana tengo cosas que hacer. Además, tengo un buen trecho hasta llegar a casa.

—¿Piensas irte andando a estas horas? Tienes una hora de camino hasta casa de Emma.

Taylor soltó una carcajada antes de responder.

—No, no estoy tan loca. Iré en autobús.

—Yo te llevo —se ofreció mi hermano.

—Ni hablar, todavía tenéis muchos invitados que atender.

—No me cuesta nada.

—Ni a mí tampoco, Derek, así que no insistas.

—Dominic ya se iba, él puede llevarte —intervino Katy, forzando una sonrisa.

Desde luego, el ofrecimiento de mi cuñada no había sido lo más acertado después de lo que acababa de suceder, pero, como ninguno de nosotros sabía hasta qué punto Taylor había escuchado nuestra conversación, supuse que únicamente pretendía ser amable con ella.

Tampoco era una idea tan descabellada que Derek o yo la lleváramos a casa.

Ya era bastante tarde; como ella misma había dicho, había anochecido y hacía frío.

Dependiendo del autobús que tuviera que coger y de dónde viviera su amiga, que se había marchado hacía bastante rato porque estaba cansada, podía tardar muchísimo en llegar, además de tener que hacer todo aquel trayecto sola.

Taylor soltó una carcajada y pude comprobar cómo, al hacerlo, regresaba de repente a sus ojos aquel brillo que tanto me había llamado la atención cuando la conocí unas horas antes.

—¿Con él? No, gracias —respondió en tono de burla.

Fruncí el ceño porque su manera de decirlo me molestó. Resultaba increíble que pudiera sentirme ofendido después de toda la mierda que acababa de soltar por la boca contra ella, pero así era y ni yo mismo habría sabido explicar por qué.

—¿Por qué no? —pregunté, incapaz de contenerme.

—Está muy claro, ¿no?

Por el rabillo del ojo vi cómo Derek y Katy sonreían, aunque no tenía ni idea de qué les hacía tanta gracia.

—Pues no.

—No puedo montarme en tu coche.

Me crucé de brazos y fruncí todavía más el ceño, sin comprender adónde pretendía llegar con aquella afirmación.

—¿Qué tiene de malo mi coche?

—¿Tu coche? Nada.

—Entonces, no entiendo por qué no puedes montarte en él.

—Dominic, déjalo —me pidió mi hermano.

—No quiero dejarlo. Quiero saber el motivo por el que no puede o no quiere montarse en mi coche.

—Los motivos ya los tienes. Tú mismo los has dicho —respondió Taylor, encogiéndose de hombros.

Se colocó bien el bolso que llevaba y se ajustó el abrigo, seguramente preparándose para marcharse, pero ni de coña pensaba dejarla ir sin averiguar de dónde venía aquella reticencia a que la llevara.

Sí, ya sabía que no había quien me entendiera. Yo mismo había decidido que no quería volver a verla ni mantener el más mínimo contacto con ella, del mismo modo que me había negado a que trabajara para mí, utilizando unas excusas y unos argumentos de mierda para justificar mi decisión.

Sin embargo, una cosa era que hubiera decidido mantenerla alejada y otra muy distinta que fuera ella quien quisiera apartarse de mí. Por alguna razón que no conseguía explicarme, aquello me jodía, y mucho.

—¿Por qué? —insistí.

Taylor resopló como si mis preguntas estuvieran acabando con su paciencia.

—Pues porque yo no tengo la presencia suficiente ni para montarme en tu coche, que ni sé cuál es, por cierto, ni tampoco para estar sentada a tu lado. ¿Qué pensaría la gente si te viera conmigo? —respondió entre risas.

Mierda. Pues sí que había escuchado nuestra conversación o, al menos, una buena parte de ella.

—Respecto a eso…

Levantó una mano para interrumpirme antes de que pudiera continuar.

—No te molestes, todo está muy claro. No necesito escuchar nada más y tampoco tengo tiempo. Como ya he dicho, tengo que marcharme. Mañana tengo una entrevista de trabajo, pero una que he conseguido yo solita. No pienses que voy liando a todo el mundo para que me ayude a encontrar uno.

—Es que no has liado a nadie. Ni siquiera sabías que íbamos a pedirle que te contratara como su secretaria, porque todavía no nos había dado tiempo a decírtelo —intervino Katy.

Giré la cabeza de golpe hacia mi cuñada al escuchar aquello.

—¿Ella no os ha pedido que la ayudarais?

—No, Dominic. Como ya he dicho, no sabía nada. Ha sido cosa mía y de tu hermano, porque no queríamos comentárselo hasta hablar primero contigo. Ya sabemos lo rarito y exigente que eres con tus secretarias.

Joder, pues sí que había metido la pata hasta el fondo.

—¿En qué empresa tienes la entrevista? —preguntó Derek, seguramente para impedir que la conversación continuara por el mismo camino.

—En el Mystery, está en Wall Street.

—Lo conozco. Es una cafetería enorme a la que van muchísimos brókers.

—¿Una cafetería? ¿Vas a trabajar en una cafetería? —preguntó Katy, frunciendo el ceño.

—Si me cogen, sí. Hasta que encuentre otra cosa, me viene bien. El sueldo, por lo que me ha dicho el dueño, no está nada mal y los locos de la bolsa dejan buenas propinas.

—Joder, es una mierda que tengas que trabajar de camarera pudiendo hacerlo en otro sitio —protestó Derek, mirándome enfadado al pronunciar aquellas últimas palabras.

—De momento es lo que hay. Además, no es la primera vez que lo hago, porque ya trabajé de camarera hace años, mientras me sacaba la carrera.

—¿Carrera? ¿Tienes una carrera? —pregunté, interesado, porque aquello sí que me había sorprendido.

Sinceramente, no esperaba que tuviera estudios superiores, no porque pensara que no pudiera tenerlos, sino porque me había dado la impresión de que era una mujer humilde. Desde luego, me había lucido con las conclusiones que había sacado sobre ella, porque no había acertado ni una.

—La misma que tú —contestó, encogiéndose de hombros como si aquello no tuviera ninguna importancia.

Sin embargo, para mí sí que la tenía, y mucha. Su respuesta, pronunciada con toda la naturalidad del mundo, me dejó clavado en el sitio, mientras ella consultaba su reloj y negaba con la cabeza, ajena al efecto que acababan de provocarme sus palabras.

—Chicos, me voy ya. Katy, mañana te llamo y me cuentas qué tal ha acabado la fiesta.

—Sí, y yo quiero que me cuentes cómo te ha ido en la entrevista —respondió mi cuñada antes de acercarse para darle un beso y un abrazo.

Taylor se separó de ella e hizo lo mismo con mi hermano, que también se despidió cariñosamente.

—Hasta mañana, chicos.

Caminó hacia la puerta, pero, antes de salir de la cocina, se detuvo y volvió la cabeza en mi dirección.

—Dominic, antes de irme quería decirte algo.

—¿El qué?

—Hace ocho días.

—¿Hace ocho días qué?

—Esa fue la última vez que fui a la peluquería. Pero creo que no voy a volver a la que fui, porque, si un hombre experto en mujeres piensa que me dejaron fatal, me fío más de su criterio que del de un profesional que lleva treinta años dedicándose a ese trabajo.

Sin añadir nada más, volvió a girarse y desapareció por el pasillo con pasos ligeros, mientras mi hermano y Katy estallaban en carcajadas a mi lado.

—Te has lucido, macho —comentó Derek, dándome una palmada en la espalda.

—Tiene una carrera —murmuré, más para mí mismo que para ellos, porque todavía estaba intentando asimilar aquella información.

—En Boston era directora de operaciones, COO, de una de las empresas que más millones facturaban al año.

Giré la cabeza de golpe hacia mi hermano, completamente alucinado.

Podría haberme esperado muchas cosas, pero desde luego aquella no.

Taylor no solo tenía estudios universitarios, sino que, además, en su antigua empresa había ocupado exactamente el mismo puesto que Derek desempeñaba en la mía, y a un cargo de semejante responsabilidad no se llegaba por casualidad ni por enchufe.

Para alcanzar aquella posición había tenido que trabajar muy duro y yo lo sabía perfectamente.

Mi hermano no era director de operaciones por ser de mi familia, sino porque se había ganado el puesto con su esfuerzo, trabajando tanto como yo o incluso más y demostrando, además, que era extraordinariamente bueno en lo suyo.

—¿Y qué hace aquí? ¿Por qué no sigue trabajando allí?

Derek y Katy intercambiaron una de aquellas miradas con las que acostumbraban a mantener sus conversaciones silenciosas y que les permitían decirse muchas cosas sin necesidad de pronunciar una sola palabra.

—Eso, si algún día volvéis a coincidir, cosa que dudo bastante, tendrás que preguntárselo tú. Y, si ella quiere contártelo, lo hará —respondió mi cuñada.

—¿Vosotros sabéis qué pasó?

Ambos asintieron al mismo tiempo, confirmando mis sospechas.

—Sí, ella misma nos lo contó.

—Pero no vais a contármelo —afirmé, porque ya conocía la respuesta de antemano.

—No. Eso pertenece a su vida privada y nosotros no somos quienes para contar nada.

—Y, sabiendo el puesto que ocupaba antes, ¿me pedís que la contrate como secretaria? No lo entiendo. Lo lógico sería que buscara un cargo igual o similar al que tenía, o incluso uno de CEO como el mío.

—Es precisamente el tipo de trabajo que lleva buscando desde que llegó a Nueva York.

No quiere volver a ocupar un cargo como el que tenía, por eso está buscando uno de secretaria o asistente.

Podría hacer muchas de las cosas que hacía antes y ayudar en lo que fuera necesario, pero sin implicarse demasiado.

Miré a mi hermano con una ceja alzada porque lo que me estaba contando me resultaba increíble, aunque, por lo visto, era completamente cierto.

Aquellas palabras no me revelaban qué le había sucedido a Taylor en Boston, pero estaba claro que algo tenía que haber ocurrido para que quisiera dar un cambio tan radical a su vida profesional.

A cada minuto que pasaba me sentía más intrigado y también más arrepentido de todas las barbaridades que había soltado por la boca, especialmente porque ella las había escuchado.

No quería tenerla cerca porque algo en mi interior me advertía de que Taylor podía representar un peligro para mí, y no precisamente en el mal sentido.

No podía permitir que entrara en mi vida ni en mi mundo, porque en apenas unos minutos había conseguido despertar en mí algo que no sabía identificar, pero que estaba ahí, y yo no quería volver a sentir absolutamente nada.

Tampoco deseaba seguir hablando de aquel asunto ni continuar sintiéndome como me sentía después de haber juzgado y tratado con desprecio a una mujer de la que no sabía nada, únicamente porque había conseguido removerme algo por dentro.

Así que había llegado el momento de marcharme, despejarme y pasar unas horas sin pensar en absolutamente nada.

Y conocía el lugar perfecto para conseguirlo.

—Me voy.

—Al club de Joanne, ¿no?

Asentí y ambos negaron con la cabeza, demostrando una vez más que mi decisión no les hacía ninguna gracia.

—Algún día, Dominic, algún día…

No estaba para sermones ni para escuchar nada más, así que, antes de que Derek pudiera continuar, caminé hacia la puerta de la cocina y me despedí de los dos, deseándoles que terminaran de pasar un buen fin de semana.

Me monté en el coche, arranqué y comencé a recorrer la calle en la que vivía mi hermano.

Sin embargo, al pasar junto a la parada del autobús, me resultó imposible evitar mirar en aquella dirección y descubrir a Taylor sentada en el banco, esperando, encogida sobre sí misma, seguramente por el frío que hacía.

Algo me golpeó en el pecho al verla allí, pero, aun así, no me detuve. Apreté las manos con fuerza alrededor del volante y pisé un poco más el acelerador, decidido a dejar cuanto antes aquella calle atrás y, con ella, a Taylor.