Capítulo 11
Los tres nos detuvimos a su lado, pero estaba tan concentrada observando todo lo que había en la mesa que no se dio cuenta de nuestra presencia, a pesar de que nos encontrábamos a apenas dos pasos de ella.
—Taylor —dijo mi cuñada para llamar su atención.
—Eh… Katy, ¡vaya la que habéis montado aquí! Con tanta comida vais a tener que estar comiendo sobras hasta que des a luz.
—Sí que nos hemos pasado un poco —reconoció mi cuñada.
Taylor giró la cabeza y fue entonces cuando reparó en mi presencia. No sonrió ni cambió de expresión; se limitó a recorrerme de arriba abajo con la mirada, haciéndome una radiografía completa.
—Taylor, quería presentarte a mi cuñado, Dominic.
Ambos dimos un par de pasos hacia el otro sin apartar la mirada, algo que me resultó bastante extraño, porque no había muchas personas capaces de sostenerme la mirada con tanta naturalidad como lo estaba haciendo ella.
Normalmente, mi frialdad, mi gesto serio y mi apellido solían intimidar a la gente, pero aquella mujer no parecía sentirse intimidada en absoluto.
Curiosa, puede que sí; precavida, quizá, pero nada más.
Sin decir una palabra y dejando que fuera ella quien hablara primero si así lo deseaba, extendí la mano. Taylor acercó la suya y me la estrechó con firmeza, sin dudar un segundo.
—Taylor Palmer.
—Dominic White.
—Lo sé, me han hablado de usted —contestó, señalando a Katy con la cabeza.
—Supongo que nada bueno.
—Eso depende. Lo que unos ven mal, otros pueden verlo bien. Las diferencias de opinión existen para todo.
Asentí mientras le soltaba la mano, aunque me costó hacerlo porque me había gustado su tacto, su calidez y la firmeza con la que me la había estrechado.
—Ah, y lo acompaño en el sentimiento.
Fruncí el ceño, completamente desconcertado por aquel comentario que no tenía ni idea de a qué venía.
—¿Qué?
—He dicho que lo acompaño en el sentimiento. Es lo que se dice en estos casos, ¿no?
Miré a mi hermano, que estaba haciendo verdaderos esfuerzos por contener la risa, mientras mi cuñada se encontraba en una situación bastante parecida. Taylor, en cambio, seguía mirándome muy seria, esperando una contestación.
—¿En qué casos?
Levantó ambas cejas y me observó como si fuera idiota.
—Si uno va a un entierro es porque se le ha muerto alguien, así que en esos casos se da el pésame.
—¿Y cómo ha llegado usted a esa conclusión? ¿Por qué supone que he estado en un entierro?
—Por su ropa, claro. Va completamente de negro, el color del luto. En su caso, solo hay dos opciones posibles para que eso ocurra.
Su actitud estaba empezando a cabrearme y, desde luego, no tenía intención de quedarme con las ganas de saber a qué conclusiones había llegado aquella mujer.
—¿Dos opciones? Sorpréndame y dígame cuáles son esas dos a las que ha llegado —exigí, sin importarme lo más mínimo que mis palabras sonaran más como una orden que como una petición.
—Para que lleve esa ropa, o su asistenta está de huelga y no le queda ninguna otra prenda en el armario o se ha vestido completamente de negro para asistir a un entierro.
»Yo opto por la segunda opción, porque la primera sería muy fácil de solucionar. Siendo usted quien es, estoy segura de que hasta de madrugada le abrirían cualquier tienda para que pudiera comprarse otra cosa.
Me quedé completamente alucinado ante semejante respuesta, mientras mi hermano, incapaz de contenerse por más tiempo, soltaba una carcajada a la que se unió mi cuñada, aunque ella intentó disimular un poco más.
—No debería juzgar a la gente por su aspecto sin conocerla.
—Yo no lo he juzgado, simplemente he hecho una observación.
—Equivocada. No vengo de ningún entierro y a mi asistenta no le pasa absolutamente nada. Visto así porque me sale de los cojones.
Taylor levantó una ceja ante mi arrebato, uno que me sorprendió hasta a mí mismo. Solía ser serio, frío e incluso cortante, pero desde luego no acostumbraba a comportarme de una manera tan borde como acababa de hacerlo.
Tampoco sabía por qué me había salido contestarle así, aunque aquella mujer tenía algo que despertaba en mi interior una sensación que no me gustaba nada y quizá por eso había reaccionado de aquella manera.
Lo peor de todo era que no parecía sorprendida, espantada ni mucho menos molesta por mi contestación. Al contrario, tenía toda la pinta de haberse divertido, como demostraba aquella sonrisa de medio lado que acababa de dibujarse en su rostro.
—Entonces eso explica muchas cosas —contestó, dirigiéndose a todos en general antes de mirar a mi cuñada—. Lo describiste a la perfección.
—Así que ya tenía una idea preconcebida de mí por lo que le han contado.
Se encogió de hombros como si aquello no tuviera la menor importancia.
—¿Y cuál es, si puede saberse?
—Que eres serio —respondió, abandonando de repente el tratamiento de usted.
—Lo soy.
—Que trabajas demasiado.
—Eso lo sabe cualquiera que conozca mi nombre, sin necesidad de que alguien cercano a mí se lo cuente.
—Que eres exigente, pero justo.
—También.
—Que no sonríes nunca, algo que no consigo entender. Por pequeña que sea, siempre hay alguna cosa en esta vida que nos hace sonreír.
—A mí no.
—Que no te gustan las fiestas ni la gente.
—Lo de las fiestas es evidente. Lo otro depende de las personas que sean —contesté, mirándola fijamente a los ojos para que comprendiera que ella era una de esas personas.
Mi hermano y Katy nos observaban como si estuvieran presenciando un partido de tenis entre dos rivales que no estaban dispuestos a dar ninguna pelota por perdida.
—¿Algo más?
—De las cosas que me han contado, no. Las demás las he deducido yo misma.
Di un paso para acercarme un poco más a ella, pero no se intimidó ni se inmutó lo más mínimo. Tampoco retrocedió, como seguramente habrían hecho otras personas al encontrarse con mi mirada, que en aquellos momentos debía de estar echando fuego.
En lugar de eso, cogió la copa que tenía sobre la mesa y bebió un trago con toda tranquilidad, como si estuviera disfrutando de una agradable charla entre amigas y no del duelo verbal que estábamos manteniendo.
Me crucé de brazos y la observé con el ceño fruncido, decidido a averiguar qué otras conclusiones había sacado sobre mí.
—Ilumíname. ¿Cuáles son esas deducciones?
Chasqueó la lengua antes de contestarme.
—Ni tú tienes tiempo de escucharlas, porque no creo que, con lo muchísimo que estás disfrutando de esta reunión, tardes demasiado en marcharte, ni yo tengo ganas de enumerarlas.
»A mí sí me gusta esta fiesta y casi todas las personas que hay en ella. He venido a pasármelo bien, no a hacer un perfil de nadie.
Hizo una pausa para beber otro trago y dejó el vaso sobre la mesa antes de continuar.
—Pero, si estás interesado en conocerlas, puedes darme tu correo electrónico u otra forma de contacto y, cuando tenga tiempo y ganas, te las preparo como si fueran un informe. Estoy segura de que así prestarás la atención que se merece ese esfuerzo por mi parte.
—¿Ni siquiera un pequeño avance? —pregunté con sequedad.
—Puedo decirte por qué te sienta de maravilla esa ropa —contestó, recorriéndome de arriba abajo con la mirada de una manera completamente descarada.
—¿Por qué?
—Porque tu ropa va en total consonancia con lo que hay en tu interior.
En aquel momento, mi enfado disminuyó y algo nuevo, mucho más intenso, se abrió paso en mi interior: la curiosidad.
—¿Y qué cree que hay?
—Oscuridad.
Entrecerré los ojos, bajé los brazos y metí las manos en los bolsillos de los pantalones para poder apretar los puños sin que nadie se diera cuenta.
¿Quién coño se creía aquella mujer para decirme semejante cosa? Lo peor era que tenía toda la razón del mundo, pero ella no era nadie para soltarlo allí, en voz alta y con aquella seguridad, después de llevar apenas unos minutos hablando conmigo.
—Lleva hablando conmigo cinco minutos. Es imposible que sepa lo que hay en mi interior, que, por otra parte, tampoco le importa.
—Lo sé porque es lo que transmite tu mirada. Oscuridad, entre otras muchas cosas, pero tienes razón, no me importa. Así que, si me disculpas, voy a seguir disfrutando de la fiesta.
Cogió la copa con una mano y un canapé con la otra antes de girarse hacia mi hermano y Katy, que continuaban observándonos con unas sonrisas cuyo motivo no alcanzaba a comprender.
—Katy, avísame cuando quieras que te ayude a sacar la tarta. Voy a ver cómo está Emma, que hoy se ha levantado con los tobillos muy hinchados.
—Claro, yo te aviso.
Se giró para marcharse, pero algo en mi interior me impulsó a querer decirle alguna cosa más, lo que fuera, con tal de que no se fuera todavía.
—Taylor.
Volvió la cabeza por encima del hombro y me miró algo sorprendida, seguramente porque no esperaba que volviera a dirigirme a ella.
—¿Sí?
—Yo también he deducido algunas cosas sobre ti en estos cinco minutos y tengo mi propia opinión.
—Lo sé, pero, sinceramente, puedes quedártela porque no me interesa conocerla. Por cómo me has mirado, me hago una ligera idea de cuáles serán esas deducciones.
—Puede que estés equivocada.
Soltó una risa seca antes de responder.
—No lo creo. Que disfrutes de la fiesta, Dominic —se despidió en un tono claramente burlón.
Me quedé observándola, incapaz de apartar la mirada de su cuerpo mientras caminaba entre los invitados, hasta que llegó junto a una mujer embarazada a la que dedicó una sonrisa que me llamó especialmente la atención.
Era una sonrisa limpia, sincera y llena de cariño, que no tenía absolutamente nada que ver con las que me había dedicado a mí durante nuestra conversación. No habría sabido explicar por qué, pero aquello me molestó.
Estaba seguro de que, en cuanto me girara, mi hermano y Katy tendrían mucho que decir sobre lo que acababan de presenciar, pero no pensaba darles aquella satisfacción. Así que, antes de que pudieran reaccionar, me escabullí entre los invitados y regresé junto a mi madre y Joanne.