La oscuridad de Dominic Capítulo 10
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Capítulo 10

Nada más poner un pie en el jardín y echar un vistazo a mi alrededor, supe que aquello iba a ser una tortura mucho mayor de lo que había imaginado.

Lo primero que me golpeó fue el ruido. Yo, que era un hombre de silencios, había ido a meterme en un lugar donde estaba seguro de que no encontraría ni un minuto de tranquilidad, aunque me quedara sordo.

Todo estaba decorado para la ocasión, con globos rosas y azules colgados en todos los rincones del jardín donde había sido posible colocarlos, una mesa tan repleta de comida y bebida que resultaba hasta ofensiva a la vista y un montón de gente distribuida en pequeños grupos, hablando y riendo animadamente.

Varios hombres permanecían junto a sus mujeres, mostrándose especialmente protectores con ellas, que se encontraban claramente en el mismo estado que Katy, como demostraban sus abultados vientres.

En otro de los grupos reconocí enseguida a varios amigos de mi hermano y de mi cuñada, mientras que, junto a la mesa, mi madre conversaba animadamente con Joanne, que en aquel momento se estaba riendo por algo que mi progenitora acababa de decirle.

—Ven, que te presente a la gente —anunció Katy mientras tiraba de mi brazo.

—Primero saludaré a mi madre y a Jo. Eso me dará el tiempo necesario para prepararme.

Mi cuñada soltó una carcajada, pero terminó asintiendo ante mi petición.

—Está bien, te doy cinco minutos, ni uno más. Y más te vale no fingir un desmayo o algo peor para librarte de las presentaciones. Advertido quedas —añadió antes de alejarse hacia una mujer que la estaba llamando.

—No es tan malo como parece, Dominic. Venga, intenta divertirte.

—No, malo no es, es peor —le contesté a mi hermano antes de que también se alejara riéndose hacia el grupo de sus amigos.

Comencé a caminar entre los invitados con la vista fija en el suelo, poniendo en práctica un mecanismo que había desarrollado durante los últimos tiempos.

Mi teoría era que, si evitaba mirar a la gente a la cara, tampoco me sentiría comprometido a hablar con nadie, y lo cierto era que solía funcionar, al menos la mayoría de las veces.

En aquella ocasión también dio resultado, porque conseguí llegar hasta donde estaban mi madre y Joanne sin tener que intercambiar una sola palabra con ningún invitado.

Me acerqué a mi madre, que sonrió en cuanto me tuvo delante, y le di un beso en la mejilla mientras la abrazaba.

La veía bastante menos de lo que debería y eso me hacía sentir culpable, porque la quería muchísimo, aunque últimamente también se había unido al resto de mi familia en su empeño por recordarme constantemente que la vida seguía, que ya era hora de encontrar a otra mujer y que tenía que olvidar el pasado.

Cuando terminé de abrazarla, saludé a Joanne de la misma manera.

—Pensé que no vendrías —comentó mi amiga en tono de broma.

—Te aseguro que no estoy aquí por voluntad propia.

—¿Por qué? Es una fiesta muy bonita y hay mucha gente majísima —intervino mi madre.

—Ese es precisamente el problema, madre, que hay gente.

Mi madre soltó un resoplido mientras Joanne se echaba a reír, seguramente encantada de contemplar lo mucho que estaba disfrutando de aquella maravillosa reunión familiar.

—Hijo, ya es hora de que…

—Madre, hoy no, por favor. Con el ambiente que me rodea tengo más que suficiente; no necesito que empieces también con los sermones.

—No son sermones, son consejos, y deberías hacerme caso. Aquí hay muchas mujeres, así que podrías darte una vuelta y conocerlas.

La miré alzando una ceja, mientras veía por el rabillo del ojo cómo Joanne hacía verdaderos esfuerzos por contener una carcajada ante mi expresión.

—Madre, la mayoría de las mujeres que hay aquí están embarazadas y han venido con sus maridos. A las demás ya las conozco, porque son amigas de Derek y Katy. Y, si hay alguna más, desde ahora te digo que tampoco tengo ningún interés en conocerla.

—Lanna, no gastes saliva con él. Es un cabezota, pero ya llegará el día en que tenga que tragarse todas sus palabras —intervino Joanne.

Mi madre me observó con ternura, aunque también distinguí en su mirada algo parecido a la pena, un sentimiento que entendía perfectamente.

Nunca me lo había dicho con tanta claridad como mi hermano o Joanne, pero sabía que sufría por mí, por todo lo que me había sucedido y por el cambio que aquella experiencia había provocado en mi manera de ser.

Lanna White, mi madre, era una romántica convencida, de esas personas que creen que nadie puede tener una vida completa si no encuentra a la persona que el destino ha elegido para compartirla.

Sin embargo, yo consideraba que mi propia vida era la prueba de que aquello no tenía por qué ser así.

Estaba bien como estaba, no tenía a nadie a mi lado ni quería tenerlo y, por mucho que todos insistieran en convencerme de lo contrario, no pensaba cambiar de opinión.

Lo que no conseguía entender era por qué mi madre no podía comprenderme cuando precisamente ella tampoco había vuelto a ser la misma desde que mi padre murió, diez años atrás.

Philip White nos había dejado de repente, una noche cualquiera, mientras cenaba. Sufrió un infarto y no hubo nada que hacer, porque, cuando llegaron los servicios de emergencias, únicamente pudieron certificar su muerte.

Desde entonces, mi madre nunca había conseguido recuperar del todo a la mujer que había sido antes de perderlo.

Mis padres formaban una pareja muy parecida a la de Derek y Katy, de esas que parecen hechas el uno para el otro y que se aman desde que son prácticamente unos críos.

Yo entendía perfectamente que perder a alguien con quien has compartido media vida tenía que dejarte completamente destrozado y perdido, así que me resultaba difícil comprender por qué ella no podía aceptar que yo hubiera decidido vivir a mi manera después de lo que me había ocurrido.

Continué hablando con ambas durante unos minutos más, aunque no demasiados, porque Katy cumplió su palabra y apareció para llevarme a conocer al resto de los invitados. Y fue precisamente en aquel momento cuando comenzó mi verdadero suplicio.

Mi cuñada empezó presentándome a varios matrimonios que, como ya había podido comprobar nada más llegar, también estaban esperando un hijo.

Cuando llegamos al tercero, cuyos nombres había olvidado apenas dos segundos después de escucharlos, comencé a desesperarme y a sentirme verdaderamente incómodo.

Estaba completamente fuera de mi elemento y no tenía ni idea de qué contestar cuando empezaban a hablarme de partos naturales, epidurales, pañales de quince tallas diferentes y leche de fórmula.

Lo mío eran los residuos, los contratos y las aguas residuales, y las únicas marcas de las que conocía varias opciones eran las de whisky , no las de toallitas para limpiar las partes nobles de los futuros primogénitos de toda aquella gente.

—Katy… —murmuré entre dientes después de que me presentara a una pareja que había tenido la brillante idea de preguntarme qué opinaba sobre la crianza permisiva.

Antes de que mi cuñada pudiera contestarme, mi hermano apareció a nuestro lado con una sonrisa de medio lado. Estaba convencido de que el muy capullo llevaba un buen rato observándome y disfrutando como un niño pequeño al verme sufrir de aquella manera.

—¿Está siendo duro?

—Tanto como una patada en… —Me callé justo a tiempo para no soltar semejante grosería delante de todos aquellos desconocidos y me volví hacia mi cuñada—. ¿Puedo irme ya?

—No, solo una persona más, lo prometo.

—¿Una? —pregunté, esperanzado ante la posibilidad de que aquella tortura estuviera a punto de terminar.

—Sí, y además esta no está embarazada. Es una chica que he conocido en las clases de preparación al parto. Acompañaba a una amiga y hemos congeniado muy bien. Es una mujer fantástica, ya verás.

Me daba exactamente igual cómo fuera aquella mujer, pero, si lo único que me quedaba por hacer era saludar a una amiga de Katy, estaba dispuesto a soportarlo, muy a mi pesar.

Solo esperaba que las presentaciones fueran rápidas para poder refugiarme en el rincón más alejado del jardín hasta que, por fin, anunciaran el sexo del bebé.

Aquella sería mi señal para largarme de allí lo antes posible.

De hecho, llevaba al menos diez minutos pensando en dónde terminaría aquella noche y ya había tomado una decisión. Por supuesto, acabaría en el local de Joanne, porque después de semejante fiesta estaba seguro de que iba a necesitar desahogarme más que nunca.

—Mira, es aquella que lleva una blusa rosa —me indicó Katy, señalando a una mujer que se estaba sirviendo un refresco en la mesa de las bebidas.

Asentí y seguí a mi cuñada de mala gana, mientras mi hermano caminaba a su lado rodeándole la cintura con un brazo.

A medida que nos acercábamos, comencé a fijarme en la mujer que Katy me había señalado y lo primero que llamó mi atención fue su pelo.

No creía que lo llevara teñido porque parecía completamente natural, aunque tenía un color bastante fuera de lo común.

Era pelirroja, pero no de ese tono anaranjado que solía verse habitualmente, sino de un rojo mezclado con cobrizo que resultaba especialmente llamativo.

Lo más curioso era que su melena parecía cambiar de tonalidad cada vez que se movía, dependiendo de cómo incidieran sobre ella los rayos del sol.

Seguí caminando sin apartar la mirada de aquella mujer y, aunque no habría sabido explicar el motivo, despertó en mí una curiosidad que no había sentido por ninguna de las otras personas reunidas en aquel jardín, que precisamente no eran pocas.

En un momento dado, levantó la cabeza y, aunque no miró directamente hacia nosotros, pude distinguir sus ojos.

Eran negros o, al menos, eso me pareció desde donde me encontraba, aunque también podían ser de un marrón muy oscuro, porque la distancia que todavía nos separaba no me permitía asegurarlo.

Sin embargo, cuando me fijé mejor en ellos, algo extraño se instaló en mi estómago.

No fue por su color, que no tenía nada de especial, sino por su mirada.

Sus ojos brillaban de una manera extraordinaria y tenían una viveza que resultaba difícil de ignorar, pero, además, había algo burlón y desafiante en ellos, algo que me hizo pensar que aquella mujer era de las que podían leerte por dentro con una sola mirada.

De repente, sentí que algo en mi interior me advertía de que debía alejarme de ella cuanto antes, como si acabara de encenderse delante de mis narices un enorme cartel luminoso con la palabra PELIGRO escrita en letras mayúsculas.

Sin embargo, cuando quise hacer caso a aquella advertencia, ya era demasiado tarde, porque habíamos llegado a la mesa y nos encontrábamos justo a su lado.