La oscuridad de Dominic Capítulo 12
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Capítulo 12

Miré el reloj por tercera vez y solté un suspiro mientras dejaba la copa que tenía en la mano sobre la mesa de la comida, que había disminuido considerablemente durante las dos horas que llevaba allí.

Dos horas de tortura que no pensaba alargar mucho más, porque ya había hecho bastante más que acto de presencia y me había relacionado con más gente de la que mi paciencia y mi mente podían soportar.

Había bebido, comido y aplaudido como todos los demás cuando, al cortar la tarta que habían servido media hora antes, descubrimos que el relleno era azul, lo que significaba que iba a tener un sobrino.

Durante todo aquel tiempo había intentado esquivar a la gente tanto como me había sido posible, pero, sobre todo, había procurado no cruzarme ni volver a hablar con Taylor, algo que sí había conseguido.

Lo que no había logrado era dejar de seguirla con la mirada mientras recorría el jardín de un grupo a otro, moviéndose entre los invitados y charlando con ellos como si los conociera de toda la vida.

Desde que se había marchado al terminar nuestra conversación, tenía la sensación de que algo se había quedado pendiente entre nosotros. Aquella mujer me tenía desconcertado, no podía negarlo, pero también despertaba en mí otras sensaciones, y la irritación encabezaba la lista.

Sí, aquella mujer, con su mirada desafiante, su lengua suelta y esa seguridad en sí misma que parecía tener, había conseguido irritarme en apenas cinco minutos como no lo había hecho nadie en toda mi vida.

Sin embargo, no era ese el único motivo por el que había estado observándola, sino también lo mucho que me llamaba la atención.

Había conocido mujeres mucho más llamativas en todos los aspectos, con cuerpos hechos para el pecado y para tentar a cualquiera que tuviera la suerte de contemplarlos.

Mujeres tan hermosas que hasta resultaba ofensivo verlas junto a otras que no lo eran tanto, capaces de interrumpir conversaciones con su sola presencia, atraer todas las miradas y excitar incluso a otras mujeres.

Yo había tenido la suerte de compartir cama con algunas de ellas, pero ninguna me había atraído de la manera en que Taylor llevaba haciéndolo desde que la había conocido dos horas antes.

No era que me excitara con solo mirarla, porque eso no había sucedido, ni tampoco que la deseara hasta el punto de querer sacarla de allí a rastras y follármela en el primer sitio que encontrara.

No se trataba de ese tipo de atracción, sino de otra muy distinta que me impulsaba a querer seguir manteniendo con ella aquella guerra verbal hasta que uno de los dos se rindiera.

Y, por supuesto, no pensaba ser yo quien lo hiciera.

Quería que fuera ella la que se quedara sin réplica, la que agachara la cabeza y terminara rindiéndose para, por qué no decirlo, dejarse tumbar en la primera cama, mesa o cualquier otra superficie que tuviéramos a mano y permitirme follármela fuerte y duro.

Al pensar en todo aquello, una sensación extraña se instaló en mi pecho al darme cuenta de que llevaba dos horas pensando en la misma mujer y pendiente de sus movimientos, algo que no podía permitirme.

Yo no pensaba en ninguna mujer ni le dedicaba un solo pensamiento. Simplemente me las follaba, sin observarlas, sin estar pendiente de lo que hacían y mucho menos sin desear mantener una conversación con ellas, por muy rara y desafiante que pudiera resultar.

Me había hecho una promesa a mí mismo y en mi mundo no iba a entrar ninguna mujer, ni siquiera para discutir, así que lo mejor para evitar sucumbir a la tentación de dejar que Taylor se acercara demasiado era mantenerme alejado de ella, intentar no pensar en su existencia y, por supuesto, no permitir que volviera a acercarse a mí.

Con aquella decisión tomada, consulté de nuevo el reloj y, al comprobar que había pasado casi otra media hora, decidí que ya había tenido más que suficiente. Me dirigí hacia mi hermano y Katy, que estaban hablando con una mujer que, justo cuando llegué, se marchó para servirse otro refresco.

—Te marchas —afirmó mi cuñada con una sonrisa.

—No creo que podáis quejaros. He aguantado casi tres horas, pero ya no más.

—Sinceramente, no pensé que llegaras a estar ni una, así que nos damos más que por satisfechos.

—Bien, pues voy a despedirme de mamá y Joanne y me marcho. Y, chicos, quiero felicitaros otra vez. Me alegro mucho de que sea un niño y de que hayáis decidido ponerle el nombre de papá.

—Gracias, Dominic. Lo del nombre era algo que teníamos muy claro incluso antes de saber si sería un niño. Si hubiera sido una niña, se habría llamado como la madre de Katy.

Mi cuñada, al igual que nosotros, también había perdido a su madre años atrás, en su caso en un accidente de tráfico.

Padre sí que tenía, aunque apenas mantenía contacto con él o, mejor dicho, no tenía ninguno, porque se había casado con otra mujer un año después de quedarse viudo y se había marchado a vivir con ella a Londres.

—Sí, eso estaba decidido desde que supimos que íbamos a ser padres —añadió Katy con los ojos brillantes.

—Pues es la mejor decisión que podíais haber tomado. Mamá está como loca de contenta.

—Sí, ya sabíamos que le haría mucha ilusión.

Volví a mirar el reloj, más por manía que por cualquier otra cosa, y mi hermano, que debió de darse cuenta, me hizo una pregunta.

—¿Has quedado con alguien?

—No, ¿por qué?

—Quería comentarte algo antes de que te fueras.

—Tú dirás.

—Aquí no, vamos un momento a la cocina —respondió, haciéndome un gesto con la cabeza.

Asentí y los tres nos dirigimos hacia allí para poder hablar lejos de oídos curiosos. Una vez dentro, me volví hacia ellos, esperando que me explicaran qué asunto era tan importante como para tener que apartarnos del resto de los invitados.

—Vosotros diréis.

Vi cómo intercambiaban una mirada y cómo Katy le pedía a Derek, sin necesidad de pronunciar una sola palabra, que fuera él quien hablara.

—Queríamos hablarte de Taylor.

—No.

—Dominic…

—No tengo nada que hablar sobre esa mujer. Me la habéis presentado, la he conocido, como queríais, y eso es todo. No quiero saber nada más de ella ni de lo que tengáis que decir u opinar sobre el cruce de palabras que hemos tenido.

Derek resopló, evidentemente molesto por mi negativa.

—¿Puedes parar un momento y escucharme? No tiene nada que ver con eso.

Fruncí el ceño y me puse inmediatamente en alerta, porque no tenía ni idea de qué otra cosa podían querer contarme de aquella mujer.

No la conocía de nada y ellos seguramente supondrían que, como me ocurría con el resto de la gente, no tenía el menor interés en saber nada sobre su vida, aunque en aquella ocasión ni yo mismo podía engañarme, porque no era precisamente el caso.

—¿Qué pasa entonces?

Derek carraspeó, se puso serio y comenzó a explicarme lo que ambos habían estado pensando, aunque antes me hablaron un poco por encima de la vida de Taylor, sin entrar en demasiados detalles.

Era de Boston y hacía dos meses que se había mudado a Nueva York, aunque no me dijeron cuál había sido el motivo de su traslado.

Por el momento, vivía en casa de su amiga, aquella con la que la había visto hablando durante la fiesta, mientras encontraba un lugar adecuado en el que instalarse por su cuenta.

Sin embargo, la verdadera razón por la que mi hermano me estaba contando todo aquello era que Taylor llevaba buscando trabajo desde que había llegado a Nueva York y todavía no había encontrado ninguno que le permitiera ganar un sueldo suficiente para mantenerse y alquilarse su propio apartamento.

—¿Y con qué fin me cuentas todo esto?

Estaba claro que, si mi hermano se había tomado tantas molestias para explicarme la situación de Taylor, debía de tener algún motivo, porque no era precisamente de los que iban por ahí contándome la vida de otras personas sin ninguna razón.

—Ella busca trabajo y tú necesitas una secretaria. No creo que haga falta decir nada más.

Al escuchar aquellas palabras, se me cortó hasta la respiración. Apenas unos minutos antes había decidido que lo mejor para mí era mantenerme lo más alejado posible de Taylor, porque sabía que su cercanía podía resultar peligrosa, así que bajo ningún concepto pensaba aceptar semejante propuesta.

Si consentía que fuera mi secretaria, no solo tendría que volver a verla, sino que se convertiría en la persona con la que más contacto mantendría a diario, y eso era algo que no podía permitir de ninguna de las maneras.

—No.

—Dominic…

—He dicho que no.

—Es cierto que no habéis empezado con muy buen pie, pero ¿quién lo hace contigo? Si la conocieras, te darías cuenta…

No dejé que Katy terminara de hablar, porque ya había tomado una decisión y no pensaba cambiar de opinión por mucho que ambos insistieran.

—No quiero conocerla ni tampoco trabajar con ella —sentencié.

—¿Por qué? —preguntó mi hermano mientras se cruzaba de brazos.

—Porque no.

—Eso no es una respuesta.

—Pues es la que tengo.

—Sigue sin ser una respuesta coherente, Dominic. Dame una razón por la que no quieres que sea tu secretaria, pero una que resulte convincente.

Pensé rápidamente, intentando encontrar alguna excusa que pudiera servir para zanjar aquella conversación cuanto antes.

—Yo no soy ninguna ONG que va dando trabajo y ayudando por pena a todo el que no lo tiene. Para trabajar en mi empresa se necesitan unos estudios mínimos que dudo mucho que ella tenga. Solo hay que verla. No contrato a gente por enchufe.

Katy soltó un jadeo de sorpresa al escucharme.

—¡Pero si no sabes qué ha estudiado ni en qué ha trabajado antes!

—Ni quiero saberlo. Además, sabes perfectamente que mi secretaria me acompaña a reuniones y a muchos otros sitios donde tengo que tratar con gente muy importante, así que debe tener un mínimo de presencia.

Sabía que todo lo que estaba diciendo no tenía ni pies ni cabeza, pero ya había empezado a soltar excusas y, a esas alturas, parecía incapaz de detenerme.

—No me puedo creer que hayas dicho eso. ¿Desde cuándo eres un esnob? ¿Y de dónde coño te sacas que no tiene presencia?

Mi hermano estaba cabreado y con toda la razón del mundo, pero es que yo había dicho lo primero que se me había pasado por la cabeza, aunque sabía perfectamente que era mentira. Taylor tenía presencia de sobra y yo había sido el primero en darme cuenta.

—Ella se ha fijado en mi ropa, pero yo tampoco estoy ciego y también me he fijado en la suya.

Lo que lleva puesto, o se lo han prestado o es de saldo.

Además, mira a cualquiera de las mujeres que están ahí fuera y después mírala a ella, porque no tienen nada que ver.

Creo que lleva años sin pisar una peluquería.

Era imposible ser más cabrón de lo que estaba siendo en aquel momento y lo sabía, porque todo lo que acababa de decir era mentira, absolutamente todo, pero había llegado a un punto en el que ya no sabía qué más inventarme para conseguir que dejaran de insistir.

—Dominic, te estás pasando. ¿Desde cuándo juzgas así a la gente?

—No la estoy juzgando, solo he dicho lo evidente, lo que todos podemos ver. Además, me gustaría saber cuál es el verdadero motivo por el que se ha arrimado tanto a Katy. ¿Realmente quiere ser su amiga o lo ha hecho por interés para que le consigáis un trabajo?

—Todos sabemos que has cambiado, yo el primero, pero jamás pensé que lo hubieras hecho tanto. Sé que lo que pasó te ha vuelto frío, desconfiado y un poco huraño, pero nunca imaginé que te habías convertido en un cabrón sin corazón.

—Puede que lo sea, eso no te lo niego, pero quizá precisamente por eso soy capaz de ver cosas que vosotros no. Si no os dais cuenta de que se ha arrimado a vosotros para que le consigáis un trabajo, es que estáis ciegos. ¿Cuánto tardó en pedírtelo, Katy? ¿Cinco minutos después de conocerte?

Un ruido cercano hizo que los tres nos volviéramos al mismo tiempo y entonces sí que se me cortó la respiración por completo, porque justo detrás de nosotros, en la puerta de la cocina, estaba Taylor, mirándonos a los tres.

Permanecía inmóvil, apoyada en el marco de la puerta, mientras mi hermano, a mi lado, se tensaba visiblemente.

Yo no podía ponerme más rígido de lo que ya estaba y Katy, por su parte, apoyó una mano sobre la isla de la cocina y la otra en el brazo de su marido, como si necesitara sujetarse a algo para no perder el equilibrio.

El silencio que se impuso en aquella cocina fue incómodo, largo y tedioso.