Capítulo 9
Apagué el motor del coche, pero no me bajé.
Me quedé sentado con las manos apoyadas en el volante, preguntándome por enésima vez desde que había salido de casa qué cojones hacía yo allí.
No me gustaban las fiestas, tampoco me gustaba la gente y mucho menos tener que conocer a personas nuevas en situaciones que no tuvieran absolutamente nada que ver con el trabajo.
Y precisamente allí dentro, en casa de mi hermano, estaba seguro de que los residuos, las empresas y los contratos serían los últimos temas de conversación. No se me ocurría ningún otro lugar en todo Nueva York donde pudiera sentirme más incómodo y fuera de lugar que en aquella fiesta.
Levanté la mirada hacia el reloj del salpicadero y comprobé que eran las seis en punto.
Había llegado puntual porque, aunque lo que realmente me apetecía era no presentarme, llegar tarde no formaba parte de mi manera de ser.
Siempre había sido puntual y exigía lo mismo a los demás.
Quedar a una hora con alguien, ya fuera un conocido, un familiar, un empresario o uno de mis empleados, y que esa persona llegara tarde por costumbre, sin tener siquiera una excusa preparada, era algo que no soportaba y que conseguía sacarme completamente de mis casillas.
Me parecía una absoluta falta de respeto hacer esperar a alguien y, si había algo que no toleraba, eran precisamente las faltas de respeto.
Solté un suspiro y abrí la puerta del coche antes de girar la cabeza para contemplar la casa de mi hermano, una vivienda de dos plantas situada en una zona residencial de Nueva York que parecía sacada de un cuento de hadas.
Tenía la fachada blanca, el tejado rojo y unos grandes ventanales cuyos marcos eran del mismo color.
En el porche, rodeado de un césped perfectamente cortado, había flores por todas partes y, por supuesto, tampoco faltaba la típica valla blanca que completaba aquel escenario idílico.
Ahora, con su primer hijo en camino, solo les quedaba tener un perro, algo que no descartaba que sucediera dentro de poco para terminar de conseguir el cuadro perfecto.
Desde donde estaba ya podía hacerme una idea de la tortura que me esperaba.
La calle se encontraba llena de coches y, aunque todavía no había entrado, podía escuchar las risas y las voces de los invitados mezcladas con la música animada que sonaba a un volumen moderado, pero lo suficientemente alto como para saber que allí dentro tenían montado un buen jaleo.
Abrí el maletero y saqué la caja en la que llevaba el regalo que había comprado para el bebé, aunque me había costado horas decidir qué regalarle.
Nunca había tenido que comprar nada para alguien que todavía no había llegado al mundo y, desde mi punto de vista, aquello resultaba bastante complicado.
¿Cómo se suponía que podía saber si había acertado con un regalo cuando ni siquiera conocía a la persona a la que iba destinado?
En un principio pensé en pedirle ayuda a Joanne, pero descarté la idea apenas cinco minutos después, no porque creyera que fuera a negarse, sino porque estaba seguro de que acabaría volviéndome loco con mil sugerencias sobre objetos de los que yo no tendría ni idea ni de para qué servían.
Incluso estuve un buen rato consultando un foro en el que recomendaban los mejores regalos para bebés, aunque pronto descubrí que aquello había sido una idea todavía peor que pedirle consejo a mi amiga.
Después de pasarme horas mirando miles de artículos, terminé escogiendo algo que pensé que podría gustarles a mi hermano y a Katy, porque, a fin de cuentas, ellos eran quienes realmente iban a entender el regalo y disfrutarlo.
No quería comprar ninguna de las cosas típicas que, por lo que había leído en aquel foro, regalaba todo el mundo, así que, después de darle muchas vueltas, me decidí por algo práctico que mi sobrino o sobrina pudiera utilizar durante el resto de su vida o con lo que pudiera hacer lo que quisiera.
Con el sobre en la mano, porque sí, mi regalo era un sobre, caminé hacia la entrada mientras calculaba cómo podría sobrevivir a aquel infierno.
Mi plan era bastante sencillo: entrar, felicitar a los futuros padres, dar una vuelta para que no resultara demasiado evidente que estaba deseando salir corriendo y marcharme en cuanto cumpliera la hora que le había prometido a mi hermano.
Me parecía tiempo más que suficiente para terminar lo bastante estresado como para necesitar encerrarme en mi ático durante el resto del fin de semana.
Llamé al timbre y la puerta se abrió tan deprisa que no me dio tiempo ni a pensar en alguna excusa que me permitiera marcharme sin llegar a cruzar el umbral.
Mi hermano apareció al otro lado y, después de recorrerme de arriba abajo con la mirada, negó con la cabeza mientras sonreía.
Su expresión dejó bastante claro que verme sin traje, pero igualmente vestido de negro, le divertía y desesperaba a partes iguales.
—Has venido.
—Dije que vendría y he venido.
—Supongo que te habrá supuesto un gran esfuerzo.
—Ni te imaginas cuánto —murmuré entre dientes.
Derek soltó una carcajada antes de hacerme un gesto con la cabeza para invitarme a entrar.
—Pasa, anda.
Dudé unos instantes, pero finalmente crucé la puerta porque, al fin y al cabo, eran mi familia y aquella fiesta se había organizado para descubrir quién sería el nuevo miembro de ella, así que tenía que estar allí con ellos.
—Que conste que pensé que llamarías para decir que no venías. Incluso llegué a imaginar que alegarías alguna enfermedad repentina o que me contarías que un ataque alienígena te había llevado a otro planeta.
—La tentación ha estado ahí, no te lo niego.
Mi hermano volvió a reírse, aunque no tuve ocasión de seguir hablando con él porque, antes de que consiguiera pasar del vestíbulo, mi cuñada Katy apareció para interceptarme.
—¡Dominic, has venido!
—No me lo perdería por nada del mundo. Las fiestas son mi especialidad, ya lo sabes —respondí con expresión de auténtico sufrimiento.
Katy y Derek se echaron a reír al mismo tiempo mientras intercambiaban una mirada cómplice.
Eran perfectos juntos, se complementaban de una manera extraordinaria y cada uno era la persona del otro, algo que había resultado evidente desde el mismo instante en que se conocieron.
Lo suyo había sido lo que comúnmente se conoce como un flechazo.
Se habían conocido en mi empresa siete años atrás, cuando Katy entró a trabajar como responsable de Recursos Humanos.
Desde aquel primer día, todos los que estuvimos presentes cuando se encontraron por primera vez pudimos apreciar la chispa que había surgido entre ellos.
Apenas dos meses después ya eran pareja oficialmente; seis meses más tarde se fueron a vivir juntos y tan solo un año después de aquello terminaron casándose.
Eran una de esas parejas que conseguían hacer creer a cualquiera que estuviera a su lado que el amor verdadero existía y que, en algún lugar del mundo, había una persona destinada a compartir tu vida.
Yo me alegraba muchísimo por ellos, aunque también tenía que reconocer que, en determinados momentos, me provocaban una sensación de envidia que jamás había experimentado por nadie y que me llevaba a hacerme algunas preguntas con bastante más frecuencia de la que me gustaría.
¿Por qué la vida no me había permitido tener algo así? ¿Qué había hecho mal para que lo que yo creía que sería mi propio cuento no hubiera terminado como el suyo? Y, sobre todo, ¿qué tenía yo de malo para que la mujer a la que amaba no me quisiera de la misma manera que Katy quería a mi hermano?
—¿Dominic?
Sacudí la cabeza para apartar aquellos pensamientos que tanto daño me hacían y me volví hacia mi cuñada, que me observaba con cierta preocupación.
—¿Sí?
—¿Estás bien? Te has ido por completo.
—Estoy bien, solo estaba pensando en algo.
—¿En qué? ¿En la mejor manera de salir de aquí?
—No, ya que estoy, me quedaré.
—Veremos a ver cuánto tiempo.
—Una hora. Es lo que he pactado con tu marido.
—Ni de coña.
—¿Una hora y cuarto?
Katy se echó a reír y me agarró del brazo para tirar de mí, aunque enseguida reparó en el sobre que llevaba en la mano.
—¿Qué llevas ahí? No me digas que has traído un contrato de confidencialidad para los invitados, para que nadie pueda contar que el señor Dominic White ha sido visto en una fiesta llena de gente.
—Lo pensé, no creas, pero no. Es el regalo del bebé.
—Oh, Dominic, no tenías que comprar nada —se quejó ella.
—Eso díselo a tu marido, que lleva toda la semana recordándomelo.
—¡Derek! No hacía falta que trajera nada —le riñó a mi hermano.
—¿Cómo que no? Que se rasque el bolsillo. Además, no lo he hecho porque quisiera que comprara un regalo; eso era lo de menos.
—¿Entonces por qué?
—Porque, conociéndolo, seguro que ha hecho hasta un estudio de mercado para elegir algo a la altura de las circunstancias. Al menos le he dado un motivo para entretenerse con algo que no sea la empresa o ir al club de Joanne —respondió antes de echarse a reír.
—Pues… —murmuré, dejando la frase en el aire.
Los dos levantaron las cejas al mismo tiempo y me miraron sorprendidos, seguramente haciéndose un montón de preguntas sobre lo que acababa de insinuar.
—Ábrelo y lo entenderás —añadí mientras le entregaba el sobre a Katy.
Derek se colocó a su lado para ver lo que contenía y, si yo hubiera sido una persona que se riera con facilidad o todavía conservara algo del Dominic de otros tiempos, seguramente habría soltado una carcajada al contemplar las caras de pasmo que pusieron ambos cuando descubrieron mi regalo.
—¿Un árbol? ¿Le has comprado un árbol al bebé? —preguntó mi hermano.
—Así es.
—¿Y qué cojones va a hacer el bebé con un árbol? Te juro que cada día te superas. Lo tuyo ya no sé ni cómo calificarlo.
—Está plantado en un terreno y crecerá al mismo tiempo que él. Ahora apenas es una semilla, así que los dos llegarán al mundo el mismo año y siempre tendrán la misma edad.
—Es bonito —comentó mi cuñada con una sonrisa.
—¿Bonito? —repitió Derek, mirándola incrédulo—. Es raro de cojones. No creo que a nadie se le haya ocurrido regalar algo así en la vida, aunque desde luego no puedo negar que es original y único.
Aquello era únicamente la primera parte del regalo, porque había decidido entregárselo en dos veces para sorprenderlos todavía más. Llevé una mano a la parte trasera de mis pantalones, saqué otro sobre, bastante más abultado que el anterior, y se lo tendí a Katy.
—Esto también es para él.
—¿Qué hay ahora en ese sobre? ¿Le has comprado una estrella? ¿Un jardín? ¿Un elefante?
—No había estrellas disponibles en este momento, ya tiene un jardín para correr aquí y un elefante os obligaría a reformar la casa.
Derek volvió a reírse ante mi respuesta, aunque enseguida centró toda su atención en los documentos que Katy acababa de sacar del sobre. Los dos comenzaron a leerlos y pude observar cómo sus expresiones iban cambiando a medida que avanzaban línea a línea.
—¿Le has comprado al bebé un terreno de tres hectáreas? —preguntó mi cuñada, mirándome completamente alucinada.
—Eh… Sí. Es donde está plantado el árbol y también están construyendo una casa de tres plantas con jardín, piscina y algunas cosas más. Estará terminada antes de que nazca.
Derek estalló en carcajadas, como si acabara de contarle el chiste más divertido que había escuchado en toda su vida.
—Te juro que, cuando pienso que ya no puedes sorprenderme más, vas y lo consigues. ¿Una mansión, Dominic? ¿Le has comprado una mansión a nuestro hijo, que todavía no ha nacido?
—Es una inversión de futuro. De momento podéis alquilarla y guardar lo que saquéis en una cuenta a su nombre. Después, cuando tenga edad suficiente para decidir, podrá hacer con ella lo que quiera. A lo mejor, cuando cumpla cinco años, decide mudarse allí para no tener que aguantaros.
Katy se llevó una mano al pecho y me observó fijamente, con los ojos llenos de lágrimas y una expresión que no conseguí interpretar del todo.
—Con esto te has asegurado de que el bebé tenga algo con lo que salir adelante si algún día pasa algo, ¿verdad?
Asentí muy serio, porque aquella había sido precisamente mi intención.
Yo sabía mejor que nadie lo mucho que podían cambiar las cosas de la noche a la mañana y quería que mi sobrino o sobrina tuviera algo para el futuro, algo que realmente pudiera servirle y que le ofreciera cierta tranquilidad.
Tartas de pañales, juguetes, mantas y chupetes iba a recibir de sobra, pero todo aquello pertenecía a una etapa que terminaría pasando, mientras que yo había querido regalarle algo mucho más duradero: seguridad.
Los dos me miraron desconcertados y fruncieron el ceño, una reacción que me hizo pensar que quizá había metido la pata y que mi ocurrencia no les había gustado tanto como esperaba.
—Vale, está claro que no he acertado —dije, llevándome una mano a la nuca—. Lo devolveré y buscaré algo más normal. Siento que no os haya gustado.
—Nos encanta, Dominic. Es algo que no haría cualquier persona, porque solo a ti se te podría haber ocurrido un regalo así. Pero pensamos que te has pasado, es muchísimo dinero y…
Interrumpí a Katy antes de que terminara, porque, si el problema era lo que me había costado y no que el regalo no les hubiera gustado, no pensaba permitir que se sintieran mal por ello.
—Sabéis perfectamente que puedo permitirme algo así sin notarlo. ¿Para qué quiero entonces el dinero que gano? Si os gusta, no hay nada más que hablar.
—De verdad, muchísimas gracias —respondió Katy antes de acercarse para darme un abrazo.
Mi hermano también se aproximó, aunque antes de abrazarme quiso decirme algo que, por su expresión, sabía que llevaba un buen rato rondándole la cabeza.
—Gracias, Dominic. Por un momento, al ver el regalo que nos has hecho, he reconocido al hermano que tanto echo de menos. Espero que la llegada del bebé consiga ablandarte un poco más y que vuelvas a ser del todo el de antes.
—No cuentes con ello. Ese Dominic no va a volver.
—Eso ya lo veremos —intervino Katy con tanta seguridad que me hizo preguntarme si sabía o intuía algo de lo que yo no tenía ni la menor idea.
Sin embargo, no fueron únicamente sus palabras las que me hicieron sospechar, sino también la mirada que ella y Derek intercambiaron a continuación.
Fue una de esas conversaciones silenciosas que parecían mantener constantemente entre ellos, aunque aquella estaba cargada de intenciones, diversión y algo que se parecía demasiado a la esperanza.
—Ahora vamos dentro, que tengo que presentarte a la gente —anunció mi cuñada mientras me agarraba de nuevo del brazo.
—¿Es necesario?
—Totalmente necesario. No te pido que sonrías, pero al menos intenta no espantarlos.
—Haré lo que pueda —contesté antes de seguirla.